No hay mayor desilusión que la incapacidad de compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.



Richard Ford



miércoles, 2 de septiembre de 2015

LAS CIRCUNSTANCIAS
A mi hijo Aldo, otra vez, siempre.
I
Después de cinco días encontraron la entrada sur de la sierra. No había soldados, ni gente en el pueblo vecino. Sólo el rumor del viento que bajaba de la sierra y formaba remolinos en el descampado. Bebieron agua en un pozo cercano, casi vacío. Las casas estaban vacías. Comieron granos de elote, piloncillo, tortillas duras; bebieron nuevamente agua. Llenaron las cantimploras, recogieron la comida que pudieron y siguieron su marcha. Avanzaron varias horas, hasta internarse en la sierra. Tendrían que caminar  dos días hasta el campamento oriente, y esperar indicaciones. 
Lo que más extrañaba en aquellos días eran los libros. No era fácil conseguirlos, pues no podían quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar y estaban a constante salto de mata. No había tiempo para libros. Los libros no eran prioridad en un movimiento en donde los principales líderes fueron maestros universitarios con sólidas formaciones lectoras, pero al entrar en la clandestinidad tuvieron que adaptarse a las necesidades de las sombras. Lo que importaba era no dejarse atrapar, continuar con el postergado itinerario de golpes directos a la cabeza del sistema –golpes que nunca llegaban porque en el último momento algo indicaba que se debían cancelar-  y proteger a los líderes con su moralidad nata y su apego a las normas más honorables posible. Pasaban los días entre los recovecos inusitados de campamentos ex profesos, o en habitaciones de colonias perdidas. El tiempo era su único interés: esperar horas, días, a veces semanas hasta que se anunciaba que podían salir y entonces salían y volvían a su rutina de traslados en automóviles robados, en camiones que salían de la ciudad para internarse en los resquicios de las serranías.
Y el tiempo seguía su marcha. Hablaba lo indispensable con sus compañeros de lucha, pues tenían prohibido fraternizar más de la cuenta. Decían, o eso se escuchaba, que el movimiento estaba infiltrado hasta la dirigencia por agentes encubiertos del gobierno, y  era cuestión de tiempo la captura de los dos líderes sobrevivientes. El movimiento era su vida, y la sola idea de que podía desaparecer, lo ponía casi al borde de la histeria. No concebía un mundo lejos de ese espectáculo político al cual se había entregado desde muy joven –a pesar de su  juventud, súbitamente había envejecido en esos últimos dos años-  y una fijación lo flagelaba con fuerza: saber si, llegado el momento, tendría las agallas para pegarse un tiro ante la inminente llegada de los militares, o si sería al lado de su AK-47 con que se batiría a un duelo condenado al fracaso con la horda de militares que, seguramente, ya habrían ocupado todos los flancos del lugar, dispuestos a pasar a la historia como los artífices de lo que parecía imposible: acabar con el movimiento. Así que prefería pensar en libros. Sobre todo de noche, cuando el grupo de cautivos dormía y se daba a la tarea de recordar frases inexactas de sus libros favoritos, las novelas de adolescencia, los libros de política, la filosofía griega, la poesía, las historias romanas que su abuelo le contaba a todas horas. Era de los pocos momentos en donde no pensaba en el movimiento, y sus repercusiones políticas e históricas en su humilde país y en la decisión de entrar en él luego de la muerte intempestiva de toda su familia. El coraje de súbito al pensar en su madre con un tiro de gracia, sus hermanos desaparecidos, su padre desmembrado. Los pasillos de la Facultad de Humanidades donde estudiaba Literatura Española, los amigos con los que leía, escribía, y se emborrachaba después de los recitales de poesía que organizaban de improviso en cualquier espacio que las autoridades universitarias les prestaban. Pero la noche en la sierra era infinita, y siempre terminaba por pensar en lo que no quería: las imágenes se aparecían en su mente y permanecían clavadas como agujas durante horas, hasta que el alba lo adormecía y lograba olvidar.
II
Las veredas al lado del río, el imponente río donde el caudal se perdía con la espuma y las rocas, donde los animales bebían y los grupos de hombres temían pasar. No había paso que no corrieran peligro. Tan caudaloso, tan hondo, tan húmedo era ese río que en los más profundos días de lluvia se desbordaba por todos lados y arrasaba de una buena vez las breves resistencias humanas que se limitaban a ver cómo se perdían ranchos enteros, cosechas impotentes, vidas de familias enteras que no alcanzaban a salir de sus chozas. El grupo de hombres, fusil al hombro, mochila militar, observaban desde donde podían, intentando escapar de la fuerza de la naturaleza.
III
No lo motivaba nada más que el fin. Vislumbraba el final de todo con tanta insistencia que nada importaba. No sentía compasión por los caídos en combate,  ni por los líderes que eran atrapados en las circunstancias más inverosímiles. Sentía una tremenda compasión que lo ponía al borde del llanto cuando alguien insinuaba, entre el tabaco y el café frío, que era cuestión de meses que las últimas resistencias del movimiento entraran en la completa clandestinidad. Todos lo sabían: el clandestinaje era el principio del fin. Y él lo sabía mejor que nadie: la Historia le enseñó que no hay movimiento clandestino que resista, víctima, entre otras cosas, de su propia condición de tránsfuga. Nunca mintió al respecto: el hecho mismo de haber participado activamente en el movimiento, de ser miembro fundador, de estar comprometido con la causalo convertía en uno de los principales blancos del gobierno. Todos los sabían. Por eso lo cuidaban. Lo movían  cada semana, lo escondían, evitaban a toda costa que lo atraparan. Pero a veces era imposible, y lograba huir porque unos, dos, tres compañeros daban su vida para que él pudiera escapar. Pensaba que debía morir con ellos, que las ráfagas de metralleta se confundieran con el canto de los pájaros de la sierra y el sonido ocultaría su llanto en el último momento.
IV
La voz de Carmen. Su tersa voz desparramada desde la hamaca, y él al lado de ella, mirándola beber café, leer las novelitas que sólo ante él ella era capaz de leer, sólo ante él y nadie más se abría toda: sin las botas militares, los sabañones que perceptiblemente comenzaban hacer mella de sus dedos, las calcetas sucias, el fusil y el cuchillo, sus uñas sucias que intentaba ocultar tras las hojas del libro, el sudor que recorría su rostro, su cuello, sus pechos perlados de agua salina, ambos cubriéndose del sol bajo las ramas de tamarindo, y más allá, viniendo desde un sitio que no podían discernir, las voces de los compañeros que bebían aguardiente a sorbos cortos, dejando a la pareja en su intimidad, risotadas de camaradería que escondían en temor a la muerte, el descanso obligado cuando los cuerpos, exhaustos, no podían seguir más. Carmen lo convertía. Ante ella no el jefe, el líder, sino un hombre enamorado, ni más ni menos. Por eso atesoraba esa intimidad en la que no era necesario el sexo: la voz de Carmen era el cuerpo que no podía tocar aún, la risa de Carmen era la cavernosa humedad donde todo iniciaba, la herida abierta que no conocía, el recurrente calcinar de huesos convertidos en cenizas de la fosa clandestina donde imaginaba encontrarse cuando lo mataran. Carmen reía. Le leía fragmentos de las novelas que era, decía, el único placer que podía darse, el único vicio burgués del que no pudo desprenderse cuando nació en ella el llamado dela conciencia social, cuando estudiaba sociología y lo conoció a él, en un mitin organizado por una asociación de estudiantes revolucionarios. En ese tiempo él leyó un manifiesto en que ya prefiguraba la lucha armada como la forma más noble y necesaria para darle al pueblo la voz que había perdido ante repaces políticos y burgueses sin escrúpulos.  El mitin terminó en una represión brutal por parte del gobierno, la muerte de varios estudiantes y la primera y, hasta ese momento, única detención de él. Carmen estuvo en el germen de todo. Delante de ella, y como una forma burda y efectiva de tortura psicológica, él fue torturado. Ante cada golpe, ante cada escupitajo, ente los cigarros quemando su cuerpo, los ojos de ella se posaban con dureza en los de él, como si la tortura fuera compartida y así, entre ambos, el tiempo se esparciera y los golpes no dolieran. No volvieron a verse en mucho tiempo. Luego de salir de la cárcel, él fue reclutado por movimientos radicales y se fue otro país a entrenarse en tácticas de guerra. Carmen terminó su licenciatura, y por un tiempo ejerció el oficio como catedrática universitaria, pero una nueva represión del gobierno la envió directamente a las filas de un movimiento político que ya cobraba fuerza, y abandonó el país al mismo sitio donde él se había entrenado. En la clandestinidad, Carmen entró en contacto con la guerrilla, y fue reclutada. Sus primeras encomiendas fueron pedagógicas. Le habían encargado adoctrinar en las teorías marxistas a un grupo de estudiantes normalistas recién llegados. Carmen cumplió a cabalidad con la encomienda. No sólo dotó a los estudiantes de los rudimentos del materialismo histórico, sino los convenció que los libros y las armas, lejos de estar distanciados, podían llevar una común existencia como una especie de medios hermanos que se nutren uno al otro de una tácita compañía. Luego vinieron tareas menos ordinarias. Tuvo que entrar en acción, y colaboró con algunos líderes en la planeación de ataques a bancos, a oficinas de gobiernos y secuestros de personajes importantes de la política. Cumplió también, sin vacilar. Cuando se vieron nuevamente, él ya era reconocido como una figura emblemática del movimiento, y ella una activista de cierta posición dentro del mismo. A pesar de pertenecer al movimiento por más de tres años, nunca se habían visto, y las identidades de ambos, por seguridad, sólo la conocían ciertos integrantes. Las piezas del ajedrez se movían sin atender a necesidades específicas de ciertos miembros, sino a ese todo que nadie conocía pero todos seguían: la libertad.
V
No pasó mucho tiempo en que se encontraron dando vueltas en círculos. Llevaban caminando todo el  día, después que un pelotón del Ejército los había cercado en el campamento. Tuvieron sólo tres minutos para correr entre los árboles y matorrales que cubrían el campamento, cuando el vigía gritó, antes de ser rajado por las balas, que ya estaban subiendo la cañada. Los soldados abrieron fuego con todo lo que tenían; los guerrilleros lograron repelerlos algunos minutos en un fuego cruzado que causó la mayoría de bajas, pero fue inútil tanto sacrificio: al cabo de no mucho tiempo tuvieron que correr y dejar todo en el campamento. Se dispersaron. Él corría al lado de Carmen y otros tres miembros, que se turnaban para cubrirlo. Luego de varios minutos, desapareció el ruido de las ráfagas, y sólo escucharon su respiración agitada y el sonido del viento moviendo los árboles. Siguieron el protocolo: debían llegar a una población cercana donde se moverían más fácil, para recorrer la sierra por el lado norte, e internarse para encontrar otro campamento, igual de debilitado que el que acababan de dejar. No sería fácil. Era seguro que el Ejército tuviera cubiertas todas las entradas y salidas, pensando en que fuera de la sierra no sobrevivirían ni dos días. Y ellos lo sabían. La única posibilidad de salir con vida era regresando a la sierra, bajo el amparo de los cerros y protegidos por ese fuerte natural que era el río. No conocían la ruta occidente de la sierra, que era la más sinuosa, con los cerros más escarpados y donde el río se convertía en un verdadero monstruo sin fin con un caudal considerable. Pero con el Ejército siguiéndolos, era la única posibilidad. Caminaron ese todo el día hasta el anochecer. Nunca, en todo el tiempo a salto de mata en la sierra, sintió él tanto desamparo, tanta impotencia ante  la brutalidad de la naturaleza. Exhaustos, hambrientos, descansaron bajo el ceceo de un abedul. Improvisaron con unas mantas y hules un refugio para pasar a noche. Al lado de Carmen, no sintió frío ni miedo ni hambre, sólo un cansancio tan profundo que se durmió pasando los brazos por la cintura de la mujer, su mujer. Soñó con mejores tiempos. Días, meses y años en donde el pueblo finalmente fuera escuchado, y donde todos vivieran igual, sin ricos ni pobres, sin exclusiones, sin prebendas, todos unidos bajo un bien común, todos viviendo armónicamente. Soñó también con los libros que nunca pudo escribir, las historias que recreaba en esas noches de la sierra, los libros que leyó alguna vez, hace tanto tiempo que poco a poco los personajes se difuminaban en silencio. Soñó con Carmen, pero no con la Carmen guerrillera de la que estaba irremisiblemente enamorado, sino soñó con una Carmen vestida con una bata de maternidad y con seis o siete meses de embarazo. Se soñó postrado en su regazo, escuchando las acrobacias de su hijo dentro del vientre de Carmen, esos sonidos que lo transportaron, dentro del sueño, a otro sueño, arrullado por la cadencia de sus latidos del corazón. La imagen de Carmen vestida con bata de maternidad, el pelo suelto, húmedo, sobre la cintura, la historia de hadas y príncipes y dragones que le leía a su hijo con los labios pegados al ombligo de Carmen para poder trasmitir las palabras con soltura y claridad, la risa de Carmen ante la  narración simultánea de la hazaña del príncipe Escorbuto al vencer de una tajada de su filosa espada al Dragón de la Noche, que gemía y lanzaba bocanadas de  humo, apagado el fuego de su estómago, otra vez la risa de Carmen y sus manos aferradas al pelo de él, las voces dentro del sueño, las ráfagas que oyó a lo lejos, en otra dimensión, los gritos que no lo despertaron.


domingo, 30 de agosto de 2015

LOS SABERES COTIDIANOS
Y luego, lo más importante: recordar quién soy. Recordar quién se supone que soy. No creo que esto sea un juego. Por otra parte, nada está claro. Por ejemplo: ¿quién eres tú? Y si crees que lo sabes, ¿por qué insistes en mentir al respecto? No tengo ninguna respuesta. Lo único que puedo decir es esto: Escúchame. Mi nombre es Paul Auster. Ese no es mi verdadero nombre.
Paul Auster

I
7 de agosto, 1:00 p. m.
Desde luego tuvo que elegir un buen nombre para publicar. No se trataba de lanzar el libro con ese nombre tan ordinario. Teodosio, como todos se lo habían dicho, era nefasto. Su agente literario o lo que él consideraba su agente literario (un tipo diminuto que daba la sensación de pasar desapercibido la mayor parte del tiempo, pero que a la hora de negociar era el tipo más despiadado que he conocido) le había sugerido algo más poético (en el fondo, Teodosio pensaba que qué podía saber su agente sobre lo que era poético o no, aunque se resignó a pensar que por algo era tan solicitado), que tuviera mayor presencia y le diera al lector la sensación de que era un tipo profundo y de un amplio conocimiento del mundo. Ambos, agente y autor, hacían cuentas sobre el depósito bancario que recibiría Teodosio por la publicación de su libro. Mientras tanto dejó a su agente la tarea de encontrarle un nombre perfecto.
         A los pocos días recibió la llamada del agente. Lo he encontrado, tío, es el nombre perfecto para ti, dijo al teléfono. ¿Y cuál es? Amaral Cíntora, contestó el agente. Teodosio no quedó muy contento con el nombre pero se resignó: para eso le pagaba.



22 de agosto, 11:45 a.m.
Supongo que debo comenzar por el principio, ¿no? Te confieso que lo conocí muy poco, así que lo que te diga no sé si te ayude. Pero para eso has venido, ¿no? Para esclarecer tus dudas. Para afilar la memoria. No entiendo tu interés, pero en fin. Estudiamos juntos un semestre o dos. Arquitectura, para ser exacto. Yo siempre he sido un tipo más bien de perfil bajo, y él también, así que era de esperarse que entre tantos parlanchines consagrados ambos congeniáramos. Era un tipo raro, como yo. Cuando el profesor pasaba asistencia, él ni se inmutaba. Y yo no me quedaba atrás. Él se amodorraba en su pupitre al grado de dar la impresión de desaparecer del salón. Yo lo veía y me entusiasmaba porque, en el fondo, sentía que por fin había encontrado a mi oscuro hermano gemelo, como dice, no sé, alguien que he olvidado. Nunca esperaba terminar la clase. Se salía a media clase magistral sobre la historia de la arquitectura mexicana moderna, o sobre la disponibilidad de materiales prefabricados de bajo costo o disparates como esos. ¿Qué hacía después? No lo sé, supongo que se iba a la biblioteca de la facultad o a fumar un cigarro de mota en el campus, qué sé yo, a masturbarse en la ducha mientras recordaba a Mabel, la tetona de la clase. Cierta tarde me acerqué a él mientras comía en una fondita cerca de la facultad. Tenía la intención de hacerle plática, charlar, no sé, conocerlo. Él leía un libro de poemas. Me presenté. Me miró de arriba abajo, cerró su libro, pagó su comida y se alejó de la fonda. Me quedé con un palmo de narices. Nunca volvía acercarme, ni falta que me hacía, y te repito, no entiendo tu interés. Era un pendejo.

25 de agosto, 10:00 a.m.
Pues me está costando trabajo recordarlo pero sí, ya sé a quién te refieres. Era poca cosa, además de pedante. Se presentó por aquí un día, pidiendo hablar conmigo. En ese año todavía no tenía el puesto que tengo actualmente, pero supongo que se acercó a mí porque estaba en Publicaciones. Yo estaba muy ocupado, ya sabes, tantas obligaciones del trabajo. No recuerdo la fecha exacta, pero quizá fue hace dos años. Yo dirigía un taller de jóvenes creadores, con paga directa de la universidad. Aclaro: siempre he estado en contra de los talleres, pues me parece que los únicos responsables de un dictamen son los mismos libros. Chingados, como si escribir se tratara de resolver  un examen. Pero eso lo pensaba nada más para mí. No es bueno andar pregonando esas ideas, y menos en este medio, te techan de inadaptado, antiprogresista en incluso anarquista. Volviendo a tu pregunta: en ese tiempo no era quién ahora es, pero seguramente deber ser el mismo imbécil que antes con todo y que le han publicado sus libros y hasta tú quieres hacer un documental sobre su vida. Te voy a contar poco, porque no tengo tiempo. El que ahora se hace llamar Amaral Cíntora, que, repito y lo sabes, pero lo hace para que no quede duda, es el mismo tipo que yo conocí, me planteó no sé qué teoría sobre la confusión del caos en Nietzsche y de cómo esta teoría puede influir en la literatura. La llamaba Teoría de la Confusión Múltiple. Todo un disparate, como podrás darte cuenta. El tipo estaba chalado, qué digo chalado: estaba fuera de sí. Decía que yo era el único escritor de la ciudad capaz de entenderlo, y por eso había acudido a mí. Bueno, yo había escrito ciertas cositas en tono metafísico (esa novelita, sabes, conocida como La existencia de Gisela), y, reconozco, tenía y tengo cierta reputación en este mundillo literario, este pequeño mundillo de esta pequeña ciudad sin importancia, esta ciudad vulgar, fea, avejentada, sucia. Permíteme una digresión. Sabrás también, y si no lo sabes te lo digo, que mis bisabuelos llegaron a esta ciudad hace más de cien años después de un purga que el príncipe polaco Svarowki hizo contra los intelectuales que intentaban desestabilizar su reinado tiránico. Mi bisabuelo era médico militar, además de judío, y participante activo de las reuniones en donde se planeaban certeros golpes contra el gobierno de Svarowki. Tuvo suerte que un buen amigo le avisara que habían descubierto algunos nombres que participaban en esas reuniones clandestinas, pero no figuraba el suyo, aunque era cuestión de tiempo en que lo relacionaran. Antes que su cabeza rodara por el suelo, y antes que sus hijas fueran entregadas a los mandos militares de Svarowki como regalo, antes que sus bienes fueran repartidos al mejor postor, mi bisabuelo abandonó Polonia y en un viaje de sesenta días por mar y tierra llegó a esta país y luego viajó más hasta encontrar en esta ciudad el lugar que no le hiciera olvidar a su fría Polonia. Como buen judío que soy, aunque en mi familia hace muchos años no se practican ninguno de los ritos que integran este intrincado mundo religioso de nuestro pueblo errante, y como buen intelectual más bien liberal que me considero, a mí Nietzsche no me va, y cómo iba a permitir que un tipejo como ese viniera a decirme que Nietzsche podía cambiar ni manera de narrar. Así lo dijo: Ustedes los judíos piensan que Nietzsche no vale la pena, pero debería acercarse un poco a su obra, mejoraría su manera de narrar. Lo despaché aprovechando una llamada urgente de mi jefe. Con enojo evidente, se marchó. Pero algo me decía que no sería fácil deshacerme de él. A los tres días regresó. Estaba muy pálido, sudaba, se notaba que estaba enfermo y no había dormido bien. Tuve que recibirlo, era evidente que necesitaba sentarse y tomar un vaso con agua. Lo invité a sentarse y le serví el agua. Encendí un cigarro y esperé que hablara. Esta vez no fue tan explícito. Le costó una eternidad articular su primera palabra. Me dijo, o eso entendí en su febril discurso, que tenía pensado escribir una novela de mil páginas sobre un día en la vida de Joyce, sí, el novelista irlandés James Joyce, especialmente el primer día en Zurich que Joyce empezó a escribir Ulises. O tal vez me dijo que tenía pensado escribir una novela de mil páginas sobre alguna de las borracheras que Joyce y Beckett cogían a cada rato. Disparates. Lo dejé hablar. Me entregó un calendario en con las fechas de redacción de cada capítulo, además de un breve resumen del contenido de los capítulos. Lo bueno vino después. Si tenía pensado escribir una novela de tal envergadura y en el tiempo que ya tenía planeado, ¿quién era yo para impedírselo? Además, se veía tan convencido, tan seguro de la importancia de la obra, que cualquier argumento de mi parte hubiera resultado en vano. Sólo algo me inquietaba: qué esperaba de mí. Yo en ese momento era un simple tallerista que había ganado un premio de novela de renombre, pero qué podía hacer por él. Quizá recomendarlo. Mediar por él para una beca, aunque eso no dependía de mí. ¿Pero por qué no esperar hasta terminar el libro? Su petición me dejó pasmado: quería dinero para poder irse a Europa y visitar Trieste y Zurich y Londres y Dublín y no sé cuántos lugares más. Háganme el favor. ¿Y en dónde piensas que conseguiré todo ese dinero que necesitas para que puedas hacer tu viaje?, le pregunté. Tú puedes prestármelo y luego, una vez publicado el libro, te lo pagaré, fue su respuesta. Lo mandé a la chingada, literalmente.


1 de septiembre, 10:30 a. m.
Créeme que no tengo mucho tiempo. Dentro de dos horas voy a presidir un examen profesional y necesito revisar algunos puntos. Te salva que ya habíamos agendado la cita. En fin, tu interés me asombra, pero esas son cosas tuyas y no tengo por qué meterme, tus razones tendrás. Es una historia corta, y no me llevará de diez minutos en contártela. Lo primero que tengo que decirte es que no fue un alumno destacado pero tampoco un papanatas. Era, como decirte, camaleónico: un día llegaba dispuesto a comerse la clase con sus sarcasmos mal intencionados y otro día parecía un espectro: se amodorraba en su silla y no hablaba ni para reparar en su asistencia. Yo reporté su caso al consejo académico, pero nada pudieron hacer. Supe, por comentarios de otros profesores, que había estudiado unos semestres en la facultad de arquitectura, pero la abandonó para estudiar literatura. Un tipo raro, es cierto. Fumaba como desesperado y no dejaba de murmurar un estribillo jocoso. Al principio le tomé importancia, pero luego de pensármelo bien, lo ignoré por completo. Cumplía con sus obligaciones escolares y eso me bastaba. Sus ensayos no eran excelentes, pero tampoco malos. Y lo que más me llamaba la atención era su terquedad: si yo encargaba Lope, Góngora y Quevedo, él insistía en Mayakovski, Eliot y Breton. Es cierto: eso hubiera bastado para reprobarlo, pero por alguna maldita razón nunca me atreví a hacerlo. Con esos tipos tan raros es mejor no meterse. El semestre terminó y le di una calificación regular que pareció no importarle en lo más mínimo porque no se presentó la última semana. Ese mismo año me dieron mi sabático y dejé la universidad y la maldita ciudad para pasar unas merecidas vacaciones en un pueblito del Estado de México al lado de un enorme lago  donde la familia de mi esposa tenía una especie de chalet. Tenía pensado aprovechar mi sabático para escribir una novela de corte policial –un género que me gusta-, pero bueno, el lugar era tan maravilloso y había tantas cosas que ver que cuando por fin decidí empezar con mi novela al sabático le quedaban sólo dos meses y nuevamente me dediqué a planear mis clases de las materias que impartiría en ese semestre, y a arreglar el regreso de toda la familia, que no es cosa de dos días.

9 de septiembre, 4:30 p. m.
Puedo reconstruir esta historia por medio de la persistencia de la memoria, sí, como el nombre del cuadro de Dalí. Cíntora, que en ese tiempo no se llama Cíntora sino Teodosio o Euclides o algo así,  no sé, siempre he tenido aversión por los nombres raros, venía cada mañana a pedirme consejos de literatura a mi oficina, que si esa nueva publicación en España, que si un libro inédito de Robert Walser, en fin, sobre cualquier bagatela. ¿Cómo los conseguía? Qué sé yo, supongo que era un tipo informado o simplemente le gustaba mantenerse informado de cualquier novedad editorial. Creo que nadie en el departamento de literatura lo tomaba en serio, en particular Chacona, quien lo odiaba de veras y más cuando, nos contó, le pidió dinero para irse a un viaje de estudio por Europa. En ese año yo preparaba mi tesis doctoral, aquél textito sobre la poética de Octavio Paz, y no tenía tiempo para nada. Yo no odiaba a Cíntora, incluso no me causaba la aversión que causaba en otros colegas, pero no podía tenerlo ahí parado, cigarro en mano, todos los días frente al ventanal de mi oficina como una sombra que no me dejaba en respirar. Entre el trabajo, la escuela y mi tesis, se iba todo el día. Cosa rara: noté su particular interés por la obra de Faulkner. Algo curioso: cada vez menos jóvenes se interesan por la obra de Faulkner, es más, cada vez menos jóvenes se interesan por cualquier obra, y prefieren agotar sus días y sus fuerzas y gastar sus neuronas con cualquier pantalla, con cualquier cosa que impida un mínimo y un máximo de razonamiento, de interpretación, de crítica. Leía todo el día a Faulkner, eso decía, porque era su escritor favorito en esos días, aunque, dijo, o eso entendí, que cada lector debería tener su biblioteca ideal y no debería abandonarla nunca. ¿Qué es eso de la biblioteca ideal? Una serie de libros a los cuales uno recurre todo el tiempo, incluso si nos salimos de ese margen imaginario, podemos regresar a él en todo momento. Tenía Cíntora una lista más bien extensa de autores a los que recurría. No sé si escribía, pero era un lector mediano de literatura muy popular en ese tiempo, novelistas de moda, autores que escribían novelas/ensayos o ensayos/novelas o metaficción o tópicos de ese tipo. Dejó de venir a mi oficina una mañana en que le dije que otra vez no, que no podía atenderlo, que no me interesaban sus revistas españolas ni sus traducciones baratas ni sus autores sacados de cuentos de Kafka. No volvió. Y eso estuvo bien.

2 de octubre, 9:00 p.m.  
Si todos suponen que para él es fácil escribir todo lo que escribe pues están equivocados. Para una persona con talento reducido, como él, no tuvo otra opción que dedicarse cada minuto del día a escribir, aunque luego haya hecho lo que sabemos que hizo. Déjame decirte algo. No tiene nada que ver con Cíntora, aunque, si lo ves más a fondo, tiene todo que ver con él. Es una historia que repito todo el tiempo porque, como sabrás, no tengo ya nada más que contar. Hace años que no escribo nada, y ahora, no me apena decirlo, vivo del recuerdo y de no dejarme llevar por cierta locura que no pocas veces me ha tentado a pensar en un desenlace más funesto. Es una historia que he perfeccionado porque de tanto repetirla quizá sea verdad. Una saga familiar como cualquier otra, muy faulkneriana, muy shakesperiana, si quieres, muy trágica a veces. Yo no conocía a mi abuelo ni a mi madre. Él murió muy joven luego de que su jovencísima mujer diera a luz a su primogénita, mi madre. Mi abuelo era un tipo tranquilo. Trabajaba de sol a sol en una parcela que rentaba a un ejidatario riquísimo, al que pagaba una renta mensual fuera del precio real.









lunes, 1 de junio de 2015

EL GRAFÓLOGO
Hay que procurar escribir sobre cosas que no tienen importancia. Cosas del tipo: “Las opiniones de mi peluquero sobre la política”, “La insoportable levedad del ser dicho por una vendedora de productos  cosméticos”,  “El zapato que nunca llegó a usar el zapatero”, o, en un plan más cotorro, “La novela realista mexicana como punto de partida de la novela de la Revolución”. Cosas que no valen la pena porque por sí mismas encuentran en su naturaleza banal el germen de su opacidad. Un ejemplo, entre muchos. Joseph Tardewski fue un grafólogo polaco que durante la segunda Guerra Mundial trabajó para los nazis. Nadie, en la historia europea contemporánea, tenía el talento de Tardewski para encontrar, en los trazos de las letras,  las intenciones más ocultas, a veces sin que de manera consciente el autor de la caligrafía se percatara de lo que decía entre letras. Tardewski descifró para su jefe inmediato, el doctor Hölderlin, herrkomandant de la Agencia de Asuntos Raciales, dependiente de la Oficina de Asuntos Políticos del Reich, más de tres mil documentos cifrados de militares, políticos, intelectuales, científicos, que, según creían, ponían en riesgo la estabilidad del Reich. Su especialidad eran las cartas, pero para Tardewski no había letra que no importara, ni forma que no estuviera finamente engranada a la psique del sustentante. Abogado frustrado, lector de novelas policiales,  aficionado al cine, pero sobre todo escribano para una firma de abogados de Cracovia, durante los años de guerra trabajó en una pequeña oficina al norte de Berlín, donde le llegaban toda clase de escritos de las personas que deseaban averiguar sus intenciones secretas. Era capaz de determinar la raza de una persona sólo con analizar durante unos minutos su letra; cientos de judíos que se ocultaban de la persecución de las SS y, con ayuda de algunos funcionarios, habían conseguido documentos que los acreditaban como alemanes auténticos, fueron descubiertos y enviados a los campos de exterminio por el inapelable veredicto del “Bolígrafo Tardewski”, como era conocido entre los oficiales para los que trabajaba. Su trabajo más connotado fue el descubrir una de las conspiraciones para matar a Hitler en el invierno de 1941. Lo que sabemos de historia europea no es tan clara como en esos años de guerra. Hitler aprueba la Operación Barbarroja en junio de 1941, y para  más de tres cientos mil soldados alemanes cruzan las fronteras de Polonia, Rumania y Bulgaria y se internan en territorio ruso, al mando del general Friedrich Paulus.  La operación en un éxito los primeros meses: el avance contundente de los panzer y toda la artillería germana, arrasa a un debilitado ejército ruso, que retrocede hasta san Petersburgo y Moscú. En Berlín, Hitler celebra. Las bajas de su ejército son considerables, pero mínimas ante las devastación del ejército ruso y su millón de bajas, más otro millón de civiles que mueren por hambre, enfermedades y el fuego cruzado. Pero el invierno ruso se extiende más allá de lo que los alemanes estaban acostumbrados, y el avance de los Aliados por el frente accidental imposibilita mandar más soldados al frente oriental, y la carestía de municiones, medicinas, comida y ropa adecuada para mitigar en crudo invierno, son el detonante del fracaso alemán en territorio ruso. El inminente fracaso de la Operación Barbarroja, tiene  a Hitler al borde del colapso nervioso. Busca culpables en todos lados; acusa a sus generales de ineptos y al pueblo alemán de débil y conformista; lanza un decreto de reclutamiento obligatorio. Recurre a la astrología, al espiritismo y a la grafología para descubrir a los que según él conspiran contra el Reich. Algún oficial le comenta que trabaja para ellos el mejor grafólogo europeo. Hitler insiste en verlo inmediatamente. Por la tarde, Tardewski llega al búnker o “guarida del lobo” de Hitler y su Estado mayor. Hitler le pide, le exige, que haga una investigación exhaustiva para descubrir a los conspiradores. El grafólogo accede, pero necesita las firmas y algunos documentos de todos los oficiales de alto rango más cercanos al círculo del Fuhrer. Hitler acepta, e incluso entrega él mismo su firma y un manuscrito que tenía pensado leer en el aniversario de la fundación del partido nacionalsocialista. Tardewski pide unos días para analizar concienzudamente todos los documentos, y promete dar un veredicto a la brevedad. Tras días de análisis, Tardewski concluye algo que en sí mismo es posible pero que el sólo hecho mencionarlo podría llevarlo a la muerte: el único culpable de la debacle alemana en el propio Hitler, quien no siente compasión por el pueblo alemán y está endiosado con su figura y el papel que ésta juega en la historia alemana y europea. Hombre resentido, ególatra, consumado embaucador, el grafólogo descubre que la verdadera intención de Hitler es la aniquilación de la raza aria, por una asombrosa razón: Hitler es judío. Tardewski logra rastrear, en medio del discurso, la tipología semántica del judío promedio: tres o cuatro generaciones atrás, la familia de Hitler derivó en una rama judía, aunque es posible que pocos los supieran, y quizá el propio Hitler lo ignoraba. Además, el grafólogo descubrió que Hitler  era capaz de suicidarse en momentos de mucha presión. Con su cuaderno de notas en mano, Tardewski se presentó en la oficina del doctor Hölderlin. Pausadamente, explicó a su amigo y mentor sus conclusiones, exponiendo o desvelando intencionalidades de todos los generales y oficiales de alto rango que se habían sometido al escrutinio del experto. Ninguno, dentro de su círculo de incondicionales, lo había traicionado.  Si había algún traidor, no estaba en la guarida del lobo.

Se guardó la conclusión sobre el Fuhrer para el último momento. Hölderlin no se inmutó ante los resultados de Tardewski, pero le sugirió no mencionarlo ni por asomo. Le enseñó unos documentos que resumían una investigación que la oficina de Hölderlin había realizado a principios de 1938, en los que argumentaban que Adolf Hitler, efectivamente, tenía una veta familiar que descendía  de judíos emigrados a Austria de alguna parte de los Balcanes. Por seguridad, la charla debía quedarse ahí, en la oficina. Ambos funcionarios tenían un odio exacerbado por los judíos, pero su instinto de supervivencia era mayor. Tardewski no podía presentarse sin nada que entregarle a Hitler, así que decidió mencionar que entre los documentos había descubierto que la mayoría de los oficiales sometidos al análisis grafológico con ascendencia noble, odiaban a Hitler, el nacionalsocialismo,  las aspiraciones populares de los líderes nazis y todo lo que representaban. El expediente fue entregado personalmente a Hitler, razón suficiente para que hiciera una purga con varios de sus oficiales que tenían sangre noble. A la sazón, fueron ejecutados veinte oficiales que usaban el noble patronímico von.  A mediados de 1944, Tardewski fue detenido por un comando aliado, y encerrado de inmediato. Pero no pasó mucho tiempo en que sus servicios fueran requeridos, y la Oficina de Análisis Estratégicos, en Londres, lo reclutó. Durante el final de la Guerra, sirvió para los aliados, y ayudó a detectar innumerables documentos que tenía códigos cifrados. El pago por sus servicios fue el no presentarlo como criminal de Guerra ante los fiscales de Nuremberg. Vivió en Londres el resto de su vida, trabajando como asesor de Análisis de Conflictos para una modesta dependencia del gobierno inglés, hasta su jubilación en 1974. En 2001, luego de la muerte del grafólogo –vivió 95 años-, la viuda de Tardewski vendió los derechos de publicación de sus diarios y cuadernos de notas a una coleccionista de curiosidades nazis. El análisis de la firma de Hitler y de uno de sus discursos, y los resultados de éstos, fueron publicados por entregas por un diario berlinés. En los últimos años de su vida, Tardewski dedicó su tiempo a leer historia romana y pasear con sus nietos por los campos de Londres. Nunca purgó condena alguna por sus delitos, es más, la publicación de sus cuadernos de trabajo y el puntilloso estudio que dedicó a varios oficiales nazis –Göring y Himmler, los principales- y la manera cómo atinó en varios de sus perfiles, lo convirtieron en un héroe anónimo momentáneo, de los muchos que transitan por la terrible y trágica historia de esos años. La verdad histórica, siempre a la caza de estos tiranuelos de poca monta, lo puso en su lugar.
 

miércoles, 20 de mayo de 2015

BREVE HISTORIA DEL  LLANTO DEL CUERVO
Uno quiere pensar que los finales son otros, pero resulta que las cosas por la regular no cambian y todo termina de la misma forma que debe terminar. No hay azar, no hay moneda lanzada al aire, no hay caída libre: sucesos, series, enigmas, consecuencias. Edgar Allan Poe murió de una congestión alcohólica luego de ser arrastrado a votar por las casillas de las elecciones primarias del distrito de Baltimore. Hemingway se metió un escopetazo en su casa de Ketchum, Idaho. José Carlos Becerra murió en un accidente de auto en una carretera perdida de Brindisi, Italia. Michael Jordan metió la canasta que le dio la victoria a los Bulls de Chicago en las finales de 1997. W. G.  Sebald: otro muerto en accidente de auto. Amy Winehouse murió de sobredosis en su casa de Londres. Jimi Hendrix se ahogó en su propio vómito. Una larga inconsistencia, un dramatis personae.
I
            No era un buen guitarrista. Sólo hasta los 15 años había cogido por primera vez una guitarra. Sin embargo, el azar o como se llame lo puso en el camino correcto de dos músicos talentosos y con ellos formó una banda de rock –él no había escuchado rock jamás- y al lado de ellos emprendió una gira por ínfimos pueblos de traspatio carretero, bebiando más de la cuenta en moteles de mala muerte y bares de olores rancios. Los dos músicos talentosos sabían que él era un músico mediocre, pero pensaban –lógica irrenunciable- que la belleza salvaje del guitarrista de medio pelo sería un buen gancho para atraer mujeres. Además, pensaban, las letras de algunas de sus canciones no eran del todo malas, tenían algo de pegajoso, algo de chic, sin exagerar; pero ellos eran los talentosos en el grupo y podían darse el lujo de contratar a un guitarrista mediocre para luego desecharlo como papel higiénico. Los pueblos perdidos arrastraron borracheras, sexo en la camioneta desvencijada, fumarolas de cannabis elevándose hacia el cielo grisáceo que siempre, en esos días, amenazaba nevada. Los pueblos perdidos. La música, el rostro de los comensales habituados a las chaladas de los dueños que lo mismo les ponían un recital de poesía beat que la presentación de greñudos músicos de aliento inclasificable. El guitarrista mediocre alimentaba su tedio con largas sesiones de heroína; los dos músicos, ensayaban en donde podían, siempre acompañados de la novia de uno de ellos, una chica de cabellos color zanahoria y brazos tatuados y cuerpo delgadísimo, apunto de la inanición. A veces los dos músicos talentosos compartían a la chica. Ella se dejaba querer, en medio de esos titanes, encima de esas fuerzas de la naturaleza que pronto volcarían el cielo con sus voces vítreas.

             
 
LA TINTA SIN NOMBRE
I
En agosto de 2008, luego de hacer las últimas correcciones a su novela El rey pálido, David Foster Wallace se suicidó. Llevaba días encerrado en su estudio de Berkley, California, escribiendo y escuchando piezas de Bach. Ellen, su esposa, le llevaba de cuando en cuando aperitivos. Esa última tarde escribió una nota suicida de dos páginas, subió al cuarto de su esposa, destendió la cama, se durmió un rato, y más tarde se colgó de un árbol en el patio de su casa. Autor de una de las obras literarias más emblemáticas de los último años, escritor precoz, genio, Foster Wallace llevaba años luchando contra la esquizofrenia y la depresión. Su novela La broma infinita, es considerada como la obra más importante de la narrativa norteamericana de principios del siglo.
II
Se escribe para sobrevivir. El absurdo predomina. Se camina en círculos. Pensemos en la muerte de Kafka en el sanatorio de Kierling, las cartas que escribió a Felice Bauer, sus obras inconclusas. Pensemos en la muerte de Chéjov, tan bellamente narrada por Raymond Carver en esa obra maestra del cuento que es Tres rosas amarillas. Pensemos en los libros que nunca se leerán porque a estas alturas no interesan. Proyectos perdidos, páginas en blanco. Pensemos en historias simples, sin retoque, piezas de orfebrería de la imaginación.  Pensemos en que nunca seremos verdaderos escritores, porque, como decía Renato Leduc, no tenemos de la mosca la tenacidad. Leí en Sergio Pitol que Cyril Connoly decía que todo escritor debe aspirar a escribir una obra genial, de lo contrario es un mediocre. Somos imitadores, lectores, nuestros intentos de escritura son tan vagos, tan perecederos, que no merecen la pena publicarse. No queremos aduladores, gente que te palmeé al hombro y te diga no genial que somos. Nunca escribiremos en cuento como Funes, el memorioso o una novela como El arco iris de gravedad. ¿Por qué seguimos servilmente empeñados en escribir? De tanto escucharlo, muy en el fondo de nuestra vanidad, llegamos a creerlo alguna vez. Alguien nos lo dijo, tras un café. Alguien pensó que podría ser verdad.


III
Michel Huellebecq es un escritor francés de amplia trayectoria. En 2011 publicó la novela El mapa y el territorio en donde utilizó citas textuales extraídas de Wikipedia como sustento de la temática científica que manejaba en su novela. Los críticos destrozaron a Huellebecq, acusándolo de plagiar documentos que no son confiables y ofrecer una visión distorsionada a la veracidad científica.  El escritor se justificó afirmando que toda información de Wikipedia es pública, y por lo tanto no hay derechos de autor pues los artículos, en su mayoría, no aparecen con firma. En cualquier caso, Huellebecq vendió millones de ejemplares de su libro, y ahora es un escritor, además de famoso, rico. Las bondades de la mala crítica literaria.
IV
Durante la universidad, a Ricardo le auguraron un futuro promisorio en el mundillo de las letras. Alguien se lo dijo, y él lo creyó a pie juntillas. Muy joven publicó en revistas, antologías, en libros universitarios de jóvenes narradores; presentó ponencias en congresos literarios, y más de un docente le prometió conseguirle una beca para cursar un posgrado. Sus amigos lo adulaban, esperando extraer de él algún conato de sabiduría, el festín literario que sus mediocres mentes no podía acceder. Al final, Ricardo se agotó. Dejó la ciudad, mandó  a la verga a todos aquellos huele pedos, se instaló en una modesta ciudad de provincias lo más parecida a una ratonera, olvidó la literatura, casó una, dos veces, tuvo hijos, y consiguió un modesto empleo como funcionario público. De vez en cuando se entera de los logros de otros. Una beca por ahí, un doctorado por allá. Ricardo regresa a sus libros, el único refugio donde es realmente feliz y realmente infeliz, según sea el caso. Contradicciones de la vida. Piensa que todos tienen derecho a tomar sus propias decisiones, aunque la mediocridad estribe en alcanzar lo que todos aspiran: seguridad económica, estabilidad laboral. Se olvidan de lo más importante. Ricardo no puede evitar pensar en Kafka, que decía que sentía haber cometido un error fundamental en su vida, pero por más que daba vueltas a su caso, no encontraba cuál había sido ese error. Y Ricardo se ríe, ante la enésima copa de brandy.
V

Alguna vez vivió, estuvo entre los vivos, un joven que jugó a ser poeta-dios. Murió a los 39 años, pero dejó de escribir a los 21, dejando tras de sí un montón de poemas, un montón de buenos poemas tan fundamentales que la poesía actual sería incomprensible sin ellos. El poeta abandonó la escritura, y dedicó su vida a hacer dinero, lo que consiguió tras varias tropelías. Ante la página en blanco, el poeta prefirió el anonimato. No vivió lo suficiente para ver su propia inmortalidad.
 

jueves, 11 de septiembre de 2014


Las listas son, por lo regular, arbitrarias. ¿Por qué no considerar a éste o aquél? Y son también injustas. Muchos de los libros que he leído tuvieron su momento de fama en mi vida, fueron una especie  de one hit wonder  en determinado momento, y aunque no he vuelto a releerlos, su huella es imborrable. Pienso en Cien años de soledad, las Ficciones de Borges, o los textos canónicos de Platón: el Fedón o el Ión. Algunos poemas de Neruda, César Vallejo o Huidobro, a quienes releo cada vez que la malaria de la narrativa y el ensayo me inoculan por un rato. Incluso algunos textos marxistas que durante la universidad digerí como sopa caliente,  ahora me parecen nefastos. Propongo, siguiendo este juego de los listados tan común en nuestra época, los libros que como lectores aconsejaríamos mear, cagar y tirar a la basura (por descontado omito las referencias a libros de superación personal, biografías de estrellas de la farándula, o libelos y fanzines proconsumistas). Propongo también dar un breve argumento de las razones,  vergonzantes o no, que nos llevaron a desechar tales lecturas.

Sin orden:

Mi lucha, de Adolf Hitler. El mundo ya está demasiado pervertido para aconsejarle a alguien que lea este libro fanatoide, mal escrito (o al menos la traducción que leí era muy mala), con argumentos fáciles de digerir y sin sustento científico comprobable. Hace mucho me deshice de él. 

La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Burda copia del realismo mágico que García Márquez y compañía. ¿Para qué leer a Allende si tenemos la fuente original de primera mano? 300 páginas que se leen no sin decenas de bostezos.

Manual del completo idiota latinoamericano, de Álvaro Vargas Llosa. El hijo de don Mario (él sí escritor e intelectual respetado, Nobel de Literatura, pues), apostó por un manualito donde la disidencia antiyanqui reflejara sus frustraciones pequeñoburguesas. El resultado: un basural de mentiras e imprecisiones ideológicas.

La vida en rojo,  de Jorge Castañeda. Ni cómo creerle a este intelectual orgánico. Las mil páginas de su libro son el resultado de un amor sentimentaloide por el Che Guevara, pero, a  parte de ciertos episodios confusos en los que el autor especula con la veracidad histórica, no aportan nada nuevo a efigie casi beatífica del ilustre guerrillero.

Arrebatos carnales, de Francisco M. Moreno. No sé si Moreno leyó alguna vez a Norman Mailer. De haberlo hecho, hubiese distinguido entre Historia, Novela y Ficción. La Historia como Novela o la Novela como Historia sólo es posible si el narrador se convierte en personaje, pero para hacerlo debió haber vivido el hecho. Moreno es capaz de fingirse un personaje al entrar en la habitación de don Porfirio Díaz y escudriñar en sus “arrebatos carnales”. Ni Historia ni Ficción: un bodrio sin credibilidad y una sarta de imprecisiones históricas.

Fragmentos de la Universidad desconocida, de Roberto Bolaño. Por mucho que admire a Bolaño en su faceta (la mejor, ni duda cabe) narrativa, debo admitir que como poeta deja mucho qué desear. Aunque en vida Bolaño se consideró poeta, en verdad fue un poeta menor. Seguramente, de seguir vivo, Bolaño no hubiera permitido que publicaran su obra poética. Los editores y su viuda, incapaces de frenar el affaire Bolaño-Lector,  ceden al impulso publicitario y monetario y publican todo lo que se encuentra del célebre chileno. Incluso sus poemas menores.  Es la obra de un ávido lector de poesía, pero no de un poeta en cuerpo entero, con una propuesta nueva, pleno en sus facultades creativas. Muchos de esos poemas fueron escritos cuando Bolaño militaba en el infrarrealismo, ese movimiento poético de tintes punketos y escatológicos de mediados de los setenta, que el mismo Bolaño recrea románticamente en Los detectives salvajes bajo el nombre del realismo visceral o real visceralismo. Es deudor en más de un sentido de la obra de los avejentados poetas beat, del surrealismo vía Breton y del cáustico sentido del humor de la obra de Nicanor Parra. Aminora el corpus de la obra bolañiana.

Vlad, de Carlos Fuentes. Hay que reconocerlo: Fuentes fue nuestro más grande novelista. Su obra fue una polifonía de voces: miles de personajes engrillan sus novelas y cuentos, y dan voz a este México tan gastado de tan recurrido. La sola escritura de Terra nostra le hubiera valido para entrar al parnaso literario de México. Pero Fuentes se fundió a finales de los noventa, y su última gran obra fue Instinto de Inez, publicada en 2001. Luego, no publicó nada, narrativamente hablando, que valiera la pena. El dedo índice curvo de su mano derecha se cansó de escribir y repetir los mismos argumentos que ya había planteado veinte o treinta años antes. Conectado siempre con las nuevas tendencias literarias, aunque nunca con buen tino, experimentó con nuevas temáticas, hasta que en 2012, publicó esta obra de tintes vampirescos que recrea la vida del mítico Vlad el Empalador, el conde rumano que inspiró el Drácula, de Stocker, pero adaptándolo  a una ciudad de México decadente.  Una obra híbrido entre las novelitas de vampiritos homosexuales de Stephanie Meyers y la erudición histórica que siempre caracterizó a nuestro ilustre novelista. Debió prescindir de  escribirla.

Goodbye, Dostoievski, de Francisco Arriaga Méndez. Este autor chiapaneco se creyó con la capacidad para dar un carpetazo histórico a la obra del novelista ruso, convirtiendo los temas recurrentes de Fiodor en un menage a trois donde conviven el panfleto, la abierta homosexualidad del personaje principal y el mismo autor, homosexual declarado y exmeador de tumbas literarias,  y el gusto por las imágenes bucólicas. Se reconoce el esfuerzo, pero no el resultado.









lunes, 7 de julio de 2014

 
 
 
 

VUELTA AL REDUCTO

A mi hijo Aldo Mateo: versos de humana razón.  

 

Este pueblo-souvenir donde la gota emana

terquedad de cerros

que abandonan su sitio

 

Me dirijo donde siempre

 

Báculo que observo a través

del encierro

a través de rostros

que son desconocidos

 

el temporal arrecia

y el viento

no  cede

y hace daño

 

y la mácula  irredenta

traga sobre mí

me gime

 

sólo hay poesía para

salir del letargo

sólo libros que me desdibujan

 

un solo cardenal

para mil horas

una alquimia

que me permite no ser

 

algo se encoje en las paredes

 

vuelta al reducto del frío

y la soledad

 

palabras que huelen a humedad

sonidos que

salen de la nada

 

ratos de ocio arrodillados

que enmarcan lo que no

transcurre

 

¿Qué más de mí seré?

 

 Versos de humana razón

 

 
 
 
 

 


viernes, 16 de mayo de 2014

GUSTAVO CERATTI, MÁRTIR

A Efra, Chente, Davus y Henry: Chida banda poblana


Una mueca, el sonido, el disparo: una cuerda que cual gata desespera y anuncia, el metal en derredor  de lo que se extingue, sale tras de sí: inercia, ruido hacia adentro, vibración que expande el minúsculo reticular, sueño sueñas, pasos, hace muchas Biblias que  el hombre era el padre y el hijo era el periplo redimido y la guitarra salía desde donde:

            Quizá por la extrema suavidad de sus voces, aún me impresionó más de súbito que alguien, un vecino tal vez, me despertara de tal forma: desde el fondo del departamento salía la voz cetrina de Ceratti cantando y tocando y lanzando al viento “La ciudad de la furia”, ese himno no reconocido a las necesidades eternas, a un Buenos Aires que se cae a pedazos en medio del caos: el temblor del cuerpo, la sopa fría en la mesa, la ropa mal planchada: se hace tarde para llegar a algo, algún lugar no encuentra su acomodo:
Los pocos familiares y amigos que aún tenían el coraje de acercarse a mi casa llegaron a decirme, supongo que tratando de suavizar mi angustia, que no pasaba nada. Nadie había muerto, todos estaban en casa, tomando una taza de café y comiendo un bollo de canela. Pero no era así. Y yo lo sabía. La mayoría habían muerto en el accidente: un autobús repleto de familiares que había organizado un viaje a  Guadalajara. El chofer del autobús perdió el control y se fue a estampar contra un remolque mal estacionado. Todos muertos, todos: 31 personas de la familia carbonizadas. Los abuelos: calcinados. Los tíos: calcinados. Los sobrinos: restos humeantes en medio de la carretera. Entre los restos, el metal y el olor a quemado, pude ver el regalo que días antes le había hecho a mi sobrino Marcos: el Sueño estéreo, el último disco de estudio de Soda antes de que decidieran separarse. Marcos, Marquitos, el querido y aplicado joven que leía a Borges y a Nietzsche desde los trece años, que lo mismo escuchaba sonatas de Bach que se sumergía tardes enteras en dilucidar el intríngulis del sonido de Frank Zappa, estaba semiquemado, a un lado de la carretera.  Sostenía su viejo walkman, también chamuscado. Dentro, sorpresivamente intacto, el disco de Soda rodaba a veces, deteniéndose otras. Marquitos no quería ir al viaje. Su madre, la terrible tía Carmina, lo había chantajeado con lo que Marcos pedía: boletos para ver a Lacrimosa en su gira por México:  
En la morgue del pueblo más cercano nadie nos atendía. Era domingo y nadie, ni los forenses, trabajaban. Uno no se puede morir en domingo en este país, no esta permitido morirse en domingo. Muérete otro día, tal vez viernes o lunes, pero que no se te ocurra morirte en domingo o días festivo o en el mero día de san Judas Tadeo porque nadie te va a entregar. El tío Cástulo, de los pocos, junto conmigo, que había decidido a última hora no viajar, estaba deshecho, sentado en la desvencijada sala del forense. Tomaba pequeños sorbos a un café de color irreconocible y un sabor peor. En el accidente había muerto la tía Martha –su esposa- y Marla y Coque, sus hijos. El tío no lo podía creer. Repetía, con voz inconexa, que él debió ir en ese autobús y morir con todos los demás, morir con su familia. Yo no pienso así: la vida no se repite:

Estaba todavía oscuro cuando apareció el forense. Fumaba un cigarrillo. Le pedí uno. Nos dijo, con una frialdad sólo comprensible en esas personas cuyo oficio consiste en relatar la muerte mediante el nada agradable placer de desmembrar los cuerpos, que el pueblo no contaba con los recursos necesarios para atender a tantos cuerpos. Así lo dijo: A tantos cuerpos. Pero dio una solución: en una hora mandarían a expertos del gobierno para atender lo que se requiera. No todos los días morían 31 miembros de una misma familia. Esperamos en silencio. El tío Cástulo lloraba. Quise abrazarlo, pero no supe qué decirle, no soy bueno para consolar a nadie, y últimamente desde mi recaída en las drogas no soy buena compañía. Hojee una vieja revista que estaba por ahí. Sorpresivamente, encontré un buen reportaje sobre la trombosis fulminante que hace cuatro años llevó a Ceratti al coma. Daba un concierto en Caracas, Venezuela, cuando, en medio de la canción “Crimen”, se desmayó. Los servicios médicos venezolanos le salvaron la vida, deshaciéndole un coágulo de sangre que intempestivamente recorría sus arterias con vías a estacionarse definitivamente en su cerebro. Le salvaron la vida, pero quedó en coma. A eso no se le puede llamar vida. Su madre no quiere desconectarlo, dice que agotará todos los recursos necesarios, en espera que Gustavo algún día despierte y puede volver a hacer lo que mejor hacía: cantar y tocar la guitarra. El reportaje pone ejemplos de personas que despiertan de un coma luego de años. Una mujer suiza que pasó veinte años en coma hasta que una tarde despertó. Un hombre en  Illinois que quedó en coma luego de un accidente laboral. El seguro se hizo cargo de todos los gastos médicos, incluidos los 15 años que pasó en el Memorial Hospital de Chicago. Una tarde llamó a su mujer quien, de la impresión, se desmayó al lado del hombre. La mujer no quedó en coma a causa del golpe que se dio en la cabeza, pero perdió todos los dientes frontales:
Nos entregaron los cuerpos 26 horas después del accidente. Uno a uno los fueron subiendo a un camión especialmente contratado por el gobierno del estado para trasladarlos hasta sus lugares de origen.  Mi familia estaba dispersa. Vivían en sitios tan disímiles como Cancún, Puebla a Tuxtla Gutiérrez. No sería un recorrido fácil. Los pocos familiares que quedaron vivos se hicieron cargo de los gastos funerarios. Algunos tenían seguro, así que no gastaron mucho. Sentí un frío sepulcral en la espalda al ver los cuerpos en bolsas de plástico negro; ahí estaban todos y cada uno de los familiares que yo conocía, etiquetados con sus nombres y direcciones para su traslado. Pensé que fue mejor que me hubiera separado de mi mujer, hace tres años. De haber seguido juntos, posiblemente ellos y yo estaríamos en esas bolsas, tristemente muertos. El tío Cástulo se desmayó cuando le entregaron los cuerpos de su mujer e hijos. Sentí tristeza por él. Le recomendaría que, ahora sin nada por qué vivir, sería mejor que se diera un balazo en la sien. Recordé unos versos de Nicanor Parra, el gran poeta chileno, que me parecieron idóneos: “La vida es lo que es / y no lo que un hijo de puta llamado Einstein dice que es”. Recordé una frase de Gustavo Ceratti, en su canción Disco eterno: “Vengo a  descubrir por qué ese deseo crece”. No lo sé. Me voy a casa, beberé una botella de ron, le hablaré a mi hija, y le diré que estoy feliz de que esté con vida.


miércoles, 19 de marzo de 2014


DOS MICROHISTORIAS  VIOLENTAS

 

UNO

Melchor iba atrás de la camioneta con otro tipo, muy joven, como él.  Le pareció conocido; de reojo puso atención en sus rasgos y sabía que lo conocía de algún sitio, aunque no supo determinar de dónde.  Quizá del mismo CONALEP. Atravesaron el centro del pueblo, en línea recta hacia la carretera estatal. Las luces del pueblo desaparecieron y pronto se encontraron bordeando el cerro del Paliacate, hacia Cañada Honda, el tiradero de cadáveres de los narcos locales. La camioneta hizo el recorrido hacia la cañada dos veces. A la tercera, otra camioneta estaba estacionada en el lugar. Había una fogata muy cerca de la camioneta, y cerca de la fogata dos tipos amarrados. Melchor hizo el intento de bajar,  pero el conductor lo detuvo. Métete unos pases primero, pa que aguantes, es tu primera vez, a ver si tienes güevos,  le dijo. Se metió en la nariz toda la bolsita de plástico que el conductor le dio. Bajó de la camioneta. Las piernas le temblaban. A empujones, el conductor bajó de la camioneta al acompañante de Melchor. Caminaron diez o quince pasos. El conductor sacó su pistola, la más grande que Melchor había visto, y le vació el cargador al acompañante.

-Éste quería trabajar para nosotros pero no tenía güevos, era puto -le oyó decir-. ¿Eres puto, también?

Melchor negó.

-Eso me gusta, porque aquí a los putos les cortamos los güevos y se los metemos en la trompa –remató-. ¿Ves ese garrote que está ahí, cerquita del fuego?

-Sí.

-Pues vas a acercarte a esos putitos que están amarrados ahí y  los vas a dejar tan molidos como la carne de puerco que venden en la plaza los domingos, o qué, ¿no tienes güevos?

-Sí.

 

Melchor nunca habría pensado que el ruido de un cráneo humano rompiéndose fuera tan nítido. Ni mucho menos que el Roli había robado a los jefes, y ahora él tendría que molerlo a palos, como a un perro. Un perro molido a palos por ladrón. Un perro que se comportó como una gatita en celo cuando vio que el primer trabajo de Melchor sería matarlo. Un perro que gimió y suplicó por su vida, y babeó y se orinó y se cagó cuando Melchor alzó el bat de béisbol en todo lo alto y descargó el primer garrotazo en su cabeza descubierta, por más intentos que hiciera por cubrirse con sus manos atadas, y el sonido hueco pero clarísimo, y luego ¿cuarenta, cincuenta veces, más?, un amasijo de carne amoratada y rojiza que se esparcía entre los ojos fuera del rostro que saltaban por entre la sangre.  Después de todo, había pasado la prueba, había hecho bien el trabajo.  

 

DOS

 

Guardó la carta en el bolsillo de la chamarra. Durante dos horas estuvo recorriendo los caminos cercanos a la cañada, sin encontrarse un solo vehículo. Sacó un cigarro de mota y se puso  a fumarlo, recostado en el cofre de la camioneta. A los diez minutos recibió la llamada. Terminó el resto del cigarro y arrancó la camioneta a toda marcha. En el trayecto pensó en Mónica. Pensó en su familia. Se había conformado con poco hasta ahora, con trabajos sin importancia, pero este trabajo lo sentaría al lado de los jefes. Y no habría falla: todo estaba perfectamente planeado. Él mismo había supervisado el trabajo, las entradas, las salidas, el horario ideal, la ruta de escape en caso de que algo se complicara. Tenía claro que no quería que lo agarraran, y la forma más fácil de lograrlo era siendo precavido. Detuvo el vehículo en un OXXO, compró un par de cervezas, cigarros y un paquete de frituras. Arrancó nuevamente y se detuvo justo frente al restorán Cedro’s, el mejor del pueblo. Bebió tranquilamente sus cervezas y fumó acompañado por un programa de radio que hablaba sobre el cambio climático. Cambió de estación radiofónica, pero no encontró nada de su agrado. Por momentos, mientras observada a la gente que entraba y salía del restorán, recordó unos versos que Mónica le había leído. Miró su reloj: ya era tiempo. Sacó un paquete debajo del asiento, bajó de la camioneta y atravesó la calle. El paquete no debería medir  más de treinta centímetros, y lo guardó dentro de la chamarra. Entró al restorán, y eligió sentarse en una mesa cercana a la sala de fiestas, una habitación con un amplio ventanal y una enorme puerta. El mesero se acercó. Pidió una cerveza y una orden de machaca. Pasaron algunos minutos antes que se decidiera hacerlo. Se levantó y fue al baño. Había memorizado el rostro de los meseros, en lo días previos. De regreso, se dirigió a los baños de la sala de fiestas. Atravesó el salón, sin que nadie se percatara de su existencia. Al salir, dejó caer el paquete en el cesto de la basura, muy cerca de la mesa donde una comitiva comía y bebía. Salió del salón como si nada. En su mesa, lo esperaban la machaca y la cerveza. Sólo probó la machaca, y dio dos tragos a la cerveza. Dejó un billete de doscientos pesos, y abandonó el restorán. Con el detonador en la mano, subió a la camioneta y avanzó por las calles del pueblo. Todavía a doscientos metros,  la explosión hizo cimbrar la Lobo del año.

 

 

miércoles, 29 de enero de 2014


LA DIMENSIÓN DE LO NOMBRADO

A mi hijo Aldo Mateo: señas de identidad.

 

El mundo se divide entre los que tienen sentido del humor y los que lo tienen.  El descubrir que, por unas horas,  puedes ser el autor de tu preferencia es una sensación sublime. Que te digan “Bienvenido,  señor García Ponce”  sacude tu ego porque te das cuenta que ese imbécil que te he confundido con Juan García Ponce no tiene ni la menor idea que García Ponce lleva años muerto y tú no puedes ser él, es imposible que te trasmutes o regreses del más allá para convertirte en alguien que ya no está en este mundo. Pero eso lo sabes tú, no la persona que te ha confundido.  Muchas veces me han llamado José Emilio Pacheco. Otras, he sido Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, José Revueltas, Ítalo  Calvino, Adolfo Bioy Casares, Guadalupe Nettel, Sergio Pitol.  Según las lecturas del día,  en el viaje de ida puedo ser Enrique Vila-Matas y en el de regreso Roberto Bolaño. He sido considerado digno sucesor del nombre de Javier Marías. Más de un seguro de viajero ampara a José Agustín, un seguro que cubre gastos médicos en caso de accidente y una remuneración económica a sus deudos. Una  hermosa edecán de ojos tornasoles y cabellera rubia me llegó a decir que el placer del viaje sólo se compara con el placer de la lectura, para soltarme que ella leía mucho y su escritor predilecto era Paulo Coelho. Un escritor mediocre.  Pensé en proponerle que yo podría ser Paulo Coelho y podría hacerle el amor mientras ella me leía al oído fragmentos de El alquimista. Desnudarla mientras me leía. No importaba qué.   Así que mi viaje de regreso lo hice con el nombre de Pablo Coello, castellanizando el nombre. Todo iba tan bien, por momentos sentía el impulso de la mano César Vallejo, pensaba que en verdad podría ser César Vallejo y escribir un poema tan genial como Los heraldos negros. Nadie en la fila parecía intuir o adivinar que dentro de pocos minutos el gran Augusto Monterroso viajaría con ellos, un Monterroso decididamente más joven y moreno y de una complexión alarmantemente pasada de peso. El verdadero Monterroso se reiría de su doble, de su “dopplenganger”, para usar esta palabra germana que designa al doble, al sustituto, al otro, al impostor. Quizá eso soy: un simple impostor impostado  de literatura que pierde su tiempo en engañar a la gente haciéndose pasar por sus escritores predilectos. Hubo algunas señales de alarma de que por fin, después de años de viajar con otros nombres, alguien se percataría de la engañifa. Una vendedora de boletos que no se tragó el cuento de que yo me llamase Jorge Luis Borges. Me miró como queriendo que yo confesara que era un usurpador de nombres pero con tanto tiempo en el oficio de la estafa heterónoma  no iba a ceder,  así que me plantee lo mejor que pude  en el mostrador y argumenté que ella no era quién para cuestionar si mi nombre era Jorge Luis Borges o no, y no iba a perder el tiempo en mostrar mis credenciales sólo porque mi nombre era homónimo del escritor argentino más conocido en el mundo, quizá el argentino más conocido en el mundo luego de Maradona y Carlos Gardel y Lionel Messi, a lo que, acto seguido, la vendedora de boletos se encogió de hombros y concedió que tenía razón y me extendió un boleto de viaje para las once horas del domingo 27 de diciembre de 2009,  de la ciudad de México a la ciudad de Puebla a nombre de Jorge Luis Borges, y por diez pesos más pagué el seguro de gastos médicos que debería cobrar María Kodama (no sé si viva aún) a nombre del insigne escritor en caso que un accidente segara la vida de Borges y los 30 pasajeros que viajarían esa noche. Borges llegó tranquilo a Puebla y fue directamente a un bar a tomarse un trago y luego fue a su casa e hizo el amor con su mujer –que por supuesto no era María Kodama-  pensando en la vendedora de boletos de autobús. El error fue comenzar a creerme extranjero. Patrick Modiano viajó de la ciudad de Tehuacán, Puebla, a Orizaba, Veracruz, una tarde de octubre de 2010. El vendedor no puso objeción para extenderme el boleto, quizá había sido por lo extraño del nombre pero era muy común que padres desnaturalizados llamaran a sus niños mexicanos Patrick o John. En noviembre un tal Roberto Calasso hizo un viaje fugaz a la ciudad de Pachuca en donde visitó a unos tíos acompañado de su esposa y su hijo de tres meses. Si Modiano y Calasso había viajado por territorio mexicano sin necesidad de documentos migratorios, ¿por qué no podría hacerlo Philip Roth? Roth era un escritor que me fascinaba y en la medida que mi atracción literaria crecía, decidí que era tiempo que míster Roth visitara Oaxaca, una ciudad que ya había sido visitada por su amigo Richard Ford años atrás y en donde Ford había escrito una genial novela. Así que un increíble y sorprendentemente aceptado Philip Roth viajó de Puebla a la ciudad de Oaxaca en las navidades de 2010, acompañado de su esposa, una tal Mrs. María Sabina. Mi mujer había aceptado jugar el juego. Una estrafalaria vendedora de boletos me comentó que mi nombre era poco común para un mexicano, a lo que repliqué, fingiendo el acento, que yo no era mexicano sino norteamericano, que mis padres había nacido en Oaxaca pero yo había nacido en Albuquerque (Albuquerquiiiii) y que mi esposa se llamaba María Sabina Rodríguez porque sus padres eran devotos de la “bruja” de Huautla, pero que ella también había nacido en Estados Unidos,  aunque tuviéramos un nopal tan grande como un encino pegado en la frente que nos distinguía a kilómetros de distancia. Roth y María Sabina regresaron a Puebla días después y nadie notó, ni los periodistas y paparazzi, que juntos habían visitado Montealbán y se había fotografiado en el Árbol del Tule y habían bebido mezcal en la cantina El renacer, acompañados de un trío que cantó temas de Roberto Cantoral. Para marzo, Mario Bellatin visitó a sus padres en Veracruz y un cambiado Ricardo Piglia –sin acento- hizo el viaje de vuelta. En abril, James Joyce se presentó en la terminal uno de la central camionera del DF, dispuesto a viajar a Querétaro. Joyce iba solo. Un Joyce que había leído a Shakespeare de joven pero que ahora le importaba un bledo. Work in progress jejejeje.