No hay mayor desilusión que la incapacidad de compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.



Richard Ford



miércoles, 20 de mayo de 2015

LA TINTA SIN NOMBRE
I
En agosto de 2008, luego de hacer las últimas correcciones a su novela El rey pálido, David Foster Wallace se suicidó. Llevaba días encerrado en su estudio de Berkley, California, escribiendo y escuchando piezas de Bach. Ellen, su esposa, le llevaba de cuando en cuando aperitivos. Esa última tarde escribió una nota suicida de dos páginas, subió al cuarto de su esposa, destendió la cama, se durmió un rato, y más tarde se colgó de un árbol en el patio de su casa. Autor de una de las obras literarias más emblemáticas de los último años, escritor precoz, genio, Foster Wallace llevaba años luchando contra la esquizofrenia y la depresión. Su novela La broma infinita, es considerada como la obra más importante de la narrativa norteamericana de principios del siglo.
II
Se escribe para sobrevivir. El absurdo predomina. Se camina en círculos. Pensemos en la muerte de Kafka en el sanatorio de Kierling, las cartas que escribió a Felice Bauer, sus obras inconclusas. Pensemos en la muerte de Chéjov, tan bellamente narrada por Raymond Carver en esa obra maestra del cuento que es Tres rosas amarillas. Pensemos en los libros que nunca se leerán porque a estas alturas no interesan. Proyectos perdidos, páginas en blanco. Pensemos en historias simples, sin retoque, piezas de orfebrería de la imaginación.  Pensemos en que nunca seremos verdaderos escritores, porque, como decía Renato Leduc, no tenemos de la mosca la tenacidad. Leí en Sergio Pitol que Cyril Connoly decía que todo escritor debe aspirar a escribir una obra genial, de lo contrario es un mediocre. Somos imitadores, lectores, nuestros intentos de escritura son tan vagos, tan perecederos, que no merecen la pena publicarse. No queremos aduladores, gente que te palmeé al hombro y te diga no genial que somos. Nunca escribiremos en cuento como Funes, el memorioso o una novela como El arco iris de gravedad. ¿Por qué seguimos servilmente empeñados en escribir? De tanto escucharlo, muy en el fondo de nuestra vanidad, llegamos a creerlo alguna vez. Alguien nos lo dijo, tras un café. Alguien pensó que podría ser verdad.


III
Michel Huellebecq es un escritor francés de amplia trayectoria. En 2011 publicó la novela El mapa y el territorio en donde utilizó citas textuales extraídas de Wikipedia como sustento de la temática científica que manejaba en su novela. Los críticos destrozaron a Huellebecq, acusándolo de plagiar documentos que no son confiables y ofrecer una visión distorsionada a la veracidad científica.  El escritor se justificó afirmando que toda información de Wikipedia es pública, y por lo tanto no hay derechos de autor pues los artículos, en su mayoría, no aparecen con firma. En cualquier caso, Huellebecq vendió millones de ejemplares de su libro, y ahora es un escritor, además de famoso, rico. Las bondades de la mala crítica literaria.
IV
Durante la universidad, a Ricardo le auguraron un futuro promisorio en el mundillo de las letras. Alguien se lo dijo, y él lo creyó a pie juntillas. Muy joven publicó en revistas, antologías, en libros universitarios de jóvenes narradores; presentó ponencias en congresos literarios, y más de un docente le prometió conseguirle una beca para cursar un posgrado. Sus amigos lo adulaban, esperando extraer de él algún conato de sabiduría, el festín literario que sus mediocres mentes no podía acceder. Al final, Ricardo se agotó. Dejó la ciudad, mandó  a la verga a todos aquellos huele pedos, se instaló en una modesta ciudad de provincias lo más parecida a una ratonera, olvidó la literatura, casó una, dos veces, tuvo hijos, y consiguió un modesto empleo como funcionario público. De vez en cuando se entera de los logros de otros. Una beca por ahí, un doctorado por allá. Ricardo regresa a sus libros, el único refugio donde es realmente feliz y realmente infeliz, según sea el caso. Contradicciones de la vida. Piensa que todos tienen derecho a tomar sus propias decisiones, aunque la mediocridad estribe en alcanzar lo que todos aspiran: seguridad económica, estabilidad laboral. Se olvidan de lo más importante. Ricardo no puede evitar pensar en Kafka, que decía que sentía haber cometido un error fundamental en su vida, pero por más que daba vueltas a su caso, no encontraba cuál había sido ese error. Y Ricardo se ríe, ante la enésima copa de brandy.
V

Alguna vez vivió, estuvo entre los vivos, un joven que jugó a ser poeta-dios. Murió a los 39 años, pero dejó de escribir a los 21, dejando tras de sí un montón de poemas, un montón de buenos poemas tan fundamentales que la poesía actual sería incomprensible sin ellos. El poeta abandonó la escritura, y dedicó su vida a hacer dinero, lo que consiguió tras varias tropelías. Ante la página en blanco, el poeta prefirió el anonimato. No vivió lo suficiente para ver su propia inmortalidad.
 

jueves, 11 de septiembre de 2014


Las listas son, por lo regular, arbitrarias. ¿Por qué no considerar a éste o aquél? Y son también injustas. Muchos de los libros que he leído tuvieron su momento de fama en mi vida, fueron una especie  de one hit wonder  en determinado momento, y aunque no he vuelto a releerlos, su huella es imborrable. Pienso en Cien años de soledad, las Ficciones de Borges, o los textos canónicos de Platón: el Fedón o el Ión. Algunos poemas de Neruda, César Vallejo o Huidobro, a quienes releo cada vez que la malaria de la narrativa y el ensayo me inoculan por un rato. Incluso algunos textos marxistas que durante la universidad digerí como sopa caliente,  ahora me parecen nefastos. Propongo, siguiendo este juego de los listados tan común en nuestra época, los libros que como lectores aconsejaríamos mear, cagar y tirar a la basura (por descontado omito las referencias a libros de superación personal, biografías de estrellas de la farándula, o libelos y fanzines proconsumistas). Propongo también dar un breve argumento de las razones,  vergonzantes o no, que nos llevaron a desechar tales lecturas.

Sin orden:

Mi lucha, de Adolf Hitler. El mundo ya está demasiado pervertido para aconsejarle a alguien que lea este libro fanatoide, mal escrito (o al menos la traducción que leí era muy mala), con argumentos fáciles de digerir y sin sustento científico comprobable. Hace mucho me deshice de él. 

La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Burda copia del realismo mágico que García Márquez y compañía. ¿Para qué leer a Allende si tenemos la fuente original de primera mano? 300 páginas que se leen no sin decenas de bostezos.

Manual del completo idiota latinoamericano, de Álvaro Vargas Llosa. El hijo de don Mario (él sí escritor e intelectual respetado, Nobel de Literatura, pues), apostó por un manualito donde la disidencia antiyanqui reflejara sus frustraciones pequeñoburguesas. El resultado: un basural de mentiras e imprecisiones ideológicas.

La vida en rojo,  de Jorge Castañeda. Ni cómo creerle a este intelectual orgánico. Las mil páginas de su libro son el resultado de un amor sentimentaloide por el Che Guevara, pero, a  parte de ciertos episodios confusos en los que el autor especula con la veracidad histórica, no aportan nada nuevo a efigie casi beatífica del ilustre guerrillero.

Arrebatos carnales, de Francisco M. Moreno. No sé si Moreno leyó alguna vez a Norman Mailer. De haberlo hecho, hubiese distinguido entre Historia, Novela y Ficción. La Historia como Novela o la Novela como Historia sólo es posible si el narrador se convierte en personaje, pero para hacerlo debió haber vivido el hecho. Moreno es capaz de fingirse un personaje al entrar en la habitación de don Porfirio Díaz y escudriñar en sus “arrebatos carnales”. Ni Historia ni Ficción: un bodrio sin credibilidad y una sarta de imprecisiones históricas.

Fragmentos de la Universidad desconocida, de Roberto Bolaño. Por mucho que admire a Bolaño en su faceta (la mejor, ni duda cabe) narrativa, debo admitir que como poeta deja mucho qué desear. Aunque en vida Bolaño se consideró poeta, en verdad fue un poeta menor. Seguramente, de seguir vivo, Bolaño no hubiera permitido que publicaran su obra poética. Los editores y su viuda, incapaces de frenar el affaire Bolaño-Lector,  ceden al impulso publicitario y monetario y publican todo lo que se encuentra del célebre chileno. Incluso sus poemas menores.  Es la obra de un ávido lector de poesía, pero no de un poeta en cuerpo entero, con una propuesta nueva, pleno en sus facultades creativas. Muchos de esos poemas fueron escritos cuando Bolaño militaba en el infrarrealismo, ese movimiento poético de tintes punketos y escatológicos de mediados de los setenta, que el mismo Bolaño recrea románticamente en Los detectives salvajes bajo el nombre del realismo visceral o real visceralismo. Es deudor en más de un sentido de la obra de los avejentados poetas beat, del surrealismo vía Breton y del cáustico sentido del humor de la obra de Nicanor Parra. Aminora el corpus de la obra bolañiana.

Vlad, de Carlos Fuentes. Hay que reconocerlo: Fuentes fue nuestro más grande novelista. Su obra fue una polifonía de voces: miles de personajes engrillan sus novelas y cuentos, y dan voz a este México tan gastado de tan recurrido. La sola escritura de Terra nostra le hubiera valido para entrar al parnaso literario de México. Pero Fuentes se fundió a finales de los noventa, y su última gran obra fue Instinto de Inez, publicada en 2001. Luego, no publicó nada, narrativamente hablando, que valiera la pena. El dedo índice curvo de su mano derecha se cansó de escribir y repetir los mismos argumentos que ya había planteado veinte o treinta años antes. Conectado siempre con las nuevas tendencias literarias, aunque nunca con buen tino, experimentó con nuevas temáticas, hasta que en 2012, publicó esta obra de tintes vampirescos que recrea la vida del mítico Vlad el Empalador, el conde rumano que inspiró el Drácula, de Stocker, pero adaptándolo  a una ciudad de México decadente.  Una obra híbrido entre las novelitas de vampiritos homosexuales de Stephanie Meyers y la erudición histórica que siempre caracterizó a nuestro ilustre novelista. Debió prescindir de  escribirla.

Goodbye, Dostoievski, de Francisco Arriaga Méndez. Este autor chiapaneco se creyó con la capacidad para dar un carpetazo histórico a la obra del novelista ruso, convirtiendo los temas recurrentes de Fiodor en un menage a trois donde conviven el panfleto, la abierta homosexualidad del personaje principal y el mismo autor, homosexual declarado y exmeador de tumbas literarias,  y el gusto por las imágenes bucólicas. Se reconoce el esfuerzo, pero no el resultado.









lunes, 7 de julio de 2014

 
 
 
 

VUELTA AL REDUCTO

A mi hijo Aldo Mateo: versos de humana razón.  

 

Este pueblo-souvenir donde la gota emana

terquedad de cerros

que abandonan su sitio

 

Me dirijo donde siempre

 

Báculo que observo a través

del encierro

a través de rostros

que son desconocidos

 

el temporal arrecia

y el viento

no  cede

y hace daño

 

y la mácula  irredenta

traga sobre mí

me gime

 

sólo hay poesía para

salir del letargo

sólo libros que me desdibujan

 

un solo cardenal

para mil horas

una alquimia

que me permite no ser

 

algo se encoje en las paredes

 

vuelta al reducto del frío

y la soledad

 

palabras que huelen a humedad

sonidos que

salen de la nada

 

ratos de ocio arrodillados

que enmarcan lo que no

transcurre

 

¿Qué más de mí seré?

 

 Versos de humana razón

 

 
 
 
 

 


viernes, 16 de mayo de 2014

GUSTAVO CERATTI, MÁRTIR

A Efra, Chente, Davus y Henry: Chida banda poblana


Una mueca, el sonido, el disparo: una cuerda que cual gata desespera y anuncia, el metal en derredor  de lo que se extingue, sale tras de sí: inercia, ruido hacia adentro, vibración que expande el minúsculo reticular, sueño sueñas, pasos, hace muchas Biblias que  el hombre era el padre y el hijo era el periplo redimido y la guitarra salía desde donde:

            Quizá por la extrema suavidad de sus voces, aún me impresionó más de súbito que alguien, un vecino tal vez, me despertara de tal forma: desde el fondo del departamento salía la voz cetrina de Ceratti cantando y tocando y lanzando al viento “La ciudad de la furia”, ese himno no reconocido a las necesidades eternas, a un Buenos Aires que se cae a pedazos en medio del caos: el temblor del cuerpo, la sopa fría en la mesa, la ropa mal planchada: se hace tarde para llegar a algo, algún lugar no encuentra su acomodo:
Los pocos familiares y amigos que aún tenían el coraje de acercarse a mi casa llegaron a decirme, supongo que tratando de suavizar mi angustia, que no pasaba nada. Nadie había muerto, todos estaban en casa, tomando una taza de café y comiendo un bollo de canela. Pero no era así. Y yo lo sabía. La mayoría habían muerto en el accidente: un autobús repleto de familiares que había organizado un viaje a  Guadalajara. El chofer del autobús perdió el control y se fue a estampar contra un remolque mal estacionado. Todos muertos, todos: 31 personas de la familia carbonizadas. Los abuelos: calcinados. Los tíos: calcinados. Los sobrinos: restos humeantes en medio de la carretera. Entre los restos, el metal y el olor a quemado, pude ver el regalo que días antes le había hecho a mi sobrino Marcos: el Sueño estéreo, el último disco de estudio de Soda antes de que decidieran separarse. Marcos, Marquitos, el querido y aplicado joven que leía a Borges y a Nietzsche desde los trece años, que lo mismo escuchaba sonatas de Bach que se sumergía tardes enteras en dilucidar el intríngulis del sonido de Frank Zappa, estaba semiquemado, a un lado de la carretera.  Sostenía su viejo walkman, también chamuscado. Dentro, sorpresivamente intacto, el disco de Soda rodaba a veces, deteniéndose otras. Marquitos no quería ir al viaje. Su madre, la terrible tía Carmina, lo había chantajeado con lo que Marcos pedía: boletos para ver a Lacrimosa en su gira por México:  
En la morgue del pueblo más cercano nadie nos atendía. Era domingo y nadie, ni los forenses, trabajaban. Uno no se puede morir en domingo en este país, no esta permitido morirse en domingo. Muérete otro día, tal vez viernes o lunes, pero que no se te ocurra morirte en domingo o días festivo o en el mero día de san Judas Tadeo porque nadie te va a entregar. El tío Cástulo, de los pocos, junto conmigo, que había decidido a última hora no viajar, estaba deshecho, sentado en la desvencijada sala del forense. Tomaba pequeños sorbos a un café de color irreconocible y un sabor peor. En el accidente había muerto la tía Martha –su esposa- y Marla y Coque, sus hijos. El tío no lo podía creer. Repetía, con voz inconexa, que él debió ir en ese autobús y morir con todos los demás, morir con su familia. Yo no pienso así: la vida no se repite:

Estaba todavía oscuro cuando apareció el forense. Fumaba un cigarrillo. Le pedí uno. Nos dijo, con una frialdad sólo comprensible en esas personas cuyo oficio consiste en relatar la muerte mediante el nada agradable placer de desmembrar los cuerpos, que el pueblo no contaba con los recursos necesarios para atender a tantos cuerpos. Así lo dijo: A tantos cuerpos. Pero dio una solución: en una hora mandarían a expertos del gobierno para atender lo que se requiera. No todos los días morían 31 miembros de una misma familia. Esperamos en silencio. El tío Cástulo lloraba. Quise abrazarlo, pero no supe qué decirle, no soy bueno para consolar a nadie, y últimamente desde mi recaída en las drogas no soy buena compañía. Hojee una vieja revista que estaba por ahí. Sorpresivamente, encontré un buen reportaje sobre la trombosis fulminante que hace cuatro años llevó a Ceratti al coma. Daba un concierto en Caracas, Venezuela, cuando, en medio de la canción “Crimen”, se desmayó. Los servicios médicos venezolanos le salvaron la vida, deshaciéndole un coágulo de sangre que intempestivamente recorría sus arterias con vías a estacionarse definitivamente en su cerebro. Le salvaron la vida, pero quedó en coma. A eso no se le puede llamar vida. Su madre no quiere desconectarlo, dice que agotará todos los recursos necesarios, en espera que Gustavo algún día despierte y puede volver a hacer lo que mejor hacía: cantar y tocar la guitarra. El reportaje pone ejemplos de personas que despiertan de un coma luego de años. Una mujer suiza que pasó veinte años en coma hasta que una tarde despertó. Un hombre en  Illinois que quedó en coma luego de un accidente laboral. El seguro se hizo cargo de todos los gastos médicos, incluidos los 15 años que pasó en el Memorial Hospital de Chicago. Una tarde llamó a su mujer quien, de la impresión, se desmayó al lado del hombre. La mujer no quedó en coma a causa del golpe que se dio en la cabeza, pero perdió todos los dientes frontales:
Nos entregaron los cuerpos 26 horas después del accidente. Uno a uno los fueron subiendo a un camión especialmente contratado por el gobierno del estado para trasladarlos hasta sus lugares de origen.  Mi familia estaba dispersa. Vivían en sitios tan disímiles como Cancún, Puebla a Tuxtla Gutiérrez. No sería un recorrido fácil. Los pocos familiares que quedaron vivos se hicieron cargo de los gastos funerarios. Algunos tenían seguro, así que no gastaron mucho. Sentí un frío sepulcral en la espalda al ver los cuerpos en bolsas de plástico negro; ahí estaban todos y cada uno de los familiares que yo conocía, etiquetados con sus nombres y direcciones para su traslado. Pensé que fue mejor que me hubiera separado de mi mujer, hace tres años. De haber seguido juntos, posiblemente ellos y yo estaríamos en esas bolsas, tristemente muertos. El tío Cástulo se desmayó cuando le entregaron los cuerpos de su mujer e hijos. Sentí tristeza por él. Le recomendaría que, ahora sin nada por qué vivir, sería mejor que se diera un balazo en la sien. Recordé unos versos de Nicanor Parra, el gran poeta chileno, que me parecieron idóneos: “La vida es lo que es / y no lo que un hijo de puta llamado Einstein dice que es”. Recordé una frase de Gustavo Ceratti, en su canción Disco eterno: “Vengo a  descubrir por qué ese deseo crece”. No lo sé. Me voy a casa, beberé una botella de ron, le hablaré a mi hija, y le diré que estoy feliz de que esté con vida.


miércoles, 19 de marzo de 2014


DOS MICROHISTORIAS  VIOLENTAS

 

UNO

Melchor iba atrás de la camioneta con otro tipo, muy joven, como él.  Le pareció conocido; de reojo puso atención en sus rasgos y sabía que lo conocía de algún sitio, aunque no supo determinar de dónde.  Quizá del mismo CONALEP. Atravesaron el centro del pueblo, en línea recta hacia la carretera estatal. Las luces del pueblo desaparecieron y pronto se encontraron bordeando el cerro del Paliacate, hacia Cañada Honda, el tiradero de cadáveres de los narcos locales. La camioneta hizo el recorrido hacia la cañada dos veces. A la tercera, otra camioneta estaba estacionada en el lugar. Había una fogata muy cerca de la camioneta, y cerca de la fogata dos tipos amarrados. Melchor hizo el intento de bajar,  pero el conductor lo detuvo. Métete unos pases primero, pa que aguantes, es tu primera vez, a ver si tienes güevos,  le dijo. Se metió en la nariz toda la bolsita de plástico que el conductor le dio. Bajó de la camioneta. Las piernas le temblaban. A empujones, el conductor bajó de la camioneta al acompañante de Melchor. Caminaron diez o quince pasos. El conductor sacó su pistola, la más grande que Melchor había visto, y le vació el cargador al acompañante.

-Éste quería trabajar para nosotros pero no tenía güevos, era puto -le oyó decir-. ¿Eres puto, también?

Melchor negó.

-Eso me gusta, porque aquí a los putos les cortamos los güevos y se los metemos en la trompa –remató-. ¿Ves ese garrote que está ahí, cerquita del fuego?

-Sí.

-Pues vas a acercarte a esos putitos que están amarrados ahí y  los vas a dejar tan molidos como la carne de puerco que venden en la plaza los domingos, o qué, ¿no tienes güevos?

-Sí.

 

Melchor nunca habría pensado que el ruido de un cráneo humano rompiéndose fuera tan nítido. Ni mucho menos que el Roli había robado a los jefes, y ahora él tendría que molerlo a palos, como a un perro. Un perro molido a palos por ladrón. Un perro que se comportó como una gatita en celo cuando vio que el primer trabajo de Melchor sería matarlo. Un perro que gimió y suplicó por su vida, y babeó y se orinó y se cagó cuando Melchor alzó el bat de béisbol en todo lo alto y descargó el primer garrotazo en su cabeza descubierta, por más intentos que hiciera por cubrirse con sus manos atadas, y el sonido hueco pero clarísimo, y luego ¿cuarenta, cincuenta veces, más?, un amasijo de carne amoratada y rojiza que se esparcía entre los ojos fuera del rostro que saltaban por entre la sangre.  Después de todo, había pasado la prueba, había hecho bien el trabajo.  

 

DOS

 

Guardó la carta en el bolsillo de la chamarra. Durante dos horas estuvo recorriendo los caminos cercanos a la cañada, sin encontrarse un solo vehículo. Sacó un cigarro de mota y se puso  a fumarlo, recostado en el cofre de la camioneta. A los diez minutos recibió la llamada. Terminó el resto del cigarro y arrancó la camioneta a toda marcha. En el trayecto pensó en Mónica. Pensó en su familia. Se había conformado con poco hasta ahora, con trabajos sin importancia, pero este trabajo lo sentaría al lado de los jefes. Y no habría falla: todo estaba perfectamente planeado. Él mismo había supervisado el trabajo, las entradas, las salidas, el horario ideal, la ruta de escape en caso de que algo se complicara. Tenía claro que no quería que lo agarraran, y la forma más fácil de lograrlo era siendo precavido. Detuvo el vehículo en un OXXO, compró un par de cervezas, cigarros y un paquete de frituras. Arrancó nuevamente y se detuvo justo frente al restorán Cedro’s, el mejor del pueblo. Bebió tranquilamente sus cervezas y fumó acompañado por un programa de radio que hablaba sobre el cambio climático. Cambió de estación radiofónica, pero no encontró nada de su agrado. Por momentos, mientras observada a la gente que entraba y salía del restorán, recordó unos versos que Mónica le había leído. Miró su reloj: ya era tiempo. Sacó un paquete debajo del asiento, bajó de la camioneta y atravesó la calle. El paquete no debería medir  más de treinta centímetros, y lo guardó dentro de la chamarra. Entró al restorán, y eligió sentarse en una mesa cercana a la sala de fiestas, una habitación con un amplio ventanal y una enorme puerta. El mesero se acercó. Pidió una cerveza y una orden de machaca. Pasaron algunos minutos antes que se decidiera hacerlo. Se levantó y fue al baño. Había memorizado el rostro de los meseros, en lo días previos. De regreso, se dirigió a los baños de la sala de fiestas. Atravesó el salón, sin que nadie se percatara de su existencia. Al salir, dejó caer el paquete en el cesto de la basura, muy cerca de la mesa donde una comitiva comía y bebía. Salió del salón como si nada. En su mesa, lo esperaban la machaca y la cerveza. Sólo probó la machaca, y dio dos tragos a la cerveza. Dejó un billete de doscientos pesos, y abandonó el restorán. Con el detonador en la mano, subió a la camioneta y avanzó por las calles del pueblo. Todavía a doscientos metros,  la explosión hizo cimbrar la Lobo del año.

 

 

miércoles, 29 de enero de 2014


LA DIMENSIÓN DE LO NOMBRADO

A mi hijo Aldo Mateo: señas de identidad.

 

El mundo se divide entre los que tienen sentido del humor y los que lo tienen.  El descubrir que, por unas horas,  puedes ser el autor de tu preferencia es una sensación sublime. Que te digan “Bienvenido,  señor García Ponce”  sacude tu ego porque te das cuenta que ese imbécil que te he confundido con Juan García Ponce no tiene ni la menor idea que García Ponce lleva años muerto y tú no puedes ser él, es imposible que te trasmutes o regreses del más allá para convertirte en alguien que ya no está en este mundo. Pero eso lo sabes tú, no la persona que te ha confundido.  Muchas veces me han llamado José Emilio Pacheco. Otras, he sido Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José Revueltas, Ítalo  Calvino, Adolfo Bioy Casares, Guadalupe Nettel, Sergio Pitol.  Según las lecturas del día,  en el viaje de ida puedo ser Enrique Vila-Matas y en el de regreso Roberto Bolaño. He sido considerado digno sucesor del nombre de Javier Marías. Más de un seguro de viajero ampara a José Agustín, un seguro que cubre gastos médicos en caso de accidente y una remuneración económica a sus deudos. Una  hermosa edecán de ojos tornasoles y cabellera rubia me llegó a decir que el placer del viaje sólo se compara con el placer de la lectura, para soltarme que ella leía mucho y su escritor predilecto era Paulo Coelho. Un escritor mediocre.  Pensé en proponerle que yo podría ser Paulo Coelho y podría hacerle el amor mientras ella me leía al oído fragmentos de El alquimista. Desnudarla mientras me leía. No importaba qué.   Así que mi viaje de regreso lo hice con el nombre de Pablo Coello, castellanizando el nombre. Todo iba tan bien, por momentos sentía el impulso de la mano César Vallejo, pensaba que en verdad podría ser César Vallejo y escribir un poema tan genial como Los heraldos negros. Nadie en la fila parecía intuir o adivinar que dentro de pocos minutos el gran Augusto Monterroso viajaría con ellos, un Monterroso decididamente más joven y moreno y de una complexión alarmantemente pasada de peso. El verdadero Monterroso se reiría de su doble, de su “dopplenganger”, para usar esta palabra germana que designa al doble, al sustituto, al otro, al impostor. Quizá eso soy: un simple impostor impostado  de literatura que pierde su tiempo en engañar a la gente haciéndose pasar por sus escritores predilectos. Hubo algunas señales de alarma de que por fin, después de años de viajar con otros nombres, alguien se percataría de la engañifa. Una vendedora de boletos que no se tragó el cuento de que yo me llamase Jorge Luis Borges. Me miró como queriendo que yo confesara que era un usurpador de nombres pero con tanto tiempo en el oficio de la estafa heterónoma  no iba a ceder,  así que me plantee lo mejor que pude  en el mostrador y argumenté que ella no era quién para cuestionar si mi nombre era Jorge Luis Borges o no, y no iba a perder el tiempo en mostrar mis credenciales sólo porque mi nombre era homónimo del escritor argentino más conocido en el mundo, quizá el argentino más conocido en el mundo luego de Maradona y Carlos Gardel y Lionel Messi, a lo que, acto seguido, la vendedora de boletos se encogió de hombros y concedió que tenía razón y me extendió un boleto de viaje para las once horas del domingo 27 de diciembre de 2009,  de la ciudad de México a la ciudad de Puebla a nombre de Jorge Luis Borges, y por diez pesos más pagué el seguro de gastos médicos que debería cobrar María Kodama (no sé si viva aún) a nombre del insigne escritor en caso que un accidente segara la vida de Borges y los 30 pasajeros que viajarían esa noche. Borges llegó tranquilo a Puebla y fue directamente a un bar a tomarse un trago y luego fue a su casa e hizo el amor con su mujer –que por supuesto no era María Kodama-  pensando en la vendedora de boletos de autobús. El error fue comenzar a creerme extranjero. Patrick Modiano viajó de la ciudad de Tehuacán, Puebla, a Orizaba, Veracruz, una tarde de octubre de 2010. El vendedor no puso objeción para extenderme el boleto, quizá había sido por lo extraño del nombre pero era muy común que padres desnaturalizados llamaran a sus niños mexicanos Patrick o John. En noviembre un tal Roberto Calasso hizo un viaje fugaz a la ciudad de Pachuca en donde visitó a unos tíos acompañado de su esposa y su hijo de tres meses. Si Modiano y Calasso había viajado por territorio mexicano sin necesidad de documentos migratorios, ¿por qué no podría hacerlo Philip Roth? Roth era un escritor que me fascinaba y en la medida que mi atracción literaria crecía, decidí que era tiempo que míster Roth visitara Oaxaca, una ciudad que ya había sido visitada por su amigo Richard Ford años atrás y en donde Ford había escrito una genial novela. Así que un increíble y sorprendentemente aceptado Philip Roth viajó de Puebla a la ciudad de Oaxaca en las navidades de 2010, acompañado de su esposa, una tal Mrs. María Sabina. Mi mujer había aceptado jugar el juego. Una estrafalaria vendedora de boletos me comentó que mi nombre era poco común para un mexicano, a lo que repliqué, fingiendo el acento, que yo no era mexicano sino norteamericano, que mis padres había nacido en Oaxaca pero yo había nacido en Albuquerque (Albuquerquiiiii) y que mi esposa se llamaba María Sabina Rodríguez porque sus padres eran devotos de la “bruja” de Huautla, pero que ella también había nacido en Estados Unidos,  aunque tuviéramos un nopal tan grande como un encino pegado en la frente que nos distinguía a kilómetros de distancia. Roth y María Sabina regresaron a Puebla días después y nadie notó, ni los periodistas y paparazzi, que juntos habían visitado Montealbán y se había fotografiado en el Árbol del Tule y habían bebido mezcal en la cantina El renacer, acompañados de un trío que cantó temas de Roberto Cantoral. Para marzo, Mario Bellatin visitó a sus padres en Veracruz y un cambiado Ricardo Piglia –sin acento- hizo el viaje de vuelta. En abril, James Joyce se presentó en la terminal uno de la central camionera del DF, dispuesto a viajar a Querétaro. Joyce iba solo. Un Joyce que había leído a Shakespeare de joven pero que ahora le importaba un bledo. Work in progress jejejeje.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

V
-->VUELTA AL REDUCTO
Cuando a Víctor Illescas le encargaron la dirección editorial del proyecto literario menos ambicioso de la universidad, dudó en aceptar. No fue le sueldo que le ofrecieron –diez veces más de los que ganaba por sus clases de Teoría Literaria- sino las extrañas condiciones lo que lo hicieron decirle al director académico que se lo quería pensar un poco. Cualquier otro colega se hubiera negado de inmediato, no sólo por lo absurdo de la propuesta, sino por el poco prestigio que una empresa tal otorgaba a los participantes.  Pero Víctor decidió que lo mejor sería consultarlo con una buena botella de vodka y unas películas de Buster Keaton. Frente a la botella de vodka, Víctor estimó que, para tal empresa, sería necesaria una suerte de recursos editoriales que, lo sabía, la universidad no podía pagar. Aunque estaba lo otro, los recursos destinados por cierto donador anónimo que había dejado, exclusivamente, una cantidad exorbitante de dinero para que, a la brevedad, se echara andar el proyecto. La única condición que el donador pidió fue que los autores publicados fueran totalmente desconocidos. ¿Por qué la universidad había aceptado tales condiciones, si de antemano se sabía que esta empresa editorial estaba destinada al fracaso? Publicar autores desconocidos  ha llevado a la ruina a obsesivos editores que creen encontrar en una joven promesa o en un texto deslumbrante el rey midas que los lleve a las ligas mayores de la edición internacional. Pero, pensó Víctor, ¿y si tiene la suerte de publicar a las nuevas  la Vacas Sagradas de las Letras Mexicanas? La respuesta la encontró en el argumento del director académico: Había dos fondos, uno destinado para la edición del proyecto y otro destinado a construir un nuevo edificio para la universidad. El bufete de arquitectos que diseñaría el proyecto del nuevo edificio desde Vancouver estaba contratado, sólo a condición de que el proyecto literario tuviera la seriedad necesaria y el respaldo absoluto de la Junta de Gobierno, además de ofrecer como editor a un reconocido académico y crítico literario. Ahí entraba Víctor. Luego de una larga meditación, Víctor aceptó. Tendría los fondos necesarios para iniciar cuanto antes. Luego de una ardua selección de autores que jamás habían publicado (Víctor tuvo que rastrear en lugares infectos, en salones de clase donde deambulaban estudiantes con textos bajo el brazo, o en talleres literarios de poca monta), la edición de esta colección estaba lista para iniciar. A pedido expreso del donante, se llamaría colección de Autores sin nombre.
El primer título se llamó La ráfaga, de Francisco Arriaga Méndez, un autor chiapaneco que escribía cuentos inspirado en Borges y Raymond Carver. Víctor lo encontró en un coloquio de literatura en Tuxtla Gutiérrez, cuando Arriaga le lanzó una mentada de madre a un ponente que hablaba sobre la trascendencia en “Mutra” de Octavio Paz. Luego de la ponencia, Víctor lo abordó y le preguntó si alguna vez había publicado algo. Ante la respuesta negativa y reticente de Arriaga, Víctor le dijo que quería publicarle sus textos para una edición de autores sin nombre. Arriaga aceptó y así se convirtió en el primero de la lista de esta bizarra empresa editorial, no sin antes exigir una fuerte suma de dinero para –explicó- hacer un viaje trascendental a la India y sufragar algunas deudas adquiridas por su creciente y omnímoda  adicción a las drogas fuertes y a las prostitutas hondureñas. Víctor no puso objeción pero pidió un adelanto de sus textos. Arriaga le hizo llegar vía e-mail un breve texto intitulado “El dinero de todos los santos”, un relato –sin duda autobiográfico- sobre una travesura de infantes que robaron las dádivas  que la gente dejaba en el altar de los santos del pueblo de Copoya, lugar de nacimiento de Arriaga. A Víctor le molestó la sequedad del texto, carente de recursos literarios, demasiado plano, además del excesivo uso de regionalismos y barroquismos que convertirían al relato en una especie de galimatías. Sin embargo, decidió incluirlo junto con diez relatos más que Arriaga envió, casi todos en el mismo tono autorreferencial.
El segundo título de la colección llegó sin que Víctor se esforzara en buscar al autor. Lo encontró en una cantina del centro de la ciudad, cuyo dueño, un chileno que había emigrado a México al inicio de la dictadura de Pinochet, era amigo del padre de Víctor. El chileno y el padre de Víctor habían sido miembros del Partido Comunista Mexicano, y juntos habían regresado a Chile a hacer la revolución, pero el único que regresó de la experiencia anti pinochetista fue el cantinero chileno, pues al padre de Víctor lo mató una bala en la cabeza en Valparaíso, luego de ser torturado durante tres días,  cuando fue descubierto repartiendo propaganda contra la dictadura. Víctor apenas recordaba a su padre. Tenía  cuatro años cuando se fue y su recuerdo se disipaba cada vez que intentaba acordarse de él. Sin embargo, el cantinero chileno había regresado con una carta para él y su madre en donde explicaba los motivos de su partida y de lo mucho que los quería. Con el tiempo, el cantinero chileno se convirtió en la figura paterna que nunca tuvo, y hasta muy entrado en años  se dio cuenta que era amante de su madre. Luego su madre murió y siguió visitando al cantinero todos los sábados en su cantina de la calle Donceles. Uno de esos sábados, mientras preparaba la edición de La ráfaga, decidió visitar al chileno. Lo encontró atrás de la máquina registradora, tan efusivo como siempre por su llegada. Se tomaron una copa de ginebra y  le contó sobre sus planes editoriales y la urgencia de encontrar a un autor que no hubiera publicado jamás. Al chileno le pareció extraño que, tomando en cuenta la cantidad de escritores que deambulan esperando la oportunidad para publicar sus mamotretos,  no hubiera encontrado ya a los posibles candidatos para aparecer publicados en la editorial de la universidad. Víctor explicó que quería hacer una selección rigurosa, y no irse de boca a la primera de cambios.  Por un segundo, al chileno se le iluminó el rostro. Él tenía a su hombre ideal, dijo, qué digo hombre, a su escritor ideal. Señaló al fondo de la cantina, en una mesa que parecía desaparecer a ratos por la oscuridad del salón. El que está al fondo es escritor, dijo. O cuando menos parece serlo. Llega dos o tres tardes por semana y escribe en libretitas escolares durante horas y frente a una botella de ron. Era un alcohólico, eso era seguro. Llevaba el cabello largo hasta los hombros y tenía la mirada perdida de los que no esperan nada de la vida. Víctor tanteó que debía rondar los 35 años, quizá menos.  Preguntó al chileno si se podía conversar con él, porque pensaba abordarlo. El chileno respondió que siempre estaba ahí y sólo hablaba para pedir cigarros o alguna botana. Víctor se acercó y en seguida recibió una mentada de madre. Luego de un rato de volver a explicar los motivos de la edición que preparaba, el escritor aceptó. Se llamaba Rosario Patiño Chaires pero en el mundillo travesti era conocido como Daniel Jacarandas. Rosario pidió que su libro fuera publicado como Daniel Jacarandas y que no se hiciera mención de su doble identidad. Unos días después entregó un manuscrito de casi trescientas páginas con el hoy insigne título de Las mentiras de la desdicha, que se convirtió en best-seller a los pocos meses de publicarla y fue adquirida por una editorial española que la convirtió en un libro mainstream al grado de que Almodóvar la utilizó como argumento de una de sus películas. Claro que Víctor no podía saberlo cuando Jacarandas llevó el manuscrito a su oficina. En un principio, la lectura le pareció tediosa, demasiado personal y decididamente violenta. Estaban ahí el mundo de la prostitución, las drogas, el alcohol y el travestismo pero contado desde la mirada de una travesti que no podía renunciar a su feminidad. Una mujer que había regalado a su hijo al nacer para poder aceptar su masculinidad; una mujer que soñaba todas las noches con que de una buena vez se le pudriera el coño y de esa cavidad húmeda le brotara un pito enorme.  Las imágenes perfectamente captadas de la violencia masculina (y femenina) fueron el detonante para que Víctor decidiera que Las mentiras de la desdicha fuera el segundo título publicado por la colección Autores sin nombre. Jacarandas no vería publicada su novela: moriría tres semanas antes, estrangulada en hotel de mala muerte. Víctor se dio a la tarea de seguirle la pista a los datos más elementales de la biografía de Jacarandas, y,  salvo tres o cuatro datos relevantes, lo demás no importaba. De todas formas, con tan escuetos datos, escribió un breve prólogo a la novela, el cual fue utilizado por la editorial española que compró los derechos de publicación.
El tercer y último libro de la colección Autores sin nombre fue un ensayo sobre Ludwig Wittgenstein, el célebre filósofo vienés autor del indescifrable Tractatus Logico-Philosophicus. El autor era un estudiante de preparatoria, un genio de dieciséis años del todo desconocido, incluso para sus maestros, quienes lo consideraban un frío y escurridizo emo  que prefería pasar sus horas de clase encerrado en la Biblioteca leyendo a Nietzsche,  Wittgenstein y Derrida. Las extravagancias discursivas y argumentativas de Emilio Tenoch Landa –era su nombre- lo hicieron célebre durante una corta temporada, para después caer en el resentido olvido de sus condiscípulos, que no podían creer que Tenoch Landa pudiera contradecir y ridiculizar a todos los profesores. Del olvido vino el rechazo, y del rechazo la burla. Tenoch Landa su aisló más de todo el mundo, incluso de los demás emos de la prepa (que abundaban) que lo veían como un advenedizo en cuestiones de “rechazo” emocional: sólo ellos podían sentir todo el peso del mundo, todo el odio y mala leche sobre sus cabellos pintados de azul y su vestimenta negra; sólo ellos tenían derecho a aislarse para poder ser creativos o engrosar la lista de los millones de jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban. Tenoch Landa se hartó de ese mundillo de ignorantes e hipócritas y dejó de asistir a la prepa. Se encerró en una biblioteca pública con pocos libros,  mucho espacio y el silencio necesario para escribir. En tres semanas terminó su ensayo, que tituló El concepto de filosofía en el “Tractatus Logico-Philosophicus” de Ludwig Wittgenstein, un portento hermenéutico donde, a través de una visión que desgranaba el pensamiento del vienés, reordenaba sus aforismos de manera que los lectores advirtieran la necesidad de renovar la concepción lingüística de la filosofía. Para Tenoch Landa,  el concepto de filosofía de Wittgenstein estaba dirigido a ser un espejo donde el lector atisbara sus propios pensamientos desde la óptica del reflejo lingüístico: los problemas filosóficos no son otra cosa que problemas del lenguaje. Nombramos las cosas por un sentido de inexactitud en los límites de nuestro pensamiento, de nuestro lenguaje expresado.  Víctor dio con el manuscrito de la manera más rara posible. Tenoch Landa tenía tres meses muerto cuando un primo de Víctor, un médico del SEMEFO, le arrojó el texto en una cena familiar. El médico le explicó que, semanas antes, se había suscitado una riña entre bandas rivales de emos, y Tenoch Landa, un chavo de dieciséis años había recibido una terrible golpiza que le causó la muerte casi de forma inmediata. Las pocas pertenencias de Tenoch Landa nunca fueron reclamadas, entre las que se encontraba el manuscrito guardado celosamente en el interior de una mochila. Como sabía que Víctor estaba metido en “el rollo de la cultura” decidió regalarle el texto antes de que fuera incinerado con cientos de pertenencias nunca reclamadas. Víctor leyó el texto con excitación y asombro en una noche. Le costó creer que el ensayo fuera obra de un adolescente. Era tan nítido y a la vez hermético, y aunque tenía algunos errores ortográficos visibles, la claridad de sus posturas no dejaban lugar a dudas: Emilio Tenoch Landa era un joven dotado. Víctor no era amplio conocedor de la obra de Wittgenstein, a quien había leído, de manera mecánica,  como parte de alguna asignatura perdida en su doctorado. Pero pudo reconocer algo inexplicablemente crítico en el ensayo que apuntalaba un razonamiento sensible e intelectual.  Esa fue su primera impresión, pero por momentos decidió dejarse llevar por el beneficio de la duda.  Decidió investigar un poco más. Por insistencia e influencia burocrática de su primo, pudo revisar la parte médica que el SEMEFO entregó a las autoridades. Efectivamente, Tenoch Landa había muerto por traumatismo cráneo-encefálico y perforación de un pulmón con arma blanca. Quiso contactar a su familia, pero habían abandonado la ciudad rumbo a Estados Unidos. Del director de la prepa y de los maestros poco o nada pudo obtener. Sólo uno o dos alumnos, antiguos amigos o conocidos de Tenoch, lo orientaron hacia cierta parte de su oscura vida. Por ellos supo del talento desmedido de Tenoch, de sus grescas con las autoridades escolares, de su aislamiento. Uno de ellos le dio la dirección de la casa de un tío. Víctor visitó al tío con reticencia. Pero poco pudo sacar de él, un tipo vulgar y grotesco que llamaba a su sobrino “el maricón”. En vano sería explicarle que por ese maricón la familia Tenoch Landa sería recordada. Pidió poder contactar a sus familiares. Recibió un teléfono y una dirección perdida en Payton, Ohio. Nada impresionó más al padre de Tenoch que el saber que podía obtener dinero por la publicación de un libro de su hijo. Ni siquiera sabía que escribía. No tenía clara la forma de su muerte, sino simplemente “por andar en sus cosas”. Pensó que de vez en cuando surgen luces que crepitan alrededor de polvorones de niebla. De cualquier manera, muerto Emilio o no, habían decidido abandonar México tiempo atrás.  Víctor ofreció una generosa cantidad de dinero por los derechos del ensayo, así como para poder realizar un texto biográfico para presentar el pensamiento de Emilio a las futuras generaciones. El padre aceptó, y a los dos días, Víctor tomaba un vuelo a Cleveland, con una escala en Nueva York, con un contrato en el maletín que cedía los derechos a la universidad de la obra e imagen de Emilio Tenoch Landa a perpetuidad. El ensayo se presentó meses después, en una mesa de análisis donde eximios filósofos hablaron maravillas del libro y sobre las repercusiones que éste tendría en la dilucidación del pensamiento del filósofo vienés.  
Todo parecía indicar que la colección Autores sin nombre se convertiría en un clásico. El rector de la universidad en persona felicitó a Víctor Illescas y le ofreció un puesto en la dirección editorial de la universidad, para que asesorara a los editores y demás empleados. Eran las grandes ligas de la intelligentzia mexicana, el non plus ultra del logro académico. Salvo el primer desliz con La ráfaga, que fue vapuleado por Rafael Lima, el crítico de moda de la revista Signos Abiertos, la de más influencia en el país,  los libros de Jacarandas y Tenoch Landa fueron recibidos con sendas críticas favorables en las revistas literarias y filosóficas que dominaban el panorama cultural mexicano. Heberto Suástez, editor y dueño de Signos Abiertos, invitó a Illescas a publicar en su revista. Le publicaron un ensayo sobre la poética narrativa de Sergio Pitol y sus influencias eslavas que recibió buenas críticas y le abrió las puertas del mundillo literario mexicano. Todo estaba en eso: pertenecer o no pertenecer. Víctor se dio el tiempo para escoger el cuarto título de la colección, quería seguir con el camino ascendente que lo había convertido en el editor de moda en México. Visitó talleres, recorrió aulas, habló con sus colegas sobre nuevos valores  en sus seminarios de narratología o creación literaria, leyó periódicos de provincias para ver si ahí entre páginas de sociales y anuncios clasificados se encontraba el nombre que continuaría con el éxito de Autores sin nombre. Pero el nombre no aparecía. Se ocultaba de la notoriedad pública con una sonrisa sardónica al título de la colección. La fecha estaba cerca, e Illescas no tenía nada. Lo más lógico hubiera sido escoger a alguien de los muchos que hacían fila en su oficina para entregarles manuscritos con la firme intención de publicarlos. Algunos eran recomendados de sus nuevos amigos escritores, o eran amantes de algún profesor de Literatura Alemana del siglo XX. Una tarde, un colega que enseñaba literaturas orientales en la universidad, lo visitó en su oficina. Había llegado de una estancia posdoctoral en Tokyo y traía un manuscrito de una joven mexicana que llevaba años viviendo en Japón. María Icaza Hiroshi administraba en Yokohama  un restorán de comida mexicana, el único de la ciudad, hasta donde sus padres se habían trasladado cumpliendo un antiguo sueño de su abuelo, que era japonés y había peleado en la Segunda Guerra Mundial para los norteamericanos. Luego de terminada la guerra, el abuelo se trasladó a México y ahí abrió un restorán de comida japonesa una vez casado con una mujer mexicana, una poblana que aceptó sin prejuicios la diferencias culturales. El abuelo tuvo tres hijas, y una de ellas, Hitori, se fue a vivir a Japón con su esposo y su hija de siete años. Dos veces por semana, el profesor de literaturas orientales iba a consultar libros a la Biblioteca Municipal de Yokohama, y dos veces por semana comía en el restorán de comida mexicana. Ahí entabló amistad con María Icaza Hiroshi. En la última comida del profesor –regresaba a México luego de un año-, María le entregó el manuscrito de una novelita de título simple: Los fugaces. En ella, María hacía recuento de tres generaciones de familiares japoneses emigrados a países tan disímiles como Austria, México y Australia. Era una reconstrucción familiar con la simpleza de la mejor narrativa japonesa, de una belleza pasmosa, dando descripciones poéticas de Los Angeles, Yokohama, Viena, el Distrito Federal y Melbourne. Víctor leyó el manuscrito y decidió que Los fugaces sería el nuevo título de la colección. Había algunas imprecisiones idiomáticas que corregir, porque el español utilizado por María parecía una traducción del japonés. Pero para eso estaban los correctores de estilo. Illescas se puso en contacto con María y acordaron verse en Yokohama. Hizo todos los preparativos del viaje, mientras escribía, por anticipado, una reseña sobre Los fugaces. Diez días después atravesaba el puesto de revisión migratoria del aeropuerto de Tokyo. Atardecía en Tokyo, amanecía  en México. Se hospedó en un hotel cercano al aeropuerto, en espera de poder viajar al otro día a Yokohama. A pesar de las 17 horas de viaje, no se sentía cansado. Se sentía excitado por el encuentro con María.  La nieve comenzó a caer, llenando de colores inusitados las luces de neón que, a lo lejos, iluminaban los edificios  en Tokyo. Sintió hambre y sed. Bajó el ascensor del hotel, y, al salir, respiró el aire turbio de una nevada decembrina en Tokyo. Tomó un taxi al centro de la ciudad. Lo deslumbró ese contraste entre modernidad y tradición tan característico en Japón, los edificios hipermodernos, los viejos palacios imperiales, las tiendas de aparatos electrónicos. Se bajó del taxi cerca de una plaza que daba a un enorme centro comercial. La plaza tenía callecitas al lado repletas de restoranes, bares y discotecas. Entró en un restorán. Un cuarteto de jazz amenizaba la noche. Era una cuarteto poco común: el sax lo tocaba un negro, el bajo un japonés, la batería una mujer de nacionalidad indefinida, y el bandolón y voz un extraño tipo de aspecto europeo. Pidió una mesa. Lo ubicaron en la única mesa disponible, desde no era posible ver al cuarteto de jazz. Pidió el menú. Peguntó al mesero sobre  las posibilidades del menú, y el mesero respondió, en un inglés rudimentario, que la especialidad era el Tsanori, una especie de ensalada de mariscos. Pensó en Arriaga, Jacarandas y Tenoch Landa, a quienes nunca vería. Pensó en María y la imaginó delgada, morena, de ojos rasgados pero rostro latino, fuerte y marcado. Comió su Tsanori, acompañando la comida con sorbos de limonada.  Víctor Illescas cayó de bruces sobre el plato y la mesa, víctima de una severa intoxicación por comer algún pescado venenoso de los mares japoneses. Murió ahí mismo, mientras los comensales lo veían escupir una espuma verdosa de su boca.

martes, 20 de agosto de 2013

Mi lista de diez libros esenciales en este nuevo milenio (a que deberían de leerse, a mi juicio). 10. Redentores, de Enrique Krauze. A través de la biografía de personajes emblemáticos para la política y la cultura en América Latina, Krauze elabora una cartografía esencial del pensamiento de gente como el Che, Eva Perón, Octavio Paz, Vargas Llosa, el subcomandante Marcos, Hugo Chávez, entre otros. 9. Masa y poder, de Elías Canetti. El maestro búlgaro analiza, en esta pieza de varia investigación antropológica, sociológica, histórica, literaria, el contacto vital entre la sociedad y el poder. 8. Los trabajos del reino, de Yuri Herrera. Con esta novela deslumbrante, Yuri Herrera recrea la mitología en relación al narcotráfico y las pasiones humanas. Alcanza, por momentos, un tono poético aterrador. 7. El adversario, de Emanuel Carrére. Una estremecedora historia sobre la mentira, el engaño amoroso, y las consecuencias que conllevan. Un psicópata estado puro. 6. El mal de Montano, de Enrique Vila-Matas. Porque Montano renuncia a la escritura, y a Vila-Matas, obsesivo blanchotiano, se le ocurrió escribir una novela sobra la abulia creativa. Un libro-cita, que debe más de un párrafo a Sergio Pitol. 5. Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Nada más porque Bolaño es el escritor más célebre, leído e importante de su generación. Porque cuando la leí tenía 20 años y también era un aspirante a escritor que escribía versos funestos en el DF de principios de siglo, entre Belano y Lima, los detectives salvajes. Una novela que tardas años en sacudirte. 4. El hombre rebelde, de Albert Camus. Un libro esencial para comprender el desarrollo intelectual europeo, antes y después de la devastadora experiencia de la segunda Guerra Mundial. 3. El día de la independencia, de Richard Ford. Ford es el Gran Escritor norteamericano de su generación, y su novela la Gran Novela Americana. Un libro de una limpieza narrativa impecable que desentraña la compleja red de desintegración de la sociedad americana. 2. La cultura de la queja, de Robert Hughes. Lo políticamente correcto está en boca de todos: conservadores, liberales, gente de izquierda, derecha, centro izquierda. Con ironía y argumentos convincentes, Hughes analiza el lenguaje político gringo, lleno de clichés y mal gusto, y hace un análisis audaz de la sociedad americana envilecida por tantas horas de TV, cocaína y comida chatarra. 1. La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Es, quizá la mejor novela escrita en nuestro idioma en los últimos 20 años. Un alarde de compromiso político, talento narrativo inigualable enzarzado con una historia de amor violenta y refinada. Un deleite leerla.

jueves, 30 de mayo de 2013




Ante tanta insistencia, lo mismo. ¿Por qué el narco? ¿Por qué el corrido? Porque sí. Porque es lo de hoy. Está en todas partes. Forma parte de una cultura de la transgresión, o de la sumisión, si se quiere. ¿La política en medio de todo? Pues sí, cómo evitarlo, si la política en una sopa que se come fría.  Quienes piensan que esto es subliteratura están equivocados. Lean Trabajos del reino de Yuri Herrera. Tómense una cerveza en Badiraguato, convivían con sicarios que tienen como padre putativo a Mario Almada, escriban su nombre con rayas de coca y aspiren hasta que una tersa lágrima acuda al llamado de la adicción, escuchen corridos dedicados al Chapo o al Mayo Zambada,  manejen una  trocka del año, disparen una AK-47, torturen, decapiten, violen, roben, secuestren, intriguen, métanle un balazo a alguien porque les dio la gana hacerlo, no estudien: para qué, si se gana más dinero vendiendo grapas de coca o chiva a menores de edad o a gringos que dejan su feudo capitalista para tomar un poco de sol mexicano.  Y, como dijo alguna vez Manuel Acuña, en medio de todo esto la madre como un dios. La madre del narco, su innegable fetichismo freudiano, su etapa fálica.  Su afición a los santos, a Malverde sobre todo, pero en medio de esta mierda aparecen san Martín de Porres y san Pascualito Rey y el Santo Niño de Atocha y la Virgen de Guadalupe, y viva Cristo Resucitado y vivan los curas que trafican kilos de droga debajo de sus raídas sotanas, en medio de la verga y el calzón.  Es creación en estado puro. 

miércoles, 29 de mayo de 2013

PROSTITUTA DEJA EL HÁBITO

Suave sombra-termómetro
Piel-pellejo
tentación sagrada
que cual crisálida
abandonas tú tu centro
hincada sobre el hilo de Macuto
trepas al árbol infame glóbulo blanco
lascivo leucocito que
observa con el rabillo del ojo
el despertar del hálito
a tintas avanzas sobre
la calle preñada de deseos
lip-stick orgánico
bolsa de mano que no esconde
secretos
pasos que anuncian sangre
entre las piernas
señal de luto musical
es el monocorde trepidar
de los bañistas quietos:
hábito dejado a la intemperie.