No hay mayor desilusión que la incapacidad de compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.
Richard Ford
miércoles, 20 de mayo de 2015
LA
TINTA SIN NOMBRE
I
En agosto de 2008, luego de
hacer las últimas correcciones a su novela
El rey pálido, David Foster Wallace se suicidó. Llevaba días encerrado en
su estudio de Berkley, California, escribiendo y escuchando piezas de Bach.
Ellen, su esposa, le llevaba de cuando en cuando aperitivos. Esa última tarde
escribió una nota suicida de dos páginas, subió al cuarto de su esposa,
destendió la cama, se durmió un rato, y más tarde se colgó de un árbol en el
patio de su casa. Autor de una de las obras literarias más emblemáticas de los
último años, escritor precoz, genio, Foster Wallace llevaba años luchando
contra la esquizofrenia y la depresión. Su novela La broma infinita, es considerada como la obra más importante de la
narrativa norteamericana de principios del siglo.
II
Se escribe para sobrevivir. El
absurdo predomina. Se camina en círculos. Pensemos en la muerte de Kafka en el
sanatorio de Kierling, las cartas que escribió a Felice Bauer, sus obras
inconclusas. Pensemos en la muerte de Chéjov, tan bellamente narrada por
Raymond Carver en esa obra maestra del cuento que es Tres rosas amarillas. Pensemos en los libros que nunca se leerán
porque a estas alturas no interesan. Proyectos perdidos, páginas en blanco.
Pensemos en historias simples, sin retoque, piezas de orfebrería de la
imaginación. Pensemos en que nunca
seremos verdaderos escritores, porque, como decía Renato Leduc, no tenemos de
la mosca la tenacidad. Leí en Sergio Pitol que Cyril Connoly decía que todo
escritor debe aspirar a escribir una obra genial, de lo contrario es un
mediocre. Somos imitadores, lectores, nuestros intentos de escritura son tan
vagos, tan perecederos, que no merecen la pena publicarse. No queremos
aduladores, gente que te palmeé al hombro y te diga no genial que somos. Nunca
escribiremos en cuento como Funes, el
memorioso o una novela como El arco
iris de gravedad. ¿Por qué seguimos servilmente empeñados en escribir? De
tanto escucharlo, muy en el fondo de nuestra vanidad, llegamos a creerlo alguna
vez. Alguien nos lo dijo, tras un café. Alguien pensó que podría ser verdad.
III
Michel Huellebecq es un
escritor francés de amplia trayectoria. En 2011 publicó la novela El mapa y el territorio en donde utilizó
citas textuales extraídas de Wikipedia como sustento de la temática científica
que manejaba en su novela. Los críticos destrozaron a Huellebecq, acusándolo de
plagiar documentos que no son confiables y ofrecer una visión distorsionada a
la veracidad científica. El escritor se
justificó afirmando que toda información de Wikipedia es pública, y por lo
tanto no hay derechos de autor pues los artículos, en su mayoría, no aparecen
con firma. En cualquier caso, Huellebecq vendió millones de ejemplares de su
libro, y ahora es un escritor, además de famoso, rico. Las bondades de la mala
crítica literaria.
IV
Durante la universidad, a
Ricardo le auguraron un futuro promisorio en el mundillo de las letras. Alguien
se lo dijo, y él lo creyó a pie juntillas. Muy joven publicó en revistas,
antologías, en libros universitarios de jóvenes narradores; presentó ponencias
en congresos literarios, y más de un docente le prometió conseguirle una beca
para cursar un posgrado. Sus amigos lo adulaban, esperando extraer de él algún
conato de sabiduría, el festín literario que sus mediocres mentes no podía
acceder. Al final, Ricardo se agotó. Dejó la ciudad, mandó a la verga a todos aquellos huele pedos, se
instaló en una modesta ciudad de provincias lo más parecida a una ratonera,
olvidó la literatura, casó una, dos veces, tuvo hijos, y consiguió un modesto
empleo como funcionario público. De vez en cuando se entera de los logros de otros.
Una beca por ahí, un doctorado por allá. Ricardo regresa a sus libros, el único
refugio donde es realmente feliz y realmente infeliz, según sea el caso.
Contradicciones de la vida. Piensa que todos tienen derecho a tomar sus propias
decisiones, aunque la mediocridad estribe en alcanzar lo que todos aspiran:
seguridad económica, estabilidad laboral. Se olvidan de lo más importante.
Ricardo no puede evitar pensar en Kafka, que decía que sentía haber cometido un
error fundamental en su vida, pero por más que daba vueltas a su caso, no
encontraba cuál había sido ese error. Y Ricardo se ríe, ante la enésima copa de
brandy.
V
Alguna vez vivió, estuvo entre
los vivos, un joven que jugó a ser poeta-dios. Murió a los 39 años, pero dejó
de escribir a los 21, dejando tras de sí un montón de poemas, un montón de
buenos poemas tan fundamentales que la poesía actual sería incomprensible sin
ellos. El poeta abandonó la escritura, y dedicó su vida a hacer dinero, lo que
consiguió tras varias tropelías. Ante la página en blanco, el poeta prefirió el
anonimato. No vivió lo suficiente para ver su propia inmortalidad.
jueves, 11 de septiembre de 2014
Las listas son, por lo
regular, arbitrarias. ¿Por qué no considerar a éste o aquél? Y son también
injustas. Muchos de los libros que he leído tuvieron su momento de fama en mi
vida, fueron una especie de one hit wonder en determinado momento, y aunque no he vuelto
a releerlos, su huella es imborrable. Pienso en Cien años de soledad, las Ficciones
de Borges, o los textos canónicos de Platón: el Fedón o el Ión. Algunos
poemas de Neruda, César Vallejo o Huidobro, a quienes releo cada vez que la
malaria de la narrativa y el ensayo me inoculan por un rato. Incluso algunos
textos marxistas que durante la universidad digerí como sopa caliente, ahora me parecen nefastos. Propongo, siguiendo
este juego de los listados tan común en nuestra época, los libros que como
lectores aconsejaríamos mear, cagar y tirar a la basura (por descontado omito
las referencias a libros de superación personal, biografías de estrellas de la
farándula, o libelos y fanzines proconsumistas). Propongo también dar un breve
argumento de las razones, vergonzantes o
no, que nos llevaron a desechar tales lecturas.
Sin orden:
Mi lucha, de Adolf Hitler. El
mundo ya está demasiado pervertido para aconsejarle a alguien que lea este
libro fanatoide, mal escrito (o al menos la traducción que leí era muy mala),
con argumentos fáciles de digerir y sin sustento científico comprobable. Hace
mucho me deshice de él.
La casa de los espíritus,
de Isabel Allende. Burda copia del realismo mágico que García Márquez y
compañía. ¿Para qué leer a Allende si tenemos la fuente original de primera
mano? 300 páginas que se leen no sin decenas de bostezos.
Manual del completo idiota latinoamericano,
de Álvaro Vargas Llosa. El hijo de don Mario (él sí escritor e intelectual
respetado, Nobel de Literatura, pues), apostó por un manualito donde la
disidencia antiyanqui reflejara sus frustraciones pequeñoburguesas. El
resultado: un basural de mentiras e imprecisiones ideológicas.
La vida en rojo, de Jorge Castañeda. Ni
cómo creerle a este intelectual orgánico. Las mil páginas de su libro son el
resultado de un amor sentimentaloide por el Che Guevara, pero, a parte de ciertos episodios confusos en los
que el autor especula con la veracidad histórica, no aportan nada nuevo a
efigie casi beatífica del ilustre guerrillero.
Arrebatos carnales, de Francisco
M. Moreno. No sé si Moreno leyó alguna vez a Norman Mailer. De haberlo hecho, hubiese
distinguido entre Historia, Novela y Ficción. La Historia como Novela o la
Novela como Historia sólo es posible si el narrador se convierte en personaje,
pero para hacerlo debió haber vivido el hecho. Moreno es capaz de fingirse un
personaje al entrar en la habitación de don Porfirio Díaz y escudriñar en sus
“arrebatos carnales”. Ni Historia ni Ficción: un bodrio sin credibilidad y una
sarta de imprecisiones históricas.
Fragmentos de la Universidad desconocida,
de Roberto Bolaño. Por mucho que admire a Bolaño en su faceta (la mejor, ni
duda cabe) narrativa, debo admitir que como poeta deja mucho qué desear. Aunque
en vida Bolaño se consideró poeta, en verdad fue un poeta menor. Seguramente,
de seguir vivo, Bolaño no hubiera permitido que publicaran su obra poética. Los
editores y su viuda, incapaces de frenar el affaire
Bolaño-Lector, ceden al impulso
publicitario y monetario y publican todo lo que se encuentra del célebre
chileno. Incluso sus poemas menores. Es
la obra de un ávido lector de poesía, pero no de un poeta en cuerpo entero, con
una propuesta nueva, pleno en sus facultades creativas. Muchos de esos poemas
fueron escritos cuando Bolaño militaba en el infrarrealismo, ese movimiento
poético de tintes punketos y escatológicos de mediados de los setenta, que el
mismo Bolaño recrea románticamente en Los
detectives salvajes bajo el nombre del realismo visceral o real
visceralismo. Es deudor en más de un sentido de la obra de los avejentados
poetas beat, del surrealismo vía
Breton y del cáustico sentido del humor de la obra de Nicanor Parra. Aminora el
corpus de la obra bolañiana.
Vlad, de Carlos Fuentes. Hay
que reconocerlo: Fuentes fue nuestro más grande novelista. Su obra fue una
polifonía de voces: miles de personajes engrillan sus novelas y cuentos, y dan
voz a este México tan gastado de tan recurrido. La sola escritura de Terra nostra le hubiera valido para
entrar al parnaso literario de México. Pero Fuentes se fundió a finales de los
noventa, y su última gran obra fue Instinto
de Inez, publicada en 2001. Luego, no publicó nada, narrativamente
hablando, que valiera la pena. El dedo índice curvo de su mano derecha se cansó
de escribir y repetir los mismos argumentos que ya había planteado veinte o
treinta años antes. Conectado siempre con las nuevas tendencias literarias,
aunque nunca con buen tino, experimentó con nuevas temáticas, hasta que en
2012, publicó esta obra de tintes vampirescos que recrea la vida del mítico
Vlad el Empalador, el conde rumano que inspiró el Drácula, de Stocker, pero adaptándolo a una ciudad de México decadente. Una obra híbrido entre las novelitas de
vampiritos homosexuales de Stephanie Meyers y la erudición histórica que
siempre caracterizó a nuestro ilustre novelista. Debió prescindir de escribirla.
Goodbye, Dostoievski, de Francisco
Arriaga Méndez. Este autor chiapaneco se creyó con la capacidad para dar un
carpetazo histórico a la obra del novelista ruso, convirtiendo los temas
recurrentes de Fiodor en un menage a
trois donde conviven el panfleto, la abierta homosexualidad del personaje
principal y el mismo autor, homosexual declarado y exmeador de tumbas
literarias, y el gusto por las imágenes
bucólicas. Se reconoce el esfuerzo, pero no el resultado.
lunes, 7 de julio de 2014
VUELTA AL REDUCTO
A mi hijo Aldo
Mateo: versos de humana razón.
Este pueblo-souvenir donde la gota emana
terquedad de cerros
que abandonan su sitio
Me dirijo donde siempre
Báculo que observo a través
del encierro
a través de rostros
que son desconocidos
el temporal arrecia
y el viento
nocede
y hace daño
y la máculairredenta
traga sobre mí
me gime
sólo hay poesía para
salir del letargo
sólo libros que me desdibujan
un solo cardenal
para mil horas
una alquimia
que me permite no ser
algo se encoje en las paredes
vuelta al reducto del frío
y la soledad
palabras que huelen a humedad
sonidos que
salen de la nada
ratos de ocio arrodillados
que enmarcan lo que no
transcurre
¿Qué más de mí seré?
Versos
de humana razón
viernes, 16 de mayo de 2014
GUSTAVO CERATTI, MÁRTIR
A Efra, Chente, Davus
y Henry: Chida banda poblana
Una mueca, el sonido, el disparo: una cuerda que cual gata desespera y
anuncia, el metal en derredor de lo que
se extingue, sale tras de sí: inercia, ruido hacia adentro, vibración que
expande el minúsculo reticular, sueño sueñas, pasos, hace muchas Biblias
que el hombre era el padre y el hijo era
el periplo redimido y la guitarra salía desde donde:
Quizá por la extrema
suavidad de sus voces, aún me impresionó más de súbito que alguien, un vecino
tal vez, me despertara de tal forma: desde el fondo del departamento salía la
voz cetrina de Ceratti cantando y tocando y lanzando al viento “La ciudad de la
furia”, ese himno no reconocido a las necesidades eternas, a un Buenos Aires
que se cae a pedazos en medio del caos: el temblor del cuerpo, la sopa fría en
la mesa, la ropa mal planchada: se hace tarde para llegar a algo, algún lugar
no encuentra su acomodo:
Los pocos familiares y amigos que aún tenían el
coraje de acercarse a mi casa llegaron a decirme, supongo que tratando de
suavizar mi angustia, que no pasaba nada. Nadie había muerto, todos estaban en
casa, tomando una taza de café y comiendo un bollo de canela. Pero no era así.
Y yo lo sabía. La mayoría habían muerto en el accidente: un autobús repleto de
familiares que había organizado un viaje a Guadalajara. El chofer del autobús perdió el
control y se fue a estampar contra un remolque mal estacionado. Todos muertos,
todos: 31 personas de la familia carbonizadas. Los abuelos: calcinados. Los
tíos: calcinados. Los sobrinos: restos humeantes en medio de la carretera.
Entre los restos, el metal y el olor a quemado, pude ver el regalo que días
antes le había hecho a mi sobrino Marcos: el Sueño estéreo, el último disco de estudio de Soda antes de que
decidieran separarse. Marcos, Marquitos, el querido y aplicado joven que leía a
Borges y a Nietzsche desde los trece años, que lo mismo escuchaba sonatas de
Bach que se sumergía tardes enteras en dilucidar el intríngulis del sonido de
Frank Zappa, estaba semiquemado, a un lado de la carretera. Sostenía su viejo walkman, también
chamuscado. Dentro, sorpresivamente intacto, el disco de Soda rodaba a veces,
deteniéndose otras. Marquitos no quería ir al viaje. Su madre, la terrible tía
Carmina, lo había chantajeado con lo que Marcos pedía: boletos para ver a
Lacrimosa en su gira por México:
En la morgue del pueblo más cercano nadie nos
atendía. Era domingo y nadie, ni los forenses, trabajaban. Uno no se puede
morir en domingo en este país, no esta permitido morirse en domingo. Muérete
otro día, tal vez viernes o lunes, pero que no se te ocurra morirte en domingo
o días festivo o en el mero día de san Judas Tadeo porque nadie te va a
entregar. El tío Cástulo, de los pocos, junto conmigo, que había decidido a
última hora no viajar, estaba deshecho, sentado en la desvencijada sala del
forense. Tomaba pequeños sorbos a un café de color irreconocible y un sabor
peor. En el accidente había muerto la tía Martha –su esposa- y Marla y Coque,
sus hijos. El tío no lo podía creer. Repetía, con voz inconexa, que él debió ir
en ese autobús y morir con todos los demás, morir con su familia. Yo no pienso
así: la vida no se repite:
Estaba todavía oscuro cuando apareció el
forense. Fumaba un cigarrillo. Le pedí uno. Nos dijo, con una frialdad sólo
comprensible en esas personas cuyo oficio consiste en relatar la muerte
mediante el nada agradable placer de desmembrar los cuerpos, que el pueblo no
contaba con los recursos necesarios para atender a tantos cuerpos. Así lo dijo:
A tantos cuerpos. Pero dio una solución: en una hora mandarían a expertos del
gobierno para atender lo que se requiera. No todos los días morían 31 miembros
de una misma familia. Esperamos en silencio. El tío Cástulo lloraba. Quise
abrazarlo, pero no supe qué decirle, no soy bueno para consolar a nadie, y
últimamente desde mi recaída en las drogas no soy buena compañía. Hojee una
vieja revista que estaba por ahí. Sorpresivamente, encontré un buen reportaje
sobre la trombosis fulminante que hace cuatro años llevó a Ceratti al coma.
Daba un concierto en Caracas, Venezuela, cuando, en medio de la canción “Crimen”,
se desmayó. Los servicios médicos venezolanos le salvaron la vida,
deshaciéndole un coágulo de sangre que intempestivamente recorría sus arterias
con vías a estacionarse definitivamente en su cerebro. Le salvaron la vida,
pero quedó en coma. A eso no se le puede llamar vida. Su madre no quiere
desconectarlo, dice que agotará todos los recursos necesarios, en espera que
Gustavo algún día despierte y puede volver a hacer lo que mejor hacía: cantar y
tocar la guitarra. El reportaje pone ejemplos de personas que despiertan de un
coma luego de años. Una mujer suiza que pasó veinte años en coma hasta que una
tarde despertó. Un hombre en Illinois
que quedó en coma luego de un accidente laboral. El seguro se hizo cargo de
todos los gastos médicos, incluidos los 15 años que pasó en el Memorial
Hospital de Chicago. Una tarde llamó a su mujer quien, de la impresión, se
desmayó al lado del hombre. La mujer no quedó en coma a causa del golpe que se
dio en la cabeza, pero perdió todos los dientes frontales:
Nos entregaron los cuerpos 26 horas después del
accidente. Uno a uno los fueron subiendo a un camión especialmente contratado
por el gobierno del estado para trasladarlos hasta sus lugares de origen. Mi familia estaba dispersa. Vivían en sitios
tan disímiles como Cancún, Puebla a Tuxtla Gutiérrez. No sería un recorrido
fácil. Los pocos familiares que quedaron vivos se hicieron cargo de los gastos
funerarios. Algunos tenían seguro, así que no gastaron mucho. Sentí un frío
sepulcral en la espalda al ver los cuerpos en bolsas de plástico negro; ahí
estaban todos y cada uno de los familiares que yo conocía, etiquetados con sus
nombres y direcciones para su traslado. Pensé que fue mejor que me hubiera
separado de mi mujer, hace tres años. De haber seguido juntos, posiblemente
ellos y yo estaríamos en esas bolsas, tristemente muertos. El tío Cástulo se
desmayó cuando le entregaron los cuerpos de su mujer e hijos. Sentí tristeza
por él. Le recomendaría que, ahora sin nada por qué vivir, sería mejor que se
diera un balazo en la sien. Recordé unos versos de Nicanor Parra, el gran poeta
chileno, que me parecieron idóneos: “La vida es lo que es / y no lo que un hijo
de puta llamado Einstein dice que es”. Recordé una frase de Gustavo Ceratti, en
su canción Disco eterno: “Vengo a descubrir por qué ese deseo crece”. No lo sé.
Me voy a casa, beberé una botella de ron, le hablaré a mi hija, y le diré que
estoy feliz de que esté con vida.
miércoles, 19 de marzo de 2014
DOS MICROHISTORIAS VIOLENTAS
UNO
Melchor iba
atrás de la camioneta con otro tipo, muy joven, como él.Le pareció conocido; de reojo puso atención
en sus rasgos y sabía que lo conocía de algún sitio, aunque no supo determinar
de dónde.Quizá del mismo CONALEP.
Atravesaron el centro del pueblo, en línea recta hacia la carretera estatal.
Las luces del pueblo desaparecieron y pronto se encontraron bordeando el cerro
del Paliacate, hacia Cañada Honda, el tiradero de cadáveres de los narcos
locales. La camioneta hizo el recorrido hacia la cañada dos veces. A la
tercera, otra camioneta estaba estacionada en el lugar. Había una fogata muy
cerca de la camioneta, y cerca de la fogata dos tipos amarrados. Melchor hizo
el intento de bajar,pero el conductor
lo detuvo. Métete unos pases primero, pa que aguantes, es tu primera vez, a ver
si tienes güevos,le dijo. Se metió en
la nariz toda la bolsita de plástico que el conductor le dio. Bajó de la
camioneta. Las piernas le temblaban. A empujones, el conductor bajó de la
camioneta al acompañante de Melchor. Caminaron diez o quince pasos. El
conductor sacó su pistola, la más grande que Melchor había visto, y le vació el
cargador al acompañante.
-Éste
quería trabajar para nosotros pero no tenía güevos, era puto -le oyó decir-. ¿Eres
puto, también?
Melchor
negó.
-Eso
me gusta, porque aquí a los putos les cortamos los güevos y se los metemos en
la trompa –remató-. ¿Ves ese garrote que está ahí, cerquita del fuego?
-Sí.
-Pues
vas a acercarte a esos putitos que están amarrados ahí ylos vas a dejar tan molidos como la carne de
puerco que venden en la plaza los domingos, o qué, ¿no tienes güevos?
-Sí.
Melchor
nunca habría pensado que el ruido de un cráneo humano rompiéndose fuera tan
nítido. Ni mucho menos que el Roli había robado a los jefes, y ahora él tendría
que molerlo a palos, como a un perro. Un perro molido a palos por ladrón. Un
perro que se comportó como una gatita en celo cuando vio que el primer trabajo
de Melchor sería matarlo. Un perro que gimió y suplicó por su vida, y babeó y
se orinó y se cagó cuando Melchor alzó el bat de béisbol en todo lo alto y
descargó el primer garrotazo en su cabeza descubierta, por más intentos que
hiciera por cubrirse con sus manos atadas, y el sonido hueco pero clarísimo, y
luego ¿cuarenta, cincuenta veces, más?, un amasijo de carne amoratada y rojiza
que se esparcía entre los ojos fuera del rostro que saltaban por entre la
sangre.Después de todo, había pasado la
prueba, había hecho bien el trabajo.
DOS
Guardó la
carta en el bolsillo de la chamarra. Durante dos horas estuvo recorriendo los
caminos cercanos a la cañada, sin encontrarse un solo vehículo. Sacó un cigarro
de mota y se pusoa fumarlo, recostado
en el cofre de la camioneta. A los diez minutos recibió la llamada. Terminó el
resto del cigarro y arrancó la camioneta a toda marcha. En el trayecto pensó en
Mónica. Pensó en su familia. Se había conformado con poco hasta ahora, con
trabajos sin importancia, pero este trabajo lo sentaría al lado de los jefes. Y
no habría falla: todo estaba perfectamente planeado. Él mismo había supervisado
el trabajo, las entradas, las salidas, el horario ideal, la ruta de escape en
caso de que algo se complicara. Tenía claro que no quería que lo agarraran, y
la forma más fácil de lograrlo era siendo precavido. Detuvo el vehículo en un
OXXO, compró un par de cervezas, cigarros y un paquete de frituras. Arrancó
nuevamente y se detuvo justo frente al restorán Cedro’s, el mejor del pueblo.
Bebió tranquilamente sus cervezas y fumó acompañado por un programa de radio
que hablaba sobre el cambio climático. Cambió de estación radiofónica, pero no
encontró nada de su agrado. Por momentos, mientras observada a la gente que
entraba y salía del restorán, recordó unos versos que Mónica le había leído.
Miró su reloj: ya era tiempo. Sacó un paquete debajo del asiento, bajó de la
camioneta y atravesó la calle. El paquete no debería medirmás de treinta centímetros, y lo guardó
dentro de la chamarra. Entró al restorán, y eligió sentarse en una mesa cercana
a la sala de fiestas, una habitación con un amplio ventanal y una enorme
puerta. El mesero se acercó. Pidió una cerveza y una orden de machaca. Pasaron
algunos minutos antes que se decidiera hacerlo. Se levantó y fue al baño. Había
memorizado el rostro de los meseros, en lo días previos. De regreso, se dirigió
a los baños de la sala de fiestas. Atravesó el salón, sin que nadie se
percatara de su existencia. Al salir, dejó caer el paquete en el cesto de la
basura, muy cerca de la mesa donde una comitiva comía y bebía. Salió del salón
como si nada. En su mesa, lo esperaban la machaca y la cerveza. Sólo probó la
machaca, y dio dos tragos a la cerveza. Dejó un billete de doscientos pesos, y
abandonó el restorán. Con el detonador en la mano, subió a la camioneta y
avanzó por las calles del pueblo. Todavía a doscientos metros,la explosión hizo cimbrar la Lobo del año.
miércoles, 29 de enero de 2014
LA
DIMENSIÓN DE LO NOMBRADO
A mi hijo Aldo
Mateo: señas de identidad.
El mundo se divide entre los que tienen sentido
del humor y los que lo tienen.El
descubrir que, por unas horas,puedes
ser el autor de tu preferencia es una sensación sublime. Que te digan
“Bienvenido,señor García Ponce”sacude tu ego porque te das cuenta que ese
imbécil que te he confundido con Juan García Ponce no tiene ni la menor idea
que García Ponce lleva años muerto y tú no puedes ser él, es imposible que te
trasmutes o regreses del más allá para convertirte en alguien que ya no está en
este mundo. Pero eso lo sabes tú, no la persona que te ha confundido.Muchas veces me han llamado José Emilio
Pacheco. Otras, he sido Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José
Revueltas, ÍtaloCalvino, Adolfo Bioy
Casares, Guadalupe Nettel, Sergio Pitol.Según las lecturas del día,en el
viaje de ida puedo ser Enrique Vila-Matas y en el de regreso Roberto Bolaño. He
sido considerado digno sucesor del nombre de Javier Marías. Más de un seguro de
viajero ampara a José Agustín, un seguro que cubre gastos médicos en caso de
accidente y una remuneración económica a sus deudos. Una hermosa edecán de ojos tornasoles y cabellera
rubia me llegó a decir que el placer del viaje sólo se compara con el placer de
la lectura, para soltarme que ella leía mucho y su escritor predilecto era
Paulo Coelho. Un escritor mediocre.Pensé
en proponerle que yo podría ser Paulo Coelho y podría hacerle el amor mientras
ella me leía al oído fragmentos de El
alquimista. Desnudarla mientras me leía. No importaba qué. Así que
mi viaje de regreso lo hice con el nombre de Pablo Coello, castellanizando el
nombre. Todo iba tan bien, por momentos sentía el impulso de la mano César
Vallejo, pensaba que en verdad podría ser César Vallejo y escribir un poema tan
genial como Los heraldos negros. Nadie
en la fila parecía intuir o adivinar que dentro de pocos minutos el gran Augusto
Monterroso viajaría con ellos, un Monterroso decididamente más joven y moreno y
de una complexión alarmantemente pasada de peso. El verdadero Monterroso se
reiría de su doble, de su “dopplenganger”, para usar esta palabra germana que
designa al doble, al sustituto, al otro, al impostor. Quizá eso soy: un simple
impostor impostado de literatura que
pierde su tiempo en engañar a la gente haciéndose pasar por sus escritores
predilectos. Hubo algunas señales de alarma de que por fin, después de años de
viajar con otros nombres, alguien se percataría de la engañifa. Una vendedora de
boletos que no se tragó el cuento de que yo me llamase Jorge Luis Borges. Me
miró como queriendo que yo confesara que era un usurpador de nombres pero con
tanto tiempo en el oficio de la estafa heterónomano iba a ceder,así que me plantee lo mejor que pudeen el mostrador y argumenté que ella no era
quién para cuestionar si mi nombre era Jorge Luis Borges o no, y no iba a
perder el tiempo en mostrar mis credenciales sólo porque mi nombre era homónimo
del escritor argentino más conocido en el mundo, quizá el argentino más
conocido en el mundo luego de Maradona y Carlos Gardel y Lionel Messi, a lo
que, acto seguido, la vendedora de boletos se encogió de hombros y concedió que
tenía razón y me extendió un boleto de viaje para las once horas del domingo 27
de diciembre de 2009,de la ciudad de
México a la ciudad de Puebla a nombre de Jorge Luis Borges, y por diez pesos
más pagué el seguro de gastos médicos que debería cobrar María Kodama (no sé si
viva aún) a nombre del insigne escritor en caso que un accidente segara la vida
de Borges y los 30 pasajeros que viajarían esa noche. Borges llegó tranquilo a
Puebla y fue directamente a un bar a tomarse un trago y luego fue a su casa e
hizo el amor con su mujer –que por supuesto no era María Kodama-pensando en la vendedora de boletos de
autobús. El error fue comenzar a creerme extranjero. Patrick Modiano viajó de
la ciudad de Tehuacán, Puebla, a Orizaba, Veracruz, una tarde de octubre de
2010. El vendedor no puso objeción para extenderme el boleto, quizá había sido
por lo extraño del nombre pero era muy común que padres desnaturalizados
llamaran a sus niños mexicanos Patrick o John. En noviembre un tal Roberto
Calasso hizo un viaje fugaz a la ciudad de Pachuca en donde visitó a unos tíos
acompañado de su esposa y su hijo de tres meses. Si Modiano y Calasso había
viajado por territorio mexicano sin necesidad de documentos migratorios, ¿por
qué no podría hacerlo Philip Roth? Roth era un escritor que me fascinaba y en
la medida que mi atracción literaria crecía, decidí que era tiempo que míster
Roth visitara Oaxaca, una ciudad que ya había sido visitada por su amigo
Richard Ford años atrás y en donde Ford había escrito una genial novela. Así
que un increíble y sorprendentemente aceptado Philip Roth viajó de Puebla a la
ciudad de Oaxaca en las navidades de 2010, acompañado de su esposa, una tal
Mrs. María Sabina. Mi mujer había aceptado jugar el juego. Una estrafalaria
vendedora de boletos me comentó que mi nombre era poco común para un mexicano,
a lo que repliqué, fingiendo el acento, que yo no era mexicano sino
norteamericano, que mis padres había nacido en Oaxaca pero yo había nacido en
Albuquerque (Albuquerquiiiii) y que mi esposa se llamaba María Sabina Rodríguez
porque sus padres eran devotos de la “bruja” de Huautla, pero que ella también
había nacido en Estados Unidos,aunque
tuviéramos un nopal tan grande como un encino pegado en la frente que nos
distinguía a kilómetros de distancia. Roth y María Sabina regresaron a Puebla
días después y nadie notó, ni los periodistas y paparazzi, que juntos habían
visitado Montealbán y se había fotografiado en el Árbol del Tule y habían
bebido mezcal en la cantina El renacer, acompañados de un trío que cantó temas
de Roberto Cantoral. Para marzo, Mario Bellatin visitó a sus padres en Veracruz
y un cambiado Ricardo Piglia –sin acento- hizo el viaje de vuelta. En abril,
James Joyce se presentó en la terminal uno de la central camionera del DF,
dispuesto a viajar a Querétaro. Joyce iba solo. Un Joyce que había leído a
Shakespeare de joven pero que ahora le importaba un bledo. Work in progress
jejejeje.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
V
-->VUELTA AL REDUCTO
Cuando a
Víctor Illescas le encargaron la dirección editorial del proyecto literario
menos ambicioso de la universidad, dudó en aceptar. No fue le sueldo que le
ofrecieron –diez veces más de los que ganaba por sus clases de Teoría
Literaria- sino las extrañas condiciones lo que lo hicieron decirle al director
académico que se lo quería pensar un poco. Cualquier otro colega se hubiera
negado de inmediato, no sólo por lo absurdo de la propuesta, sino por el poco
prestigio que una empresa tal otorgaba a los participantes. Pero Víctor decidió que lo mejor sería
consultarlo con una buena botella de vodka y unas películas de Buster Keaton.
Frente a la botella de vodka, Víctor estimó que, para tal empresa, sería
necesaria una suerte de recursos editoriales que, lo sabía, la universidad no
podía pagar. Aunque estaba lo otro, los recursos destinados por cierto donador
anónimo que había dejado, exclusivamente, una cantidad exorbitante de dinero
para que, a la brevedad, se echara andar el proyecto. La única condición que el
donador pidió fue que los autores publicados fueran totalmente desconocidos.
¿Por qué la universidad había aceptado tales condiciones, si de antemano se
sabía que esta empresa editorial estaba destinada al fracaso? Publicar autores
desconocidos ha llevado a la ruina a
obsesivos editores que creen encontrar en una joven promesa o en un texto
deslumbrante el rey midas que los lleve a las ligas mayores de la edición
internacional. Pero, pensó Víctor, ¿y si tiene la suerte de publicar a las
nuevas la Vacas Sagradas de
las Letras Mexicanas? La respuesta la encontró en el argumento del director
académico: Había dos fondos, uno destinado para la edición del proyecto y otro
destinado a construir un nuevo edificio para la universidad. El bufete de
arquitectos que diseñaría el proyecto del nuevo edificio desde Vancouver estaba
contratado, sólo a condición de que el proyecto literario tuviera la seriedad
necesaria y el respaldo absoluto de la
Junta de Gobierno, además de ofrecer como editor a un
reconocido académico y crítico literario. Ahí entraba Víctor. Luego de una
larga meditación, Víctor aceptó. Tendría los fondos necesarios para iniciar
cuanto antes. Luego de una ardua selección de autores que jamás habían
publicado (Víctor tuvo que rastrear en lugares infectos, en salones de clase
donde deambulaban estudiantes con textos bajo el brazo, o en talleres literarios
de poca monta), la edición de esta colección estaba lista para iniciar. A pedido
expreso del donante, se llamaría colección de Autores sin nombre.
El
primer título se llamó La ráfaga, de
Francisco Arriaga Méndez, un autor chiapaneco que escribía cuentos inspirado en
Borges y Raymond Carver. Víctor lo encontró en un coloquio de literatura en
Tuxtla Gutiérrez, cuando Arriaga le lanzó una mentada de madre a un ponente que
hablaba sobre la trascendencia en “Mutra” de Octavio Paz. Luego de la ponencia,
Víctor lo abordó y le preguntó si alguna vez había publicado algo. Ante la
respuesta negativa y reticente de Arriaga, Víctor le dijo que quería publicarle
sus textos para una edición de autores sin nombre. Arriaga aceptó y así se
convirtió en el primero de la lista de esta bizarra empresa editorial, no sin
antes exigir una fuerte suma de dinero para –explicó- hacer un viaje
trascendental a la India
y sufragar algunas deudas adquiridas por su creciente y omnímoda adicción a las drogas fuertes y a las
prostitutas hondureñas. Víctor no puso objeción pero pidió un adelanto de sus
textos. Arriaga le hizo llegar vía e-mail un breve texto intitulado “El dinero
de todos los santos”, un relato –sin duda autobiográfico- sobre una travesura
de infantes que robaron las dádivas que
la gente dejaba en el altar de los santos del pueblo de Copoya, lugar de
nacimiento de Arriaga. A Víctor le molestó la sequedad del texto, carente de
recursos literarios, demasiado plano, además del excesivo uso de regionalismos
y barroquismos que convertirían al relato en una especie de galimatías. Sin
embargo, decidió incluirlo junto con diez relatos más que Arriaga envió, casi
todos en el mismo tono autorreferencial.
El
segundo título de la colección llegó sin que Víctor se esforzara en buscar al
autor. Lo encontró en una cantina del centro de la ciudad, cuyo dueño, un
chileno que había emigrado a México al inicio de la dictadura de Pinochet, era
amigo del padre de Víctor. El chileno y el padre de Víctor habían sido miembros
del Partido Comunista Mexicano, y juntos habían regresado a Chile a hacer la
revolución, pero el único que regresó de la experiencia anti pinochetista fue
el cantinero chileno, pues al padre de Víctor lo mató una bala en la cabeza en
Valparaíso, luego de ser torturado durante tres días, cuando fue descubierto repartiendo propaganda
contra la dictadura. Víctor apenas recordaba a su padre. Tenía cuatro años cuando se fue y su recuerdo se
disipaba cada vez que intentaba acordarse de él. Sin embargo, el cantinero
chileno había regresado con una carta para él y su madre en donde explicaba los
motivos de su partida y de lo mucho que los quería. Con el tiempo, el cantinero
chileno se convirtió en la figura paterna que nunca tuvo, y hasta muy entrado
en años se dio cuenta que era amante de
su madre. Luego su madre murió y siguió visitando al cantinero todos los
sábados en su cantina de la calle Donceles. Uno de esos sábados, mientras
preparaba la edición de La ráfaga,
decidió visitar al chileno. Lo encontró atrás de la máquina registradora, tan
efusivo como siempre por su llegada. Se tomaron una copa de ginebra y le contó sobre sus planes editoriales y la
urgencia de encontrar a un autor que no hubiera publicado jamás. Al chileno le
pareció extraño que, tomando en cuenta la cantidad de escritores que deambulan
esperando la oportunidad para publicar sus mamotretos, no hubiera encontrado ya a los posibles
candidatos para aparecer publicados en la editorial de la universidad. Víctor
explicó que quería hacer una selección rigurosa, y no irse de boca a la primera
de cambios. Por un segundo, al chileno
se le iluminó el rostro. Él tenía a su hombre ideal, dijo, qué digo hombre, a su
escritor ideal. Señaló al fondo de la cantina, en una mesa que parecía
desaparecer a ratos por la oscuridad del salón. El que está al fondo es
escritor, dijo. O cuando menos parece serlo. Llega dos o tres tardes por semana
y escribe en libretitas escolares durante horas y frente a una botella de ron.
Era un alcohólico, eso era seguro. Llevaba el cabello largo hasta los hombros y
tenía la mirada perdida de los que no esperan nada de la vida. Víctor tanteó
que debía rondar los 35 años, quizá menos. Preguntó al chileno si se podía conversar con
él, porque pensaba abordarlo. El chileno respondió que siempre estaba ahí y
sólo hablaba para pedir cigarros o alguna botana. Víctor se acercó y en seguida
recibió una mentada de madre. Luego de un rato de volver a explicar los motivos
de la edición que preparaba, el escritor aceptó. Se llamaba Rosario Patiño
Chaires pero en el mundillo travesti era conocido como Daniel Jacarandas.
Rosario pidió que su libro fuera publicado como Daniel Jacarandas y que no se
hiciera mención de su doble identidad. Unos días después entregó un manuscrito
de casi trescientas páginas con el hoy insigne título de Las mentiras de la desdicha, que se convirtió en best-seller a los pocos meses de
publicarla y fue adquirida por una editorial española que la convirtió en un
libro mainstream al grado de que
Almodóvar la utilizó como argumento de una de sus películas. Claro que Víctor
no podía saberlo cuando Jacarandas llevó el manuscrito a su oficina. En un
principio, la lectura le pareció tediosa, demasiado personal y decididamente
violenta. Estaban ahí el mundo de la prostitución, las drogas, el alcohol y el
travestismo pero contado desde la mirada de una travesti que no podía renunciar
a su feminidad. Una mujer que había regalado a su hijo al nacer para poder
aceptar su masculinidad; una mujer que soñaba todas las noches con que de una
buena vez se le pudriera el coño y de esa cavidad húmeda le brotara un pito
enorme. Las imágenes perfectamente
captadas de la violencia masculina (y femenina) fueron el detonante para que
Víctor decidiera que Las mentiras de la
desdicha fuera el segundo título publicado por la colección Autores sin nombre. Jacarandas no vería
publicada su novela: moriría tres semanas antes, estrangulada en hotel de mala
muerte. Víctor se dio a la tarea de seguirle la pista a los datos más
elementales de la biografía de Jacarandas, y, salvo tres o cuatro datos relevantes, lo demás
no importaba. De todas formas, con tan escuetos datos, escribió un breve
prólogo a la novela, el cual fue utilizado por la editorial española que compró
los derechos de publicación.
El
tercer y último libro de la colección Autores
sin nombre fue un ensayo sobre Ludwig Wittgenstein, el célebre filósofo
vienés autor del indescifrable Tractatus
Logico-Philosophicus. El autor era un estudiante de preparatoria, un genio
de dieciséis años del todo desconocido, incluso para sus maestros, quienes lo
consideraban un frío y escurridizo emo que prefería pasar sus horas de clase
encerrado en la Biblioteca
leyendo a Nietzsche, Wittgenstein y
Derrida. Las extravagancias discursivas y argumentativas de Emilio Tenoch Landa
–era su nombre- lo hicieron célebre durante una corta temporada, para después
caer en el resentido olvido de sus condiscípulos, que no podían creer que
Tenoch Landa pudiera contradecir y ridiculizar a todos los profesores. Del
olvido vino el rechazo, y del rechazo la burla. Tenoch Landa su aisló más de
todo el mundo, incluso de los demás emos
de la prepa (que abundaban) que lo veían como un advenedizo en cuestiones de
“rechazo” emocional: sólo ellos podían sentir todo el peso del mundo, todo el
odio y mala leche sobre sus cabellos pintados de azul y su vestimenta negra;
sólo ellos tenían derecho a aislarse para poder ser creativos o engrosar la
lista de los millones de jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban. Tenoch Landa
se hartó de ese mundillo de ignorantes e hipócritas y dejó de asistir a la
prepa. Se encerró en una biblioteca pública con pocos libros, mucho espacio y el silencio necesario para
escribir. En tres semanas terminó su ensayo, que tituló El concepto de filosofía en el “Tractatus Logico-Philosophicus” de Ludwig Wittgenstein, un portento
hermenéutico donde, a través de una visión que desgranaba el pensamiento del
vienés, reordenaba sus aforismos de manera que los lectores advirtieran la
necesidad de renovar la concepción lingüística de la filosofía. Para Tenoch
Landa, el concepto de filosofía de
Wittgenstein estaba dirigido a ser un espejo donde el lector atisbara sus
propios pensamientos desde la óptica del reflejo lingüístico: los problemas
filosóficos no son otra cosa que problemas del lenguaje. Nombramos las cosas
por un sentido de inexactitud en los límites de nuestro pensamiento, de nuestro
lenguaje expresado. Víctor dio con el manuscrito de la manera
más rara posible. Tenoch Landa tenía tres meses muerto cuando un primo de Víctor,
un médico del SEMEFO, le arrojó el texto en una cena familiar. El médico le
explicó que, semanas antes, se había suscitado una riña entre bandas rivales de
emos, y Tenoch Landa, un chavo de
dieciséis años había recibido una terrible golpiza que le causó la muerte casi
de forma inmediata. Las pocas pertenencias de Tenoch Landa nunca fueron
reclamadas, entre las que se encontraba el manuscrito guardado celosamente en
el interior de una mochila. Como sabía que Víctor estaba metido en “el rollo de
la cultura”decidió regalarle el
texto antes de que fuera incinerado con cientos de pertenencias nunca
reclamadas. Víctor leyó el texto con excitación y asombro en una noche. Le
costó creer que el ensayo fuera obra de un adolescente. Era tan nítido y a la
vez hermético, y aunque tenía algunos errores ortográficos visibles, la
claridad de sus posturas no dejaban lugar a dudas: Emilio Tenoch Landa era un
joven dotado. Víctor no era amplio conocedor de la obra de Wittgenstein, a
quien había leído, de manera mecánica,
como parte de alguna asignatura perdida en su doctorado. Pero pudo
reconocer algo inexplicablemente crítico en el ensayo que apuntalaba un
razonamiento sensible e intelectual. Esa
fue su primera impresión, pero por momentos decidió dejarse llevar por el
beneficio de la duda. Decidió investigar
un poco más. Por insistencia e influencia burocrática de su primo, pudo revisar
la parte médica que el SEMEFO entregó a las autoridades. Efectivamente, Tenoch
Landa había muerto por traumatismo cráneo-encefálico y perforación de un pulmón
con arma blanca. Quiso contactar a su familia, pero habían abandonado la ciudad
rumbo a Estados Unidos. Del director de la prepa y de los maestros poco o nada
pudo obtener. Sólo uno o dos alumnos, antiguos amigos o conocidos de Tenoch, lo
orientaron hacia cierta parte de su oscura vida. Por ellos supo del talento
desmedido de Tenoch, de sus grescas con las autoridades escolares, de su
aislamiento. Uno de ellos le dio la dirección de la casa de un tío. Víctor
visitó al tío con reticencia. Pero poco pudo sacar de él, un tipo vulgar y
grotesco que llamaba a su sobrino “el maricón”. En vano sería explicarle que
por ese maricón la familia Tenoch Landa sería recordada. Pidió poder contactar
a sus familiares. Recibió un teléfono y una dirección perdida en Payton, Ohio.
Nada impresionó más al padre de Tenoch que el saber que podía obtener dinero
por la publicación de un libro de su hijo. Ni siquiera sabía que escribía. No
tenía clara la forma de su muerte, sino simplemente “por andar en sus cosas”. Pensó
que de vez en cuando surgen luces que crepitan alrededor de polvorones de
niebla. De cualquier manera, muerto Emilio o no, habían decidido abandonar
México tiempo atrás. Víctor ofreció una
generosa cantidad de dinero por los derechos del ensayo, así como para poder
realizar un texto biográfico para presentar el pensamiento de Emilio a las
futuras generaciones. El padre aceptó, y a los dos días, Víctor tomaba un vuelo
a Cleveland, con una escala en Nueva York, con un contrato en el maletín que
cedía los derechos a la universidad de la obra e imagen de Emilio Tenoch Landa
a perpetuidad. El ensayo se presentó meses después, en una mesa de análisis
donde eximios filósofos hablaron maravillas del libro y sobre las repercusiones
que éste tendría en la dilucidación del pensamiento del filósofo vienés.
Todo
parecía indicar que la colección Autores
sin nombre se convertiría en un clásico. El rector de la universidad en
persona felicitó a Víctor Illescas y le ofreció un puesto en la dirección
editorial de la universidad, para que asesorara a los editores y demás
empleados. Eran las grandes ligas de la intelligentzia
mexicana, el non plus ultra del
logro académico. Salvo el primer desliz con La
ráfaga, que fue vapuleado por Rafael Lima, el crítico de moda de la revista
Signos Abiertos, la de más influencia
en el país, los libros de Jacarandas y
Tenoch Landa fueron recibidos con sendas críticas favorables en las revistas
literarias y filosóficas que dominaban el panorama cultural mexicano. Heberto
Suástez, editor y dueño de Signos
Abiertos, invitó a Illescas a publicar en su revista. Le publicaron un
ensayo sobre la poética narrativa de Sergio Pitol y sus influencias eslavas que
recibió buenas críticas y le abrió las puertas del mundillo literario mexicano.
Todo estaba en eso: pertenecer o no pertenecer. Víctor se dio el tiempo para
escoger el cuarto título de la colección, quería seguir con el camino
ascendente que lo había convertido en el editor de moda en México. Visitó
talleres, recorrió aulas, habló con sus colegas sobre nuevos valores en sus seminarios de narratología o creación
literaria, leyó periódicos de provincias para ver si ahí entre páginas de
sociales y anuncios clasificados se encontraba el nombre que continuaría con el
éxito de Autores sin nombre. Pero el
nombre no aparecía. Se ocultaba de la notoriedad pública con una sonrisa
sardónica al título de la colección. La fecha estaba cerca, e Illescas no tenía
nada. Lo más lógico hubiera sido escoger a alguien de los muchos que hacían
fila en su oficina para entregarles manuscritos con la firme intención de
publicarlos. Algunos eran recomendados de sus nuevos amigos escritores, o eran amantes
de algún profesor de Literatura Alemana del siglo XX. Una tarde, un colega que
enseñaba literaturas orientales en la universidad, lo visitó en su oficina.
Había llegado de una estancia posdoctoral en Tokyo y traía un manuscrito de una
joven mexicana que llevaba años viviendo en Japón. María Icaza Hiroshi administraba
en Yokohama un restorán de comida
mexicana, el único de la ciudad, hasta donde sus padres se habían trasladado
cumpliendo un antiguo sueño de su abuelo, que era japonés y había peleado en la Segunda Guerra
Mundial para los norteamericanos. Luego de terminada la guerra, el abuelo se
trasladó a México y ahí abrió un restorán de comida japonesa una vez casado con
una mujer mexicana, una poblana que aceptó sin prejuicios la diferencias
culturales. El abuelo tuvo tres hijas, y una de ellas, Hitori, se fue a vivir a
Japón con su esposo y su hija de siete años. Dos veces por semana, el profesor
de literaturas orientales iba a consultar libros a la Biblioteca Municipal
de Yokohama, y dos veces por semana comía en el restorán de comida mexicana.
Ahí entabló amistad con María Icaza Hiroshi. En la última comida del profesor
–regresaba a México luego de un año-, María le entregó el manuscrito de una
novelita de título simple: Los fugaces. En
ella, María hacía recuento de tres generaciones de familiares japoneses
emigrados a países tan disímiles como Austria, México y Australia. Era una
reconstrucción familiar con la simpleza de la mejor narrativa japonesa, de una
belleza pasmosa, dando descripciones poéticas de Los Angeles, Yokohama, Viena, el
Distrito Federal y Melbourne. Víctor leyó el manuscrito y decidió que Los fugaces sería el nuevo título de la
colección. Había algunas imprecisiones idiomáticas que corregir, porque el
español utilizado por María parecía una traducción del japonés. Pero para eso
estaban los correctores de estilo. Illescas se puso en contacto con María y
acordaron verse en Yokohama. Hizo todos los preparativos del viaje, mientras
escribía, por anticipado, una reseña sobre Los
fugaces. Diez días después atravesaba el puesto de revisión migratoria del
aeropuerto de Tokyo. Atardecía en Tokyo, amanecía en México. Se hospedó en un hotel cercano al
aeropuerto, en espera de poder viajar al otro día a Yokohama. A pesar de las 17
horas de viaje, no se sentía cansado. Se sentía excitado por el encuentro con
María. La nieve comenzó a caer, llenando
de colores inusitados las luces de neón que, a lo lejos, iluminaban los
edificios en Tokyo. Sintió hambre y sed.
Bajó el ascensor del hotel, y, al salir, respiró el aire turbio de una nevada
decembrina en Tokyo. Tomó un taxi al centro de la ciudad. Lo deslumbró ese
contraste entre modernidad y tradición tan característico en Japón, los
edificios hipermodernos, los viejos palacios imperiales, las tiendas de
aparatos electrónicos. Se bajó del taxi cerca de una plaza que daba a un enorme
centro comercial. La plaza tenía callecitas al lado repletas de restoranes,
bares y discotecas. Entró en un restorán. Un cuarteto de jazz amenizaba la
noche. Era una cuarteto poco común: el sax lo tocaba un negro, el bajo un japonés,
la batería una mujer de nacionalidad indefinida, y el bandolón y voz un extraño
tipo de aspecto europeo. Pidió una mesa. Lo ubicaron en la única mesa
disponible, desde no era posible ver al cuarteto de jazz. Pidió el menú.
Peguntó al mesero sobre las
posibilidades del menú, y el mesero respondió, en un inglés rudimentario, que
la especialidad era el Tsanori, una especie de ensalada de mariscos. Pensó en
Arriaga, Jacarandas y Tenoch Landa, a quienes nunca vería. Pensó en María y la
imaginó delgada, morena, de ojos rasgados pero rostro latino, fuerte y marcado.
Comió su Tsanori, acompañando la comida con sorbos de limonada. Víctor Illescas cayó de bruces sobre el plato
y la mesa, víctima de una severa intoxicación por comer algún pescado venenoso
de los mares japoneses. Murió ahí mismo, mientras los comensales lo veían
escupir una espuma verdosa de su boca.
martes, 20 de agosto de 2013
Mi lista de diez libros esenciales en este nuevo milenio (a que deberían de leerse, a mi juicio). 10. Redentores, de Enrique Krauze. A través de la biografía de personajes emblemáticos para la política y la cultura en América Latina, Krauze elabora una cartografía esencial del pensamiento de gente como el Che, Eva Perón, Octavio Paz, Vargas Llosa, el subcomandante Marcos, Hugo Chávez, entre otros. 9. Masa y poder, de Elías Canetti. El maestro búlgaro analiza, en esta pieza de varia investigación antropológica, sociológica, histórica, literaria, el contacto vital entre la sociedad y el poder. 8. Los trabajos del reino, de Yuri Herrera. Con esta novela deslumbrante, Yuri Herrera recrea la mitología en relación al narcotráfico y las pasiones humanas. Alcanza, por momentos, un tono poético aterrador. 7. El adversario, de Emanuel Carrére. Una estremecedora historia sobre la mentira, el engaño amoroso, y las consecuencias que conllevan. Un psicópata estado puro. 6. El mal de Montano, de Enrique Vila-Matas. Porque Montano renuncia a la escritura, y a Vila-Matas, obsesivo blanchotiano, se le ocurrió escribir una novela sobra la abulia creativa. Un libro-cita, que debe más de un párrafo a Sergio Pitol. 5. Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Nada más porque Bolaño es el escritor más célebre, leído e importante de su generación. Porque cuando la leí tenía 20 años y también era un aspirante a escritor que escribía versos funestos en el DF de principios de siglo, entre Belano y Lima, los detectives salvajes. Una novela que tardas años en sacudirte. 4. El hombre rebelde, de Albert Camus. Un libro esencial para comprender el desarrollo intelectual europeo, antes y después de la devastadora experiencia de la segunda Guerra Mundial. 3. El día de la independencia, de Richard Ford. Ford es el Gran Escritor norteamericano de su generación, y su novela la Gran Novela Americana. Un libro de una limpieza narrativa impecable que desentraña la compleja red de desintegración de la sociedad americana. 2. La cultura de la queja, de Robert Hughes. Lo políticamente correcto está en boca de todos: conservadores, liberales, gente de izquierda, derecha, centro izquierda. Con ironía y argumentos convincentes, Hughes analiza el lenguaje político gringo, lleno de clichés y mal gusto, y hace un análisis audaz de la sociedad americana envilecida por tantas horas de TV, cocaína y comida chatarra. 1. La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Es, quizá la mejor novela escrita en nuestro idioma en los últimos 20 años. Un alarde de compromiso político, talento narrativo inigualable enzarzado con una historia de amor violenta y refinada. Un deleite leerla.
jueves, 30 de mayo de 2013
Ante tanta insistencia, lo mismo. ¿Por qué el narco? ¿Por qué el corrido? Porque sí. Porque es lo de hoy.
Está en todas partes. Forma parte de una cultura de la transgresión, o de la
sumisión, si se quiere. ¿La política en medio de todo? Pues sí, cómo evitarlo,
si la política en una sopa que se come fría.
Quienes piensan que esto es subliteratura están equivocados. Lean Trabajos del reino de Yuri Herrera.
Tómense una cerveza en Badiraguato, convivían con sicarios que tienen como padre putativo a Mario Almada, escriban su nombre
con rayas de coca y aspiren hasta que una tersa lágrima acuda al llamado de la
adicción, escuchen corridos dedicados al Chapo o al Mayo Zambada, manejen una
trocka del año, disparen una AK-47, torturen, decapiten, violen, roben,
secuestren, intriguen, métanle un balazo a alguien porque les dio la gana
hacerlo, no estudien: para qué, si se gana más dinero vendiendo grapas de coca
o chiva a menores de edad o a gringos que dejan su feudo capitalista para tomar
un poco de sol mexicano. Y, como dijo
alguna vez Manuel Acuña, en medio de todo esto la madre como un dios. La madre
del narco, su innegable fetichismo freudiano, su etapa fálica. Su afición a los santos, a
Malverde sobre todo, pero en medio de esta mierda aparecen san Martín de Porres
y san Pascualito Rey y el Santo Niño de Atocha y la Virgen de Guadalupe, y viva
Cristo Resucitado y vivan los curas que trafican kilos de droga debajo de sus
raídas sotanas, en medio de la verga y el calzón. Es creación en estado puro.