
Richard Ford
jueves, 15 de marzo de 2012
MARCUSE: CUARENTA AÑOS DESPUÉS.

domingo, 26 de febrero de 2012
LLOVIZNABA

sábado, 28 de enero de 2012
PUEBLA DE LA FRANJA O EL MAL ABSOLUTO

1. Portero. Edwin Van Der Saar. El exseleccionado holandés, y estrella del Manchester United decidió salir del retiro para formar parte del Puebla. Se dice que es fanático de los Tigres del Norte, la comida mexicana (especialmente las Cemitas y los tacos de suadero) y la cocaína procesada en Colombia. Fuentes directas que como parte del trato, Van Der Saar ofreció a su mujer a Abrahamovic, la modelo Vanessa Rightone, a cambio de un incremento sustancial del 50% de su sueldo, mismo que el magnate pagó sin chistar.
2. Defensa. Wladislaw Vidic. El astro serbio del Manchester United aceptó la oferta de Abrahamovic a cambio de su administrador, René Bejarano. Vidic quedó prendado del él cuando éste viajó a Manchester para cerrar el fichaje. Actualmente viven en Tehuacán, donde disfrutan de los beneficios de los manantiales que nacen en esa región mineralógica.
3. Defensa. Carles Puyol. En un caso insólito en el fútbol, el capitán de la selección española y el Barcelona, rescindió su contrato con el club catalán debido a que el dueño del club, Joan Laporta, fornicó con su mujer en una fiesta para celebrar los ciento diez años del equipo culé. Abrahamovic supo de este incidente y rápidamente viajó a Barcelona para hacerle una jugosa oferta a Puyol. Puyol, despechado, aceptó la oferta con la única condición que no se divulgara el costo de la transacción, que ahora sabemos fue de diez millones de euros, una mansión en Morillotla, un Alfa Romeo del año y una puta catalana que tenía años trabajando como sexo servidora en Tlaxcala.
4. Defensa. Gerard Piqué. Dicen que lo que llevó al astro catalán a abandonar Barcelona fue su ruptura con Shakira. Aunque la verdad es que Piqué conoció a una poblana que estudiaba en la Universidad Pompeu Fabra y trabajaba en un Burger King cercano a las Ramblas. La poblana le hizo una “trabajito” que un poco tiempo trajo babeando a Piqué, al grado de dejarlo todo y radicarse en Puebla, donde lo encontró Abrahamovic y le ofreció integrarse al Puebla. Piqué tuvo que bajar de peso y ponerse en forma para volver a jugar.
5. Medio. Andrea Pirlo. El jugador italiano tuvo una fuerte lesión en 2012 que lo alejó de las canchas por un año. La Juventus de Turín lo despidió por falta de juego. En una fiesta ofrecida por la FIFA Pirlo conoció a Abrahamovic, quien le ofreció jugar para la Franja. Después de meditarlo mucho, Pirlo hizo un viaje express para conocer la ciudad. En un recorrido por el centro de Puebla, Pirlo conoció a una turista italiana estudiante de arqueología en la Universidad de Bologna de la que se enamoró perdidamente. Tres meses después Pirlo aceptó la oferta de Abrahamovic.
6. Medio. Neimar. La joven promesa brasileña, y estrella del Santos de Brasil rechazó una lucrativa oferta del Chelsea por la simple razón que no le gustó Londres. Pasó una semana en esa ciudad y terminó deprimido. Al saberlo, Abrahamovic se entrevistó con él en Río de Janeiro. Dicen que modelos cariocas amenizaron la fiesta que Abrahamovic dio en una conocida discoteque de Río, donde el alcohol, la coca y los fetiches sexuales estuvieron a la orden. Neimar quedó enamorado de la publirrelacionista del Puebla, y esa misma noche fornicaron en la suite presidencial que Roman alquiló para ellos en el Hilton Río. La publirrelacionista cerró el fichaje con una felación y seguidas penetraciones anales que hicieron que Neimar decidiera, esa noche, que su próximo destino sería la ciudad de Puebla.
7. Delantero. Wayne Rooney. El bad boy inglés estuvo inmiscuido en problemas dedrogas y alcohol durante el 2012, perdió completamente el pelo y subió veinte kilos en ese año. Tras la muerte de Ferguson (en circunstancias no aclaradas aún por Scotland Yard), Hugo Sánchez tomó las riendas del Manchester y acusó a Rooney de baja de juego. Un pleito con puños, sillas y mordidas cerró la relación entre el mexicano y el inglés, y apresuró la salida de Rooney. Un año después Abrahamovic lo encontró en un suburbio de Manchester, con casi cien kilos, una profusa barba y completamente calvo. Abrahamovic se entrevistó con él en un puby tras tomarse varias jarras de cerveza, Rooney aceptó viajar a Puebla. Tras una liposucción, injerto de cabello y un mes en una granja para alcohólicos en las cercanías de Cholula, Rooney quedó listo para integrarse a la Franja.
8. Delantero. Javier “Chicharito” Hernández. Su paso fugaz por el fútbol europeo, y su fracaso tras una temporada pletórica en el Manchester, puso al Chicharito en jaque. Comenzó a consumir drogas y publicó en una red social su abierta homosexualidad y su relación con el modelo y actor Gabriel Soto. De fiesta en fiesta, Chicharito bajó su juego a niveles escandalosos. El América lo contrató por el apertura 2013, pero en seis meses sólo jugó 30 minutos, y al término del torneo Jorge Vergara, nuevo dueño del América, anunció la recesión de su contrato. Abrahamovic se entrevistó con él en una conocida taquería de Guadalajara, cuyo dueño era el Chicharito. Ahí le ofreció un puesto titular en el Puebla con un sueldo decoroso. Una semana después Chicharito viajó a Puebla.
9. Director Técnico. José Mourinho. La caída estrepitosa del Real Madrid a la Segunda División propició el fin de la carrera de Mourihno en Europa. Luego de dirigir durante un tiempo en Qatar, Vietnam, Nueva Zelanda y Chipre, Mourinho llegó a México para dirigir al América. Una temporada que puso al equipo con un pie en la división de ascenso, y la escandalosa declaración de varios jugadores que Mourinho los espiaba mientras se duchaban para luego masturbarse en su bañera, apuró la salida de Mourinho del América. Mourinho regresó a Portugal donde fundó una escuela de fútbol para niños, y ahí fue donde Abrahamovic lo encontró una tarde lluviosa en la plácida Lisboa. La oferta de Abrahamovic fue contundente: Mourinho debía hacer campeón al Puebla a cambio de un sueldo jugoso y varios privilegios más.
10. Dueño. Roman Abrahamovic. A mediados de 2013, el magnate del petróleo y las telecomunicaciones en Rusia, decidió que no le vendría mal adquirir un equipo en declive en algún país del Tercer Mundo. Por medio de un equipo experto en operaciones financieras de riesgo, Abrahamovic estudió varios casos alrededor del mundo, resultando finalistas el Spartak de Praga, el Bío-Bío de Chile, el Tsumnum de Vietnam, y el Puebla de la Franja de México. Tras una larga deliberación, los expertos le recomendaron a Abrahamovic que, entre todos los malos, la mejor opción era adquirir al Puebla debido a su viabilidad para poder hacerlo un equipo ganador en un menor tiempo. Además, Henaine, el dueño, aceptaría cualquier cosa con tal de no seguir relacionado a un club que lo había dejado en banca rota. Cuando Abrahamovic hizo el recorrido por las instalaciones del club se dio cuenta de la situación: necesitaría más de lo necesario para remodelar completamente el estadio (que estaba casi en ruinas), pagar las deudas que el club había adquirido por patrocinios y derechos de transmisión de sus partidos, y volver a conseguir que el público confiara en el club, aun con el reciente linchamiento en las inmediaciones del estadio del agitador y exdirector técnico del equipo, José Luis Sánchez Zolá, mejor conocido como el “Chelis”. Abrahamovic puso a trabajar a marchas forzadas a su equipo de asesores, y la primera labor titánica fue conseguir el permiso para derrumbar el Estadio Cuauhtémoc (en donde se abriría instalaciones de alto rendimiento para los jugadores del club)y comprar un terreno en San Andrés Cholula, donde quedaría el nuevo estadio Puebla. Un año después el nuevo estadio fue inaugurado con un partido entre el Puebla y un combinado mundial. El resultado fue sorprendente: el estadio costó casi mil millones de dólares, y cuenta con un domo corredizo, cancha corrediza, palcos e instalaciones de lujo, un centro comercial, un hotel, una pantalla de plasma de cincuenta metros y, un plus, funciona por las noches como putero.
domingo, 22 de enero de 2012
jueves, 22 de diciembre de 2011
LA HABITACIÓN
domingo, 11 de diciembre de 2011
LA FÁBRICA DEL LENGUAJE

sábado, 26 de noviembre de 2011
EN LA HONDONADA NOCTURNA NOS VEREMOS (2)
Supongo que escribir es buena terapia. Cuando menos eso decía mi prima Talina, que era psicóloga. No fue el Rolex 2006 Edition sino el viaje a Broadway a ver The fact, “obra en tres actos del dramaturgo inglés Benjamin Tool”, lo que hizo que Talina aceptara mi ofrecimiento de hacerse mi amante. Una obra aburrida, “de realismo psicológico que cala”, diálogos inenarrables, interpretaciones simplonas que no valían los trescientos dólares que pagué por cada entrada. Sin hablar del hotel y los room services y el abrigo y la ropa en la Quinta Avenida y la coca esparcida por todo su coño que aspiré como poseído. Durante tres años cogimos como locos. Gasté una fortuna en saciar su inacabable gula monetaria. Le puse su estudio/consultorio, le pagué una especialidad en Gestalt en Viginia, le compré un departamento de un millón de pesos, le pagué cada una de sus ocho tarjetas de crédito y sus viajes semestrales “a ponerme al corriente” en terapias psicológicas; su Porsche Cayenne, sus tres sirvientas, su asesor legal, su entrenador personal, su creciente necesidad destructiva por la coca y las anfetaminas: todo pagado por mí. O por el dinero que lavaba para Susano y, en raras ocasiones, para el Jefe. Fueron tres años intensos. Pero todo termina, como dice el viejo bolero. Y mientras más rápido, mejor. En la inauguración de una de las tantas gasolineras en los que Susano y el Jefe eran socios, y yo la sombra bajo la que se ocultaban la corrupción y la impunidad, Talina cruzó unas palabras con Susano. Éste, pidiéndome permiso para presentarla al Jefe, y sabiendo que yo no podía negarme, la presentó. Allí terminó todo. El Jefe prendió de Talina. Discretamente la llevó a la oficina (justo frente a mis ojos) y después de intercambiar opiniones sobre la situación política de la ciudad, Talina entendió que el Jefe (conocido por todos, temido por todos) le había gustado y haría todo lo posible para que se acostara con ella. No pudo negarse a la invitación de visitar su racho en la sierra. No pudo negarse a que ambos los acompañáramos en una cena en donde estaría el gobernador del estado. No pudo negarse a sus lascivas y más que obvias insinuaciones y a sus indirectas sobre mis “pobres cualidades masculinas”, que hacían referencia a su conocida virilidad que no permitía que mujer que le gustara se negara a acompañarlo. Entendí que mi relación con Talina había terminado, y más me bastaba que así fuera si no quería terminar envuelto en una bolsa negra y tirado a la intemperie. Nos despedimos, regresamos al departamento, y Talina me preguntó qué íbamos a hacer. Le dije que por su bien y por el mío aceptara todo lo que le pidiera el Jefe. Y así lo hizo. Dejamos de vernos. “No puedes darte el lujo de seguirla viendo”, me dijo Susano cuando tuvo oportunidad, “ya sabes que así es el negocio y si quieres ver a tu hijo crecer mejor córtala por lo sano. Vuelve con tu vieja, evítales la pena no verte nunca más”. Me alejé de Talina, pero no de los negocios. Susano me siguió dando chamba frecuentemente. Rehíce un capital con el lavado; invertí en un negocio legal de compra-venta de autos. Abrí mi despacho y hasta ahí me iban a buscar gente allegada a Susano para que los sacara de su atolladero. Talina se convirtió, durante un tiempo, en la predilecta del Jefe. Lo que yo le daba se quedó cortó con los beneficios que obtuvo por darle las nalgas el patrón. Mucho dinero. Y, para su perdición, acceso ilimitado a drogas, alcohol, fiestas. Fue una socialité de tabloides y escándalos. El mencionar, durante un retén de alcoholímetro, que era mujer del Jefe y él les iba a mandar a volar la cabeza si no la soltaban, le costó la vida. Dudo mucho, como insinúa el Valedor, que se encuentre gozando de la vida en alguna playa brasileña.
NO SIEMPRE IMAGINAMOS LA DESVENTUA QUE NOS ESPERA
Hoy, el Valedor ha sangrado profusamente de la nariz. Un chorro incontrolable inició cuando, por descuido, se dio un golpe con la alacena. Inmediatamente la sangre corrió por su rostro. Cuando lo vi, pensé que gente del Jefe se había metido a la casa y hasta ahí habíamos llegado. Respiré aliviado cuando entre borbotones de sangre me pidió una toalla. Quince minutos después no podíamos detener el sangrado. “Esa mierda de coca te va a matar, Valedor”, le dije. “Métete ésta en tu culo y deja de decir chingaderas, Conta, mejor ayúdame a parar este puto sangrado”. La hemorragia se detuvo y el Valedor su fue a recostar a su habitación. Desde hacía varios días pensaba constantemente en escaparme. El Valedor lo había dicho: “Puedes irte cuando quieras y vivir unos días más, o puedes quedarte unas semanas y vivir con tu familia cómodamente el resto de sus vidas. Acuérdate que no siempre imaginamos la desventura que nos espera”. Su lógica no tenía contradicciones, lo sabía. El Valedor podía ser un hijo de puta vulgar y grotesco, pero en cuestiones de distinguir entre la vida y la muerte nadie mejor que él para aceptarle un consejo. Seguiría en sus manos durante unos días más.
LA BANDA DEL CARRO ¿ROJO?
El segundo sábado en compañía del Valedor. Para su desgracia, la pantalla de plasma que compró a tarjetazo limpio perdió el color súbitamente entre una persecución de bandoleros y polis en una locación que simulaba la sierra de Sinaloa, aunque tanto el Valedor como yo sabíamos que era una vulgar locación de algún estudio cinematográfico alquilado. El Valedor rabió, se cagó en la madre del vendedor de la póliza de garantía, de la tienda, de la voz melosa que lo atendió del otro lado del teléfono y que le colgó cuando el Valedor lanzó florituras que hacían referencia a su miembro entrando y saliendo de su culo si no le regresaban ipso facto el importe total del televisor o, en su defecto, el cambio inmediato de este armatoste por otro que funcionara.
La película era un bodrio. Un carro de color indefinido avanza a varios kilómetros por hora mientras es perseguido por dos patrullas; el fuego cruzado atrapa a varios civiles que caen al lado de la carretera. Las sirenas estallan los oídos; las patrullas dejan una estela de polvo que hace imposible ver más allá de las narices. El patrullero 1 descarga todo el cargador de su .45 hacia un blanco indefinido; el patrullero 2, que se ha bajado de su patrulla y espera, impaciente, la llegada del carro ¿rojo?, con un cuerno de chivo y un peine repleto. Desde el carro, dos tipos repelen los ataques de los patrulleros con sendas uzis; los patrulleros contestan, una, dos, tres veces; cae patrullero 2: un certero disparo le perfora el pecho. Patrullero 2 corre hacia su patrulla: más vale que digan que aquí corrió que aquí murió ¿piensa? El carro ¿rojo? lo rodea. Se bajan los dos tipos. Lo golpean. Lo amenazan. Lo escupen. Lo llaman rata. El tipo 1 le apunta con su uzi mientras el tipo 2 (el jefe, supongo) le pregunta quién es el soplón. El patrullero 2 escupe un nombre entre la sangre artificial que sale de su boca. El tipo 1 uno le descarga un balazo en la cabeza: el cuerpo del patrullero cae, desparramado, sobre la polvareda. No me gustan estas películas, pero el Valedor me obliga –sí, literalmente- a verlas.
UNA HISTORIA INCONCLUSA: LA PERLA NEGRA
El Valedor ha decido que durante dos días no se meterá nada. Tiene miedo que se le pudra la nariz. Me lo ha dicho y también ha dicho que el fin de semana se largará. Ha recibido instrucciones de Susano de llevarme hasta la frontera y ahí un contacto me esperará para cruzar. El contacto me llevará a una casa de seguridad en Waco, donde estaré dos días, y después me internarán en el deep south, en un poblado de Alabama donde estaré hasta que esta mierda pase y pueda regresar. Recibo una mentada de madre cuando le pregunto por qué deciden por mí. Quizá yo quiero ir a San Antonio con mi familia. “Tu familia está mejor sin ti, por ahora, pendejo”, me dice. Yo guardo silencio y enciendo un cigarro. El Valedor enciende la pantalla de cuatro mil dólares que no percibe los colores. “Estos hijos de puta piensan que me van a chingar”, masculla.
Por la tarde, el Valedor está de mal humor. Estoy seguro que quiere drogarse y está resistiendo lo más que puede. Fuma un cigarro tras otro. Se para, va al cuarto, toma la bolsa con la coca, esparce una fuerte cantidad en la mesa de centro de la sala, prepara cuatro líneas fronterizas descomunales e inhala. Los ojos se le tornan vidriosos, se ahoga en medio de una tos persistente pero logra componerse. “Al cuerpo lo que pida”, dice, otra vez con lógica irrefutable. Me pide que ponga un disco. El sonido de una vieja canción de Creedence resuena discretamente en la casa. Pienso en Alabama y en la gente que no conozco ahí. Pienso en que quizá ni siquiera llegue a Alabama. Born on Bayou es una buena canción de Creedence. No quisiera morir en otro país que no sea el mío. En Alabama hay negros y hay jazz del bueno, eso lo sé. Mi abuelo fue bracero allá por los veinte, en Texas, en Missouri y finalmente en Alabama. Él contaba de historias de demonios que se metían a las galeras de los indocumentados dedicados a sembrar algodón durante mayo y junio, demonios que poseían negras de las localidades cercanas que se paseaban por las galeras en busca de hombre. Negras infranqueables de piel de ébano y mirada escurridiza, cuerpos esbeltos aunque también gordas y flacas, altas y bajas, tímidas o agresivas que se posaban en los camastros sucios en una semioscuridad lasciva que sólo reflejaban en sus rostros la tranquilidad del río Lafayette. Mi abuelo se enamoró de una mujer/demonio llamada Eleonor. Una perla negra de dieciséis años y mirada penetrante. Eleonor vivía en Peambreak, Alabama, a cinco kilómetros de las galeras donde se hacinaban cientos de indocumentados mexicanos y guatemaltecos que trabajaban en la pisca de algodón por un sueldo miserable que ni los negros locales querían aceptar. Mi abuelo, llegado de Missouri, hizo amistad con el negro capataz, mr. Bishon, quien era padre de Eleonor. Todas las tardes, Eleonor llegaba al campamento a dejar los sagrados alimentos de mr. Bishon. Una de esas tardes, mi abuelo descubrió a Eleonor lavando su falda en uno de los estuarios del río Lafayette. Se vieron, se gustaron, y a las tres noches mi abuelo, guiado por un sueño que lo llamaba hacia la orilla del río, vio a Eleonor desnuda, alumbrada por una luna pletórica y amarillenta. Mi abuelo solía decir que esa perla negra había sido la mejor amante que había tenido. Durante los meses restantes, tres veces por semana Eleonor lo visitaba en el campamento. Hacían el amor alumbrados por una luna juguetona que a veces mostraba sus cuerpos desnudos y otras los ocultaba y dejaba al dominio de las sombras. Cuando trasladaron el campamento una finca cercana a Mobile, se dejaron de ver. Dos años después mi abuelo regresó a casa. Volvió igual de pobre que se había ido, y con una fuerte adicción al opio que tardó años en curarse. Al poco tiempo se enteró que un huracán había devastado muchas poblaciones de la rivera del río Lafayette. Pensó que quizá Eleonor había muerto. Nunca lo supo, pero conservó el recuerdo de su perla negra hasta el último día de vida, cuando entre los ensueños del cáncer de estómago que padecía suspiraba que veía acercarse una sombra tierna y calurosa, una sombra de una negritud perfecta, unos dientes blanquísimos que brillaban y alumbraban todo el río Lafayette.
SIN SALIDA Y SIN SER JAMES BOND
Decidí correr lo más que pude. Atrás quedó el Valedor en medio de un charco de sangre, todavía tibia, todavía su cuerpo intentaba ponerse de pie pero sin ningún resultado. Quise regresar pero el miedo a morir fue más grande que las ganas de ayudarlo. Corrí hasta perderme en un llano con matorrales desparramados por todos lados. Me recosté en un matorral. Varias camionetas pasaron a mi lado sin verme: arrojaban las luces de alógeno hacia todos lados y gritaban mi nombre. Escuchaba los motores muy cerca, tan cerca que pensé que sería cuestión de minutos en que dieran conmigo. Sin salida y sin ser James Bond, no tenía otra cosa que hacer que esperar.
Esa mañana el Valedor se había levantado muy contento porque en la tarde nos largaríamos. Hizo algunas llamadas. Todo estaba confirmado para la tarde, no había vuelta atrás. Susano había pactado mi salida, y la del Valedor, con gente del Chulo, que estaba molesto porque creían que el Jefe lo había vendido a la DEA. El encierro nos había mantenido aislados, sin saber que fuera se había desatado un batalla campal entre gente del Jefe y gente del Chulo por disputarse la plaza, cada vez más menguada. El Valedor se estaba drogando más de la cuenta. Llevaba el doble de su dosis diaria. Eso me dio mala espina. Al medio día me dijo que en tres horas nos iríamos. Preparé todo. Él siguió drogándose como si nada. Estaba fuera de control cuando recibió una llamada de la gente del Chulo. “Ya nos chingamos, Conta, me acaban de avisar que balearon a Susano hace una hora. A él y a toda su familia. Iba de salida, parece que se largaba de la ciudad”. “¿Y ahora?”. “Ya viene la gente del Chulo, y que sea lo que Dios quiera”. Minutos después una camioneta se estacionó en la acera. Bajaron tres tipos con cara de matones. Susano los observó por la ventana. “Es el Chango, creo que ya la hicimos, tenía miedo que mandaran a gente que no conozco, pero con el Chango nos hay pedo, es de fiar”, masculló. El Chango y los otros dos entraron a la casa. Hablaron con el Valedor. Dijo el Chango: “Sólo los podemos dejar hasta Paso del Ganado, de ahí tendrán que caminar hasta El alambique, donde estará la gente que contrató el finado Susano. Ellos los llevarán hasta Waco. Apúrense, que nosotros también tenemos nuestros asuntos”. Subimos a la camioneta. El Valedor estaba tan drogado que apenas podía articular palabra. “Dale esto a ese pendejo, a ver si se le baja”, dijo el Chango y me pasó dos botellas de bebida energizante. El Valedor las rechazó. Pasaron varios minutos en los que recorrimos el periférico que circundaba la ciudad. Pronto dejamos el paisaje urbano para recorrer parajes desolados de matorrales, áridas colonias en medio del desierto, basureros y depósitos de chatarra, picaderos inmundos, tiraderos de vísceras de las granjas de pollos y cerdos de la localidad. El calor era insoportable, pero el Chango se negó a prender el aire acondicionado: “Vaya si son pendejos, ahorita van a caminar diez kilómetros hasta El alambique, a una temperatura de cuarenta grados o más, es mejor que se acostumbren porque se pueden quebrar en el trayecto. Guarda las bebidas que te di, y atrás tengo una galón de agua, si saben lo que vale se lo llevarán”, dijo. A dos kilómetros de Paso del Ganado, el Valedor sintió ganas de vomitar. El Chango detuvo rápidamente la camioneta y permitió que el Valedor se bajara a descargar su contenido estomacal. Me acerqué a él. “¿Estás bien?”, le pregunté. No contestó. Me di media vuelta y justo cuando me enfilaba hacia la camioneta, entre el vómito persistente, me dijo: “¿Quieres saber qué le pasó a tu noviecita, la psicóloga? ¿Quieres saberlo?”. “No”, contesté. “Pues el Jefe se la regaló a Susano y cuando Susano se cansó de ella pues me la regaló a mí. Cogía muy rico la morra, la verdad. Lástima que tenía una boca tan floja (yo lo comprobé). Susano la pinchó más de la cuenta, y la fue a botar en un picadero en compañía de nuestros clientes favoritos, los salvadoreños. Por cinco tapas de heroína ellos se hicieron cargo de ella”. Quise partirle la madre, pero me amenazó con una pistola. “Súbanse o se quedan”, gritó el Chango. Subimos. Yo veía el rostro pálido del Valedor y deseé que estuviera muerto, mejor, deseé que yo mismo lo estrangulaba. Pobre Talina, violada, desmembrada y dejada a la intemperie en el picadero, donde las ratas seguramente se dieron un festín. Sentí ganas de llorar, pero no sería el mejor momento. Llegamos a Paso del Ganado. El Chango nos dejó al lado del pueblo, y comenzamos a caminar hacia El alambique. El Sol casi me desploma. Apenas llevábamos recorridos quinientos metros y ya sentíamos desmayarnos. Nos detuvimos en un matorral que daba cierta sombra abundante. El Valedor me quedó viendo, y dijo: “Mira Conta, siento lo de Talina, no fue mi intención joderte la vida así de culero, pero esta maldita coca me hace decir cosas que no quiero. Chingaá. Mira, te propongo un trato, como a Susano ya se lo cargó la chingada, y ambos vamos a necesitar dinero para desaparecer por un rato, te propongo que te conviertas en mi socio. Liquidamos los negocios de Susano, y el dinero que salga lo invertimos, al fin que tú eres bueno pa’ eso, pa’ hacer billetes ¿qué no?” “No sé, es muy arriesgado, si nos atora el fisco ahora sí estamos jodidos”. “Mira, yo tengo intenciones de hacer mi propio jale, ahora que Susano está muerto y el Jefe no tarda en que caiga, pues va a faltar alguien que le haga competencia a los del Siturán, pero pa’ eso necesito dinero pa’ organizarme”. “Por el dinero de Susano no hay pedo, yo no lo quiero, te lo doy, pero dime ahora cómo”. “No, si yo quiero que trabajes conmigo, voy a necesitar alguien que sepa de números y leyes, un vato que no se ande con pendejadas y me quiera transar y que sepa del negocio, no es fácil encontrar alguien así, y tú me das buena pinta, piche Conta. Te juro que nos hinchamos de lana. Vamos a irnos a Güeico y después a Alabama. En seis meses regresamos, y yo rearmo todo el bisne y cuando todo esté listo, te busco”. “Tendré que pensarlo”. El sol comenzó a ceder ante la inminencia de la tarde, y decidimos avanzar para llegar de noche a El alambique. Estaba desierto el pueblo cuando llegamos. Ni un tendejón abierto, ni un pinche ruido en las casas, parecía un pueblo fantasma de esos que aparecen en las películas el oeste de James Cagney. El Valedor no recordaba dónde había quedado con la gente que nos llevaría a Waco. Recordó una cruz de madera que estaba a un costado del pueblo, justo atrás de un enorme almacén de nada. Nos dirigimos allá. Ciertamente, a un costado de la cruz de madera se encontraban sentados tres tipos con pinta de pocos amigos. Nos alumbraron con una lámpara cuando nos acercamos. “Son ellos”, dijo el Valedor. Los tipos se acercaron. Uno de ellos, con una cicatriz que le había desfigurado el rostro hasta perecer grotesco, nos dijo: “Tenemos órdenes de llevarlos hasta Waco, y es lo que vamos a hacer, así que en marcha cabrones, que ya tenemos un chingo de rato esperándolos”. Los seguimos. Caminamos por una verada cerrada hasta una choza. Atrás de la choza, estaba estacionada una camioneta desvencijada. El tipo que nos habló la arrancó y nos ordenó que subiéramos. Subimos. No teníamos ni cien metros de avanzada cuando se escucharon varios motores que venían en nuestra dirección. “Pícale pendejo, que ahora sí nos carga la chingada”, le dijo el Valedor al scarface. Pero Scarface no pudo hacer mucho: frente a nosotros aparecieron tres camionetas con tipos con cuernos de chivo encima del capó. Scarface paró en seco la camioneta desvencijada, y comenzó la balacera. El primero en caer fue Scarface: una ráfaga de cuerno de chivo le partió el pecho, mientras suspiraba el nombre de una mujer anónima. El segundo en caer fue uno de los tres tipos de la cruz cuando intentaba abandonar la camioneta. Aprovechando el desconcierto por los dos caídos, y en medio de las ráfagas, pude abrirme paso hasta un montón de tierra que estaba al lado del camino, cayendo de bruces sobre un tronco y tirándome tres dientes. De reojo vi cómo el Valedor tomaba la metralleta del conductor y abría fuego mientras gritaba incoherencias. El tercer tipo de la cruz abrió fuego tras él, y por un momento la situación se equilibró, pero por el flanco izquierdo aparecieron dos tipos que agarraron desprevenidos a mis dos compañeros de esta aventura y una ráfaga quitó la vida al tercer tipo y dejó herido al Valedor, que caminó varios metros hasta ser alcanzado por otro ráfaga. Yo veía todo eso desde un matorral, e inmediatamente comencé a correr hasta internarme en llano abierto, con la suficiente oscuridad y recovecos para perderme por algunos minutos, aunque no los suficientes para esconderme para siempre. Ya dije más arriba que los tipos lanzaban los faros de halógeno, que penetraban a fondo la oscuridad, y gritaban mi nombre, mi verdadero nombre, no mi oficio, sino Julián, que así me llamo y no Conta, como todo mundo me dice. Julián para acá, y Julián para allá, hasta que un morrito de no más de veinte años me alumbró pleno. “Acá está este chupavergas, ya lo encontré, me deben un cañonazo de dos gramos”, gritó. Alguien, no supe quién, me sacó de los pelos y me comenzó a patear. Perdí el sentido.
LAS BATALLAS EN MI DESTIERRO
“Pinche licenciadito, tienes más vidas que un desgraciado gato”, me despertó una voz y luego un balde de agua fría que me mojó todo. Reaccioné. El Chango me miraba, despectivo. “Yo no sé qué te ven, cabrón, habrás de ser muy bueno, pero pa’ mi que mejor te metieran un plomazo y sanseacabó”, dijo el Chango. El verlo me había puesto de buenas. “Ya ves, changuito, pa’lgo sirvo. Dios no quiere que abandone a los mortales”, dije. El Chango rió. Su sonrisa me dio confianza. “Mira, licenciadito, Sóstenes Carrasco, mi nuevo patrón, te ha salvado la vida, que no se te olvide. Esos tipos de la camioneta vieja tenían órdenes del viejo Altamirano, tu patrón, de volarles la cabeza a ti y al Valedor, que en paz descanse. “¿Y por qué no lo hicieron nada más llegamos?”, pregunté, dudoso. “¿Por qué va a ser? Pues pa’ sacarles primero la sopa, pa’ que el Valedor le dijera dónde tenían escondido un cargamento de coca que se perdió hace un mes en la sierra, cosa de diez toneladas. Nosotros encontramos el cargamento, así que no hay ningún pedo con eso”. “Yo no sabía de ningún cargamento, yo me dedico a hacer cuentas, no a traficar”. “Eso ya lo sabemos, licenciado, aquí el asunto está que mi patrón quiere que trabajes pa’ él, que lo ayudes a llevar ciertos negocios pues. Aquí somos gente de campo, gente humilde dedicada a labrar no a andar haciendo relaciones públicas. ¿Qué dices?”. “Tendré que pensarlo”. “No seas pendejo, no tienes nada qué pensar, digo, si quieres volver a ver a tu familia lo mejor es que aceptes. Por dinero no paramos, y cuando le demos en la madre al viejo Altamirano vas a ver cómo te va a caer chamba”. No tenía opción. Siempre es así con esta gente: no hay opción con ellos, no hay medias tintas. Acepté. Le dije al Chango que estaba de acuerdo, pero que me permitieran avisarle a mi familia, para que no se preocuparan. Dijo que no había problema. “El patrón sabe que la familia es primero, y te permitió que vayas a Dallas a verla y regreses para comenzar con los preparativos de la chamba”. “¿A Dallas?”, sudé. “Ah, no te dije, trasladamos a tu familia a Dallas, imagínate pendejo, si nosotros dimos con ellos fácilmente qué hubiera hecho el viejo Altamirano. Están en una casa de seguridad, bien vigilados”. Hijos de la chingada. Si no hubiera aceptado matan a mi familia. Esa misma tarde regresé a la ciudad, escondido en un doble fondo de la camioneta del Chango. Pasé a mi despacho, que estaba hecho un desmadre, con el pretexto de recoger mi pasaporte para poder ingresar al gabacho sin levantar sospecha. El dinero y los cheques aún estaban en su lugar. Los guardé en un maletín y salí como si nada. Un día después llegué al aeropuerto de Dallas, luego de escalas en San Francisco, San Antonio y Las Vegas. Aquí comenzaron, para no hacerlo más largo, las batallas en mi destierro. El viejo Altamirano, el Jefe, murió dos semanas después, acribillado por la gente de Sóstenes Carrasco. Carrasco se ha convertido en el Jefe, y yo, en su mano derecha.
sábado, 19 de noviembre de 2011
EN LA HONDONADA NOCTURNA NOS VEREMOS
UNA VIEJA RUMANA
La televisión no muestra nada, no enseña nada. Me cago en la televisión. Ayer, el Valedor compró una pantalla de plasma de 40 pulgadas. Bien por él. Pasa todo el día sumido en una levedad del ser, aplastado por su propia mierda. Una llamada y ya está: comida al instante, sexo al instante, sopa al instante, orgasmo al instante, droga al instante, compañía al instante, diversión al instante. El Valedor sabe que estaremos encerrados mucho tiempo y también sabe que en estas circunstancias el dinero es definitivo. Una tarjeta de crédito y todo solucionado. El Valedor tiene su American Express hasta el tope, recargada cada semana por la gente de Susano. Así que no tenemos que preocuparnos por comida o diversión, el Valedor paga. Se le antoja una vieja rumana del Odeón, y ya está: en menos de lo un burro se pedorrea la vieja llega en taxi, se mete a la casa por la parte de atrás y de pronto aparece ante nosotros con su rostro sicótico (por la dosis de coca que se ha metido) y el más completo descaro. El Valedor se la coge ahí, frente a mí, valiéndole madre. Cuando termina le dice que me la mame. “No mames, Valedor, a mí no me gusta revolver el champurrado”, le digo. “Allá tú, pero en una semana ya verás si no necesitas de la compañía de una dama como la que te estoy ofreciendo”, dice mientras da un largo jalón a la coca que siempre está sobre la mesita de centro. “Tal vez, pero mejor la pido yo”. “Tú no tienes ni madres, me dice, así que en esta situación dependes de mí, ya te lo dije, pero adelante, si quieres largarte la puerta está abierta, pero te aseguro que no demoras ni tres días vivo”. Será. La rumana se va, el Valedor regresa a su coca y a su Fox Sports.
MAQUINARIA SUIZA
Hay cierta placidez en no hacer nada. Hace rato, el Valedor recibió una llamada que lo tranquilizó. “Dice Susano que sólo unos días más, unos días más”, dijo y aspiró una larga carga de coca capaz de matar a un caballo, lo juro. Fui a la cocina y me preparé un sándwich de atún con mucha mayonesa. Regresé con mi sándwich y mi jugo de manzana y encontré al Valedor completamente abstraído, mirando fijamente una litografía de algún pintor abstracto. Le pregunté si quería un sándwich podría prepararle uno. No me contestó. Siguió viendo la litografía largo rato, hasta que el efecto de la coca pasó y por fin aceptó mi sándwich de atún. Más tarde, cuando el ánimo adicto regresó en todo su esplendor, volvió a la carga. Los horarios del Valedor son estrictos, como maquinaria suiza. Esta vez amenizó sus gramos con sendas tandas de Pink Floyd y Black Sabbat. Durante un rato intentó imitar la voz rancia de Ozzy Osbourne hasta que su propia voz terminó por ahuyentarlo y regresó de inmediato a donde había partido: la sala. Multiplíquenlo por diez días.
SI SUPIERA LA ÚLTIMA NOTA
El culpable de nuestro encierro es Susano, aunque el Valedor lo niegue. Por más que me quiera achacar a mí la cosa, pues no se va a poder: el único culpable de esta salvajada es él. Él lo sabe, Susano lo sabe, yo lo sé. Supongo que es más conveniente culparme a mí, que sólo soy un simple contador de una organización criminal en desgracia (que no es otra cosa que una organización a quien el Gobierno se ha encargado de medrar hasta reducirla a un mero espectro), que culparlo a él, amigo cercano del Jefe. De cualquier forma, ambos nos hemos sumergido en tanta mierda que a estas alturas la renuncia o jubilación sólo se puede presentar con un balazo en la cabeza, si bien nos va. Así que se nos indicó (le indicaron al Valedor) que debíamos encerrarnos una semanas, como mera precaución. Yo he ayudado a lavar cierto dinero de Susano en épocas difíciles, y el Valedor sólo es un matón que lleva más muertos que Milosevic o cualquiera de esos tiranos europeos.
BAJAR LA GUARDIA
Era previsible que pasara. Durante más de dos años inventé argucias inimaginables para lavar el dinero de Susano. Inmobiliarias, farmacias (es lo de moda), acciones en equipos de fútbol de tercera división (dinero seguro), fundaciones locales de beneficencia (es seguro y no deducible, además que el dinero pasa tan limpio de deslumbra), gasolineras, taquerías, alquileres de mesas, sillas, autos, limosinas, equipo de audio y video y no sé qué jaladas más. El pedo no fue nuestro, sino de Susano y el Jefe. Se le acabaron las ideas. Cada vez los embarques era incautados y el Jefe perdía millones. Hasta que atraparon a su hijo, el Junior, y todo se fue a la mierda. El Jefe bajó mucho la guardia, se descuidó. Después atraparon a Atilano el “Chulo” Carrasco, el segundo al mando y todos pensaron (y yo pensé) “hasta aquí llegamos, no tardan en que den con nosotros”. Y cuando le dieron de balazos al licenciado Rasgado, él sí verdadera lavadora andante del Jefe, entonces pensé que mis días estaban contados. Mandé a mi mujer y a mi hijo con su hermana en San Antonio, y decidí quedarme para finiquitar unos negocios que me ayudaría a iniciar una nueva vida, lejos de mafiosos sin escrúpulos y con mal gusto. En esas andaba cuando recibí la visita del Valedor. Cuando desde el ventanal de mi despacho lo vi bajar de su Lobo blindada, pensé que me debía poner a rezar porque este pendejo sólo venía a una cosa: pagarme un tiro. Guardé los tres cheques sin cobrar que tenía por el finiquito de las acciones de una gasolinera, además de una fuerte suma en efectivo producto del traspaso de dos taquerías. Entró. Rechazó mi saludo, encendió un cigarro y se dedicó por unos segundos a juzgar mi oficina. “¿Qué puta madre es esa porquería que tienes ahí’”, preguntó, refiriéndose a un fetiche africano que había comprado en una tienda de antigüedades en Los Ángeles. “Es un fetiche africano. Simboliza la fertilidad”, dije. “¿Y porque simboliza la fertilidad tiene el pito parado?”, continuó. “Así es, por eso tiene el pene erecto”, dije. “Jajá. Ustedes los contadores son muy pendejos”, remató. “Mira, Conta –continuó-, Susano está muy nervioso por su inversión. Dice que el Jefe ya se volvió loco y está mandando matar a todo aquel que lo pueda involucrar en el narco. Ya supiste que mataron a Rasgado. El próximo puedes ser tú…, o yo, quién sabe. Si a ti te carga la chingada Susano se va a poner muy mal, hay mucha lana en juego y tú sabes de qué hablo. Si te quiebras, las finanzas de Susano se vienen a pique, y vaya si ésta es una mala época para que nos cargue la chingada. Susano dice que cree que el Jefe está a punto de decirle que te mate. Pero Susano no quiere eso. Él quiere que vivas para que pase este vendaval de mierda y después le puedas entregar la lana que ha invertido contigo”. “Ya le dije a Susano que estoy haciendo todo lo posible para recuperar su lana, pero no es fácil, lo sabemos, el fisco nos tiene auditados tres negocios, y si yo remato lo que nos queda pues no tardarán mucho en atar cabos y encontrar la conexión”, dije. “Esos son pedos suyos. A mí me ha encargado de cuidarte un tiempo hasta que todo pase, así que alista tus chivas que te vienes conmigo ahora mismo”. Y así fue. Me dio media hora. Guardé los cheques y el dinero en un lugarcito secreto en el baño de mi despacho, y nos largamos.
sábado, 8 de octubre de 2011
HISTORIA DE UNA PELICULA
El siguiente texto se lo debo a Woody Allen, cuyo argumento de su película Midnight in Paris se convirtió en mi argumento.
UNO
“Si tienes suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue”. Cuando leí esta frase de Hemingway, en París era una fiesta, me dije que algún día visitaría París, y no importaría si estuviera joven o viejo. En la universidad, uno de mis temas favoritos fue el estudio de la Lost generation, esa generación que se gestó de las ruinas del periodo de entreguerras y que convirtió a París en el punto neurálgico de movimientos artísticos de vanguardia, y congregó gente tan talentosa como Scott y Zelda Fitzgerald, Hemingway, Henry Miller, Gertrude Stein, T. S. Eliot, Ezra Pound, Djuna Barnes, además de músicos, pintores, escultores, fotógrafos, cineastas y vividores de la peor calaña. La Edad de Oro convirtió a París en un mito entre artistas incipientes que llegaban a Europa en busca de experiencias para escribir una obra maestra. Muy pocos lo consiguieron. Los que lograron sobresalir, gracias al talento y, en algunos casos, a la genialidad, se han convertido en iconos deslumbrantes de una época esencialmente extraña donde todo era fiesta perpetua en busca de identidad, reconocimiento, fama y autodestrucción.
DOS
Llegamos a París una mañana de junio. Es una mañana soleada, prístina, con un cielo vacío que enmarcaba nubes trazadas magníficamente. Hannah, mi prometida, mi suegro James y mi suegra Candance desayunan en el famoso Ritz de Montmartre, donde nos hospedamos, mientras yo termino de desempacar mis cosas. La verdad es que no quería desayunar con ellos, por eso inventé un prematuro dolor de cabeza a causa de vuelo. En mi maleta está, medio olvidada, Las cosas insignificantes, una novela que llevo un año escribiendo y nada más no puedo terminar. He decido aceptar la oferta de James, y viajar a París para desempolvarme un poco, olvidarme del mundillo de guionistas hollywoodenses, donde me desenvuelvo. He tenido algunos éxitos sonados. Digamos que soy un guionista que ha probado las mieles del éxito muy joven –tengo 30 años- y si no fuera por un sueño algo frustrado de mis años de la universidad, bien podría hacer una carrera excepcional en Hollywood. Quiero terminar mi novela. Quiero publicarla y vivir de mi pluma. El mundo de Hollywood paga muy bien, más de lo que podría ganar con cualquier libro decente que publique, pero toda esa mierda se me sale por los poros, todo ese vino caro, esos autos de lujo, las plumas Haugen en Navidad, el caviar mientras veo un partido de los Dodgers, el guardarropa que Hannah renueva cada mes, la firma de abogados que James dirige, la mansión de Berverly Hills, el rancho de 80 acres en Salinas Valley, las fiestas de caridad, la silicona de Candance, la frágil realidad que se respira en un set.
Hace dos años conocí a Hannah en una galería de Malibú. Estaba parada frente a un cuadro de Renoir. Dijo algo sobre el color o sobre la capacidad de Renoir de concentrar la imagen intacta (a Hannah le gusta dárselas de intelectual). Yo sólo alcancé a asentir, y me concentré más en observar sus piernas. Hannah es muy bella, en verdad. Empezamos a salir. Ella venía saliendo de una larga adicción a las anfetaminas, y yo tenía un año que, por prescripción médica, había dejado la cocaína definitivamente. Me contó que había estudiado Historia del Arte en Stanford, y había abierto una galería recientemente en Beverly Hills. Yo le conté de mis andanzas como estudiante de Literatura en UCLA, y mi trabajo como guionista para la Quality, la Expression Films, y finalmente la MGM. Duramos un año de novios. James y Candance arreglaron todo para que al término de un año yo aceptara comprometerme con Hannah. Una cena en un exclusivo salón de Malibú selló el compromiso.
La firma de abogados de James representaba a la MGM, así que no fue difícil convencer a los ejecutivos que me dieran un año sabático para planear la boda. La razón principal fue, como ya expliqué, un repentino cambio de planes en mi vida y la decisión de que nunca más regresaría a escribir algo por el que tuviera que someterme a un ritmo de ocho horas de oficina, ni someter mi trabajo creativo al escrutinio de tipos que no tenían la menor idea del trabajo literario. Acepté la propuesta de James porque en el fondo sabía que no iba a regresar a California.
La primera mañana en París no fue distinta de lo que me imaginé que sería. Hannah no se cansaba de restregarme en mi cara que había estado tres veces antes en la Ciudad Luz, y, según ella, sería un excelente guía por la ciudad. Como James estaría ocupado en sacar de un atolladero jurídico a un conocido político francés, Candance y Hannah elaboraron un itinerario muy elocuente para sus expectativas de turistas adineradas y snobs: el Louvre, Versalles, la casa Chanel, la casa Dior, un famoso viñedo propiedad de Pinaud, cafetines significativos en barrios “que no podemos dejar de visitar si estamos en París”, Hannah dixit. Pasamos la mañana entre catas de vinos, sombreros extravagantes, perfumes exóticos, sillones carísimos incluso para gente como los Sloan, esculturas de Rodin, cuadros de Monet, Gauguin, Renoir, Toulouse- Lautrec, baguettes y bocadillos de salmón y caviar.
Al otro día no fue diferente. Candance organizó un recorrido por palacios parisinos de la época de los Luises, y una visita a la casa donde vivió, durante su niñez y adolescencia, María Antonieta, el modelo de mujer para Candance. Mientras almorzábamos en un cafetín de Saint-Germain Des Pres, nos encontramos con Andrew Berin, antiguo maestro de Hannah en Stanford, quien se encontraba en París para dar unas conferencias en la Sorbona sobre la influencia del arte francés en Estados Unidos. Berin era un doctor en Estética prácticamente desconocido en nuestro país pero de cierta reputación en el ámbito académico francés. Era un tipo pedante que alardeaba de hablar cuatro idiomas y ser el principal conocedor de la obra de Rodin y Renoir (Auguste) en Estados Unidos. Por lo demás, era un tipo que hablaba hasta por los codos (siempre de sí mismo) con un acento desconocido, pero que a Hannah, según mencionó luego de aceptar su invitación de visitar, nuevamente, el Louvre, le pareció delicioso. Regresamos a la habitación.
TRES
A James le dio un ataque de asma en plena reunión con el político francés. Tuvieron que internarlo en un hospital cercano a la Place Saint- Michel, un edificio en donde, según supe, estuvo la casa donde murió Georges Perec. Estuvimos medio día en el nosocomio hasta que los doctores lo dieron de alta, y Candance, tras una escena digna del peor culebrón de los que yo he escrito, ordenó que nos fuéramos. Hannah pasó a “visitar” a su padre, y tras confirmar que no era nada de peligro, y soltar un “el viejo es un hipocondriaco”, se largó a la conferencia de Berin. Obviamente me invitó a la conferencia, pero no ocultó las ganas que tenía que yo no fuera con ella al decirme todos los tópicos que trataría Berin en su ponencia, el tiempo interminable, la sesión de preguntas y respuestas, la gente insulsa que iría, entre otras delicias. Por supuesto me negué. Ella lo supuso. Además, Las cosas insignificantes me esperaba en el fondo de la maleta, así como La vida: instrucciones de uso de Perec. Y fue mejor así, porque la historia de mi medía noche en París comienza aquí, con la partida de Hannah a la conferencia de Berin.
CUATRO
Después de dejar a Candance y James en la habitación del Ritz, decidí dar un paseo, por fin solo, por París. En la Cinemateque Nationale vi una vieja película mexicana, una adaptación de la grandiosa novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo. Oscura, temporalmente adictiva –como la novela-, la película me resultó igual de buena. Una adaptación del mismo Rulfo, según supe. Salí de la Cinemateque y deambulé por la Place Contrescarpe. Librerías, cafetines, tiendas de baratijas adornaban una callejuela. Una linda muchacha morena despachaba en una librería. Su nombre era Ambroise. Qué bello nombre, le digo. Soy de Marruecos, responde. Eres muy bella, le digo. Estoy comprometida, dice, mostrándome una sortija que adorna su anular. Compré una antología de poetas franceses del siglo XIX. 5 euros, una ganga. Caminé cuesta abajo, justo al lado del Sena, que a esa hora expide un olor fétido. Bellas casas equilibran la rivera del río; el muelle sostiene, en sus cimientos, miles de historias. Ya es de noche. Los faroles se encienden, las parejas dejan sus guaridas amorosas y caminan, cogidos de la mano, por el Sena. Compré una botella de vino barato pero delicioso y una baguette de carnes frías y queso. Me senté a comer y beber y leer, alumbrado por una farola que anuncia una fecha: 1854. ¿Quién nació en ese año? Ah: Rimbaud, el poeta más influyente del siglo XIX. Busqué en el índice a Jean Arthur. Aquí está: “Mi triste corazón babea en la popa”. Levanté la vista. El Sena seguía ahí, eso es seguro, pero algo cambió, ¿o sería el vino? Hay una farola, pero no es la misma. La fecha desapareció, la ventana en la que minutos antes asomaba la silueta de una mujer, ahora está tapiada. Algo pasó. Y el colmo: justo frente a mí pasó un tipo vestido con levita, sombrero y bastón. ¿Una fiesta de disfraces? No, o quizá. A contra esquina se estacionó en viejo Ford de los veinte. Del Ford bajaron dos hombres y una mujer. Se acercaron hacia mí. Los hombres se retrasaron, encendiendo un cigarro. La mujer se paró frente a mí. Me llamo Zelda, dice. Y yo Scott, dijo uno de los hombres que ya se había acercado. El otro, más corpulento y con un tupido bigote, se limitó mirarnos. Soy Hemingway, dijo, tras un silencio incómodo.
CINCO
-He olvidado tu nombre.
-Malcolm Donnell –digo, amoscado.
-¿Qué te parece la fiesta? La verdad es que a Scott y a mí nos gustan las fiestas ruidosas, pero esta no está mal, aunque le falta, no sé, algo. California, ¿verdad?
-Bueno, vivo allá, aunque nací en Boston.
-Lo sabía, sólo un bostoniano habla así, de, no te ofendas, raro. Al principio llegué a pensar que eras de algún pueblo de Idaho o que te habías criado en alguna reserva seminola.
-Vivir en Hollywood te da el don de lenguas.
-Mira, aquí viene Scott.
Scott Fitzgerald, enfundado en un traje impecable, aparece con tres copas de champaña en mano y buenas nuevas.
-Ya deja de embaucar a este joven con tus encantos, querida –toma a Zelda del brazo, bebe su copa y le da un profundo beso. Aún Fitzgerald, como buen macho, delimita su territorio-. Aquí en París todo está al revés, como en un cuadro dadaísta. Resulta que la fiesta en la que estamos es en honor de Jean Cocteau, pero a Cocteau se le ocurrió la estupenda idea de largarse a Cannes con una actriz del Bolshoi, y dejó a todos plantados. Y ni les platico del humor que trae Breton, está hecho un energúmeno. ¿Alguien ha visto a Hemingway?
-Lo vi platicando con esa reportera del Times –dice Zelda, mientras bebe su copa.
-Ah –masculla Scott.
Un tipo enjuto y feo se acerca hacia nosotros. Tiene los ojos rojos, señal de que ha ingerido alguna droga. Saluda a Scott Fitzgerald, besa el dorso de Zelda, y me lanza una mirada fulminante.
-Miss Stein quiere vernos –dice-. Avísale a Hemingway. Ah, quiere que lleves a ese joven de Mississippi, el ex aviador. Dice que será el próximo Marcel Proust americano.
- ¿Faulkner? Supongo que nadie puede contradecir a miss Stein, pero estoy seguro que ese pueblerino sin cultura terminará como maestro de escuela de algún pueblo de Alabama –es evidente el fastidio de Fitzgerald.
-Sí, ya sabes que la miss es muy impaciente.
-Bueno, ¿quién se puede negar a Gertrude Stein?
domingo, 2 de octubre de 2011
MEDIA NOCHE EN PARÍS (1)
viernes, 16 de septiembre de 2011
EL FINGIMIENTO D ELA FELICIDAD
EL FINGIMIENTO DE LA FELICIDAD
-Preparé pescado para la cena –dijo-. No soy buena cocinera pero pedí ayuda a una amiga.
-Me encanta el pescado –mentí. Tendré suerte si no termino con la cara hinchada antes de hacerle el amor.
-Así que eres escritor –sus manos señalaron un anaquel repleto de libros.
-Eso depende.
-¿Depende de qué?
-De lo que se considere en la actualidad como escritor.
-No te entiendo.
-Trabajo para un periódico, publico en fanzines, escribo para revistas de escasa circulación y para colmo administro una página WEB sobre literatura. ¿Soy un escritor? Lo dudo.
-Bueno, no te menosprecies, hay mucha basura circulando por ahí y me atrevería a decir que muy poco de lo que se publica es bueno.
-Sí tú lo dices.
-Es en serio, ojalá pudiera leer algo tuyo y te doy mi opinión.
Fue a la cocina, sacó del refri una botella de vodka, trajo hielos, vasos, jugo de naranja, un agitador y sirvió dos vodkas excelentes. Su departamento no estaba mal para una editora de medio pelo. Mentí cuando le dije, días antes, que Editorial Independencia me parecía una editorial muy buena. Salvo uno o dos autores rescatables, sólo publicaban basura: libros de superación personal, libros de contabilidad, libros de texto para secundaria, biblias, catecismos, y una fuerte selección de los mejores calendarios con paisajes europeos que se pueden encontrar en el mercado.
-¿Qué te pereció el vodka?
-Muy bueno, es justo lo que necesitaba, hace un calor tremendo.
-¿En verdad? Pero qué tonta, enseguida lo arreglo.
En la mesa de centro estaba el control remoto del aire acondicionado. Corrió las persianas: los rayos solares se ocultaban tras el edificio de enfrente. Se paseó por el departamento. Su cuerpo esbelto, sus piernas cortas y su pelo recogido le daban un aire jovial. Por un segundo pensé en estar al lado de ella en la cama pero después de haber hecho el amor, pensé en que minutos después haríamos el amor y luego yo fumaría un cigarro y ella hablaría de cosas personales que no me interesarían pero tendría que fingir escuchar así como ella fingiría un orgasmo descomunal.
-¿Y qué te llevó a la edición?
-Pues estudié Diseño gráfico en La Salle y una maestría en diseño editorial en Austin, en Texas M&T.
- Wow. ¿Austin? ¿Eso está en Estados Unidos?
- ¿Te estás burlando de mi?
-Para nada, oye: no todos los mortales sabemos dónde está Austin.
-En fin. Salí de Austin con un chorro de planes. Metí varias solicitudes en editoriales, e Independencia me aceptó a la primera. En un año era editora en jefe.
-Editora en jefe. Supongo que eso implica muchas responsabilidades.
-Pues sí, son muchas y variadas. Pero no te hablaba de eso, te hablaba de tu labor como escritor.
-Mi labor como escritor –dije, remarcando la palabra escritor-. No me lo tomo en serio. Ya te dije, manejo un perfil bajo, no gusta la parafernalia.
-Deberías. Yo podría conseguirte un buen editor, o, mejor, yo podría ser tu editora, ¿no te encanta la idea?
-Claro, eso sería muy bueno –volví a mentir-. Aunque pensándolo bien ahora no tengo nada que publicar. Tengo meses trabajando en una novela que no cuaja.
-El clásico bloqueo, la hoja en blanco y todo eso.
-Sí, la hoja en blanco. Tengo que trabajar en otras cosas para poder dedicarme, cuando menos los domingos, a la literatura. Y cuando por fin me decido, enciendo mi computadora, leo uno o dos párrafos de Hemingway –siempre me sirve como precalentamiento-, escribo mi propio obituario –me sirve como calentamiento- y me lanzo a escribir una frase al azar y descubro que no pasa nada. Me puedo pasar toda la mañana sin escribir nada hasta que vuelvo a Hemingway y al obituario y al bloqueo. Es un círculo ¿sabes?
-Suenas a Woody Allen. Hay una película donde Woody es escritor y está bloqueado, y sólo una prostituta y un asesinato pueden ayudarlo a superar la crisis…
-No sueno a nadie –interrumpí-, sólo a mí mismo. Y Woody Allen es un judío misógino psedointelectual neoyorkino. Un viejo detestable que dice admirar a Bergman aunque todos sabemos que lo único que admira es su rostro en el espejo. Además de su fascinación por las hijastras. No entiendo cómo puede gustarte.
-No, si no me gusta, sólo que me pareció que había cierta conexión…
-Don’t lie.
Sudaba, El aire acondicionado estaba a su máxima capacidad pero el departamento parecía una rosticería. Me fijé en los pechos de Emma –así se llamaba la editora-: eran pequeños pero firmes; perlas de sudor los recorrían haciendo surcos cristalinos que se perdían en su vientre. Sentí ganas de besarla pero también de largarme de ahí inmediatamente. Me pidió que le sirviera otro vodka. Accedí. Mientras le preparaba el vodka, observé detalladamente sus piernas; ella se dio cuenta y subió un poco su falda a la altura de la rodilla para que pudiera contemplarlas. Debo admitir que una de mis perversiones ha sido observar piernas bien torneadas. Y las de Emma eran artesanales, renacentistas, manufacturadas por Rafael o, mejor, fotografiadas por Helmuth Newton. Descubrí un lunar justo entre el talón de Aquiles y la pantorrilla; un lunar que tenía forma de cereal o de Corn Flakes, un diminuto punto informe que se expandía ante mi vista para regresar a su estado natural. No me contuve: dejé el vodka en la mesa y me lancé sobre ella.
-¡Qué haces, espérate, todo a su tiempo!
Yo no escuchaba. Besaba sus piernas de arriba abajo, especialmente en la parte donde estaba el lunar, haciendo un recorrido circular por el contorno grisáceo que la mancha en su pierna mostraba, internándome de vez en cuando en su entrepierna, y ante la insistencia mía y la poco resistencia que ponía Emma, le fui quitando las zapatillas de satín, el vestido que caía por su cuerpo y se movía al ritmo de Emma, la breve tanga que sujetaba el poco pudor que le quedaba cuando le besé el coño y bajé por sus nalgas y volví a besar sus piernas y el lunar estaba ahí, intacto, un poco deforme por las insistentes mordidas que le daba y que hacía que Emma lanzara gemidos de gata, sonidos inconexos, una fuerza gutural que me llamó y me atrajo hacía ella al mismo tiempo que con una habilidad que no esperaba que tuviera me quitó el cinturón y el pantalón cayó en la alfombra y me vi medio desnudo y encima de aquella mujer y con una erección diabólica, un chorro que emanaba de su entrepierna, y en el instante mismo de entrar en ella y recibir una mordida profunda en el cuello y sus uñas en mi espalda que se clavaron como dagas medievales, su ronroneo de gata, la fuerza con que entraba y salía de ella, la manera como se movía cuando me pidió que la penetrara por detrás, volteándose y alzando sus nalgas para que yo pudiera verlas en toda su firmeza y redondez, y el momento cuando entré en ella y los sonidos inconexos y el ronroneo de gata aumentaron y con sus manos me apretaba con fuerza sobre ella hasta el tiempo indefinido de un orgasmo épico en medio del sudor que emanaba de los dos. Permanecimos en silencio por varios minutos. Yo todavía estaba encima de ella, y no quería levantarme, o más bien no tenía las fuerzas suficientes para salir de ella y levantarme. Fue Emma la que dijo:
-Eso estuvo muy bueno, sabía que terminaría así, acostándome contigo, pero nunca lo esperé de esta forma –dijo, su voz era apenas un susurro mezclado en el ruido incesante del aire acondicionado.
-La verdad es que al ver tu lunar en la pierna no pude contenerme –dije, también casi susurrando-. Tengo una rara fascinación por las piernas femeninas, y las tuyas son hermosas.
-Gracias, pero no exageres, en la escuela me decían Emma La pollito, por mis piernas flacas.
-No tienen nada de flacas, me perecen dignas de una fotografía de Helmuth Newton. ¿Has visto la obra de Newton?
-Tanto como verla o conocerla, pues no. En Austin tenía un amigo, un gay, que no paraba de hablar de Newton y sus portadas en Vogue y Vanity Fair. Alguna vez me enseñó un catálogo de una exposición en Londres, y debo reconocer que el tipo tenía talento para captar con la lente aquellos detalles que pasaban desapercibidos al ojo común.
-Es verdad, Newton tenía ese talento. Lástima –tercié, un poco amoscado.
-¿Lástima de qué?
-Que sea joto
-¿Es mi imaginación o tienes una rara fijación contra los homosexuales?
-Para nada, sólo fue un comentario sin ninguna intención.
-Pues parece otra cosa. Hay jotos muy talentosos.
-Mencióname diez.
-Miguel Ángel. Dicen que Leonardo. Gertrude Stein. Platón. Anaïs Nin. Rimbaud y Verlaine. García Lorca y Cernuda. Villaurrutia y Novo y Jorge Cuesta. Andy Warhol. Rock Hudson. Freddy Mercuri. Capote. Como cinco o seis papas. Y, supongo que lo sabes, Helmuth Newton.
-Hablemos de otra cosa. Hablar de jotos me predispone.
-Tú empezaste. ¿Tienes hambre?
-Un poco, sí, lo de hace un rato me dejó sin fuerzas, la verdad me gustas mucho, Emma –me acerqué para besarla mientras le acariciaba con suavidad sus nalgas-. No esperé que las cosas se dieran tan rápido. Pero qué bueno que fue así.
-No quiero te lleves una mala impresión mía, y pienses que soy así con todos. Estoy apenada.
-No tienes por qué apenarte.
-Cómo no, sí nada más te sentí dentro de mí se me ocurrieron las cosas más depravadas que te puedas imaginar, al grado que no pude contenerme y te pedí…, bueno, lo que ya sabes.
-Sí, pero fue genial –dije, y en verdad no mentía, aquella tarde fue de una transparencia absoluta: todo se dio como tenía que darse-. Anda, vamos a comer algo que a esta hora el pescado debe estar frío. Quisiera hacerte una confesión.
-Con que no me digas que eres gay y estás en una etapa de búsqueda interna y lo de hace rato fue una pantalla para aliviar el estigma de tu homosexualidad, todo está bien.
-No, para nada, soy hombre. La confesión tiene que ver con gustos culinarios.
-Habla, no te preocupes.
-No me gusta el pescado. No te dije nada hace rato, pero la verdad es que soy un poco alérgico a pescados y mariscos, el sólo hecho de llevarme algo a la boca de cualquier producto que venga del mar, me saca ronchas.
-¿En verdad? Me hubieras dicho y preparo otra cosa. No te preocupes, en el refri hay una variedad de combinaciones de sándwiches, te puedo preparar uno.
-Un sándwich estará bien. Y otro vodka.
-Y más y más vodkas. Quiero que te quedes conmigo esta noche. Quiero que te vayas al amanecer, y antes del amanecer me cojas como hace rato, y después del amanecer me vuelvas a coger como hace rato. Quiero coger todo el día y toda la noche.
-Esa última frase me recordó a la primera frase de una novela de Juan García Ponce. Nunca pensé que alguien la diría así, tan espontánea, quiero coger todo el día y toda la noche.
-Es que en verdad quiero hacerlo. Supongo que te refieres a Crónica de la intervención. Admito que es una gran novela, aunque sólo leí los primeros dos capítulos. ¿Podrías dejar de hablar de libros por un rato?