No hay mayor desilusión que la incapacidad de compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.



Richard Ford



sábado, 2 de junio de 2012

REDENTORES


Redentores. Ideas y Poder en América Latina es una cartografía esencial del pensamiento latinoamericano. A través de un recorrido biográfico de figuras fundamentales del pensamiento, la cultura y la política latinoamericana, Enrique Krauze desglosa puntualmente el tránsito –muchas veces en común- de las ideas políticas de pernearon el siglo XX y despuntan, aún, durante nuestro siglo. Este tour de force por donde desfilan Martí y Mariátegui, Vasconcelos y Paz, García Márquez y Vargas Llosa,  el Che Guevara, el Subcomandante Marcos y Hugo Chávez, es a la vez un agudo análisis del poder que ha ejercido (y sigue ejerciendo) el populismo político en Latinoamérica, encarnado en figuras mesiánicas que buscan convertirse en redentores de sus países, liberarlos del yugo imperialista (muchas veces bajo el auspicio de posturas fascistas y comunistas) y dotarlos de identidad. Recorre, también, el tufillo pernicioso del marxismo y el socialismo ruso (adoptados y llevados a la praxis en nuestro continente desde las aulas universitarias y las diversas guerrillas que se desataron durante los setenta y ochenta, hasta verdaderas reformas de Estado, siempre bajo la mirada acusadora y la mano seductora de Fidel Castro), la Revolución Mexicana, la Revolución cubana, el peronismo, la fascinación por el poder de ciertos escritores, las cuitas existenciales e ideológicas de otros tantos, la toma de poder de la izquierda, el EZLN y el golpe de estado que puso en jaque al pueblo venezolano a fines del siglo XX.   Es, en fin, un libro donde la política, la historia, la literatura, las posturas ideológicas y las vidas paralelas de estos personajes se condensan para forman un corpus intelectio en donde las ideas y el poder cohabitan, muchas veces con divorcios insospechados, y que nos permite –quizá esa sea la intención de Krauze- hacer una lectura más objetiva de la izquierda como opción política en vísperas de una elección presidencial en nuestro país. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

SOBRE EL 5 DE MAYO

  LA BATALLA DEL 5 DE MAYO DE 1862. CARÁCTER DEL MEXICANO E IMAGINARIO COLECTIVO.
Por Andrés López Sánchez.
ENSFEP.
Historia. 4º.

Para Aldo Mateo, mi pequeño liberal.   
I
Carecería de fundamento suponer en México, ya no la existencia, sino aun la mera posibilidad de una cultura de primera mano, es decir, original, porque sería biológicamente imposible hacer tabla rasa de la construcción mental que nos ha legado la historia. No nos tocó venir al mundo aislados de la civilización que, sin ser obra nuestra, se nos impuso, no por azar, sino por tener con ella una filiación espiritual. En consecuencia, es forzoso admitir que la única cultura posible entre nosotros tiene que ser derivada.
Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México (1934). 

Más allá de lo que la historiografía pueda decirnos, el culto a las gestas heoicas y a figuras idealizadas es práctica recurrente en el ámbito del estudio de la historia  mexicana. Este gusto por la “biografía express” y los altares inconclusos de nuestra historia, son tarea preponderante a la hora de crear un corpus integratio que defina el tránsito del México independiente al México contemporáneo. En doscientos años de vida independiente, nada ha motivado más el discurso político que la recurrente polarización de batallas, héroes, adalides, efigies rimbombantes que significan una aceptación de nuestra nacionalidad y reafirman el carácter panegírico del mexicano. Redentores mesiánicos, redenciones vivas, mártires populistas, víctimas de la incomprensión: son el resultado de un desonocimiento perenne de nuestra historia. Y no sólo eso: han motivado discusiones acaloradas sobre la validez de un hecho (piénsese, por ejemplo, en la vida disipada de Hidalgo,  el concubinato del cura Morelos,  la “valentía” de los  Niños héroes de Chapultepec, la rectitud de Juárez,  la beatitud de Madero, el oprtunismo bandoleril de Villa, etc.). Sin embargo, un hecho incuestionable, una gesta gallarda e inconmensurable, ha recorrido ya 150 años de vida histórica sin que los problemas de uno u otro bando político o social, lo hayan perturbado.  La Batalla del  5 de mayo de 1862 es un  dudoso “laurel” que Zaragoza entregó a la Nación, como reza el Himno al estado de Puebla. Y lo es porque en un país carente de laureles de ese tipo, la  inesperada victoria en una batalla al poderoso ejército francés, invicto desde la guerra de Crimea, veinte años antes,  resulta poco creíble en términos de conclusión del conflicto armado entre México y Francia si tomamos en cuenta la carestía de armamento, la poca preparación de la milicia mexicana (y, dicho sea de paso, del mismo General del Ejército de Oriente, Ignacio Zaragoza, quien, recordemos, había subido al mando luego de la dimisión del Gral. López Uruaga, sólo cuatro meses antes de la batalla) y la superioridad táctica de los oficiales franceses. ¿Por qué entonces, contra esas adversidades fundamentales en cualquier batalla, Zaragoza y su gente derrotaron a los tres batallones  franceses que rodearon los fuertes del Loreto y Guadalupe el mediodía del lunes 5 de mayo de 1862? Una reflexión rápida nos daría una respuesta rápida: los mexicanos superaban en número a los franceses. ¿Bastaba con eso? ¿No acaso sería un golpe de suerte que soldados mal armados puedieron sortear las descargas de artillería que disparaban los franceses desde puntos estratégicos?
La historia señala que las descargas de artillería no fueron eficaces ante la elevación del terreno. En cuestión de dos horas, los franceses había terminado la mitad de la reserva de artillería sin haber causado bajas importantes el ejército mexicano,  por lo que el Gral. Lorencez ordena la avanzada de las tropas de infantería –formada principalmente por zuavos, que eran menospreciados por los oficiales franceses pero utilizaban como carne de canón y eran, a la hora de la batalla, feroces combatientes- con resultados desastrozos: los generales Negrete, Berriozábal y Álvarez, cada uno a cargo de una fuerte caballería, repliegan a los franceses en cuestión de minutos.  Veamos qué dice la historia oficial:

El asalto francés no resultó simultáneo sino sucesivo, debido a las condiciones del terreno. La primera columa, que debía asaltar el fuerte por el lado Norte, avanzó con relativa facilidad pero encontró fuerte resistencia al chocar contra los batallones de la Brigada de Berriozábal y  Cuerpo de Cazadores de Morelia, de la División Negrete. El comandante Morand se vio obligado a ordellar el repliegue, no sólo por el fuego de la infanteria y la artillería mexicanas sino por el fuego que provenía del fuerte de Loreto y que tomaba de franco a sus tropas (Garfias Magaña: 20).

Y luego:

Eran aproximadamente las 15:30 hrs, cuando en la llanura Noreste de Puebla el Gral. Porfirio Diaz, con los cuerpos de su brigada: los Escuadrones Trujano, Lanceros de Oaxaca y Toluca y dos piezas de artilleria, contuvo y rechazó a otra columna enemiga que se adelantó siguiendo el camino de Veracruz. Los persiguió durante un corto trayecto, ya que su columna recibió órdenes de Zaragoza de detenerse, pues juzgó peligroso seguir atacando a los franceses, según su opinión: "Derrotados como estaban, tenían más fuerza numérica que la mía". Esta acción del Gral. Díaz obligó al ejército intervencionista a replegarse a la Hacienda de Remetería y al Rancho de San José para hacerse fuerte. La retirada del Cuerpo Expedicionario francés continuó al oscurecer y se llevó a cabo en buen orden, replegándose escalonadamente las unidades de los coroneles L'Heriller y Gambier hasta la Hacienda de los Álamos, donde llegaron los heridos (Garfias Magana: 21).

                En el imaginario colectivo mexicano, la batalla del 5 de mayo no acepta contradiccciones: el grito de victoria es unívoco. No importan datos irrelevantes ni nombres olvidables. Todo pasa en un día y es en ese lunes 5 de mayo de 1862 cuando la historia de México se detiene, da un vuelco, gravita sobre sí misma y se rehace para avanzar sobre la República restaurada, el Porfiriato, la Revolución, la consolidación del Estado mexicano y el México contemporáneo. Pobres de hazañas, el mexicano debe conformarse con una victoria que no fue relevante en términos de guerra, aunque sí en sensiblería, patrioterismo y aceptación de nacionalismo. Pocos recuerdan que después de la humillante derrota en Puebla, Napoleón III decidió reforzar su actitud invasora y, al mando del prestigioso general Forey, envió treinta mil efectivos que en 62 días habían sometido al ejército mexicano al mando del ilustre general González Ortega.  Puebla no tuvo 62 días. El 17 de mayo caería víctima de los embates de renovadas brigadas francesas (González y González: 113).  12 días duró el estupor y algarabía, la conciencia de por fin haber encontrado un sentido nacional, y sobre todo, la demostración que ante militares petulantes y nobles sanguíneos, el mexicano no era ni mejor ni peor.
            El motivo –el pretexto- de este ensayo es mostrar que el carácter del mexicano, el imaginario colectivo, la trama novelesca nacionalista y patriotera de los gobiernos en turno y las políticas educativas se funden para crear un supuesto donde no importa la validez del hecho, sino su creencia casi irrefutable hasta convertirse en verdad. Si bien la batalla del 5 de mayo es un episodio de la historia nacional que se ha mantenido estático durante 150 años y no ha aceptado una evolución propia de cualquier hecho histórico, la sociedad mexicana sí ha evolucionado, y es aquí donde entra el tema de análisis, porque el concepto de historia nacional muta según el discurso gubernamental en turno y con él el sentido de unificación nacional. Hay que resaltar también que, como señala Luis González y González, los actuantes y responsables de los cambios históricos-sociales son monorías rectoras, personajes notables y figuras señeras, no “masas sin rostro ni adalides archidibujados” (González: 127). La masa sirve, en este sentido, como un nutrido campo experimental de sentimientos encontrados, charlatanería, devoción cuasi religiosa y, en muchos casos, vil engaño.   
Es este, pues, en una primera parte, un recorrido por el carácter del ser histórico del mexicano, sus dobleces y suturas, sus manías y obsesiones, sus regresiones y digresiones. Intenta ser, en una segunda, una revaloración de nuestros hermanos indígenas, que, entre otras cosas, siempre han partcipado activamente en cada uno de los conflictos armados que nuestro País (recordemos la valiosa y acaso decisiva participación de los indígenas zacapoaxtlas al mando del general Miguel Negrete en la Batalla de Puebla), algunas veces engañados con promesas de cambio, otras llevados por el más fiel espíritu revolucionario (mención a parte serían los indígenas zapatistas, los de don Emiliano y los de don Marcos), pero los más porque no tienen de otra.  Una última parte hace una valoración de la Batalla del 5 de mayo a 150 años de realizada, el uso mediático que a últimas fechas se le ha dado a la misma, el despilfarro de recursos para la celebración y cómo puede reinventarse el 5 de mayo para crear una máscara  que proyecta unidad nacional.

II
Un país sin crítica es un país ciego.
Octavio Paz.

La relación del México contemporáneo con su pasado es ambivalente. Por un lado, quienes defienden el nacionalismo  abigarrado donde la heterogeneidad es la punta de lanza que nos da identidad, reconocen que ese nacionalismo es resultado de múltiples factores que confluyeron en cierto periodo histórico convulso y trascendente para la historia occidental. Es decir, la Conquista fue el resultado de un periodo especialmente álgido, y, si tomamos la premisa de Bloch, que dice que a todo periodo convulso le preceden grandes avances para la humanidad, entonces justificaríamos la acción española como necesaria. Por otro lado están los nacionalistas puros, aquellos que dicen que la historia de México comienza con el grito de Dolores y la acción del cura Hidalgo al lanzarse contra el yugo español. Los nacionalistas puros defienden la postura de intelectuales que dicen que el pasado indígena mexicano (y americano) es mera invención, como si este eufemismo filosófico (inventar, crear a partir de la ficción, o sea, de algo inexistente) validara y, de un plumazo, terminara con  más de dos mil años de tradición ancestral. En una última categoría están aquellos que piensan que el pasado mexicano es folklórico, que reconocen que hay una filiación racial entre mexicas, nahuas, toltecas, zapotecas, mayas, etc., con criollos y mestizos y los mexicanos actuales, y quizá piensen que merecen cierto respeto, pero nada más. No hay conexión ideológica ni intelectual entre unos y otros. Desafortunadamente, el grueso de la población se encuentra adscrito, consciente o inconscientemente, en esta categoría.
Es demostrable históricamente que los gobiernos en turno han cedido el interés a lo sucedáneo y maniqueo que a lo trascendental y genealógico. La Historia con mayúscula contra las pequeñas historias minúsculas que no sirven salvo como anecdotario de hechos más o menos verosímiles y, acaso, olvidables. Así, durante muchos años se dio prioridad (y se sigue dando) al especial interés del gobierno de dotar al mexicano de cierta cultura nacional, pensando que esto los convertirá en buenos ciudadanos, conocedores de su pueblo, proyectores de una identidad bien definida. Sin embargo, se han empeñado en enterrar en el olvido a aquellas culturas que fueron y son semillero de nuestra multiculturalidad, priorizando por gestas militares, altares inconclusos, efigies de dudosa calidad moral, acciones que más que dar crédito a nuestra Nación la enturbian más. La escuela, espacio idóneo para alcanzar la identidad mexicana, se ha convertido en la principal detractora en la pugna ideal para descargar todo el antinacionalismo existente en las esferas gubernamentales. Quienes están encargados de la políticas culturales educativas, han olvidado que para el grueso de la población, la escuela es el único espacio donde tendrá acceso a libros y ha cierto estudio parcializado de  nuestra pasado histórico. A esto, en vez de elevar el nivel de horas/clase a materias como Historia de México, se han reducido en un 50% de 1993 a la fecha, datos palpables si revisamos los  Planes de estudio de Educación Básica de 1993, 2006 y 2011. ¿En qué afecta el desconocimiento de nuestras raíces?
            La mayor afectación es en el deterioro de los valores verdaderamente mexicanos. México es producto de una simbiosis rara y compleja que ha cultivado en su interior un dejo de ironía y amargura. La visión que de lo “mexicano” tienen en el extranjero se reduce a tres aspectos: el tequila, el mariachi y el charro enamorado y huevón. Esto se refuerza con comentarios hirientes en torno a la poca disponibilidad del mexicano al trabajo, su haraganería, sus “indios” ladinos que enturbian el progreso. Los tres aspectos arriba mencionados, que paradójicamente son los referentes inevitables de México ante el Mundo, son expresiones que llevan en su flujo vital lo español e indígena, lo mestizo. El grato sabor del tequila que era tomado por sacerdotes indígenas en ceremonias; la mezcla de sonidos del mariachi, alma mexicana y española; el charro enamorado de porte español que viste traje de lino con sombrero de hilos de plata y mancuernas doradas, pero que en el fondo es indio que ha subido en la escala social.  

III
Un hombre –y esta es su mayor suerte- es un ser plural, múltiple, y sólo puede vivir por cierto tiempo como si no lo fuese.
Elías Canetti.

Languidecen entonces las posturas críticas a favor de la reconstrucción del tejido social de  mexicanos que sobreviven de las miserias que los gobiernos han dejado en la mesa y que millones de mexicanos se apresuran a tragar pero no masticar. Si la misma escuela previene a los estudiantes de la imposibilidad de ser incluyentes, ¿qué podemos esperar de miles de burócratas que medran de los recursos que millones de mexicanos pagamos? Sólo hasta 1994, cuando toda la parafernalia social provocada por el movimiento armado de Chiapas centró la atención en este problema inpostergable, los gobernantes levantaron la cara y reconocieron a los indígenas como ciudadanos. Antes de esto, no tenían derecho a voto, eran excluidos de cualquier decisión significativa (no eran de agenda prioritaria), o ni siquiera eran considerados como mexicanos. Esta exclusión vitalicia tiene tintes políticos, burgueses y tecnócratas, con calificativos, declaraciones y eufemismos varios: “el indígena no produce, no es apto para algún trabajo calificado, no serviría para trabajar en una fábrica y producir, producir que es lo que México necesita para salir del atraso; el indígena es sucio, torpe, iletrado, vulgar, paranoico, ladino, receloso, vengativo, sumiso,  huero; el indígena causa admiración en el extranjero porque forma parte de  culturas casi extintas, y si no están extintas es gracias a que el Gobierno ha actuado en consecuencia para proteger sus intereses; el indígena vive en un mundo aparte, no está en sintonía con el México actual, el México de los rascacielos y autopistas, de progreso por todos lados; en pocas palabras: el indígena no es mexicano”.
            En El laberinto de la soledad,  Octavio Paz hace el primer análisis a conciencia de la actitud del mexicano para con los mexicanos. Ya desde 1950, fecha de la publicación del libro, Paz veía al mexicano como un ser receloso, malicioso, que buscaba la primera oportunidad para buscar partido de los demás, así sea a costa del sufrimiento ajeno. Contrariamente, Paz describía al mexicano como solidario cuando la vox populi lo requería; ajeno a la inmundicia  donde vivía (arrabales, rancherías olvidadas en páramos inmensos, vecindades hacinadas, zonas geográficas que apenas habían tenido contacto humano), el mexicano se solidarizaba con su gente, era capaz de quitarse la camisa por alguien desconocido. Paz menciona, en repetidas ocasiones, la palabra estoico para referirse al mexicano; en este sentido,  el estoicismo puede tener dos significados: por un lado, el estoico es el insensible, el que no siente miedo; por otro, el estoico es aquel ser que logra reponerse a las adversidades por puro instinto, por ganas de vivir. Esta actitud estoica está plenamente relacionada con el culto a la muerte, el respeto irónico, si podemos llamarlo así. Al adorar a la muerte, el mexicano está asegurando su paso a la otra vida de manera afable, sin mayores trámites que el trato directo con la misma muerte. A esto, hay que agregar que la Conquista significó un duro golpe emocional al alma mexicana de la cual, pese a quien le pese, no nos hemos recuperado. El exterminio, la persecución, la imposición de una religión ajena incluso para aquellos que la traían como producto de importación, el sometimiento y la conversión son lastres que el mexicano (y el indígena principalmente) llevan a cuestas con estoicismo.
            Desde la publicación del libro de Paz y el México contemporáneo, median más de sesenta años. En estos años, México ha conocido cierta estabilidad monetaria, avance progresivo, el asentamiento de los principios revolucionarios que dieron sustento a la creación de instituciones que permanecen hoy día, conflictos estudiantiles que nos centraron a la par de países europeos, guerrillas, devaluaciones, transformación urbana, enriquecimiento de unos pocos, pobreza, marginación, desastres naturales, transición democrática, dogmas de fe que, aunque rebatidas, siguen formando la educación moral de nuestro pueblo. ¿Ha cambiado la actitud del mexicano, después del análisis de Paz?  
Según Alan Frinkelkraut, las sociedades ajustan su personalidad al momento histórico que viven. Así, es notable un cambio de actitud en países europeos después de la experiencia traumática de la Segunda Guerra Mundial, principalmente en Alemania e Italia. El conflicto en Vietnam, por ejemplo, sensibilizó al pueblo norteamericano, antaño impasible y pragmático, y lo puso a pensar en la actitud belicista de su país, postura que ha seguido al impulsar acciones de rechazo a las intervenciones en Irak y Afganistán. En México, las cosas son distintas. El mexicano prefiere callar para no afectar sus intereses; prefiere el desconocimiento al conocimiento con causa; prefiere el servilismo al amor propio.  El mexicano calló ante la matanza de yaquis en Sonora, ante Cananea y Río Blanco, ante la persecución religiosa durante la Cristiada, ante los asesinatos políticos durante las protestas del 59, ante la matanza de Tlatelolco de 1968, el Halconazo del 71, los desaparecidos en la guerra sucia, los robos electorales de 1988 y 2006. Calló ante Acteal y Chenahló, Aguas Blancas y  Hermosillo, Ocosingo y Cuernavaca. Calló ante los asesinatos de  Zapata, Villa, Carranza y Obregón; ante Lucio Cabañas, Carlos Madrazo, Manuel Clouthier, Luis Donaldo Colosio,  los Ruiz Massieu, el cardenal Posadas, y tantos más. Calló ante la negligencia que causó la muerte de 40 niños en la guardería ABC de Hermosillo. Ha callado ante 60 mil muertes de esta lucha fraticida y sin sentido contra el narcotráfico. Ha callado.
IV
¿Y el indígena? ¿Cuál es su papel en el México del siglo XXI? ¿Las políticas integracionistas del gobierno en turno han cobijado a los pueblos indígenas?  Históricamente relegado, el indígena tiene que mutar para sobrevivir. En tiempos donde lo apremiante es la rapidez, el movimiento tecnológico y mediático, y la conexión global, el único resquicio que le queda al indígena mexicano es integrarse a un modus vivendi que le es ajeno, que ignora pero tiene que formar parte de él para conservar, cuando menos en una práctica ancestral e infrecuente, sus raíces. Si el impedimento es el idioma, se olvida de él para pasar desapercibido en una sociedad donde las variaciones se disimulan con ropa nueva y un auto del año. Lo multiétnico es visto como un rasgo multiculturalidad; un indígena zoque o maya bien puede estudiar un doctorado en Antropología en la UNAM, o servir como lavaplatos en el restorán de un hotel cinco estrellas en Cancún. Si el impedimento es el color de piel, el aspecto rudo y descuidado, nada mejor que un buen baño de civilidad para aprender a combinar una camisa, un buen peluquero que ajuste el color del cabello al tono de piel, quizá con el tiempo un vehículo propio, aprender ciertas palabras rimbombantes, mezclarse con las clases media y alta en el centro comercial de moda. O migrar hacia fronteras más equitativas aunque igual de discriminatorias. Servir en los fértiles campos de California y las Carolinas; lavar y fregar pisos en Atlanta y Nueva York; vender tamales en Los Ángeles y San Antonio; trabajar en construcciones de Houston, Dallas o San Francisco.  El futuro no es promisorio para el indígena mexicano. Los pueblos están en franca desaparición, a pesar del esfuerzo de algunos gobiernos locales para cederles cierta autonomía para sean ellos  quienes reactiven sus vasos comunicantes. Muchos prefieren hacer caso omiso; otros, conscientes que es cuestión de tiempo, prefieren integrase a las sociedades actuales. En plena desventaja, el indígena mexicano muta, se transforma, asimila y se olvida de sí mismo paulatinamente.  



V
La historia mexicana tiene páginas negras, vergonzosas, que daríamos mucho por poder borrar; tiene páginas heroicas, que quisiéramos ver impresas con letra mayor.
Daniel Cosío Villegas.

A 150 años, la Batalla de Puebla ha encontrado acomodo en la idiosincracia del mexicano casi sin proponérselo. No se trata de una sola batalla, que en nada detuvo el avance francés, sino se trata de la reafirmación de identidad nacional que se circunscribe al parnaso liberal, forjado por gente de la talla de Juárez, Lerdo, Altamirano e Ignacio Ramírez “el Nigromante”. El 5 de mayo es la victoria contra el imperio francés pero también es la victoria del liberalismo masón contra el conservadurismo religioso. Porque el 5 de mayo es hijo legítimo del Congreso Constituyente de 1856, sigue esa línea liberal (la mayoría de los generales que enfrentaron a Francia eran liberales) que intenta fraguar un estado laico, democrático, en contra del recio, hermético y religioso estado conservador. Una  victoria con implicaciones nacionales desde el mismo día de librada, aunque los conservadores intentaron opacarla con la impuesta imperial de un archiduque austriaco. De cualquier forma, el latigazo emocional estaba dado: ni los mismos liberales pensaron en  las implicaciones morales, patrióticas y bélicas que tendría la victoria contra los franceses. ¿De qué forma, entonces, se nutre el carácter mexicano con este y otros episodios históricos de primera línea? Veamos algunas reflexiones.
            La historia no debe deslindarse de los procesos sociales, como querían los historiadores anticuarios, sino precisamente el discurso histórico debe desentramar el andamiaje social, buscando una reflexión inteligente que los sitúe en su realidad. No debe quedarse en el dato duro, sino dilucidar ese dato, apropiarse de él. Si bien la historia no incide en la acción social (como podría hacerlo una postura ideológico/política), por medio de la historia se es capaz de incidir en el propio comportamiento al rescatar valores y retomar normas de conducta, y es aquí en donde entra la función, según lo veo, primordial de la historia: la construcción de un ideario nacionalista con vista a la creación de una identidad propia. Esto lo han sabido aprovechar muy bien los encargados de llevar sobre sus hombros la construcción de un proyecto de nación, quienes recurren a la constante vitalización de gestas heroicas, hazañas bélicas, fechas-símbolo, modelos de conducta que forman efigies inseparables de fuerza, decisión y valentía. Esta función, según Carlos Pereyra, “pedagógica de la historia” (Pereyra: 19), ha construido el ideario ideológico-político de naciones enteras. Es más fácil tocar el sentimentalismo nacional por medio de una gesta heroica, que proponiendo una reflexión que exima cualquier dejo de duda sobre la relativa validez de la misma.  La memoria colectiva tiende a efectuar un proceso de hacinamiento emocional, en donde es más valioso ensalzar y enorgullecer que reflexionar y cuestionar.
            La génesis de un pueblo vale por su encumbramiento nacional,  tanto como proceso social  como proceso de aceptación de identidad. El historiador duro refiere hechos que dan sentido a un presente un tanto turbio (puesto que no se detiene a analizarlo), y es aquí donde la historia no cumple con su objetivo: no se trata sólo de trasponer el dato, sino hay que desentrañar todo el proceso social que lo llevó hasta allí. Sin afán de retomar el discurso marxista, debemos mencionar que una de las funciones ideológicas de la historia es que actúa en el contexto de las clases sociales, en menor o mayor medida. Es decir, las clases sociales son afectadas por la puesta en escena del discurso histórico, y esta afectación, para bien o para mal, es utilizada por el discurso “oficial” para dotar al ciudadano de un sentido nacionalista que limita, en buena medida, su capacidad de reflexionar sobre el momento histórico quele toca vivir. En este sentido, son las clases dominantes las que poseen la última palabra que legitima -o no-  un discurso histórico en específico, relegando a las clases minoritarias a ser mero espectadoras de una puesta en escena imparcial, dogmática, inequitativa que vela por los intereses de uno, a la sombra del otro.
            Los historiadores al servicio del Estado han creado este efecto. El discurso (y la visión) de los vencidos contra el discurso (y la visión) de los ganadores, choca de lleno con aquellas clases que, en su momento, vieron afectados sus intereses económicos, y que vieron a las huestes de militares, bandoleros, campesinos y sátrapas oportunistas que azolaron el país durante años, cercano al regreso a un estado sin ley. Y retomo una cita de Chesneaux (utilizada por Pereyra):


El control del pasado y de la memoria colectiva por el aparato de Estado actúa sobre las ‘fuentes’… Este control estatal da por resultado que lienzos enteros de la historia del mundo no subsistan sino por lo que de ellos han dicho o permitido decir los opresores… la ocultación es uno de los procedimientos más corrientes en este dispositivo de control del pasado por el poder.

Y sí, cuando menos en nuestro contexto, quien controla el pasado controla el presente, con vías vivir en un futuro incierto.
VI
La historia no tiene libreto.
Alexander Herzen

              En 2012 se cumplen 150 años de la Batalla de Puebla. Apenas en el mes de febrero, el Congreso del Estado de Puebla aceptó un exorbitante presupuesto para las festividades: 1200 millones de pesos. Exposiciones, obras de teatro, publicaciones de libros, talleres, festivales musicales, desfiles, propaganda mediática e impresa en medios nacionales e internacionales, en fin, un exceso en términos de significación histórica pero no en aceptación política. El 150 aniversario de la Batalla de Puebla caerá en un periodo histórico especialmente álgido en nuestro País; y es por ello que los tres niveles de gobierno buscan sacar partido de esta fecha. En año electoral, la demostración de un ideario nacional que convenza a los votantes indecisos, significaría sacar partido de un jugoso festín que será visto por todo el País, anarbolando banderas de la democracia, la igualdad, la valentía, el liderazgo o el simple populismo mediático. No está mal que el Gobierno tenga intención de conmemorar esta fecha, el problema es el doble fondo (moral y político): es una festividad con tintes azuloides, un pastel que se reparte entre pocos, aunque el mensaje explícito sea: Todos somos mexicanos. La Batalla en azul, el despilfarro de recursos que buena falta hacen en otros rubros. Pero así es el mexicano: despilfarra en invitar a gorrones voraces aunque la cruda financiera le demore el resto del sexenio. Y pasará igual que la celebración del Bicentenario y el Centenario: sin pena ni gloria atravesará el imaginario colectivo, que no necesita de reafirmaciones sino de soluciones, en una sociedad que ya no se cree la  trama telenovelesca del Gobierno y los medios de comunicación, y cada vez –y con más fuerza- exige resultados.  La historia, cono señala Herzen, no acepta libretos ni libelos de poca monta escritos por chupatintas y mercenarios intelectuales al servicio del Estado. El tiempo de cocción intelectual de la sociedad mexicana está todavía en término medio, a pesar que ya hay muestras de una madurez crítica construida a base de reveses, sinsabores, caídas y cismas irrecuperables.
Lejos de ser una celebración social, la conmemoración de la Batalla es una óptima plataforma política para que el Gobierno Federal y el estatal se jacten de abanderar una causa nacional.
                                                      

BIBLIOGRAFÍA
  1. Garfias Magaña, Luis (1992). La Batalla del 5 de mayo de 1862. México: Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana.
  2. González y González, Luis (1989). Todo es historia. México: Cal y Arena.
  3. Krauze, Enrique (2003). Travesía liberal. México: Tusquets.
  4. Monsiváis, Carlos (2000). Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina. Barcelona: Anagrama.
  5. Paz, Octavio (1997). El laberinto de la soledad. México: FCE.
  6. Pereyra, Carlos y otros (1980). Historia ¿para qué? México: Siglo XXI.

jueves, 15 de marzo de 2012

MARCUSE: CUARENTA AÑOS DESPUÉS.




Quizá en estos momentos de zozobra existencial, espiritual, en donde los valores de las sociedades capitalistas se han desquebrajado, sería conveniente volver a leer a este gran pensador, una de las mentes más lúcidas y críticas del siglo XX.

domingo, 26 de febrero de 2012

LLOVIZNABA



Hace unos días terminé la lectura de Balas de plata (Tusquets, 2008), novela del maestro del género narcopoliciaco, Èlmer Mendoza. La lectura me guió, de cierta menera, al escribir este relato.









Lloviznaba. La tarde era especialmente fría a causa de la niebla y la llovizna que se colaba por las calles como un fantasma que recorre el tiempo sin detenerse. Amelia palpó su bolso: La pistola seguía ahí, con ese frío metálico que pudo sentir al tocarla apenas con las yemas de los dedos. Avanzó a través de la calle vacía. Ni los puestos de esquites y antojitos asomaban a esa hora y con ese frío, en verdad calador. Sólo un viejo cilindrero tocaba notas chillonas, recostado en el atrio de una iglesia barroca. Le pareció raro a Amelia que el cilindrero siguiera allí a esa hora, empeñado en conseguir unas monedas más. ¿A quién se las pediría, si las calles sólo mostraban tristeza y abandono? Los hoteles mostraban su luz mortecina, casi invisible por la niebla. Sin embargo, Amelia sabía perfectamente a dónde se dirigía. Tenía claro el recorrido. Lo supo un mes antes, cuando descubrió que Carlos, su esposo, lo engañaba con su prima Emilia. Los siguió durante todo el mes. Los vio comer en restoranes carísimos, salir del cine, comprar antigüedades, revisar libros de viejo, probarse ropas, entrar en diversos hoteles del centro de la ciudad. Amelia fue anotando los recorridos de los enamorados, que para su sorpresa eran tan predecibles. Lunes cine y cena. Martes, visita a las tiendas de antigüedades. Miércoles y jueves, libros de viejo, hotel y cena. Viernes, almuerzo, galería, hotel. Sábado, almuerzo, concierto de cámara en el patio de un exconvento y hotel. Domingo: salidas con Amelia y los niños. Amelia lo supo entonces: los mataría. En casa, Carlos se comportaba de lo más natural. Cariñoso, juguetón, espléndido, buen padre. “Hipócrita”, pensaba Amelia cada vez que Carlos le pedía hacerle el amor. Amelia cedía: se entregaba a él, poniendo, en un principio, su mente en blanco, aunque las imágenes de Carlos y Emilia cogiendo en un cuarto de hotel la excitaban y terminaba por seguirle el juego al deseo, que cedía ante el impulso violento de Carlos desnudándola, besándole el sexo, introduciéndole el anular y rescatando de ella un gemido ahogado cuando la penetraba con fuerza. Después del vendaval, Amelia reflexionaba. ¿Debería matar a Carlos, o sólo a Emilia? ¿O a ambos? O a ninguno. Dejar que el tiempo alejara la novedad, la novedad de Emilia y su cuerpo joven y esbelto, sus veinticinco inexpertos años, y no los cuarenta de Amelia. Aunque: Qué envidia, decían sus amigas, Tú, Amelia, a tus cuarenta parece que andas en los veinte, Qué cuerpo, amiga, bien conservado, un figurín de revista para caballeros. Y tan inteligente: ¿Ya terminaste tu maestría? ¿Qué estudiabas? Historia del Arte. Con los niños es difícil, qué digo niños, si ya Esteban tiene trece y Carlitos cumple diez en octubre. No pierdo las esperanzas, me hace falta presentar mi proyecto de tesis. ¿Sobre? La ruptura del arte mexicano en la década de los cincuenta. El periodo transitorio entre el muralismo, con Rivera y Siqueiros a la cabeza, y la vanguardia representada por Cuevas, Felguérez, García Ponce, Von Gunten y compañía. Interesante. En diciembre voy a mandar a los niños a Xalapa con mi mamá, y nos vamos dos semanas a la cabaña de Carlos en Tequisquiapan, y espero terminarla ahí. Una esquina vacía, a la intemperie. Y luego el cruce de la calle, sus pasos lentos, los tacones que apenas tocaban el suelo con un dejo de perfecta sincronía: músculo, movimiento, retracción, ley de gravedad. Tenía grabada en su mente la dirección con la fuerza obsesiva que le hizo comprar una Beretta .38 con ayuda de un buscador de Internet. Una entrega sencilla, sin más diálogo que las especificaciones del vendedor: la cámara, el cartucho, el seguro, la disponibilidad al tacto, un cursillo rapidísimo de cómo desmontarla para engrasarla, etc. Amelia pagó diez mil pesos en efectivo, en billetes de quinientos pesos y luego de rechazar la invitación del vendedor a probarla en un campo de tiro privado en las afueras de la ciudad, se largó. Por uno días tuvo miedo de sacar el arma del escondite secreto donde la tenía. Sabía que tendría que practicar unos días antes del asesinato, si no quería tener complicaciones. Pero la oportunidad no se presentaba. Un sábado, conociendo ya el itinerario diletante de su esposo, le pidió que la llevara al concierto de cámara que todos los sábados por la tarde ofrecían músicos de la filarmónica de la ciudad. Era una tarde calurosa, y pensó que la frescura del convento, aderezada con los cuartetos de cuerdas de Bach, les vendría bien. Carlos se negó, arguyendo una junta inpostergable con unos clientes alemanes. ¿En sábado? Sí, ya sabes que los europeos tienen gustos extraños, prefieren beber cerveza a la vez que hablamos de negocios. Si esto sale bien, tendremos los suficiente para mandar a Esteban a ese internado en Estados Unidos. ¿Y por qué, de pronto, quieres deshacerte de Esteban? Eso ya lo habíamos hablado, Amalia. Es lo mejor para él, a ese mismo internado va el hijo del presidente, además de los hijos de empresarios importantes de mi ramo, imagínate lo que nos convendría que Estebancito trabara amistad con el hijo de Falcón, por ejemplo, las puertas de las altas esferas empresariales se nos podrían abrir. Amelia siguió a Esteban hacia el centro de la ciudad. Lo vio entrar en un restorán y sentarse al lado de una mujer joven, provocativamente vestida y bella, muy bella. Amelia sabía quién era. Esperó a que salieran, y los siguió en su auto a prudente distancia hasta el estacionamiento del exconvento, donde desaparecieron tras entregar las llaves del auto al valet parking. Esa tarde, Amelia le habló al vendedor de la pistola y le preguntó si seguía abierta la invitación a probarla. El vendedor, desde luego, aceptó. Una hora después, vestida con un ajustado jean que resaltaba sus nalgas voluptuosas, y una breve blusa por donde asomaban unos senos torneados a bases de sesiones diarias de gimnasio, Amelia subió la camioneta del vendedor. El recorrido fue rápido y hablaron de trivialidades. El vendedor era casado, por su puesto, la marca del anillo en el anular izquierdo, lo delataba. Aunque el vendedor lo negó, inventado una historia poco creíble de incesto a algo parecido. El campo de tiro estaba dentro de un rancho de poca monta. Al lado del campo, una caballeriza sin caballos le daba al rancho un aire deprimente. Al principio, el vendedor indicó la posición adecuada del cuerpo, el sostenimiento efectivo de la pistola en las manos de Amelia, que sudaba. Los primeros tiros fueron erráticos. Así que el vendedor se colocó atrás de Amelia y sostuvo sus manos con las suyas, apuntando firmemente a un blanco que no estaba a más de cincuenta metros. Es la forma correcta, dijo el vendedor, hay que acomodar el cuerpo a la pistola, dejarse llevar por la cadencia del metal, intentando que todo lo demás desaparezca y solo queden tres cosas: tu cuerpo, la pistola y el blanco. El arma se disparó. En el blanco había un orificio pequeño justo al lado del centro, marcado con un círculo rojizo. Amelia se emocionó. Dio un abrazo coqueto al vendedor e inmediatamente se volvió para disparar de nuevo. El vendedor se colocó detrás de ella. Amelia pudo sentir la erección del vendedor, su respiración entrecortada que lo hacía pegarse más a sus nalgas. Vamos, le dijo Amelia. El vendedor la llevó cargando hasta la caballeriza mientras le besaba con fuerza los senos, el cuello, la boca, le olía el cabello suelto y castaño, le besaba los ojos, lleno de una excitación que Amelia sólo había conocido en los días donde había conocido a Carlos y cogían todos los días saliendo de la universidad. El vendedor la colocó sobre una paca de borra descolorida y le quitó la blusa y Amelia cooperó con bajarse rápidamente el pantalón que resbaló junto con la tanga negra que, al caerse, dejó al descubierto su sexo sin un solo vello y el orificio anal expuesto y lascivo. El vendedor jugueteó con su sexo y sus senos de manera alternativa durante unos segundos, mientras Amelia le agarraba el pene con fuerza, haciendo que el vendedor se estremeciera por lapsos indefinidos; a un movimiento rápido del vendedor, Amelia se colocó frente a él y tuvo oportunidad para introducir su pene en su boca, succionando e intentando descubrir algún secreto oculto en ese hombre que apenas conocía. Cogieron varias horas. La noche era plena cuando se descubrieron agotados y sudorosos sobre las pacas de borra. Olían a humedad y sexo, a madera vieja. Sus cabellos tenían resto de borra, alfalfa y pasto. Se despidieron en un centro comercial. Antes de irse, el vendedor sugirió que deberían verse otra vez. Amelia dejó abierta la posibilidad, aunque no se comprometió. Tomó un taxi y en veinte minutos estaba en casa. Ahora, Amelia intensifica sus pasos. Está cerca del hotel. La llovizna ha cesado, pero el frío es más intenso. Volvió a palpar su bolso, que colgaba del hombro izquierdo. Un auto pasa cerca, y unos hombres silban a Amelia. Ella no se detiene, está decidida, no hay marcha atrás. Piensa en Carlos y Amelia cogiendo en ese hotel colonial.

sábado, 28 de enero de 2012

PUEBLA DE LA FRANJA O EL MAL ABSOLUTO



Para todos los fanáticos del Puebla, les entrego este textito que sin son de dolo, o sea, sólo por el ánimo de chingarlos porque arriba los Pumas de la UNAM, quiere ser un desahogo de mis frustraciones futboleras. Ojalá alguien se atreva a escribir la réplica. Saludos. Jajaja. Aclaro: todos los personajes son ficticios, no vayan a querer cobrarme regalías.




Tras años de fracasos y malos manejos, el Club de Futbol Puebla AC, fue declarado en bancarrota por su dueño, el Sr. Gaspar Henaine (homónimo del cómico “Capulina”, QEPD), en 2013. Después de que en 2012 el Puebla de la Franja descendió a la Primera “A”, la Tercera División y finalmente a la Segunda, el Sr. Henaine decidió poner en venta al club. En una transacción histórica, el magnate petrolero ruso y dueño del club Chelsea y de los Yankees de Nueva York, Roman Abrahamovic, puso en la mesa una jugosa oferta por el Puebla (fuentes directas confirman que el Sr. Abrahamovic ofreció a Henaine 700 millones de dólares), argumentando que dada la tradición y grandeza del equipo tenía grandes esperanzas en volver al Puebla un equipo ganador. Una vez adquirido el equipo, Abrahamovic dejó la lluviosa y húmeda Londres y fijó su residencia en Puebla, en una mansión descomunal en las afueras de San Miguel Canoa. Su primera acción como dueño mayoritario del Puebla de la Franja fue la renovación de la plantilla. Mostramos en este espacio una revisión somera de la plantilla y los motivos que los llevaron a jugar para el Puebla.
1. Portero. Edwin Van Der Saar. El exseleccionado holandés, y estrella del Manchester United decidió salir del retiro para formar parte del Puebla. Se dice que es fanático de los Tigres del Norte, la comida mexicana (especialmente las Cemitas y los tacos de suadero) y la cocaína procesada en Colombia. Fuentes directas que como parte del trato, Van Der Saar ofreció a su mujer a Abrahamovic, la modelo Vanessa Rightone, a cambio de un incremento sustancial del 50% de su sueldo, mismo que el magnate pagó sin chistar.
2. Defensa. Wladislaw Vidic. El astro serbio del Manchester United aceptó la oferta de Abrahamovic a cambio de su administrador, René Bejarano. Vidic quedó prendado del él cuando éste viajó a Manchester para cerrar el fichaje. Actualmente viven en Tehuacán, donde disfrutan de los beneficios de los manantiales que nacen en esa región mineralógica.

3. Defensa. Carles Puyol. En un caso insólito en el fútbol, el capitán de la selección española y el Barcelona, rescindió su contrato con el club catalán debido a que el dueño del club, Joan Laporta, fornicó con su mujer en una fiesta para celebrar los ciento diez años del equipo culé. Abrahamovic supo de este incidente y rápidamente viajó a Barcelona para hacerle una jugosa oferta a Puyol. Puyol, despechado, aceptó la oferta con la única condición que no se divulgara el costo de la transacción, que ahora sabemos fue de diez millones de euros, una mansión en Morillotla, un Alfa Romeo del año y una puta catalana que tenía años trabajando como sexo servidora en Tlaxcala.
4. Defensa. Gerard Piqué. Dicen que lo que llevó al astro catalán a abandonar Barcelona fue su ruptura con Shakira. Aunque la verdad es que Piqué conoció a una poblana que estudiaba en la Universidad Pompeu Fabra y trabajaba en un Burger King cercano a las Ramblas. La poblana le hizo una “trabajito” que un poco tiempo trajo babeando a Piqué, al grado de dejarlo todo y radicarse en Puebla, donde lo encontró Abrahamovic y le ofreció integrarse al Puebla. Piqué tuvo que bajar de peso y ponerse en forma para volver a jugar.
5. Medio. Andrea Pirlo. El jugador italiano tuvo una fuerte lesión en 2012 que lo alejó de las canchas por un año. La Juventus de Turín lo despidió por falta de juego. En una fiesta ofrecida por la FIFA Pirlo conoció a Abrahamovic, quien le ofreció jugar para la Franja. Después de meditarlo mucho, Pirlo hizo un viaje express para conocer la ciudad. En un recorrido por el centro de Puebla, Pirlo conoció a una turista italiana estudiante de arqueología en la Universidad de Bologna de la que se enamoró perdidamente. Tres meses después Pirlo aceptó la oferta de Abrahamovic.
6. Medio. Neimar. La joven promesa brasileña, y estrella del Santos de Brasil rechazó una lucrativa oferta del Chelsea por la simple razón que no le gustó Londres. Pasó una semana en esa ciudad y terminó deprimido. Al saberlo, Abrahamovic se entrevistó con él en Río de Janeiro. Dicen que modelos cariocas amenizaron la fiesta que Abrahamovic dio en una conocida discoteque de Río, donde el alcohol, la coca y los fetiches sexuales estuvieron a la orden. Neimar quedó enamorado de la publirrelacionista del Puebla, y esa misma noche fornicaron en la suite presidencial que Roman alquiló para ellos en el Hilton Río. La publirrelacionista cerró el fichaje con una felación y seguidas penetraciones anales que hicieron que Neimar decidiera, esa noche, que su próximo destino sería la ciudad de Puebla.
7. Delantero. Wayne Rooney. El bad boy inglés estuvo inmiscuido en problemas dedrogas y alcohol durante el 2012, perdió completamente el pelo y subió veinte kilos en ese año. Tras la muerte de Ferguson (en circunstancias no aclaradas aún por Scotland Yard), Hugo Sánchez tomó las riendas del Manchester y acusó a Rooney de baja de juego. Un pleito con puños, sillas y mordidas cerró la relación entre el mexicano y el inglés, y apresuró la salida de Rooney. Un año después Abrahamovic lo encontró en un suburbio de Manchester, con casi cien kilos, una profusa barba y completamente calvo. Abrahamovic se entrevistó con él en un puby tras tomarse varias jarras de cerveza, Rooney aceptó viajar a Puebla. Tras una liposucción, injerto de cabello y un mes en una granja para alcohólicos en las cercanías de Cholula, Rooney quedó listo para integrarse a la Franja.
8. Delantero. Javier “Chicharito” Hernández. Su paso fugaz por el fútbol europeo, y su fracaso tras una temporada pletórica en el Manchester, puso al Chicharito en jaque. Comenzó a consumir drogas y publicó en una red social su abierta homosexualidad y su relación con el modelo y actor Gabriel Soto. De fiesta en fiesta, Chicharito bajó su juego a niveles escandalosos. El América lo contrató por el apertura 2013, pero en seis meses sólo jugó 30 minutos, y al término del torneo Jorge Vergara, nuevo dueño del América, anunció la recesión de su contrato. Abrahamovic se entrevistó con él en una conocida taquería de Guadalajara, cuyo dueño era el Chicharito. Ahí le ofreció un puesto titular en el Puebla con un sueldo decoroso. Una semana después Chicharito viajó a Puebla.
9. Director Técnico. José Mourinho. La caída estrepitosa del Real Madrid a la Segunda División propició el fin de la carrera de Mourihno en Europa. Luego de dirigir durante un tiempo en Qatar, Vietnam, Nueva Zelanda y Chipre, Mourinho llegó a México para dirigir al América. Una temporada que puso al equipo con un pie en la división de ascenso, y la escandalosa declaración de varios jugadores que Mourinho los espiaba mientras se duchaban para luego masturbarse en su bañera, apuró la salida de Mourinho del América. Mourinho regresó a Portugal donde fundó una escuela de fútbol para niños, y ahí fue donde Abrahamovic lo encontró una tarde lluviosa en la plácida Lisboa. La oferta de Abrahamovic fue contundente: Mourinho debía hacer campeón al Puebla a cambio de un sueldo jugoso y varios privilegios más.
10. Dueño. Roman Abrahamovic. A mediados de 2013, el magnate del petróleo y las telecomunicaciones en Rusia, decidió que no le vendría mal adquirir un equipo en declive en algún país del Tercer Mundo. Por medio de un equipo experto en operaciones financieras de riesgo, Abrahamovic estudió varios casos alrededor del mundo, resultando finalistas el Spartak de Praga, el Bío-Bío de Chile, el Tsumnum de Vietnam, y el Puebla de la Franja de México. Tras una larga deliberación, los expertos le recomendaron a Abrahamovic que, entre todos los malos, la mejor opción era adquirir al Puebla debido a su viabilidad para poder hacerlo un equipo ganador en un menor tiempo. Además, Henaine, el dueño, aceptaría cualquier cosa con tal de no seguir relacionado a un club que lo había dejado en banca rota. Cuando Abrahamovic hizo el recorrido por las instalaciones del club se dio cuenta de la situación: necesitaría más de lo necesario para remodelar completamente el estadio (que estaba casi en ruinas), pagar las deudas que el club había adquirido por patrocinios y derechos de transmisión de sus partidos, y volver a conseguir que el público confiara en el club, aun con el reciente linchamiento en las inmediaciones del estadio del agitador y exdirector técnico del equipo, José Luis Sánchez Zolá, mejor conocido como el “Chelis”. Abrahamovic puso a trabajar a marchas forzadas a su equipo de asesores, y la primera labor titánica fue conseguir el permiso para derrumbar el Estadio Cuauhtémoc (en donde se abriría instalaciones de alto rendimiento para los jugadores del club)y comprar un terreno en San Andrés Cholula, donde quedaría el nuevo estadio Puebla. Un año después el nuevo estadio fue inaugurado con un partido entre el Puebla y un combinado mundial. El resultado fue sorprendente: el estadio costó casi mil millones de dólares, y cuenta con un domo corredizo, cancha corrediza, palcos e instalaciones de lujo, un centro comercial, un hotel, una pantalla de plasma de cincuenta metros y, un plus, funciona por las noches como putero.

domingo, 22 de enero de 2012

Lo vio alejarse. La flama del cigarro iluminó por segundos su rostro, mientras le dedicaba una mirada inflexible, de dura complacencia. En su mano derecha, la .38 parecía un juguete caro: sus manos de niño blandían el metal y la madera de la cacha con gracia. Palpó la herida: la bala había entrado y salido de manera perfecta, como si no quisiera ser un huésped incómodo. Se incorporó. Las luces de la casas del cerro resultaron útiles para que pudiera ubicarse. Tendría que caminar no más de diez kilómetros, bordear el cerro y llegar a la carretera estatal. Ya en la carretera esperaría cualquier aventón para regresar a la ciudad. Con un poco de suerte, en la ciudad tendrían que curarle la herida. No le dolía. Sentía un breve hormigueo que iniciaba en el hombro y hacía un recorrido circular hasta llegar a la boca del estómago. Avanzó unos metros, despegando la vista del suelo para guiarse con las luces. Los matorrales ocultaban el camino, que por momentos se convertía en una intrincada red de brechas, huecos, zacatales, alambradas. Avanzó a tumbos y tientas deteniéndose cuando podía de algún matorral no tan espinoso. El viento lastimero de la noche abierta penetró en la herida, causándole un breve alivio. El cerro estaba más cerca. Las luces, antes diminutas, se expandían ante sus ojos. Pensó que tocaría en la primera puerta que encontrara. Si antes no sentía dolor, ahora era fuego cruzado en su hombro.

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA HABITACIÓN

La luz se apaga y se prende. El espectáculo nocturno comienza con una caricia que acaso no es caricia: es un roce: la distancia perfecta entre un labio y otro. Un poco aletargado por el frío, un poco deforme ante sí mismo. Una candileja infame alumbra y saca de la oscuridad las siluetas que, lentamente, se desnudan. El reproductor de CDs toca el Licenciado Cantinas de Bumbury. Hay en el taburete: las Sombras detrás de la ventana, de Eduardo Antonio Parra, las llaves marcadas con el número 245 en el llavero redondo y plateado, una cajetilla de cigarros, una botella de vodka a medio terminar, un cenicero lleno de colillas, una carta escrita por alguno de los dos hace un mes, una carta de despedida o de reconciliación pero es una carta que anuncia algo. La luz se dispersa. El contacto directo se vuelve inminente: sus cuerpos se encuentran, se reconocen, se palpan. La epidermis, el órgano más grande del cuerpo humano, es, también, el más sensible, y se vuelve el receptáculo idóneo donde el contacto alcanza el grado de desesperada caricia. No dicen nada: la voz de Bumbury los adormece: Que me lleve la tristeza/ porque la rabia no / me daría mucha vergüenza / ver que el odio nos ganó / que el amor se nos ahogó / en el pozo del coraje, con un español manchego y el tum tum del bajo y la guitarra y el tum tum de la voz que en esa habitación barata resuena entre las paredes haciendo perfectamente audible el más mínimo cambio de tono. Toman el vodka de la botella: el licor se escurre por el cuerpo. A estas alturas no interesa nada: prenden un cigarrillo casi en la oscuridad, toman el vodka alumbrados por la flama ígnea que se debilita a cada inhalación de oxígeno. Hay en el piso de la habitación un charco breve de vodka que se ha escurrido por la pantorrilla. Una colilla cae, todavía encendida: el fuego inicia, las caricias se contraen en espasmos de miedo, para separarse y comenzar a luchar por salir de las cuatro paredes. Imposible es. En cuestión de segundos todo es fuego y llanto, gritos que se desprenden desde la voz ahogada de Bumbury que, cansado, deja de sonar.

domingo, 11 de diciembre de 2011

LA FÁBRICA DEL LENGUAJE



Pablo Raphael ha escrito un lúciudo ensayo sobre el devenir del lenguaje y la literatura en épocas donde el neolibelarismo y el consumismo mantienen en estado de sitio a la socidedades pensantes. Del blog al libros virtuales, de la escritura como parafernalia hasta los concursos de popularidad, de las listas de los más vendidos hasta los autores de culto, este ensayo es clave para comprender el futuro de la literatura. Pablo Raphael (México, 1970) estudió ciencias políticas en la Universidad Iberoamericana y ha sido colaborador del diario El Universal y de las publicaciones Revuelta, Confabulario y Quimera. Su libro Agenda del suicidio recibió el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen; es autor de la novela Armadura para un hombre solo y, junto con Guadalupe Nettel , es editor de Número 0, revista de literatura periférica, que en España fue seleccionada para los premios Laus de edición 2008. Actualmente escribe una tesis doctoral sobre el viaje de Antonin Artaud a México en 1936. Ah, y pertecene a la generación Atari, llamada así por el escritor y editor Tryno Maldonado, y que denomina un territorio común de escritores nacidos a mediados de la década de los setenta. Es una excelente opción de lectura para estas vacaciones, y de paso dejar de lado el pavo, la fabada, los romeritos, el mole, la sidra, el ponche, el alcohol y las posadas. Mejor pónganse a leer.

sábado, 26 de noviembre de 2011

EN LA HONDONADA NOCTURNA NOS VEREMOS (2)

THE FACT, “OBRA EN TRES ACTOS DEL DRAMATURGO INGLÉS BENJAMIN TOOL”.
Supongo que escribir es buena terapia. Cuando menos eso decía mi prima Talina, que era psicóloga. No fue el Rolex 2006 Edition sino el viaje a Broadway a ver The fact, “obra en tres actos del dramaturgo inglés Benjamin Tool”, lo que hizo que Talina aceptara mi ofrecimiento de hacerse mi amante. Una obra aburrida, “de realismo psicológico que cala”, diálogos inenarrables, interpretaciones simplonas que no valían los trescientos dólares que pagué por cada entrada. Sin hablar del hotel y los room services y el abrigo y la ropa en la Quinta Avenida y la coca esparcida por todo su coño que aspiré como poseído. Durante tres años cogimos como locos. Gasté una fortuna en saciar su inacabable gula monetaria. Le puse su estudio/consultorio, le pagué una especialidad en Gestalt en Viginia, le compré un departamento de un millón de pesos, le pagué cada una de sus ocho tarjetas de crédito y sus viajes semestrales “a ponerme al corriente” en terapias psicológicas; su Porsche Cayenne, sus tres sirvientas, su asesor legal, su entrenador personal, su creciente necesidad destructiva por la coca y las anfetaminas: todo pagado por mí. O por el dinero que lavaba para Susano y, en raras ocasiones, para el Jefe. Fueron tres años intensos. Pero todo termina, como dice el viejo bolero. Y mientras más rápido, mejor. En la inauguración de una de las tantas gasolineras en los que Susano y el Jefe eran socios, y yo la sombra bajo la que se ocultaban la corrupción y la impunidad, Talina cruzó unas palabras con Susano. Éste, pidiéndome permiso para presentarla al Jefe, y sabiendo que yo no podía negarme, la presentó. Allí terminó todo. El Jefe prendió de Talina. Discretamente la llevó a la oficina (justo frente a mis ojos) y después de intercambiar opiniones sobre la situación política de la ciudad, Talina entendió que el Jefe (conocido por todos, temido por todos) le había gustado y haría todo lo posible para que se acostara con ella. No pudo negarse a la invitación de visitar su racho en la sierra. No pudo negarse a que ambos los acompañáramos en una cena en donde estaría el gobernador del estado. No pudo negarse a sus lascivas y más que obvias insinuaciones y a sus indirectas sobre mis “pobres cualidades masculinas”, que hacían referencia a su conocida virilidad que no permitía que mujer que le gustara se negara a acompañarlo. Entendí que mi relación con Talina había terminado, y más me bastaba que así fuera si no quería terminar envuelto en una bolsa negra y tirado a la intemperie. Nos despedimos, regresamos al departamento, y Talina me preguntó qué íbamos a hacer. Le dije que por su bien y por el mío aceptara todo lo que le pidiera el Jefe. Y así lo hizo. Dejamos de vernos. “No puedes darte el lujo de seguirla viendo”, me dijo Susano cuando tuvo oportunidad, “ya sabes que así es el negocio y si quieres ver a tu hijo crecer mejor córtala por lo sano. Vuelve con tu vieja, evítales la pena no verte nunca más”. Me alejé de Talina, pero no de los negocios. Susano me siguió dando chamba frecuentemente. Rehíce un capital con el lavado; invertí en un negocio legal de compra-venta de autos. Abrí mi despacho y hasta ahí me iban a buscar gente allegada a Susano para que los sacara de su atolladero. Talina se convirtió, durante un tiempo, en la predilecta del Jefe. Lo que yo le daba se quedó cortó con los beneficios que obtuvo por darle las nalgas el patrón. Mucho dinero. Y, para su perdición, acceso ilimitado a drogas, alcohol, fiestas. Fue una socialité de tabloides y escándalos. El mencionar, durante un retén de alcoholímetro, que era mujer del Jefe y él les iba a mandar a volar la cabeza si no la soltaban, le costó la vida. Dudo mucho, como insinúa el Valedor, que se encuentre gozando de la vida en alguna playa brasileña.
NO SIEMPRE IMAGINAMOS LA DESVENTUA QUE NOS ESPERA
Hoy, el Valedor ha sangrado profusamente de la nariz. Un chorro incontrolable inició cuando, por descuido, se dio un golpe con la alacena. Inmediatamente la sangre corrió por su rostro. Cuando lo vi, pensé que gente del Jefe se había metido a la casa y hasta ahí habíamos llegado. Respiré aliviado cuando entre borbotones de sangre me pidió una toalla. Quince minutos después no podíamos detener el sangrado. “Esa mierda de coca te va a matar, Valedor”, le dije. “Métete ésta en tu culo y deja de decir chingaderas, Conta, mejor ayúdame a parar este puto sangrado”. La hemorragia se detuvo y el Valedor su fue a recostar a su habitación. Desde hacía varios días pensaba constantemente en escaparme. El Valedor lo había dicho: “Puedes irte cuando quieras y vivir unos días más, o puedes quedarte unas semanas y vivir con tu familia cómodamente el resto de sus vidas. Acuérdate que no siempre imaginamos la desventura que nos espera”. Su lógica no tenía contradicciones, lo sabía. El Valedor podía ser un hijo de puta vulgar y grotesco, pero en cuestiones de distinguir entre la vida y la muerte nadie mejor que él para aceptarle un consejo. Seguiría en sus manos durante unos días más.


LA BANDA DEL CARRO ¿ROJO?
El segundo sábado en compañía del Valedor. Para su desgracia, la pantalla de plasma que compró a tarjetazo limpio perdió el color súbitamente entre una persecución de bandoleros y polis en una locación que simulaba la sierra de Sinaloa, aunque tanto el Valedor como yo sabíamos que era una vulgar locación de algún estudio cinematográfico alquilado. El Valedor rabió, se cagó en la madre del vendedor de la póliza de garantía, de la tienda, de la voz melosa que lo atendió del otro lado del teléfono y que le colgó cuando el Valedor lanzó florituras que hacían referencia a su miembro entrando y saliendo de su culo si no le regresaban ipso facto el importe total del televisor o, en su defecto, el cambio inmediato de este armatoste por otro que funcionara.
La película era un bodrio. Un carro de color indefinido avanza a varios kilómetros por hora mientras es perseguido por dos patrullas; el fuego cruzado atrapa a varios civiles que caen al lado de la carretera. Las sirenas estallan los oídos; las patrullas dejan una estela de polvo que hace imposible ver más allá de las narices. El patrullero 1 descarga todo el cargador de su .45 hacia un blanco indefinido; el patrullero 2, que se ha bajado de su patrulla y espera, impaciente, la llegada del carro ¿rojo?, con un cuerno de chivo y un peine repleto. Desde el carro, dos tipos repelen los ataques de los patrulleros con sendas uzis; los patrulleros contestan, una, dos, tres veces; cae patrullero 2: un certero disparo le perfora el pecho. Patrullero 2 corre hacia su patrulla: más vale que digan que aquí corrió que aquí murió ¿piensa? El carro ¿rojo? lo rodea. Se bajan los dos tipos. Lo golpean. Lo amenazan. Lo escupen. Lo llaman rata. El tipo 1 le apunta con su uzi mientras el tipo 2 (el jefe, supongo) le pregunta quién es el soplón. El patrullero 2 escupe un nombre entre la sangre artificial que sale de su boca. El tipo 1 uno le descarga un balazo en la cabeza: el cuerpo del patrullero cae, desparramado, sobre la polvareda. No me gustan estas películas, pero el Valedor me obliga –sí, literalmente- a verlas.
UNA HISTORIA INCONCLUSA: LA PERLA NEGRA
El Valedor ha decido que durante dos días no se meterá nada. Tiene miedo que se le pudra la nariz. Me lo ha dicho y también ha dicho que el fin de semana se largará. Ha recibido instrucciones de Susano de llevarme hasta la frontera y ahí un contacto me esperará para cruzar. El contacto me llevará a una casa de seguridad en Waco, donde estaré dos días, y después me internarán en el deep south, en un poblado de Alabama donde estaré hasta que esta mierda pase y pueda regresar. Recibo una mentada de madre cuando le pregunto por qué deciden por mí. Quizá yo quiero ir a San Antonio con mi familia. “Tu familia está mejor sin ti, por ahora, pendejo”, me dice. Yo guardo silencio y enciendo un cigarro. El Valedor enciende la pantalla de cuatro mil dólares que no percibe los colores. “Estos hijos de puta piensan que me van a chingar”, masculla.
Por la tarde, el Valedor está de mal humor. Estoy seguro que quiere drogarse y está resistiendo lo más que puede. Fuma un cigarro tras otro. Se para, va al cuarto, toma la bolsa con la coca, esparce una fuerte cantidad en la mesa de centro de la sala, prepara cuatro líneas fronterizas descomunales e inhala. Los ojos se le tornan vidriosos, se ahoga en medio de una tos persistente pero logra componerse. “Al cuerpo lo que pida”, dice, otra vez con lógica irrefutable. Me pide que ponga un disco. El sonido de una vieja canción de Creedence resuena discretamente en la casa. Pienso en Alabama y en la gente que no conozco ahí. Pienso en que quizá ni siquiera llegue a Alabama. Born on Bayou es una buena canción de Creedence. No quisiera morir en otro país que no sea el mío. En Alabama hay negros y hay jazz del bueno, eso lo sé. Mi abuelo fue bracero allá por los veinte, en Texas, en Missouri y finalmente en Alabama. Él contaba de historias de demonios que se metían a las galeras de los indocumentados dedicados a sembrar algodón durante mayo y junio, demonios que poseían negras de las localidades cercanas que se paseaban por las galeras en busca de hombre. Negras infranqueables de piel de ébano y mirada escurridiza, cuerpos esbeltos aunque también gordas y flacas, altas y bajas, tímidas o agresivas que se posaban en los camastros sucios en una semioscuridad lasciva que sólo reflejaban en sus rostros la tranquilidad del río Lafayette. Mi abuelo se enamoró de una mujer/demonio llamada Eleonor. Una perla negra de dieciséis años y mirada penetrante. Eleonor vivía en Peambreak, Alabama, a cinco kilómetros de las galeras donde se hacinaban cientos de indocumentados mexicanos y guatemaltecos que trabajaban en la pisca de algodón por un sueldo miserable que ni los negros locales querían aceptar. Mi abuelo, llegado de Missouri, hizo amistad con el negro capataz, mr. Bishon, quien era padre de Eleonor. Todas las tardes, Eleonor llegaba al campamento a dejar los sagrados alimentos de mr. Bishon. Una de esas tardes, mi abuelo descubrió a Eleonor lavando su falda en uno de los estuarios del río Lafayette. Se vieron, se gustaron, y a las tres noches mi abuelo, guiado por un sueño que lo llamaba hacia la orilla del río, vio a Eleonor desnuda, alumbrada por una luna pletórica y amarillenta. Mi abuelo solía decir que esa perla negra había sido la mejor amante que había tenido. Durante los meses restantes, tres veces por semana Eleonor lo visitaba en el campamento. Hacían el amor alumbrados por una luna juguetona que a veces mostraba sus cuerpos desnudos y otras los ocultaba y dejaba al dominio de las sombras. Cuando trasladaron el campamento una finca cercana a Mobile, se dejaron de ver. Dos años después mi abuelo regresó a casa. Volvió igual de pobre que se había ido, y con una fuerte adicción al opio que tardó años en curarse. Al poco tiempo se enteró que un huracán había devastado muchas poblaciones de la rivera del río Lafayette. Pensó que quizá Eleonor había muerto. Nunca lo supo, pero conservó el recuerdo de su perla negra hasta el último día de vida, cuando entre los ensueños del cáncer de estómago que padecía suspiraba que veía acercarse una sombra tierna y calurosa, una sombra de una negritud perfecta, unos dientes blanquísimos que brillaban y alumbraban todo el río Lafayette.
SIN SALIDA Y SIN SER JAMES BOND
Decidí correr lo más que pude. Atrás quedó el Valedor en medio de un charco de sangre, todavía tibia, todavía su cuerpo intentaba ponerse de pie pero sin ningún resultado. Quise regresar pero el miedo a morir fue más grande que las ganas de ayudarlo. Corrí hasta perderme en un llano con matorrales desparramados por todos lados. Me recosté en un matorral. Varias camionetas pasaron a mi lado sin verme: arrojaban las luces de alógeno hacia todos lados y gritaban mi nombre. Escuchaba los motores muy cerca, tan cerca que pensé que sería cuestión de minutos en que dieran conmigo. Sin salida y sin ser James Bond, no tenía otra cosa que hacer que esperar.
Esa mañana el Valedor se había levantado muy contento porque en la tarde nos largaríamos. Hizo algunas llamadas. Todo estaba confirmado para la tarde, no había vuelta atrás. Susano había pactado mi salida, y la del Valedor, con gente del Chulo, que estaba molesto porque creían que el Jefe lo había vendido a la DEA. El encierro nos había mantenido aislados, sin saber que fuera se había desatado un batalla campal entre gente del Jefe y gente del Chulo por disputarse la plaza, cada vez más menguada. El Valedor se estaba drogando más de la cuenta. Llevaba el doble de su dosis diaria. Eso me dio mala espina. Al medio día me dijo que en tres horas nos iríamos. Preparé todo. Él siguió drogándose como si nada. Estaba fuera de control cuando recibió una llamada de la gente del Chulo. “Ya nos chingamos, Conta, me acaban de avisar que balearon a Susano hace una hora. A él y a toda su familia. Iba de salida, parece que se largaba de la ciudad”. “¿Y ahora?”. “Ya viene la gente del Chulo, y que sea lo que Dios quiera”. Minutos después una camioneta se estacionó en la acera. Bajaron tres tipos con cara de matones. Susano los observó por la ventana. “Es el Chango, creo que ya la hicimos, tenía miedo que mandaran a gente que no conozco, pero con el Chango nos hay pedo, es de fiar”, masculló. El Chango y los otros dos entraron a la casa. Hablaron con el Valedor. Dijo el Chango: “Sólo los podemos dejar hasta Paso del Ganado, de ahí tendrán que caminar hasta El alambique, donde estará la gente que contrató el finado Susano. Ellos los llevarán hasta Waco. Apúrense, que nosotros también tenemos nuestros asuntos”. Subimos a la camioneta. El Valedor estaba tan drogado que apenas podía articular palabra. “Dale esto a ese pendejo, a ver si se le baja”, dijo el Chango y me pasó dos botellas de bebida energizante. El Valedor las rechazó. Pasaron varios minutos en los que recorrimos el periférico que circundaba la ciudad. Pronto dejamos el paisaje urbano para recorrer parajes desolados de matorrales, áridas colonias en medio del desierto, basureros y depósitos de chatarra, picaderos inmundos, tiraderos de vísceras de las granjas de pollos y cerdos de la localidad. El calor era insoportable, pero el Chango se negó a prender el aire acondicionado: “Vaya si son pendejos, ahorita van a caminar diez kilómetros hasta El alambique, a una temperatura de cuarenta grados o más, es mejor que se acostumbren porque se pueden quebrar en el trayecto. Guarda las bebidas que te di, y atrás tengo una galón de agua, si saben lo que vale se lo llevarán”, dijo. A dos kilómetros de Paso del Ganado, el Valedor sintió ganas de vomitar. El Chango detuvo rápidamente la camioneta y permitió que el Valedor se bajara a descargar su contenido estomacal. Me acerqué a él. “¿Estás bien?”, le pregunté. No contestó. Me di media vuelta y justo cuando me enfilaba hacia la camioneta, entre el vómito persistente, me dijo: “¿Quieres saber qué le pasó a tu noviecita, la psicóloga? ¿Quieres saberlo?”. “No”, contesté. “Pues el Jefe se la regaló a Susano y cuando Susano se cansó de ella pues me la regaló a mí. Cogía muy rico la morra, la verdad. Lástima que tenía una boca tan floja (yo lo comprobé). Susano la pinchó más de la cuenta, y la fue a botar en un picadero en compañía de nuestros clientes favoritos, los salvadoreños. Por cinco tapas de heroína ellos se hicieron cargo de ella”. Quise partirle la madre, pero me amenazó con una pistola. “Súbanse o se quedan”, gritó el Chango. Subimos. Yo veía el rostro pálido del Valedor y deseé que estuviera muerto, mejor, deseé que yo mismo lo estrangulaba. Pobre Talina, violada, desmembrada y dejada a la intemperie en el picadero, donde las ratas seguramente se dieron un festín. Sentí ganas de llorar, pero no sería el mejor momento. Llegamos a Paso del Ganado. El Chango nos dejó al lado del pueblo, y comenzamos a caminar hacia El alambique. El Sol casi me desploma. Apenas llevábamos recorridos quinientos metros y ya sentíamos desmayarnos. Nos detuvimos en un matorral que daba cierta sombra abundante. El Valedor me quedó viendo, y dijo: “Mira Conta, siento lo de Talina, no fue mi intención joderte la vida así de culero, pero esta maldita coca me hace decir cosas que no quiero. Chingaá. Mira, te propongo un trato, como a Susano ya se lo cargó la chingada, y ambos vamos a necesitar dinero para desaparecer por un rato, te propongo que te conviertas en mi socio. Liquidamos los negocios de Susano, y el dinero que salga lo invertimos, al fin que tú eres bueno pa’ eso, pa’ hacer billetes ¿qué no?” “No sé, es muy arriesgado, si nos atora el fisco ahora sí estamos jodidos”. “Mira, yo tengo intenciones de hacer mi propio jale, ahora que Susano está muerto y el Jefe no tarda en que caiga, pues va a faltar alguien que le haga competencia a los del Siturán, pero pa’ eso necesito dinero pa’ organizarme”. “Por el dinero de Susano no hay pedo, yo no lo quiero, te lo doy, pero dime ahora cómo”. “No, si yo quiero que trabajes conmigo, voy a necesitar alguien que sepa de números y leyes, un vato que no se ande con pendejadas y me quiera transar y que sepa del negocio, no es fácil encontrar alguien así, y tú me das buena pinta, piche Conta. Te juro que nos hinchamos de lana. Vamos a irnos a Güeico y después a Alabama. En seis meses regresamos, y yo rearmo todo el bisne y cuando todo esté listo, te busco”. “Tendré que pensarlo”. El sol comenzó a ceder ante la inminencia de la tarde, y decidimos avanzar para llegar de noche a El alambique. Estaba desierto el pueblo cuando llegamos. Ni un tendejón abierto, ni un pinche ruido en las casas, parecía un pueblo fantasma de esos que aparecen en las películas el oeste de James Cagney. El Valedor no recordaba dónde había quedado con la gente que nos llevaría a Waco. Recordó una cruz de madera que estaba a un costado del pueblo, justo atrás de un enorme almacén de nada. Nos dirigimos allá. Ciertamente, a un costado de la cruz de madera se encontraban sentados tres tipos con pinta de pocos amigos. Nos alumbraron con una lámpara cuando nos acercamos. “Son ellos”, dijo el Valedor. Los tipos se acercaron. Uno de ellos, con una cicatriz que le había desfigurado el rostro hasta perecer grotesco, nos dijo: “Tenemos órdenes de llevarlos hasta Waco, y es lo que vamos a hacer, así que en marcha cabrones, que ya tenemos un chingo de rato esperándolos”. Los seguimos. Caminamos por una verada cerrada hasta una choza. Atrás de la choza, estaba estacionada una camioneta desvencijada. El tipo que nos habló la arrancó y nos ordenó que subiéramos. Subimos. No teníamos ni cien metros de avanzada cuando se escucharon varios motores que venían en nuestra dirección. “Pícale pendejo, que ahora sí nos carga la chingada”, le dijo el Valedor al scarface. Pero Scarface no pudo hacer mucho: frente a nosotros aparecieron tres camionetas con tipos con cuernos de chivo encima del capó. Scarface paró en seco la camioneta desvencijada, y comenzó la balacera. El primero en caer fue Scarface: una ráfaga de cuerno de chivo le partió el pecho, mientras suspiraba el nombre de una mujer anónima. El segundo en caer fue uno de los tres tipos de la cruz cuando intentaba abandonar la camioneta. Aprovechando el desconcierto por los dos caídos, y en medio de las ráfagas, pude abrirme paso hasta un montón de tierra que estaba al lado del camino, cayendo de bruces sobre un tronco y tirándome tres dientes. De reojo vi cómo el Valedor tomaba la metralleta del conductor y abría fuego mientras gritaba incoherencias. El tercer tipo de la cruz abrió fuego tras él, y por un momento la situación se equilibró, pero por el flanco izquierdo aparecieron dos tipos que agarraron desprevenidos a mis dos compañeros de esta aventura y una ráfaga quitó la vida al tercer tipo y dejó herido al Valedor, que caminó varios metros hasta ser alcanzado por otro ráfaga. Yo veía todo eso desde un matorral, e inmediatamente comencé a correr hasta internarme en llano abierto, con la suficiente oscuridad y recovecos para perderme por algunos minutos, aunque no los suficientes para esconderme para siempre. Ya dije más arriba que los tipos lanzaban los faros de halógeno, que penetraban a fondo la oscuridad, y gritaban mi nombre, mi verdadero nombre, no mi oficio, sino Julián, que así me llamo y no Conta, como todo mundo me dice. Julián para acá, y Julián para allá, hasta que un morrito de no más de veinte años me alumbró pleno. “Acá está este chupavergas, ya lo encontré, me deben un cañonazo de dos gramos”, gritó. Alguien, no supe quién, me sacó de los pelos y me comenzó a patear. Perdí el sentido.
LAS BATALLAS EN MI DESTIERRO
“Pinche licenciadito, tienes más vidas que un desgraciado gato”, me despertó una voz y luego un balde de agua fría que me mojó todo. Reaccioné. El Chango me miraba, despectivo. “Yo no sé qué te ven, cabrón, habrás de ser muy bueno, pero pa’ mi que mejor te metieran un plomazo y sanseacabó”, dijo el Chango. El verlo me había puesto de buenas. “Ya ves, changuito, pa’lgo sirvo. Dios no quiere que abandone a los mortales”, dije. El Chango rió. Su sonrisa me dio confianza. “Mira, licenciadito, Sóstenes Carrasco, mi nuevo patrón, te ha salvado la vida, que no se te olvide. Esos tipos de la camioneta vieja tenían órdenes del viejo Altamirano, tu patrón, de volarles la cabeza a ti y al Valedor, que en paz descanse. “¿Y por qué no lo hicieron nada más llegamos?”, pregunté, dudoso. “¿Por qué va a ser? Pues pa’ sacarles primero la sopa, pa’ que el Valedor le dijera dónde tenían escondido un cargamento de coca que se perdió hace un mes en la sierra, cosa de diez toneladas. Nosotros encontramos el cargamento, así que no hay ningún pedo con eso”. “Yo no sabía de ningún cargamento, yo me dedico a hacer cuentas, no a traficar”. “Eso ya lo sabemos, licenciado, aquí el asunto está que mi patrón quiere que trabajes pa’ él, que lo ayudes a llevar ciertos negocios pues. Aquí somos gente de campo, gente humilde dedicada a labrar no a andar haciendo relaciones públicas. ¿Qué dices?”. “Tendré que pensarlo”. “No seas pendejo, no tienes nada qué pensar, digo, si quieres volver a ver a tu familia lo mejor es que aceptes. Por dinero no paramos, y cuando le demos en la madre al viejo Altamirano vas a ver cómo te va a caer chamba”. No tenía opción. Siempre es así con esta gente: no hay opción con ellos, no hay medias tintas. Acepté. Le dije al Chango que estaba de acuerdo, pero que me permitieran avisarle a mi familia, para que no se preocuparan. Dijo que no había problema. “El patrón sabe que la familia es primero, y te permitió que vayas a Dallas a verla y regreses para comenzar con los preparativos de la chamba”. “¿A Dallas?”, sudé. “Ah, no te dije, trasladamos a tu familia a Dallas, imagínate pendejo, si nosotros dimos con ellos fácilmente qué hubiera hecho el viejo Altamirano. Están en una casa de seguridad, bien vigilados”. Hijos de la chingada. Si no hubiera aceptado matan a mi familia. Esa misma tarde regresé a la ciudad, escondido en un doble fondo de la camioneta del Chango. Pasé a mi despacho, que estaba hecho un desmadre, con el pretexto de recoger mi pasaporte para poder ingresar al gabacho sin levantar sospecha. El dinero y los cheques aún estaban en su lugar. Los guardé en un maletín y salí como si nada. Un día después llegué al aeropuerto de Dallas, luego de escalas en San Francisco, San Antonio y Las Vegas. Aquí comenzaron, para no hacerlo más largo, las batallas en mi destierro. El viejo Altamirano, el Jefe, murió dos semanas después, acribillado por la gente de Sóstenes Carrasco. Carrasco se ha convertido en el Jefe, y yo, en su mano derecha.