No hay mayor desilusión que la incapacidad de compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.



Richard Ford



jueves, 19 de mayo de 2011

DIÁLOGO DE 1994



DIÁLOGO DE 1994
La noticia se propagó por toda la escuela como una bomba. Muerto. ¿Quién? Quién ha de ser: el mismo. ¿Por qué? Eso sí no lo sé, no me han dado más detalles. ¿Cuándo? En la madrugada de ayer, dicen que andaba bien pasado, llevaba cuatro días encerrado metiéndose mierda y media. ¿Y los otros? ¿Quiénes? Sus amigos, el dientón y el que tiene apellido ruso. No es ruso es polaco. Da lo mismo: todos hablan ruso. Ese no, ese es más gringo que Mickey Mouse. Andaban en mira de México, pero aquí no hay público para esos adelantos, estamos muy jodidos. Pues con su muerte dudo que se haga. Conozco a una chava de natación que fue a un concierto que dieron en California el año pasado. Órale. Sí, su papá le pagó el viaje. Avión, hotel y toda la cosa. Ha de ser chido tener papás que te cumplan esos lujitos. ¿Y quién es la chava? Recuerdo, recuerdo, a ver, pues no recuerdo, la verdad es que hablé poco con ella, casi nada. Pero eso sí: estaba buenísima. ¿Estaba? Posiblemente, hace dos meses que no llega al gimnasio, a lo mejor se murió, me da igual. Boy: don’t be cruel. Why? ¿No recuerdas cuando Marintia fue atropellada por el microbús? Sí, pobre. Una belleza virginal ahora disfrutada por los malditos gusanos. Ja. Es la verdad, man. Cuando menos un humano la hubiera merendado. Segovia anduvo con ella y poco antes del accidente pregonaba a los cuatro vientos que se la había cogido después de una fiesta, cosa que yo creo imposible. ¿Por qué? Porque Segovia, a pesar de la facha de machín, en el fondo es un putazo de primera. Ja. Lo pregonó por toda la escuela, hasta que llegó a oídos de Joaquín y al pobre Segovia le dieron al madriza de su vida. Sí, pinche Segovia; le tuvieron que cambiar todos los dientes frontales, quedó como caballo. No lo pudo soportar ¿verdad? Oye, la chava esta, la del concierto ¿era buena onda? Ya te dije que casi no la conocí, sólo crucé con ella algunas palabras y nada más. Entre esas palabras fue lo del concierto de Nirvana en Los Angeles. Ya. Siempre seria, siempre con la cara pálida, aunque para mí eso la hacía más bonita. Unos dientes blanquísimos y las manos, hermano, las manos eran otra cosa. No sé por qué hasta ahora me estoy percatando de esos detalles. Debe ser porque no estamos acostumbrados a ver tanta belleza cerca, que pasa desapercibida por cierto tiempo, sólo lo necesario para darnos cuenta que lo que está frente a nosotros pertenece a otro tipo de realidad, algo incomprensible para nuestros ojos. Híjole, hoy estás imparable, hasta pareces Saúl Hernández. Bájale, ni que fuera Helena. ¿La de segundo? No, pendejo, la de Troya. Ya. Lástima que ya no venga, me gustaría platicar con ella. Tú lo que quieres es cogértela. Eso vendría después. ¿El balazo le salió por el occipucio? Yes, por ahí mero, you know. Malísima onda, una verdadera desgracia. Todos sabíamos que tarde o temprano sucedería. Primero en Milán, luego en Seattle. Tanta heroína, tanto sentirse Supermán. Y no aguantó. Courtney, que me late que no hacía otra cosa que sacarle lana, no pudo predecirlo. Hay dos hipótesis: la primera tiene que ver con el suicidio que ya comentamos. La segunda involucra a un díler de toda la confianza de Kurt. Según esta hipótesis, Kurt llamó a su vendedor de heroína tras una crisis de ansiedad. El díler fue a su mansión de Washington Lake, allá en Seattle, y le llevó una buena dosis de heroína. Kurt consumió una fuerte dosis. Después todo se salió de control –era común que Kurt, en esos días, casi enloqueciera después de consumir una cantidad respetable y, para los demás mortales, fulminante de heroína- y el díler tuvo que dispararle, haciendo pasar todo como un suicidio. Pues yo me inclino más por la primera hipótesis. Quizá. Hay atisbos en algunas letras de canciones. Según Novacelic, en sus paranoias persecutorias Kurt vociferaba que pronto se pegaría un tiro. Y así fue.

sábado, 7 de mayo de 2011

CUATRO HISOTRIAS (ii)

I
El primer encontronazo fue devastador. Los sicarios de los Aguilar entraron en la discoteque Reflex y descargaron sus cuernos de chivo en contra de los asistentes, entre los que se encontraba Manuel Pimentel, hijo de Jorge Pimentel, el principal exportador de metanfetaminas de manufactura mexicana a Europa. Manuel Pimentel alcanzó a cubrirse con una mesa, pero las balas de grueso calibre le perforaron el rostro. Al otro día apareció una narcomanta, en pleno centro de la ciudad, con una consigna que deslindaba a los Aguilar de la muerte de Manolito Pimentel y tres sobrinos –sicarios a sueldo, por supuesto- de don Jorge Pimentel. Incluso, una voz anónima, supuestamente vocero de los Aguilar, habló en el conocido programa radiofónico del Pelado Orozco para desmentir los rumores que involucraban a los Aguilar con los Pimentel. En represalia, los Pimentel ejecutaron a 25 conocidos dílers relacionados con los Aguilar, y sus cuerpos, todos mutilados, fueron arrojados enfrente del Palacio de Gobierno de esta nuestra ciudad capital. La consigna era clara: Ojo por ojo. Y lo que viene.
Dije que el primer encontronazo fue devastador porque en verdad a partir de ahí nuestra ciudad se convirtió en un hervidero de mierda con más muertos que en la Guerra de los Pasteles o en la Revolución. Todo se fue a la mierda. Todo. La ciudad colapsó, al grado que por iniciativa del Congreso del Estado los Poderes fueron trasladados a una sede alterna, a una ciudad que, es sabido por todos, nos desprecia y nos quiere lejos del Estado, lejos del País, lejos del Mundo. Pero los poderes estatales fueron trasladados para allá y durante unas semanas la cosa se calmó pero más tardó el Sol en ponerse que la sangre caer sobre esta sagrada y ancestral tierra mía. Resulta que por sus pedos personales, y por andarse matando unos a otros, los Aguilar y los Pimentel habían descuidado la plaza –una plaza, dicho sea de paso, muy valiosa: por aquí pasa la mayor parte de la coca que se introduce a territorio incómodo- y unos arribistas, unos morros de no más de veinte años que se sienten valientes por cargar una .45 y meterse carretadas de coca, disputan la plaza a sangre, sudor y lágrimas. Los morritos, a pesar de todo, tienen güevos y por varias semanas ponen en jaque a los Jefes. Sus métodos son rápidos y eficaces. Levantones, descabezados, madrazos, tablazos, balaceras en centros comerciales, granadas de fragmentación en fiestas privadas, mantas, consignas, torturas, más descabezados. Se hacen famosos por introducir una granada en el recto de sus víctimas y hacerla explotar y llenar todo de mierda y vísceras. Pero los Jefes no se dejan y comienza la masacre. Uno a uno van cayendo los morros. Don Jorge, el más sanguinario, levanta a cinco morros y los echa a los diez leones africanos que tiene en su hacienda. Dicen que graba todo y luego, en fiestas privadas donde abundan el alcohol, la coca y las teiboleras gringas, los muestra a todo aquel que quiera ver ese espectáculo grotesco. Los Aguilar entran al quite y en un fin de semana ejecutan a 15 morritos que no tenían nada que ver con los Niños –así les llamó la prensa sensacionalista. Resulta que los morritos asesinados estaban en una fiesta cualquiera y a uno de ellos se le ocurre mencionar en una red social que en la fiesta estarán miembros de los Niños. Entre los morros estaba un hijo de un rico empresario y el sobrino del Secretario de Gobierno del Estado. La ciudad estuvo paralizada, literalmente, durante tres días. Pocos eran los valientes que se atrevían a deambular por el centro. El Ejército, de manos del general Pedro Infante Rosas, tomó la ciudad y en unos cuántos días cayeron varios sospechosos de los asesinatos. Varias muertes más llenaron las estadísticas que nos colocan como el estado más violento del país, pero en pocos meses el Ejército se hizo cargo y las cosas tomaron un ritmo distinto.
II
Por esas fechas yo mismo estaba pasando una mala racha. Mi mujer me había demandado por manutención y mi sueldo de sicario pues nada más no alcanzaba. Mi mujer. El mercado del sicarismo cada vez está más competitivo y a la pendeja se le ocurrió mandar a nuestro hijo de 15 años a una estancia de un año en un colegio de España, y en euros. Le pedí a mi jefe que me subiera el sueldo, pero argumentó que el negocio estaba muy flojo. Le dije entonces que me diera más trabajo y me mandó a Las Vegas con gastos pagados a pegarle un par de tiros a un caca grande del consulado mexicano. No fue sencillo seguir al cónsul, tenía más vigilancia que el mismo Presidente y era muy escurridizo. Pero un domingo, después de apostar unos dólares en un casino de poca monta, lo seguí hasta un juego de béisbol y luego de que el cónsul le dio unas palmadas a su hijo antes de un turno al bat, le metí dos tiros en la nuca. Se armó mucho borlote con el asesinato del cónsul. Mi jefe me felicitó y en recompensa de mi buen trabajo me regaló una Pietro-Beretta automática con cachas de oro y compartimento para explosivos de bajo alcance, una joyita de diez mil dólares. Le agradecí a mi jefe. Le dije que trabajaría al máximo para quitarle a cuanto hijo de puta tuviera en su camino. Me dijo que yo era un cabrón bien leal pero que por lo pronto me fuera a descansar, todo ese pedo del cónsul se había vuelto un desmadre grueso y lo mejor era que me escondiera por unos meses. Le dije que a dónde me iba a ir si mi trabajo era mi casa, mi familia era mi .45, mi hogar estaba entre mi Lobo 4 por 4 y todos los desgraciados que les he metido un tiro de gracia en la cabeza. El jefe rió. Haz lo que te digo, me dijo, ya verás que pronto pasa ese desmadre y te reincorporas a nosotros. Acepté. El jefe me regaló quince mil dólares para gastos. Me dijo que él sabría donde encontrarme.
Así que junté mis ahorros y me fui a España. Pensarán que España no es sitio para un sicario, pero la verdad es todo lo contrario. En España hay mucho trabajo, y si uno ya tiene cierto renombre pues las cosas se dan por sí solas. Lo primero que hice cuando llegué a Madrid fue ponerme en contacto con Pancho González. Pancho tenía cinco años recluido en el penal de Marbella. Lo agarraron metiendo doscientos kilos de coca por Marbella. No pudo escaparse, un dedazo quizá, un chivato que le partió la madre porque a la hora que estaban metiendo los paquetes en la cajuela de una camioneta llegaron los tiras gachupines y cagaron todo. Le dieron veinte años. Cinco años de su vida perdidos por un come mierda. Panchito me recibió muy bien y me dijo que en pocos días recibiría una llamada importante. Mantuve encendido mi celular para pasaron dos semanas y nadie llamó. Regresé al penal de Marbella. Panchito me recibió muy sonriente pero luego que le expliqué de la llamada que nunca llegó, se puso serio. Algo pasaría, dijo, esos tipos cuando piden algo no lo hacen dos veces y no se echan para atrás. Tendrás que esperar. Eso hice: esperé otras dos semanas y cuando ya había pedido otra cita para ver a Panchito en el penal, sonó el teléfono.

sábado, 30 de abril de 2011

POEMA DE GONZALO ROJAS



El pasado 25 de abril falleció, luego de una corta enfermedad, Gonzalo Rojas. Reproduzco en este espacio uno de sus poemas más emblemáticos, recitado de memoria por escritores de la talla de Alvaro Mutis y Roberto Bolaño. Una pérdida lamentable del que fue, sin duda, una figura señera de las letras hispanoamericanas.











Qedeshim Qedeshoth*
Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté
con una en Cádiz bellísima
y no supe de mi horóscopo hasta
mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir
más y más oleaje; remando
hacia atrás llegué casi exhausto a la
duodécima centuria: todo era blanco, las aves,
el océano, el amanecer era blanco.

Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay
puta, pensé, que no diga palabras
del tamaño de esa complacencia. 50 dólares
por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.
50, o nada. Lloró
convulsa contra el espejo, pintó
encima con rouge y lágrimas un pez: -Pez,
acuérdate del pez.

Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de
turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el
rito completo; primero puso en el aire un disco de Babilonia y
le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre
sin duda era un gramófono milenario
por el esplendor de la música; palomas, de
repente aparecieron palomas.

Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con
su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la
esculpían marmórea y sacra como
cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas
del puerto, o en Cartago
donde fue bailarina con derecho a sábana a los
quince; todo eso.

Pero ahora, ay, hablando en prosa se
entenderá que tanto
espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi
espinazo, y lascivo y
seminal la violé en su éxtasis como
si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la
besé áspero, la
lastimé y ella igual me
besó en un exceso de pétalos, nos
manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas
Cádiz adentro en la noche ronca en un
aceite de hombre y de mujer que no está escrito
en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la
imaginación me alcanza.

Qedeshím qedeshóth*, personaja, teóloga
loca, bronce, aullido
de bronce, ni Agustín
de Hipona que también fue liviano y
pecador en Africa hubiera
hurtado por una noche el cuerpo a la
diáfana fenicia. Yo
pecador me confieso a Dios.
* En fenicio: cortesana del templo

martes, 26 de abril de 2011

SUEÑO DIURNO



SUEÑO DIURNO
Puesta la cabeza en la almohada,
el pelo seco, brillando,
(se escucha el grito: los ámbitos nocturnos se revelan)
lascivamente suspendida en el tiempo
(mucho tiempo para rehacerlo, atraparlo y fornicarlo:
dejarlo colgado en sus partes íntimas).
Autoagnosis. (No, no te conoces).
Llevas puesto un par de ojos,
un par de cristales por donde se
transparenta el mundo.
(Hay un vacío irrepetible, costras que se desprenden del cuerpo,
células muertas que emanan por los poros).
Y verte dormir es salirme de mí mismo.
Verte dormir cuando ya no se escuchan pasos lejanos y
no hay ruidos que interrumpen esa mágica contemplación.
(Dormir es un recinto:
Verte dormir es entrar en el recinto:
hacer de uno la respiración queda,
los ojos cerrados,
las manos que de vez en cuando se posan en el pecho).
Hay una historia detrás.
Limítrofe es el tifón de tu insomnio:
rarísimo el estandarte de tu sueño.

domingo, 24 de abril de 2011


CUATRO HISTORIAS (I)

El ascenso económico de Venancio Salvador fue tan trepidante que era común pensar que su fortuna se debía a negocios ilícitos. En pocos años había pasado de ser capataz de un rancho ganadero a convertirse en un acaudalado exportador de ganado Cebú con intereses en otros estados. Su ostentación no tenía límites: en tres meses se paró una casa de cuatro plantas en un terreno cercano, una mansión que dejaba boquiabierto a más de uno. Comenzó a comprar camionetas, mandó a sus hijos a universidades en el norte del país, y portaba un armamento de cadenas, esclavas y anillos que convertían sus minúsculas manos en un muestrario viviente de joyas. Así durante varios años. Venancio Salvador le hizo la vida imposible a los más ricos del pueblo al grado de quitarles varios negocios millonarios de ventas de sementales a una compañía española. Todos sabíamos de sus relaciones con narcos michoacanos. Salvador controlaba buena parte del flujo de narcóticos, armas y secuestros en el sur de Veracruz. Luego, como para entrar al negocio lícito, Salvador invirtió una millonada en sucursales de tiendas Oxxo. Su fortuna creció, al grado de financiar la campaña de un conocido diputado federal. Se hablan de cincuenta millones, aunque pueden ser más. Su hijo se recibió en Administración en el TEC de Monterrey, y comenzó a llevar las cuentas de sus más de veinte tiendas Oxxo. La prosperidad era notoria. En la boda de su hijo, Salvador sorprendió al pueblo con una fiesta de tres días en donde desfilaron grupos de la talla de El Recodo, El Buki y Los Tigres del Norte. Llegaron el gobernador del Estado, diputados, empresarios de distintos rubros, narcos que si no lo eran cuando menos simulaban serlo. Un domingo, mientras Salvador almorzaba en un conocido restaurant con su hijo, su yerno y su brazo derecho (un tipo salido de quién sabe dónde pero que no se despegaba de Salvador ni para ir al baño, siempre con una .45 en la pistolera), cinco tipos bajaron de una Suburban, rodearon el restaurant, uno de ellos se acercó a la mesa y vació el peine completo de una cuerno de chivo. Venancio Salvador murió al instante. Su guarura alcanzó a sacar su .45 y lanzó tres disparos; una ráfaga de cuerno de chivo, por detrás, le quitó la vida. Romeo Salvador, el hijo, salió ileso escondiéndose debajo de la mesa. Un tipo con pinta de guacho se lo llevó de los pelos y lo subió a la Suburban. Después de cinco meses y un pago de veinte millones de pesos, los tipos indicaron el lugar donde había semienterrado el cuerpo. La viuda de Venancio Salvador reconoció el cuerpo (o lo que quedaba de él). Seis meses después murió de cáncer. El menor de los Salvador, Nacho, regresó de Canadá y se hizo cargo del menguado negocio familiar. Reinició los contactos que su padre había establecido, pactó con el Cártel de Sotavento y siguió en el negocio desde una línea que priorizaba la diplomacia a las balas, error que le costaría la vida. Cuando un tercer cártel quiso expandirse más allá de lo permitido, Nacho los enfrentó con argumentos territoriales convincentes desde su perspectiva, pero ineficaces para gente acostumbrada a arreglarlo todo a balazos. Nacho Salvador fue levantado al salir de una fiesta familiar y durante meses su viuda recibió partes de su cuerpo.
Andrés López.

miércoles, 20 de abril de 2011

VOLENCIA

Tengo unos días en mi estado natal -Veracruz- y nada más llegando me he enterado de que por acá la violencia es, como en casi todo el país, el pan diario. Levantones, asesinatos, decapitados, tablazos, violaciones son tan cotidianas que es imposible que estos temas sean la charla del café vespertino de un pueblo que hasta hace no mucho tiempo era pacífico. Me asusta. Me asusta que personas que yo conocía ahora formen parte de las filas eclécticas de crimen organizado. Me asusta que conocidos hayan sido secuestrados y sus cuerpos encontrados días después en un piñal inhóspito. Me asusta que violen y mutilen niñas y las abandonen a su suerte en baldíos paupérrimos. Veracruz ha dejado de ser el edén que cantaba Agustín Lara para convertirse en una plaza peleada por el crimen organizado. Una especie de paraíso perdido miltoniano. Un refugio para narcos y secuestradores. Una tierra donde la ley la hacen las balas y no la democracia. Balaceras en el Puerto de Veracruz, Xalapa, Coatzacoalcos, Poza Rica. Muertos en cajuelas de automóviles, en tambos de aceite, en fosas clandestinas. He rescatado este relato de Julián Herbert publicado en Letras Libres, y lo reproduzco acá con permiso de nadie porque no sé a quién perdirle permiso. Espero lo disfruten tanto como yo.


A. L. S.






M. L. ESTEFANÍA
POR JULIÁN HERBERT


Al oeste de Laredo
Tenía 40 años y fumaba entre 20 y 30 piedras semanales cuando me convertí en Marcial Lafuente Estefanía. A 120 el ziploc más las monedas que dejas para el refresco en cada compra, do the math. Ni el reportero de nota roja más corrupto de la capital del estado podría mantener semejante tren de vida. Lo sé porque ese reportero era yo.
Empezaba a fumar concluido mi turno. Lo hacía acompañado de un mp novato o de los patrulleros en día franco que a veces reciben muestras gratuitas del material puesto en plaza. Cualquiera de ellos tenía redaños para frenar antes de que saliera el sol. Yo no; me colgaba 24 horas seguidas. Un buen jalón te dura entre 5 y 10 minutos. Si quieres mantener la calma debes pegarte a la lata de aluminio como si fuera un biberón y limpiar las perforaciones con una aguja cada tanto y conservar siempre un Marlboro encendido: la sabiduría del basuquero radica lo mismo en el ritmo de la inhalación que en la exacta administración de la ceniza.
Rara vez lograba cumplir mi horario laboral. Cuando me despidieron del periódico telefoneé en busca de ayuda a mi compadre Esquivel, alcalde de un pequeño municipio fronterizo. Me preguntó:
–¿Qué sabes hacer?
Le ofrecí, pensando en el centenario, una charla sobre el periodismo durante la revolución mexicana. Se carcajeó.
–¿Tú crees que a mis ranchys wanabís de texano les importa una mierda la revolución?... A estos háblales mejor del Libro Vaquero. Y ¿por qué de tu antigua chamba no?
Eso último me estaba vedado.
–Capaz que La Gente me arrima unos tablazos –dije.
Le pedí un par de días para buscar otro tema. Al cabo sugerí, de nuevo en el teléfono:
–Puedo hacer algo que resulte popular: hablaré de Marcial Lafuente Estefanía. Allá en la frontera todos lo conocen, y muchos argumentos de sus libros están basados en el teatro de los Siglos de Oro.
Esquivel, que tenía experiencia en el showbiz, reformuló:
–Pero echemos una mentirita: a partir de hoy, tú eres Marcial. Te presentas portando en cartuchera un Remington que voy a regalarte y vienes vestido de vaquero, yo me encargo: por ahí tengo un Boss of the Plains, a ver si te queda. Te pagaré cinco mil pesos más viáticos. Te patrocino de mi erario la primera charla y luego, si funciona, le vendemos una gira a la sep a través de alguien a quien conozco.
Me dio pánico piratear al autor de más de 3 mil novelas vaqueras; ¿y si nos demandaban?... Pero me urgía tanto el paco que acepté –no sin antes rogar a Esquivel que depositara esa misma tarde un anticipo a mi cuenta bancaria.
La primera función, realizada a un kilómetro escaso del río Bravo en un solar de tierra suelta equipado con templete de cemento, resultó muy concurrida. No existe un alma pura al este del Bolsón de Mapimí y al oeste de Laredo que no haya leído al menos un librito del autor de El terror de Cheyenne. El éxito se debió en parte a la publicidad ideada por mi amigo: carteles en fondo negro con tipografía a colores aqua y fucsia como los que usan para promover a los gruperos.
Yo también me lucí. Recité de memoria los mejores pasajes de La caricia de los colts, caminé de un lado a otro del escenario blandiendo el micrófono como un revólver, conté chistes hurtados al repertorio del legendario Cronista de Saltillo y adaptados a los diálogos de Clint Russell en Primero el deber... Me aplaudieron horrores. Concluido el evento firmé pilas de libros editados por Brainsco –la mayoría deshojados y rotos y más de uno con manchas asquerosas. Al final sudaba frío: la malilla me estaba aniquilando. Esquivel (a quien previamente y por honor entre ladrones informé de mi vicio) me envió con un chofer de presidencia a conectar en un restaurancito de la carretera Ribereña, casi llegando a Ciudad Acuña. Mientras pagaba el producto y preparaba la lata y encendía la ceniza y aspiraba y aguantaba el humo en los pulmones contemplando a lo lejos en el aire las maniobras de un helicóptero de la marina, editorialicé mentalmente sobre lo mucho que ha cambiado mi país: desde que empezó la guerra, es más sencillo y lucrativo montar un expendio de cocaína que abrir un Oxxo.
Ojalá nunca hubiera pensado eso.

La ruta de los sin ley
Mi compadre Esquivel era un político que sabía nadar en agua sucia. Se inició como líder de las Juventudes del pri y aprovechó esta posición para extorsionar a la cnc a fin de que le nombraran –sin haber sido nunca campesino– presidente del comisariado ejidal de Fraustro, un importante cruce ferroviario. Durante décadas, Fraustro había incorporado a sus tradiciones el robo hormiga: los habitantes sobornaban a garroteros y maquinistas a cambio de una o dos de las lavadoras que transportaban los vagones desde la cercana fábrica Cinsa. Esquivel revolucionó este ámbito al asociarse con el edil de General Cepeda para asaltar hasta un tren por semana extrayendo cargamentos íntegros. Cuando la policía federal tomó cartas en el asunto, mi amigo abandonó junto a los rieles un camioncito con logos municipales lleno de electrodomésticos hurtados y se dio a la fuga.
Mientras anduvo prófugo se diversificó: sobornó para obtener concesiones de taxis, creó una agencia de promoción grupera asociada a Servando y Chito Cano, coordinó campañas electorales tras bambalinas... Pasada más de una década y calmadas ya las aguas en torno a sus aventuras de comisario y forajido, alzó la mano para competir en las elecciones municipales de su pueblo natal. El pri dijo que no. Al enterarse del desaire, representantes del pan y el prd se aliaron para ofrecerle la candidatura. Él, desde luego, aceptó. Mató dos pájaros de un tiro: ningún actor político creyó conveniente hacer referencia a su pasado negro. Su triunfo en las urnas fue aplastante.
Un tal Camargo, chofer de la flotilla de taxis propiedad de Esquivel, surtía de mariguana y cocaína a la maestra Bonilla, importante figura del snte en el noreste. Al paso de los años, el conductor y la lideresa cultivaron alguna intimidad. Camargo nos presentó con ella. La maestra se interesó en nuestro proyecto y, cobrando un par de favores, consiguió que la sep nos ofreciera un extraordinario contrato a través de su programa de fomento a la lectura: 100 charlas de M. L. Estefanía en escuelas rurales y centros de enseñanza abierta. Un presupuesto total de 1 millón 360 mil pesos de los cuales a mí me tocarían 250 mil más iva, 500 mil limpios serían para la maestra Bonilla y lo restante menos gastos operativos le correspondería a Esquivel.
–No te atormentes –dijo este último cuando, deprimido yo a causa del síndrome de abstinencia, expresé mis escrúpulos–. No se trata de fraude: nos desenvolvemos en la zona gris que permiten la educación y la cultura posmodernas. La muerte del autor y todas esas mamadas de las que hablas en tus presentaciones.
–¿Y el soborno a Bonilla?
–No es soborno. Son usos y costumbres.
Esquivel pidió licencia al cabildo para separarse temporalmente de su cargo: había decidido proteger su inversión acompañándome en toda la gira.
250 mil pesos por cuatro meses de trabajo no es un salario despreciable. Especialmente si la jornada laboral dura menos de dos horas. Pero el dinero se esfuma cuando eres una estrella de rodeo. A Esquivel le gustaba la tablita. Podía pasar días enteros yendo al privado con las bailarinas. Yo lo acompañaba porque en los sitios que él solía frecuentar siempre consigues una raya cuando menos. Entre ambos solventábamos los gastos y el salario de Camargo, quien por instrucciones de la maestra se nos había unido en calidad de guardaespaldas y chofer. Camargo era muy alto y fornido y era joven: unos diez años menor que nosotros. Pero la panza cervecera y la calvicie prematura lo avejentaban.
Nuestras drogas eran todo salvo escasas. Siempre hallamos un putero encendido a deshoras y una esquina con un adolescente de mochila negra que despachaba polvo y piedra (en ocasiones sin haberse despojado aún del uniforme escolar). No era raro que mis expendedores dijeran, levemente sombríos ante mi atuendo civil que incluía prendas de Dockers y Girbaud:
–Usted es el pistolero que dio la conferencia en la mañana, ¿no?
Asentía y, levantándome la Levi’s de mezclilla, mostraba fugazmente el vetusto revólver 1875 Remington Army Outlaw de acción simple que Esquivel me obsequiara y que por pura paranoia llevaba siempre al cinto, el cilindro cargado de viejas balas de plomo corto y pólvora negra adquiridas a través de un anticuario en Monclova. A cambio de ese gesto, los chicos me avituallaban con las rocas más gordas de su bolso.
En Sierra Mojada, donde una vez cantó Ángela Peralta y sin embargo no hay taxis, obedecí las instrucciones de un minero senil: “siga nomás el riel camino a La Esmeralda; por ahí lo alcanza mi nieto con su vicio”. En San Pedro, una darketa country me escoltó (sin aceptar propina por deferencia al forastero) hasta la esquina de los dílers, situada en una calle con nombre de poeta a dos cuadras escasas del Ayuntamiento. En Boquillas del Carmen –un lugar de la sierra al que debimos arribar en avioneta y que colinda al norte con el parque Big Bend– vinieron a recibirnos todos los niños del pueblo.
–Es que casi nunca ven el avión –se disculpó el director de la escuela rural–. Nada más lo escuchan aterrizar o despegar por las noches.
En Viesca tuve un encuentro que a la postre resultaría providencial para mí. Salía de la Casa de la Cultura tras una de mis charlas (llevaba puesto aún el atuendo de gunman) cuando una Lobo de cristales negros se frenó abruptamente a mi lado. Casi me cago en los pantalones. El chofer bajó la ventanilla. Era un hombre en sus primeros treintas, rubio, vestido de negro y con lentes de sol.
–¿Qué pasó, profe?
Luego de unos segundos lo reconocí: había sido mi alumno de periodismo unos 15 años atrás en una infame escuela de diseño gráfico que a la postre fue clausurada por falta de registro. Recordaba sus rasgos pero no su nombre.
–Pues aquí, talacheando. Ando en una gira de conferencias.
–¿Vestido de payaso de rodeo?
Quise ofenderme. Pero algo en el bloque de oscuridad brillante que era su mirada tras los lentes de sol me hizo intuir que, con los años, el chico indisciplinado y burro que conocí se había convertido en un ser tersamente aterrador.
–Así me lo pidieron... –me justifiqué.
Sonrió.
–Ta bueno, pues. Que le vaya bien, profe.
Subió la ventanilla y aceleró la Lobo.
Lo que más arruinó las finanzas de Esquivel fue la presencia de Violeta Valladares, una estríper nicaragüense avecindada en Sabinas a quien Camargo y yo rebautizamos como Violeta la Violenta. Se nos unió a mitad del viaje. Era idéntica a Lucía Lapiedra aunque tal vez un poquito más chaparra. Una noche estando solos ante la mesa de un restaurant (Esquivel había ido al baño) se lo dije:
–Eres idéntica a Lucía Lapiedra.
Me miró con rencor y escupió dentro de mi vaso.
–Qué dijiste: la puta imbécil me regala una mamada si le aviento un buen piropo.
En Cuatro Ciénegas debió enterarse a través de la tele o el internet del modo en que, tras ligarse a un locutor deportivo, Lucía Lapiedra dejó atrás su carrera porno, se casó, ganó un reality show y se transformó en la popular Miriam Sánchez Cámara. Eso sí la excitó: me invitó de noche a nadar en Los Mezquites y me concedió el obsequio que en principio me negara.
Vivíamos en un paraíso hecho de templetes, micrófonos estropeados, vestuario anacrónico y espléndidos paisajes. Pero el dinero se agotaba. Esquivel lo sabía mejor que nadie porque en una pausa de la gira (parábamos en un motel de traileros cercano a Sacramento) llegó a mi habitación con un fólder lleno de copias fotostáticas que arrojó sobre la cama.
–Tengo una idea para seguir ganando dinero –dijo–. Solo necesitamos un buen diseño y tu voz de barítono.
–¿Qué es esto?
–Datos. Números telefónicos, estados de cuenta, domicilios. Todos a nombre de mujeres.
–¿Y luego?
–Yo ya hice lo mío. Ahora tú vas a amenazarlas por
teléfono. Les dices que somos un comando armado y estamos a la vuelta de su casa. Que las vamos a ejecutar a menos que nos entreguen cierta suma de dinero.
Sin darme tiempo a protestar, Esquivel depositó junto al fólder un envoltorio de crack del tamaño de un limón.
–Considéralo tu anillo de compromiso –dijo sonriendo, y salió del cuarto.

La casita en la pradera
Es más difícil de lo que parece. Lo primero –esto no lo aprendí de ningún delincuente sino de un sobrino mío que trabajó en telemarketing– es contar con un guión sin fisuras. Escenarios: “si el prospecto de cliente responde x, aplique el inciso 3. Si el prospecto de cliente actúa y, siga al pie de la letra los pasos que se detallan en el inciso 7”.
–Buenas tardes, señora.
Casi siempre son ellas quienes contestan.
–Habla el comandante Marcial Lafuente Estefanía, de la policía federal. Estamos dándole seguimiento a una denuncia realizada desde este número telefónico.
El objetivo central es evitar por cualquier medio que se corte la llamada.
Al principio trabajábamos muy suelto: transitando por carretera entre dos funciones de nuestro show western, atrincherados en los baños de una gasolinera de camino u hospedados en moteles con la tele muteada en los canales porno... Conforme el negocio prosperaba, notamos la conveniencia de montar una oficina. Esquivel se agenció un destartalado jacalito en el ejido La Pócima, a medio camino entre Cuatro Ciénegas y San Pedro de las Colonias. Nos mudamos en cuanto concluyó la gira.
–¿Está segura de no haber hecho usted la llamada?... Me informan del área de comunicaciones que tenemos grabada una voz de mujer.
La mayoría de los mexicanos es genéticamente incapaz de distinguir a un delincuente de un policía, por eso es tan efectivo este sistema de interrogación. Buscando explicaciones como si estuviera pensando en voz alta, el prospecto de cliente proporciona los datos esenciales que dentro de unos minutos permitirán que se le extorsione: cuántas personas viven en la casa, qué edades tienen, cuáles son sus horarios, cuántos empleados domésticos hay... En días buenos y con un interlocutor parlanchín es posible obtener hasta el color de la casa, los nombres de pila de los niños y los modelos de automóviles que maneja la familia.
En La Pócima no había electricidad. Pasábamos las noches bajo la luz de dos quinqués. De día el paisaje que circunda la carretera 40 es una joya de pliegues: montañas verdes y azules, dunas blancas, cantiles de roca madre expuesta que parecen manos de gigantes brotando de la región de los muertos para dar de puñetazos al sol. Pero de noche la belleza se suspende: no hay sino fría negrura y un viento sabor a grava.
El jacal era de block sin enjarrar, techos de lámina de cartón y junturas armadas con durmientes ferroviarios hurtados a los N de M por el antiguo dueño de la propiedad. Era una construcción grande pero de una sola pieza. Tenía una puerta de madera quebradiza que daba diagonalmente hacia el asfalto de la carretera y, de cara a la llanura blanca y terrosa, un gran boquete que hacía las veces de ventanal. Para procurarnos alguna intimidad, colgamos un pedazo de sábana en la ventana a modo de cortina y apilamos cajas blancas de archivo muerto que Esquivel trajo de su alcaldía para crear la ilusión de una casa con dos ambientes. Al fondo, en lo que podría llamarse la segunda habitación, colocamos un par de catres sobre los que dormíamos por turnos. Al frente, bajo el ventanal, un elegante futón anaranjado; era de Violeta y solo podías usarlo con su autorización. Muy cerca del futón una gran mesa de trabajo con los directorios, cuadernos de notas y celulares desechables. Por último, milimétricamente centrado ante la puerta como si hiciera guardia, un viejo y pesado escritorio de fierro propiedad de Esquivel.
Nunca devolvimos la Suburban que la maestra Bonilla nos prestó para la gira. Camargo tenía en ella un dvd player en el que veíamos viejas películas de los Almada, Enemigos a muerte o los partidos de la Champions grabados ex profeso para nosotros por un barman de San Pedro. Algunas noches nos aventurábamos a visitar los téibols de Torreón. Casi siempre los encontrábamos desiertos. La ciudad vive en estado de sitio desde que el gobierno concesionó la plaza a Los Señores, abriéndole la puerta a la guerra entre estos y el cártel que controla Durango. El río Nazas se convirtió en una frontera de sangre. Día y noche se escuchan tiros al poniente de la avenida Colón. La zona del Mercado de la Alianza, otrora corazón de la alegría más sórdida, es hoy un pueblo fantasma. Dicen leyendas urbanas que los muchachos que se atreven a comprar drogas en Gómez o Lerdo, al otro lado del río, amanecen cadáveres.
–Sabemos a ciencia cierta que la denuncia salió de su teléfono. Mis muchachos perdieron dos camionetas y a uno de ellos lo arrestaron. Así que dígame por favor cómo le vamos a hacer para resarcir estas pérdidas.
Tienes que revelarte justo cuando el prospecto de cliente parezca más confundido. Lo mejor es usar frases breves que combinen dramatismo, parquedad y violencia sin subir aún el tono al nivel de la histeria.
–¿Sabe cuál es la última letra del alfabeto? Esos somos nosotros, señora.

Estamos apostados a la vuelta de su casa esperando instrucciones.
Esquivel ordenó que portáramos permanentemente un arma corta. Él se compró un revólver Smith & Wesson 686, niquelado y con cachas de madera color marrón. A Violeta le obsequió una cursísima e inútil Lorcin calibre .25 de empuñadura color de rosa. Camargo usaba desde siempre una manoseada semiautomática .38 Super que a fuerza de ser engrasada había adquirido una pátina grisácea. A mí me ofrecieron una hermosa Beretta Cougar pero la rechacé: preferí conservar mi viejo Remington de utilería.
Aunque de vez en cuando cambiábamos de roles, las funciones que cada quien debía cumplir dentro del organigrama estaban claramente definidas. Esquivel llevaba la logística, la administración y el orden del día; era el cerebro de la operación. Camargo proveía transporte, se encargaba de las compras y la vigilancia y fungía como correo de los catálogos de clientes potenciales. Las listas salían de alguna oscura coordinación de enseñanza privada de la sep y nos eran remitidas por la maestra Bonilla. Yo era el rostro (mejor dicho la voz) de la empresa: encargado de ventas. Violeta la Violenta cumplía la misión para la cual resultaba más útil su belleza vulgar: cobranza. Recibíamos el dinero a través de money orders depositadas en distintas sucursales de Western Union o Banco Azteca. Mientras yo trabajaba al cliente desde un celular desechable, Esquivel coordinaba desde otro aparato los movimientos de nuestra novia.
Comenzamos a compartir abiertamente los amores de Violeta Valladares casi al final de la gira. Para sorpresa mía y de Esquivel (él ya sospechaba de lo nuestro: me confrontó durante una eufórica parranda en el Rincón del Montero), no solo estaba liada con nosotros sino también con Camargo. A Esquivel la situación no le hizo gracia pero tampoco se lo tomó muy a pecho. Acordamos que Camargo y yo le retribuiríamos parte de lo que pagó por ella a los lenones que la vendieron en Sabinas y, a partir de ahí, compartiríamos entre los cuatro las ganancias de nuestro telemarketing salvaje. Camargo propuso sellar el pacto con una sesión de sexo grupal. Él acabó con Violeta y Esquivel conmigo. Nunca lo repetimos ni volvimos a mencionar el asunto.
–No se le ocurra asomarse, pinche vieja pendeja, o se la carga la verga. Desde aquí la estoy viendo: un paso más y le ametrallo los putos vidrios, culera.
Lo más delicado es saber administrar la histeria. Aunque perdí a la mayoría de mis clientes, me considero un maestro en ese arte peculiar. Hay un momento en el que tienes que empezar a gritarles, a dirigirles las palabras más soeces de tu repertorio, a hacerles sentir que su vida para ti no vale nada. Esto no es complicado. Lo peliagudo es convencerlos, a una distancia de mil kilómetros, de que estás a las puertas de su hogar y los tienes en la mira.
La mayoría cuelga el teléfono a los primeros gritos. Tienes que hacer 15 o 20 llamadas para amarrar una venta cuando mucho. Con eso basta: si endiosaron al pánico puedes exprimirles hasta el último centavo. Solo hay que mantenerlos en la línea durante los engorrosos trámites bancarios. Puede durar un par de horas. Los telefonemas fallidos, en cambio, te roban 10 minutos: piece of cake.
Para mantenerme lúcido y violento, alternaba la marcación de cada número con tanques de humo de piedra. Al principio la angustia de fumar la siguiente ración era tanta que en un par de ocasiones me orilló a perder una venta ya hecha. Una vez tenía a un hombre montado en su coche y entre el tráfico, de camino al banco. Le dije:
–No aceleres tanto, cabrón. Te estoy viendo.
–Pero si estoy en un semáforo...
Y colgó.
Poco a poco aprendí a usar mejor mis cartas. A fumarme la soda entre frase y frase sin que el sonido de mi respiración se colara a la bocina. A usar el manos libres como una invisible pantalla de videojuegos atroces. Una vez llegué a cerrar dos tratos de 40 mil pesos cada uno entre las ocho de la mañana y la una de la tarde del mismo día. Esa jornada me consagró entre la pandilla como el más veloz cowboy del celular.
No me juzguen a mí: es la misma estafa que antes se hacía ofreciendo jugosos premios a cambio de tarjetas telefónicas. Yo no voté por el cambio. Yo nada más cambié el guión de la estafa para adaptarla al país que ustedes eligieron.
Lástima que las cosas no eran así de dulces todo el tiempo. Por las noches, luego de dormitar un par de horas para reponerme de la temblorina que deja el crack, me sentía un vulgar violador hijo de puta que se ponía con las mujeres porque le daban miedo los hombres. Si era mi turno y estábamos de humor, fornicaba con Violeta al descampado o dentro de la Suburban. Procuraba hacerlo muy suavemente, con toda la ternura de la que fui capaz, pensando siempre solo en su comodidad y su placer. Era mi manera de pedirles perdón a las mujeres que había ultrajado durante el horario laboral. Mi trabajo me producía la misma sensación que fumar piedra: gozaba hasta el éxtasis reteniendo el aire pero en el instante de expeler me consumía de horror. Mis colegas se burlaban porque siempre, de madrugada, despertaba llorando en medio de una pesadilla en la que torturaba a mi difunta madre metiéndole por la boca el caño negro de mi revólver.

Primero plomo, después cáñamo
Me está vedado escribir su nombre. Los llamamos Los Señores. La Compañía. La Gente. Los Patrones. Son (al este del Bolsón de Mapimí, al oeste de Laredo) la ley de quienes tomamos la ruta de los sin ley.
Camargo nos lo advirtió desde el principio:
–No hay que andar a la brava. Uno tiene que avisar.
No hicimos caso. Yo elegí frívolamente pensar que no era asunto mío: la decisión le correspondía a Esquivel. Él por su parte optó por la discreción y el fuero. Había vuelto a cumplir (al menos en el papel) funciones de alcalde. Estaba en buenos términos con los gobiernos estatal y federal. Nos instruyó a todos para guardar un estricto secreto acerca de nuestro giro. Pero una Suburban parqueada en medio de una carretera semidesierta y el hecho de encargar a un barman de pueblo la grabación en dvd de todos los partidos de la Champions son cosas que no pueden ocultarse. Fue así como dieron con nosotros.
Ni siquiera se tomaron la molestia de esperar la noche. Serían las 4 de la tarde. Principios de noviembre. El sol pegaba duro pero hacía viento. Esquivel dormitaba con las piernas sobre su escritorio y el Boss of the Plains echado sobre el rostro. Violeta leía tendida bocarriba en su futón. Yo había hecho una pausa entre llamada y llamada para jalar tanques de piedra sentado en un catre detrás del muro de cajas de archivo muerto. Camargo, que estaba afuera vigilando con prismáticos desde la Suburban ambos extremos de la carretera 40, entró corriendo al jacal sujetándose con la mano izquierda la gorra beisbolera. Desde antes de trasponer el umbral gritó:
–Licenciado. Licenciado. Viene un mueble sospechoso por el lado de San Pedro. Una Pathfinder cobalto, bien paradita. Polarizada. Trae el copete lleno de chimustretas de radiolocalización. Pa mí que es de La Gente.
Violeta y yo nos levantamos e hicimos el amago de saltar por la ventana.
–Calmados –dijo Esquivel, nervioso y todavía modorro–. A lo mejor no es nada.
Obedecimos.
–A lo mejor –dijo Camargo–. Pero esos muebles no se traen por este rumbo.
–A lo mejor sí son ellos pero nomás van de paso –insistió Esquivel.
–A lo mejor –respondió Camargo–. Pero no son sus andares: pasando Ciénegas hay un retén militar.
Esquivel extrajo el Smith & Wesson de un cajón y lo colocó sobre el escritorio, debajo de unos papeles. Camargo sacó su escuadra de la parte posterior de su cintura, le quitó el seguro y se apostó ante la puerta con el brazo derecho tras la espalda. Violeta se acomodó la Lorcin en el escote. Más por imitarlos que por convicción, me levanté, fui hasta la mesa de trabajo por el Remington y lo puse encima del catre.
–¿Cuánto efectivo traen? –preguntó Esquivel.
–Unos seis mil pesos –dije yo, que procuraba mantener en mi cartera billetes de sobra para el vicio. Violeta y Camargo no respondieron.
Esperamos. Fumé dos tanques, uno tras otro. Aún así me pareció que transcurría una eternidad. Finalmente escuchamos el vehículo. Poco a poco el motor redujo su marcha.
–Los amachino de una vez –dijo Camargo para nadie, dirigiéndose a la puerta todavía con el arma en la mano colocada tras su espalda.
–De ninguna manera –le ordenó Esquivel–. Vamos a negociar.
No se había apagado el motor del vehículo allá afuera cuando una bala transpuso la puerta y le pegó a Camargo en el hombro derecho, derribándolo tras hacerlo girar.
–Suéltala, puto –gritó una voz–. Suelten las armas.
Violeta y Esquivel ni se movieron. Yo aventé la Remington debajo del catre y me hice un ovillo sobre el suelo. Desde ahí, a través de la rendija que se formaba entre dos cajas de archivo muerto, pude ver lo que vino después.
Un hombre rubio, rapado, de camiseta negra y pantalón de mezclilla, transpuso la puerta. Lo reconocí enseguida: era mi antiguo alumno, a quien una vez me había topado en Viesca... ¿Cómo demonios se llamaba?
–Suéltala –repitió abriendo los brazos e inclinándose hacia Camargo. Se le notaba tranquilo.
Camargo obedeció e, hincado sobre el piso de cemento, puso en alto su mano sana.
El recién llegado apenas lo notó. Recogió del piso la .38 Super de nuestro chofer y se la guardó tras la cintura. Caminó confianzudamente hacia Esquivel mientras, detrás de él, otros dos hombres de camiseta negra y jeans azul oscuro flanqueaban la puerta apostados uno afuera y otro adentro. El de afuera tenía aspecto cadavérico y un bigotito ralo y llevaba una pistola. El de adentro, más viejo que los otros dos y con el escaso pelo entrecano, portaba un cuerno de chivo.
–¿Tú eres el alcalde? –preguntó mi ex alumno.
–Sí, patrón –respondió Esquivel–. Licenciado Esquivel, a sus órdenes –intentó ponerse de pie pero el otro, con un gesto distraído de su mano y la mirada atisbando el fondo del jacal, le ordenó que volviera a sentarse.
–¿Dónde está tu payaso de rodeo?
–¿Perdón? –dijo Esquivel.
–Profe –gritó mi ex alumno (¿cómo se llamaba?)–. Sal, profe.
–¿No quiere un coñaquito? –ofreció Esquivel intentando nuevamente levantarse del asiento–. Así negociamos más a gusto.
–No negoceo con espantos.
Mi ex alumno sacó su arma y disparó a Esquivel dos proyectiles. Ambos atinaron en el rostro. Esquivel cayó al piso con un puñado de papeles en la mano. La Smith & Wesson quedó al descubierto sobre el escritorio.
Violeta se levantó del futón y se sacó la Lorcin del pecho. Camargo dio un grito y, trabajosamente, huyó hacia el monte pasando con exasperante lentitud entre los dos rapados que cuidaban la puerta del jacal. Violeta alcanzó a hacer dos tiros: uno pegó en un quinqué y otro en el muro; luego la Lorcin se encasquilló. Mi ex alumno se abalanzó sobre mi novia, la cogió del cuello y la arrinconó con suavidad contra las cajas de archivo muerto detrás de las cuales yo me escondía. La abofeteó con el cañón de su arma y, con la otra mano, le encajó un puñetazo en el vientre. Por un momento fugaz, los ojos de mi ex alumno y los míos se cruzaron a través de la rendija de mi escondite.
Me enderecé y me moví un par de metros hacia la derecha con el cuerpo pegado al resto de muro que formaba el archivo muerto. Encontré otra rendija entre las pilas de cajas. Me asomé a través de ella. Vi al otro lado del ventanal a Camargo corriendo hacia una montaña lejanísima. Trastabillaba sobre la tierra blanca y suelta. Giré la vista a la izquierda desplazándome en torno a la rendija. Vi el modo en que el pistolero cadavérico, parado en el quicio de la puerta, centraba a Camargo con su arma. Disparó tres veces. Volví la mirada al ventanal y atestigüé cómo Camargo reducía poco a poco la marcha hasta caer de bruces.
Mi ex alumno arrojó a Violeta sobre el futón anaranjado y le dio la espalda. Hizo una seña al pistolero del ak-47: se señaló dos veces la barbilla. El subalterno dio dos pasos al frente y le vació a Violeta toda una lata de cuerno: 30 pichones. El aire se llenó de astillas y olor a cemento desmoronado. Mi ex alumno saltó detrás del escritorio de fierro que había sido de Esquivel para protegerse del cascajo y gritó:
–Con pistola, animal.
Pero la ráfaga había durado apenas unos segundos.
Luego hubo unos minutos de silencio.
Afuera el sol seguía pegando igual de duro.
–Sal, profe –dijo finalmente la cansada voz de mi ex alumno (¿cómo carajos se llamaba?)–. Soy el Checo. No te voy a matar.
Salí arrastrándome de detrás de las cajas de archivo muerto y me abracé a sus rodillas.
–No me mates, Chequito. Hazlo por caridad. Te juro que no fue mi culpa. Me dijeron que estábamos arreglados.
Una quemadura de hierro en la nuca me hizo respingar pero no solté las piernas.
–Así me gusta, cabrón, que respeten. Si yo nomás venía por el alcalde, hombre. A ustedes tres les iban a tocar puros tablazos.
Luego de una pausa, añadió:
–La vieja salió más macha que tú.
Ordenó a sus hombres que subieran los cuerpos de Violeta y Camargo a la Suburban. Luego instruyó a uno de ellos para que se deshiciera del paquete. El hombre partió al volante de nuestro antiguo auto en dirección poniente. Checo y el otro pistolero nos hicieron lugar en la Pathfinder al cadáver de Esquivel y a mí. Viajamos un rato hacia el oriente. Empezaba a oscurecer. Unos 20 kilómetros antes de Cuatro Ciénegas, nos metimos entre las dunas calizas. Me bajaron del vehículo.
–Ahora sí, mi rey –dijo Checo calándose unos guantes–. Ahora yo soy el que te va enseñar a ti, cabrón.
Me atizó con un barrote de madera. Primero en las nalgas y la espalda. Cuando quise levantarme y correr, me golpeó en los hombros y la cabeza hasta dejarme inconsciente.



Pasé más de media noche tirado entre las dunas. El frío me despertó. Me levanté y, como pude, caminé hasta el pueblo. Llegué a la plaza principal ya entrada la mañana. Entré al restaurant del Doc y le supliqué al mesero que me permitiera usar su baño para lavarme la sangre. El hombre se apiadó de mí.
Tardé dos días en volver, de limosna y de raid, hasta mi ciudad. Llegando acá me enteré de que el cadáver de Esquivel había terminado en Monclova. Lo colgaron de alguno de los mil nuevos puentes vehiculares construidos por el gobierno del estado. Le pusieron un letrero sobre el pecho: Esto les pasa a los que no piden permiso. Al menos eso me contó un antiguo colega del periódico. La prensa y la televisión locales, siguiendo su criminal costumbre, no informaron ni media palabra del asunto. En los medios nacionales se habló solamente de la ejecución de un valiente alcalde fronterizo perpetrada por elementos del crimen organizado. De los restos de Violeta y de Camargo no volvió a saberse nada. La maestra Bonilla sufrió un atentado y desde entonces trae escoltas de la policía federal.
Yo dejé la piedra durante unas semanas. Luego volví: no tengo remedio. Ahora vivo con Karen, una yonqui chimuela 20 años más joven que yo. Nos mantenemos con una nueva vieja estafa: drogamos gente en los estacionamientos de los supermercados y les sacamos la cartera. Nos acercamos con cualquier pretexto (casi siempre lo hace ella) y les untamos belladona sobre la piel. Es una droga peligrosa. Para aplicarla sin padecer los síntomas, tenemos que cubrirnos de cera las yemas de los dedos antes de tocarla. Una vez inoculado al cliente, el remedio hace efecto en unos pocos minutos: desorientación, vista borrosa, parálisis parcial, mareos... Suena classy, ¿no? Muy a intriga de los Medici. La realidad es otra. No somos sino aves de rapiña. Ganamos una miseria que, por añadidura, debemos compartir con la policía municipal y los guardias privados de los malls...
Al menos alcanza para la piedra y aquí no hay garrotazos.
¿Orgulloso? Por supuesto que no estoy orgulloso. Escribo esta crónica sin nombre desde un lugar sin nombre y se la envío a un amigo pidiéndole que la publique con la única intención de confesarme: no soy Marcial Lafuente Estefanía sino el cobarde del condado. Desearía que no me juzgues con asco ni con odio. Después de todo, soy la encarnación de ese milagro por el que rezas cada noche: un forajido que decidió arrojar su revólver al suelo. ~

viernes, 8 de abril de 2011

JAVIER SICILIA




Javier Sicilia: Carta abierta a políticos y criminales Javier Sicilia MÉXICO, DF., 3 de abril (Proceso).- El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor. No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre. Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia. De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido. Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como los miserables Sonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal –los animales no hacen lo que ustedes hacen–, sino subhumana, demoniaca, imbécil. Estamos hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y espanto. Ustedes, “señores” políticos, y ustedes, “señores” criminales –lo entrecomillo porque ese epíteto se otorga sólo a la gente honorable–, están con sus omisiones, sus pleitos y sus actos envileciendo a la nación. La muerte de mi hijo Juan Francisco ha levantado la solidaridad y el grito de indignación –que mi familia y yo agradecemos desde el fondo de nuestros corazones– de la ciudadanía y de los medios. Esa indignación vuelve de nuevo a poner ante nuestros oídos esa acertadísima frase que Martí dirigió a los gobernantes: “Si no pueden, renuncien”. Al volverla a poner ante nuestros oídos –después de los miles de cadáveres anónimos y no anónimos que llevamos a nuestras espaldas, es decir, de tantos inocentes asesinados y envilecidos–, esa frase debe ir acompañada de grandes movilizaciones ciudadanas que los obliguen, en estos momentos de emergencia nacional, a unirse para crear una agenda que unifique a la nación y cree un estado de gobernabilidad real. Las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una marcha nacional el miércoles 6 de abril que saldrá a las 5:00 PM del monumento de la Paloma de la Paz para llegar hasta el Palacio de Gobierno, exigiendo justicia y paz. Si los ciudadanos no nos unimos a ella y la reproducimos constantemente en todas las ciudades, en todos los municipios o delegaciones del país, si no somos capaces de eso para obligarlos a ustedes, “señores” políticos, a gobernar con justicia y dignidad, y a ustedes, “señores” criminales, a retornar a sus códigos de honor y a limitar su salvajismo, la espiral de violencia que han generando nos llevará a un camino de horror sin retorno. Si ustedes, “señores” políticos, no gobiernan bien y no toman en serio que vivimos un estado de emergencia nacional que requiere su unidad, y ustedes, “señores” criminales, no limitan sus acciones, terminarán por triunfar y tener el poder, pero gobernarán o reinarán sobre un montón de osarios y de seres amedrentados y destruidos en su alma. Un sueño que ninguno de nosotros les envidia. No hay vida, escribía Albert Camus, sin persuasión y sin paz, y la historia del México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos. Porque no queremos eso, el próximo miércoles saldremos a la calle; porque no queremos un muchacho más, un hijo nuestro, asesinado, las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una unidad nacional ciudadana que debemos mantener viva para romper el miedo y el aislamiento que la incapacidad de ustedes, “señores” políticos, y la crueldad de ustedes, “señores” criminales, nos quieren meter en el cuerpo y en el alma. Recuerdo, en este sentido, unos versos de Bertolt Brecht cuando el horror del nazismo, es decir, el horror de la instalación del crimen en la vida cotidiana de una nación, se anunciaba: “Un día vinieron por los negros y no dije nada; otro día vinieron por los judíos y no dije nada; un día llegaron por mí (o por un hijo mío) y no tuve nada que decir”. Hoy, después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la ciudadanía y a los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con nuestro caminar, con nuestro grito de indignación para que los versos de Brecht no se hagan una realidad en nuestro país. Además opino que hay que devolverle la dignidad a esta nación.


Esta carta se publica en la edición 1976 de la revista Proceso, ya en circulación.

domingo, 3 de abril de 2011

EL FALSO LECTOR


LA LECTURA COMO OBLIGACIÓN Los hábitos de lectura entre los mexicanos nos colocan como uno de los países más incultos del mundo. Prácticamente no se lee, y aquellos en quienes debemos confiar la educación de nuestros hijos se deslindan de esta actividad para formarse en áreas que, si bien complementan su formación como docentes, descuidan la lectura abierta, crítica y placentera. O en la mayoría de los casos, leer un libro es peor castigo que ver toda la tarde el programa del Congreso de la Unión. Tal vez deberíamos considerar lo siguiente. Pierre Bayard (Francia, 1954), ha escrito un lúcido ensayo sobre hábitos de lectura que poco o nada tiene que ver con los lectores cultos. Para Bayard, no es necesario haber leído un libro para hablar de él siempre y cuando se tenga una visión de conjunto del libro en cuestión, esto es, conocer su contexto. Si declaramos que no hemos leído un libro, pero somos un poco atinados en conocer cierto contexto del autor o quizá hemos leído alguna otra obra del mismo, podemos entablar una conversación literaria que, cuando menos para Bayard, es válida. Cómo hablar de los libros que no se han leído, es una crítica feroz a nuestros hábitos de lectura, a la vez que desacraliza a los falsos lectores y pone en tela de juicio a los lectores ávidos. Y la tesis es contundente: por más ávido que sea el lector, nunca podrá alcanzar un corpus integratio literario, en pocas palabras: nunca podrá leerlo todo. Es el clásico juego del gato que quiere morderse la cola. Hay varias tesis que sustentan el ensayo de Pierre Bayard (catedrático de literatura francesa en la Universidad de París VIII). Quizá las de mayor resonancia son aquellas que determinan el carácter activo del lector como transformador del texto literario. El lector no sólo es un ente pasivo, sino su mayor labor, al leer, es la de recrear, reescribir, trasladar el texto a un nivel de creación pura. Personalmente me inclino por esta postura: el carácter del lector no es sujetarse a una actividad que lo considera ajeno, sino es formar parte de esta actividad. El lector debe tener la capacidad y la astucia de reescribir un final que no le haya gustado; debe saber cuándo el escritor se equivoca, debe alargar y recortar, anexar y suprimir personajes, escudriñar en el interior de un monólogo. Para Bayard este es el verdadero sentido de lector. Una "visión de conjunto", como denomina un personaje de Robert Musil en El hombre sin atributos, es la mejor opción para aquellos que no quieran (o no tengan tiempo) para leer. Este personaje, que es Bibliotecario, conoce todos los títulos de la inmensa Biblioteca de Viena, gracias a que se ha aprendido todo el catálogo de la Biblioteca. Tiene una “visión de conjunto”, lo que le permite dar una referencia directa cuando se le pregunta sobre un libro.

Cuando se estudia Literatura, como es mi caso, es muy común que quienes elaboran los programas de estudio crean que los alumnos son máquinas de leer que disponen de todo el tiempo del mundo para leer los veinte libros por materia, de un total de seis, que tenemos que leer por semestre. ¡120 libros en cuatro meses y medio! A un ritmo de dos o tres libros por semana es imposible terminar con el programa completo. Y ahí entra la astucia del estudiante. En varias ocasiones tuve que aplicar esa “visión de conjunto” que más se parecía a un engaño descarado. Recuerdo en especial un ensayo sobre Sartre que tuve que entregar. Debía leer los primeros dos tomos de Los caminos de la libertad en un día y hacer un ensayo sobre la novela. Imposible. Rescaté un ensayito sobre Camus y, cambiándole el título, lo entregué. No me fue tan mal después de todo, considerando que, como descubrí días después, el profesor no se había tomado la molestia de leer mi ensayo.

Aunque las tesis de Cómo hablar de los libros que no se han leído sean atractivas (las reediciones del ensayo en francés, inglés y español lo demuestran), no se deben tomar a pie juntillas. Tras una fachada de antiintelectualismo, la obra facilita que estudiantes ávidos de holgazanería justifiquen que no leen. Leer es un acto individual que complementa y facilita el tránsito por esta amalgamada vida; leer es un acto creativo, y el no leer de ninguna manera puede ser considerado como un acto intelectual. Mejor sería incitar a que el joven leyera lo que quisiera, así fueran las instrucciones de uso de un video juego, los anuncios clandestinos de periódicos, manuales de superación personal, fanzines católicos, el libro vaquero o las historietas dominicales. Leer es un acto de libertad, quizá el único acto de completa libertad que aún nos queda, y procurarla es responsabilidad de todos, más de aquellos que de alguna u otra manera estamos inmersos en el mundo literario. Incluso recomendar la lectura como arma para conquistar a la mujer deseada, como hace el maestro Bill Murray en Atrapados en el tiempo, cinta que retoma Bayard: Concederse el tiempo de estudiar con detenimiento los libros que han marcado al otro hasta el punto de compartirlos sería, quizás, la condición de un verdadero intercambio a propósito de la cultura y de una coincidencia perfecta de los libros interiores (Bayard: 120). En efecto: quizá no habría simbiosis más perfecta.

viernes, 1 de abril de 2011

CÓMO COGERSE A UN ESCRITOR JOVEN MEXICANO


En atari2600, Blog del escritor Tryno Maldonado, encontré publicado este texto que me pareció de lo más ocurrente. En pocas líneas desbatara nuestro sobrevalorado sistema cultural mexicano, y hace reflexionar sobre el canibalismo exacerbado que transita por el mundillo literario .Mldonado reproduce una fotografía de un novísimo Octavio Paz de cabellos hirsutos y mirada algo alterada por la mota (pienso). En respuesta, reproduzco una fotografía de Salvador Novo, integrante, como se sabe, del grupo Contemporáneos, y a quienes los estridentistas consideraban como "asaltabraguetas literarios". Una más que incluye Novo que, entre otras cosas, fue un excelente poeta: En una fiesta organizada por Novo, nuestro extinto Carlos Monsiváis fue acompañado de un joven que, al presentarlo con el anfitrión como primo, éste responde: "Él también fue mi primo el mes pasado". Ojo avizor, pues, a aquellos que quieran dedicarse a la literatura: no sea que un día los violen sin quitarles los pantalones.




Cógete a un escritor joven mexicano. Puedes encontrarlo en cualquier cantina de la Roma, del Centro o la Condesa. Elígelo entre los que rondan los treinta años. Lo menores de eso son tan pobres que no te podrán invitar ni un trago. Pero evita a los mayores de cuarenta. A esos ya no se les para tan seguido. Demasiado alcohol. Demasiada cocaína. Dicen que alguna vez estuvo de moda entre ellos. Evita el melodrama de los que están casados. Que tu escritor no sea ni muy sucio ni muy limpio. Fíjate que se haya esmerado lo suficiente en ese look despeinado o en los indicados lentes de pasta. Si es pobre, que no pretenda ser chico condechi, haber estudiado en el Colegio Alemán y en la Ibero y hablar tres idiomas. Si es rico, por favor que no vista de huipil y suela de llanta, ni diga pertenecer a la APPO y que los fines de semana trabaja en una editorial de Oaxaca. Los clasemedieros son los que mejor cogen, pero tienen la pésima costumbre de no usar condón y dejar mojada la tapa del baño. Sea cual sea tu elección, no te quedes mucho cerca con los que para describir a otro escritor usan la palabras fresa o naco. Lo más seguro es que sea un escritor fresa pretendiendo ser un naco. Que no sea ni muy festivo ni muy azotado. Que no haya sido Joven Creador del FONCA, becario de la Fundación para las Letras Mexicanas o del Centro Mexicano de Escritores. Eso, en al menos dos sentidos, lo habrá castrado. Evita a los que son hijos de políticos o diplomáticos. Nadie quiere amanecer muerto o encajuelado. Procura que sea de temperamento melancólico pero que sepa atizar las ascuas del sarcasmo. Que le de un aire a Salvador Elizondo o a Juan García Ponce cuando eran jóvenes. Pero jamás a Octavio Paz ni a Carlos Fuentes. En esos casos huye como si el diablo te persiguiera. Si es feo como Monsiváis o Ibargüengoitia, acéptalo sólo si te hace reír de vez en cuando. Pero, eso sí, que invariablemente nunca le falten chismes de sus coetáneos. Sobre todo los sexuales. Considérate entonces de suerte si tu escritor es guapo. La mayoría escribe porque son feos como el escroto de un perro. Sobre todo los críticos literarios. A esos les gusta quedarse en casa a masturbarse con dildos réplica del pene de Walter Benjamin. De los poetas ni hablamos. Desconfía de tu escritor, sin embargo, cuando al tercer o cuarto trago le aflore la falsa modestia. Dirá que aún no ha publicado porque todavía no es el tiempo. Que incluso no le importaría morir inédito. Que no le interesan las modas literarias. Que devora a los clásicos. Que todo lo que se publica en México actualmente es una mierda. Citará mucho a Barthes y hablará de crear un lenguaje dentro del propio lenguaje. Que lleva cinco años escribiendo una novela de cincuenta cuartillas que no cuenta nada. Te hablará de Sebald y Levrero, la memoria y el discurso vacío. Que su novela inédita no es novela pero que aniquilará a la novela como género. Desdeñará por sistema a los escritores del norte aunque sea incapaz de señalar Tijuana o Monterrey en un mapa. Desdeñará a los escritores del sur, aunque lo más al sur que conozca sea Puebla o Xochimilco. Desdeñará a los escritores de la mesa de al lado. Y a los de la barra. Y a los que acaban de ir al baño. Se cagará en los que hayan ganado becas y premios literarios o publicado en el extranjero. Así que, por favor, cuando llegue ese momento de la noche, nunca, por ninguna razón, pierdas de vista que a fin de cuentas sólo lo quieres para cogértelo. Tampoco es para tanto. Pon la mente en blanco. Cuenta en reversa desde mil. Tararea en tu mente una canción que oíste en la radio. Pasado ese desagradable momento en que tu escritor hablará de literatura pero, sobre todo, de sí mismo, felicidades, estarás del otro lado. Recuerda todo el tiempo que aunque él insista en invitarte, no trae ni un clavo en los bolsillos. Paga sólo tus tragos. No eres beneficencia pública. De mantener a los escritores ya se encarga CONACULTA y el Estado. Cuando al final quiera llevarte a su departamento es fundamental que no pierdas de vista sus zapatos. Si son Ferragamo, trabaja o escribe en Letras Libres. Te cogerá en posición de misionero y en cinco minutos tendrás que fingir un orgasmo. Si son Flexi, es probable que sólo sea periodista y publique en Replicante o la Jornada. Te cogerá toda la noche pero querrá a quedarse a vivir en tu casa al siguiente día sin pagar un peso de renta. Si son unos Converse estratégicamente desgastados será un hispter que trabaja para una revista de arte contemporáneo que paradójicamente tiene en sus páginas más publicidad que arte. Se considerará demasiado cool para tener sexo contigo. Si son Nike o Adidas olvídalo. Tu escritor es virgen. Sólo lee comics, vive con su madre y no tiene trabajo. En fin. Estás a tiempo de dejar esas fantasías de cogerse a un escritor e ir pensando en los pintores. O en los políticos. O ingenieros en sistemas. O arquitectos.

domingo, 27 de marzo de 2011

BILL MURRAY


Para todos los fanáticos de Bill Murray, rescato este excelente artículo que, con motivo de la aparición de Broken Flowers (2006), escribió el novelista y ensayista argentino Rodrigo Fresán. Fresán analiza la trayectoria fílmica de Bill Murray, desde su recentísimo papel en Broken Flowers de Jim Jarmush, hasta sus orígenes, pasando por sus mejores películas, y sin renunciar a sus tropiezos. Para Fresán, Murray pertenece a la saga de los raros y alternativos, los actores siempre fieles a sí mismos, como Buster Keaton y Marlon Brando.


BILL MURRAY, EL HOMBRE INVISIBLE. En Broken Flowers —el nuevo y excelente film de Jim Jarmusch, ganador del Grand Prix en el último Festival de Cannes— Bill Murray vuelve a hacer lo que mejor hace: desaparecer para así ser más visible que ningún otro. Personas ni buenas ni malas pero, invariablemente, excelentes personajes. Broken Flowers prolonga la buena racha iniciada con Rushmore, The Royal Tenenbaums, Lost in Translation y The Life Aquatic. Me explico: un método actoral donde mucho menos es mucho más y cada mínimo gesto cuenta y "lo cómico" no está reñido en absoluto —sino todo lo contrario— con "lo trágico". Cuerpo normal y cara de nada (el rostro de Murray casi como una pantalla donde proyectar nuestro propio rostro) y allá vamos. Porque las películas con Bill Murray son, siempre, películas de Bill Murray. Y está bien que así sean y que así sea. VER. Como el mismo Bill Murray explica en una entrevista incluida en el DVD de Rushmore —la pequeña gran película que lo elevó a esas alturas de las que ahora disfruta— lo suyo es: "llevar el control de mi carrera; escoger guiones buenos sin preocuparme demasiado si lo que me tocará es un protagónico o un secundario; y disfrutar de este gratificante equívoco en el que parezco haberme convertido, en una suerte de actor fetiche para los mejores directores jóvenes que, además, se ponen a escribir guiones pensando nada más que en mí... Digamos que tuve la suerte de ser loco al principio y cuerdo al final; no conviene empezar como cuerdo y terminar loco". Y Bill Murray sabe de lo que habla. No es fácil ver a Bill Murray. Bill Murray ha hecho demasiadas películas malísimas; unas cuantas películas aceptables redimidas por su presencia (pensar en Ghostbusters) y es especialista en secundarios de esos que se roban la función; como sucede en Tootsie, en What About Bob?, en Ed Wood, en The Craddle Will Rock, en Money and Cigarettes y en The Royal Tenenbaums. La crema de la crema de Bill Murray son, apenas, seis películas y una rareza tan rara que merece comentarse. La rareza es la versión de The Razor's Edge que protagonizó y produjo Bill Murray en 1984. Decisión extraña luego de la adoración popular conseguida en Ghostbusters: elegir el papel del héroe de un clásico de Somerset Maugham —que ya había sido inmortalizado por el galante Tyrone Power— y convertirse en un emigré iluminado en París y en el Tíbet. La película fue un fracaso de proporciones épicas, Bill Murray se deprimió y dejó todo por un tiempo y, sí, se fue a París. Y las seis obras maestras son: Groundhog Day: Indiscutible clásico de 1993 que parece escrito en colaboración por Franz Capra y Frank Kafka. O algo así. Cumbre de la comedia "física" y frenética del por lo general "químico" y apacible Bill Murray —es la película en la que más se acerca a las proezas hipercinéticas de Steve Martin en All of Me o Tom Hanks en Big— combinada con una extraña profundidad místico-filosófica en la que el frenesí slapstick aparece apoyado, siempre, en una sabiduría agridulce y cínica como sólo puede ser la de Bill Murray. Aquí, el periodista televisivo Phil Connors, atrapado en un loop espacio temporal —el provinciano Día de la Marmota— sólo descubre que "ser bueno" puede ser la solución a su problema recién al final de la película. No es raro que Groundhog Day sea una de las películas favoritas de discípulos de Wittgenstein y de budistas de fuste. Hay más auténtico y puro zen aquí que en todos esos delirios matrix-samurais de los efectistas últimos tiempos. Mad Dog and Glory: Bill Murray protagoniza junto a Robert De Niro este guión del novelista Richard Price. Un gángster que sólo sueña en triunfar como stand-up comedian (un intimidante Murr) se enfrenta a un policía forense, apacible y opaco (De Niro), para decidir a cuál de ellos es dueño del corazón o del cuerpo de Uma Thurman. Sórdida y tierna —aunque esto parezca imposible— al mismo tiempo. Rushmore: Magnífica variación salingeriana girando alrededor de Herman Blume, un magnate melancólico (Bill Murray), cuya vida cambia al conocer a Max Fischer, un estudiante adicto a su escuela (Jason Schwartzman). Evidencia incontestable de que una art movie puede ser "linda" y una de las cumbres actorales de Bill Murray, quien puso 25,000 dólares de su bolsillo para que Anderson pudiese filmar una escena nueva para la que los estudios Disney no querían agregar dinero. La película desborda de Momentos-Murray, pero hay un instante mágico y que quedará para la Historia: aquella breve escena con villancico de música de fondo en la que Blume conoce al padre de Fischer, un peluquero magistral y sensiblemente actuado por el cassavetiano Seymour Cassell. Como somos muchos lo que pensamos lo mismo, cito aquí lo que en su momento escribió el crítico Anthony Lane en The New Yorker: "Max —avergonzado por su origen humilde— siempre le ha dicho a sus compañeros adinerados que su padre es un neurocirujano, y no es sino hasta casi el final de Rushmore cuando Blume descubre la verdad. Max le presenta a su padre peluquero: 'Mi padre', dice. Y si quieren elegir una sola toma entre todas las películas de este año, quédense con la mirada en los ojos de Bill Murray mientras le estrecha la mano al padre de Max: desconcierto, incredulidad, una pizca de indignación, la calma velocidad de la verdad y, al final, la perfecta gentileza del sentirse emocionado. Todo el asunto demora unos cuatro segundos: esto es lo que se conoce como actuar. The Life Aquatic: Su maravillosa tercera película junto a Wes Anderson donde Murray es Steve Zissou: una tierna y amoral mezcla de Jacques Costeau, Capitán Haddock y Ahab. Un delirio casi psicotrónico pero con alma protagonizado por un Bill Murray cada vez más impasible y, al mismo tiempo, sensible. El tema aquí vuelve a ser —como en todo el cine de Anderson— la búsqueda de la familia ideal, el padre como fantasma vivo, la tristeza de saberse diferente y mejor en un mundo peor e inocurrente. Y aquí están dos momentos perfectos e inequívocamente murrayanos: la escena del motín (cuando Zissou pregunta: "¿Pero es que ya no les caigo bien?") y, cerca del final, el llanto desconsolado y epifánico frente al absurdo y hermoso tiburón jaguar o lo que sea. Broken Flowers: Versión indie y desencantada pero sensible de A Letter to Three Wives (1949) de Joseph L. Mankiewicz. Aquí Bill Murray es Don Johnston quien, a su vez, es Bill Murray, claro. Un hombre que hizo buen dinero en el negocio de las computadoras y ahora —retirado y abandonado por su novia Sherry (Julie Delpy)— recibe una carta sin firma que pone todo en movimiento. En la carta, una novia que no se identifica, le hace saber que es padre de un hijo de diecinueve años que ha huido de casa para conocer a su padre. Así que Murray —con la ayuda de un vecino con ínfulas detectivescas— parte en un periplo sentimental en busca de sus ex amantes. Y así reconoce a Laura (Sharon Stone), Dora (Frances Conroy), Carmen (Jessica Lange) y Penny (Tilda Swinton). Casi nada. Y pocas veces todas y cada una de ellas han estado tan formidables. Y ya lo dije: Murray es, al principio de Broken Flowers, un jarrón vacío. A la altura del The End, somos nosotros quienes lo hemos llenado hasta los bordes. Si todo va bien, si hay justicia en este mundo, el próximo marzo le devolverán el Oscar que le robó Sean Penn. Y, claro, recuerden, la inolvidable Lost in Translation. MIRAR. Lost in Translation puede entenderse como una curiosa mezcla del Brief Encounter de David Lean, del Last Tango in Paris de Bernardo Bertolucci, y del Before Sunrise de Richard Linklater. La melancolía adúltera de la primera, el angst extranjero de la segunda, la felicidad intensa pero breve de la tercera. Todas fundiéndose en algo que no es una película de amor sino —como las citadas más arriba, como también lo son Singin' in the Rain, The Graduate, Melody o Manhattan— es una película sobre enamorarse. Una película que —sin que le cueste esfuerzo alguno— nos obliga a enamorarnos del modo en que Bill Murray se enamora en Lost in Translation. Y es una película de y con y para Bill Murray si alguna vez la hubo. Es una película donde Bill Murray muestra y demuestra —a todos aquellos que siempre lo consideraron un eficaz y diferente cómico surgido de la troupe del teatro Second City y de los gags televisivos de Saturday Night Live— que es también alguien dotado de esa gravitas natural de raros y alternativos como Buster Keaton o James Stewart o Peter O'Toole o Marlon Brando o Johnny Depp: gente que actúa, sí. Pero no son exactamente actores; porque se dedican a hacer de ellos, de esa parte de ellos que está en todos nosotros. Consumados maximinimalistas imposibles de traducir que saben que no se trata de aquello de "menos es más" sino de que lo justo, lo exacto, es lo más. Artistas que se dedican a lo suyo y a lo nuestro. Y Bill Murray —nacido en 1950, quinto de nueve hermanos, expulsado de los Boy Scouts, alguna vez preso por contrabando de marihuana— es, finalmente, como ya se dijo, la mirada de Bill Murray. Uno de esos tipos que actúan más con los ojos que con el cuerpo. El modo en que Herman Blume mira a Max Fischer cuando este le revela su estrategia existencial, su credo filosófico: "El secreto está en encontrar algo que amas hacer y entonces hacerlo por el resto de tu vida". El modo en que el desencantado Bob Harris —de paso por Tokyo para filmar un comercial de whisky— mira a la deliciosa Charlotte (la actriz Scarlett Johansson) mientras le canta una canción con modales de karaoke. Una mirada hecha canción cuando Murray le canta y la mira y se enamora de ella y descubre que, tal vez, la vida vale la pena después de todo. Una tan absurda como desgarrada interpretación de More Than This que a partir de ahora —del mismo modo en que As Times Goes By es patrimonio de Bogart desde Casablanca —pertenecerá sólo a Lost in Translation, a Bill Murray. "Más que esto... Ya sabes, no hay nada", canta allí Bill Murray, acaso explicando el intransferible secreto de su Método, mientras mira, la mira y nos mira. Y Bill Murray no miente, y no se equivoca, y tiene razón. -

sábado, 19 de marzo de 2011

LA CALLE CIRCULAR




LA CALLE CIRCULAR
Vació la copa de whisky, pagó y salió del lugar. La noche tenía el irresistible color metálico de antes de una nevada, límpida y tranquila. Podía ir directamente a la cita o perder un rato más el tiempo en otro bar. El anterior le había parecido asqueroso. Pensó que en aquella zona no era difícil encontrar un buen bar que sirvieran tragos decentes. Dinero no le faltaba. Tenía una hora antes de la cita. Caminó por un callejón que cortaba la avenida principal y daba directamente a la calle bohemia de la ciudad. Una calle circular con bares de todo tipo, algunos decididamente ridículos. Eligió un bar donde anunciaban un cuarteto francés que tocaba clásicos del jazz. Escuchó que los músicos sostenían un duelo algo inverosímil con Charlie Parker. Un mesero escuálido le ofreció bebidas y, justo cuando se iba, cocaína. Barata y de buena calidad. Pidió un whisky on the rocks y veinte dólares de polvo. El mesero le indicó un pequeño cubículo dentro de los sanitarios exclusivos para poder inhalar sin preocupaciones. Dio un largo trago a su whisky y se dirigió a los baños. El cubículo era reducido pero cabía perfectamente. Abrió la bolsita del polvo y lo esparció por un taburete que mostraba signos de uso constante. Inhaló una, dos, tres veces. Era de buena calidad. El polvo resbaló por su garganta, causando una sensación de frescura que se apuró a continuar con un cigarro. Regresó a su mesa. El cuarteto francés se introducía, no sin problemas, en una interpretación simplona de Miles Davis. El mesero regresó y preguntó si todo estaba bien. Todo estaba bien. Otro whisky, mejor un gin tonic. Y veinte dólares más. El mesero recibió el dinero, lo guardó en su camisa y entregó la bolsa con el polvo. Apuró su gin tonic, pagó y salió del lugar. Los primeros copos de nieve se deslizaban por los automóviles estacionados en esa calle circular, ridículamente circular. Otro bar anunciaba la dulzona voz de Nina Coccini, soprano italiana. Entró al bar. Unos tipos hablaban sobre resultados deportivos; inhalaban coca, por su puesto. Una pareja estaba enfrascada en una discusión sobre la tesis de Theodor Adorno sobre la imposibilidad de escribir poesía después de los campos de exterminio. La soprano –que no era soprano, como pudo comprobar, sino mezzosoprano, o sería mejor decir una mujer atractiva con una voz delgada que llegaba a los tonales de una mezzo, pero nada más- cantaba sin dificultad una melosa canción de Billie Hollyday. Pidió un gin tonic. La mesera lo atendió en seguida. La pareja enfrascada con Adorno cambió de tema: un salto temático los instaló, de improviso, en las elecciones presidenciales. Sacó la coca e inhaló rápidamente. Nuevamente la frescura en su garganta y el cigarro como expansor de ese placer. Pensó en la cita. Ya había transcurrido más de una hora desde que entró al primer bar. Pagó. Al despedirse, vio la silueta de la cantante difuminarse tras un cortinero de satín. En la calle, la nevada era inminente. Autos, árboles, techos se encontraban cubiertos por una capa blancuzca que hacía imposible la visibilidad más allá de las narices. El restaurant estaba a cinco minutos de la calle circular. Se cerró el abrigo hasta la garganta, ladeó su sombrero para evitar que la nieve le cayera en el rostro. Avanzó las cinco calles hasta el restaurant. La calidez del lugar lo reconfortó. Pidió un té y una cajetilla de cigarros. La gente entraba al restaurant escapando de la nevada. Una banda amenizaba el lugar con un blues irreconocible, dando al restaurant ese toque de extraña confidencia que se requiere en esos lugares. Apuró su té, miró su reloj: ya ha pasado más de media hora desde que llegó al restaurant; ha bebido dos tés, fumado tres cigarros y observado la ejecución rudimentaria de dos piezas de Dickie Gillespie, nada conforme, dedos inseguros que resbalan por la música como si no supieran que el sax es una zorra que se humedece cuando unos dedos tocan su epidermis y uno a uno esos dedos la penetran. Pone atención en los dedos de una mujer atractiva que cena un platillo exótico servido con cinco cubiertos de cada lado. La acompaña un tipo calvo y circunspecto que bebe y fuma sin parar. Hablan muy poco, se miran, él ronronea algo intraducible, ella escucha, gesticula, mastica con parsimonia diez veces antes de tragar, se moja los labios con pequeñas dosis de vino blanco, y de vez en cuando tararea la pieza que la banda ejecuta ranciamente. Se disculpó a sí mismo por escuchar lo que dicen los vecinos de mesa. No es algo que haga por lo común, pero es que la espera ya ha sido demasiada. Pagó y salió del restaurant. En la calle, la nevada amenaza con devorarlo todo.

domingo, 13 de marzo de 2011

LA NUBE DE HUMO


Hace unos días vi la excelente película de Julian Schnabel basada en la vida turbulenta de Jean Michel Basquiat, el enfant terrible de la pintura afrocaribenorteamericana de los 80. El arte de Basquiat es perturbador, y más si lo entendemos en el contexto de los decadentes años 80, con todo y su mal gusto. Pero Basquiat triunfó en un mercado cada vez más anodino, con talento y pasión. No creo que Basquiat haya sido un gran artista. Sí creo que su obra no fue entendida en su momento, y ahora, con toda la apertura artística que hay, está sobrevalorada. Vi la película y vi algunos cuadros de Basquiat y después me dieron ganas de escribir algo al respecto. Pero no sobre el arte, sino sobre el jazz, un mundo que Basquiat conocía muy bien. Por algo se declaraba fanático de Miles Davis.


NINE BARBOSA O LA NUBE DE HUMO
En diciembre de 1957, Joshua Nine Barbosa, legendario jazzman de Nueva York, llegó a la Ciudad México para entrevistarse con otro personaje no menos legendario: el escritor Travis Templeton. Un vuelo con una escala interminable en Dallas, algo accidentado por las condiciones climáticas, depositó al Lord of Jazz, como era conocido en el mundillo musical de Nueva York, en la apenas urbana Ciudad de México. En el aeropuerto lo esperaba el chofer de Templeton, que también fungía como secretario particular. El chofer tenía indicaciones precisas de llevar a Nine a un hotel del centro de la ciudad, lugar donde sería la reunión. Los motivos de esta reunión son oscuros. Se sabe que Templeton llevaba una buena temporada en la Ciudad de México luchando contra una larga adicción a la heroína, pero ésta había acrecentado debido a problemas matrimoniales con Sera, su mujer, y a la inactividad que lo llevaba a pasar horas enteras frente a su máquina portátil sin escribir una sola línea. No hay indicios que tanto Templeton como Nine se hayan conocido personalmente. Sin embargo, la posibilidad está latente. Nine llevaba dos años sobrio luego de un derrame cerebral que la había dejado secuelas visibles –la boca algo fruncida, cierta inmovilidad en su brazo izquierdo. Pero ni con eso había perdido el toque: seguía tocando el saxofón con la misma fuerza demoníaca capaz de levantar a un muerto. El club Bonnie’s, en Broadway, se llenaba tres veces por semana para ver a Nine, que había recibido su apodo porque sólo tenía nueve dedos.
El automóvil salió del aeropuerto de Ciudad de México alrededor de las siete de la noche y nunca llegó a su destino. Un mes después encontraron el automóvil Ford Packard modelo 1949 –perteneciente a Martínez Renta de Autos- en un lote baldío de la ciudad de Monterrey, a mil kilómetros de Ciudad de México. De Nine y el chofer no se sabía nada. En el guardaequipaje encontraron un abrigo de casimir y una novela de Scott Fitzgerald. Horas más tarde, los detectives supieron que tanto el abrigo como la novela pertenecían a Templeton. Desde un principio no habían desechado la posibilidad que Templeton estuviera involucrado en las dos desapariciones. Necesitaban encontrar el móvil, el modus operandi de Templeton, una causa oculta que brotara a la luz y podían atraparlo.
La declaración de Templeton fue parca y repetitiva. Pidió un traductor, alegando poco dominio del español. Sin embargo, en el transcurso de la declaratoria fue mezclando su inglés bostoniano con el español que, para sorpresa del Agente del Ministerio Público y demás presentes, era excelente, incluso mucho mejor que el de varios asistentes, incluido, claro, el traductor.
La historia que contó Templeton es ambigua, y, tal vez por ello, interesante. Templeton era un excelente narrador, eso es innegable. Para beneficio de este relato, es necesario reproducir o intentar reproducir lo que Travis Templeton dijo días después de la desaparición de Nine Barbosa y el chofer.
Según Templeton, la primera llamada de Nine Barbosa la recibió a mediados de septiembre. Cómo consiguió su número telefónico en Ciudad de México, lo ignoraba. Templeton había guardado con celo datos sobre su paradero, muy pocos sabían que estaba en México, algún hermano de Sera y el editor del novelista. Se presentó muy formal, dijo que admiraba sus libros –dijo, “me encantó como pocas su anterior novela, Demencia”- y que tenía un proyecto que, estaba seguro, sería de su total interés. Templeton afirmó que en ese momento estaba drogado, que había consumido pequeñas dosis de morfina, por prescripción médica, para paliar su adicción a la heroína, y por esa razón no prestó mucha atención a las palabras de Nine. Nine colgó. Un error, afirma Templeton, el no haber prestado la atención necesaria a Nine. Sintió que el músico lo había tomado de mala manera y no volvería a llamar. Templeton admiraba sobremanera la obra de Nine Barbosa, e incluso alguna vez había entrado en el Bonnie’s para poder apreciar sus famosísimos y titánicos solos. Claro que en la oscuridad del club todo era confuso. Templeton puso especial atención en cómo Nine manipulaba el saxofón con nueve dedos: sus manos se movían de manera cadenciosa, convirtiendo lo grotesco en arte y lo artístico en sutileza. Muchos afirmaban que con diez dedos Nine no habría pasado de ser un músico del montón y no el Maestro que es hoy día. Suposiciones. Joshua Nine Barbosa desapareció una tarde de diciembre de 1957 y las notas de su música dejaron de sonar.
Templeton tuvo noticias de Nine una semana después. En esa ocasión contestó Sera. Hablaba para invitarlo a un “proyecto”. Al preguntarle Templeton de qué se trataba, Nine sólo respondió que pronto lo sabría. Templeton insistió y recibió la misma respuesta. Colgó. Un excéntrico fastidiando a otro excéntrico, pensó en ese momento. De cualquier forma la idea de trabajar con Nine le atraía. Era una buena excusa para obligar a Sera a dejar México – se había encariñado tanto con el país que más de una vez había sugerido el comprar una casa en Cuernavaca y adoptar un niño indígena; ella podría dedicarse a pintar y Templeton retomaría el camino, el silencio del campo lo aliviaría de sus males y tendría la estabilidad necesaria para poder escribir- y regresar a Nueva York. Templeton afirmó que extrañaba Nueva York. Extrañaba el idioma, las calles, el aire turbio de Brooklyn –donde tenía un departamento- y las constantes borracheras con los poetas del círculo Action. En una pequeña digresión, Templeton mencionó que quince días antes de la primera llamada de Nine, Ishmael Blausch, el gran poeta de la Tríada de Sangre, lo había visitado en su departamento de la calle Amberes. El editor de Templeton, no pudiendo negarse a la expresa petición del laureado poeta (quien, junto con Templeton y Casiari, formaba la tríada de autores indispensables para las letras norteamericanas y, además, eran éxito de ventas por donde se mirase), le había dado la dirección y una larga nota donde lamentaba esa leve traición a su confianza. Cosas de editores. Blausch pasó seis días en México y juntos se emborracharon en bares de mala muerte y convivieron con los pocos escritores que notaron la presencia de ambos.
Pasaron semanas y Nine Barbosa no llamaba. Templeton creyó que se había tratado de una broma de mal gusto, o, peor aún, de una alucinación. La llamada de Barbosa le confirmó que estaba equivocado. El “proyecto” era en serio, pero al preguntar –nuevamente- sobre el mismo, recibió la misma respuesta. “Necesitamos vernos”, dijo Barbosa, “para afinar detalles”. Con la excitación del misterio, Templeton aceptó, no sería él quien desairara al Lord of jazz. Le dio su dirección en México, y Nine afirmó que llegaría en unos días. “Una mujer, desconozco quién, avisó aproximadamente cinco horas después, en una llamada escueta, que Nine llagaría a Ciudad de México en la tarde del día siguiente. Sólo pude decirle que mi chofer estaría esperándolo. Después de eso, no volví a saber de él”, dijo Templeton, finalizando su declaración.
La declaración de Templeton no ayudó mucho con la investigación, más si tomamos en cuenta que mencionó nombres y situaciones desconocidas para los agentes mexicanos. Estaba muy reciente el accidente en el que William Burroughs había disparado a su esposa haciéndose pasar por William Tell, y la cancillería americana pidió que el proceso se llevara con mucha discreción. Templeton no pudo decir nada más. Los agentes mexicanos descubrieron que efectivamente en la cuenta telefónica de Templeton aparecían tres llamadas procedentes de Nueva York en un intervalo de tiempo similar al que había mencionado Templeton en su declaración. A pesar de los esfuerzos del abogado de Templeton, éste no podía abandonar el país hasta que la investigación concluyera. Una apelación, y la falta de pruebas que lo inculparan, permitieron que Templeton abandonara México. Regresó a Nueva York en medio del escándalo y sin haber escrito una sola línea publicable en más de dos años.
A mediados de marzo el caso dio un giro inesperado. Un turista inglés declaró en su país, luego de un viaje a México, que había visto (y platicado) con Nine en un bar de Ciudad de México. Por supuesto, nadie le creyó. El gobierno mexicano hizo una petición formal para que el turista inglés viajara a México a declarar, pero el gobierno inglés la rechazó. Poco después, el turista inglés declaró a otro periódico que efectivamente había convivido con Nine, o con una persona muy parecida a Nine que se hacía pasar por él. Y dio datos precisos de la ubicación de bar. Los detectives mexicanos a cargo del caso, se entrevistaron con el dueño del bar pero no pudieron obtener nada concreto: era común que muchos turistas llenaran el bar y no pudo precisar si Nine había estado alguna vez ahí.
El caso se fue apagando. En Estados Unidos, la desaparición de Nine se fue convirtiendo en una verdadera leyenda. Varios directores de cine viajaron a México para hacer el recorrido que hiciera Nine con el fin de hacer una película. Hubo conciertos, semanas culturales, juegos florales en su nombre. La Junta Municipal de Green River, Alabama, lugar de nacimiento de Nine, le convirtió en Hijo Predilecto, y en todo el estado la figura de Nine se convirtió en referencia obligada de la más alta expresión de negritud. Se reeditaron sus discos, y su familia ganó una fortuna. Incluso Templeton, cuando vio que podría sacar provecho del vendaval, escribió un largo artículo para The New Yorker en donde revelaba que había tenido otra conversación con Nine diez días antes de su desaparición en donde éste le explicó el motivo del “proyecto”: pensaba escribir una pieza ambientada en la Guerra Civil para ser representada en Broadway, y necesitaba de un guión expresamente escrito por Templeton para lograrlo. Templeton dio algunas entrevistas al respecto, e incluso escribió una novela de cierto éxito en donde narraba toda su estadía en México y terminaba con la misteriosa llamada de la mujer que le anunció que Nine llegaría por la tarde. Años después, él mismo terminó por desmentir la conversación y pidió disculpas “en memoria de ese gran hombre que contribuyó a que el jazz fuera considerado como una bella arte”.
El paradero de Templeton nunca fue aclarado del todo. Durante años salieron a la luz personajes que aseguraban haberlo visto en algún lado. En 1979, Richard Seris dirigió The artist lost, una semblanza de la vida de Nine hasta su desaparición en Ciudad de México, y con Sidney Poitier haciendo una memorable interpretación de Nine. La película fue grabada en algunos locales famosos del Greenwich Village. Cuentan que durante el rodaje, un joven con un enorme peinado afro, que trabajaba para el iluminador del local, se acercó a Seris y le preguntó si alguna vez sabríamos que fue del famoso jazzman. Seris, aturdido por la grabación, no prestó atención al joven pero le dijo que necesitaba un tipo negro que tuviera pinta de drogadicto para algunas escenas. El joven aceptó. Esa fue la primera aparición en cámara de Jean Michel Basquiat.
En 1988, cuando el affaire Nine se encontraba estancado, la revista argentina Tiempo musical publicó un artículo donde un conocido crítico de música aseguraba que Nine había tocado en un bar rioplatense durante el invierno argentino de 1986. El crítico mencionó que este jazzista tenía la peculiaridad de sólo tener nueve dedos y era un verdadero genio. Algunas revistas musicales de Estados Unidos enviaron a reporteros a verificar la nota pero el gobierno había clausurado el lugar por cuestiones de sanidad. Los rastros de Nine llevaron a los reporteros a Adrogué, Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Sao Paulo. El crítico fue despedido de la revista, y poco después se suicidó.
Todo estuvo en calma durante años. En 1999, cuando Nine cumpliría ochenta años, un primo envió a John Salvaterre, crítico de jazz de la prestigiosa Jazz’s World, publicada en Boston, un sobre con algunos casets que contenían, sorprendentemente, algunas grabaciones inéditas de Nine Barbosa. Eran diez piezas majestuosas al puro estilo de Nine, ese estilo particular que lo había encumbrado en los años cincuenta. El sobre tenía un largo recorrido. Resulta que había sido enviado desde cabo San Lucas, México a Salvaterre en 1989, cuando éste todavía trabajaba para una revista de Nueva York. En el trayecto, y al no confirmar la dirección correcta, la oficina postal de Nueva York nunca entregó el sobre y éste estuvo almacenado durante diez años entre un montón interminable de objetos perdidos o nunca entregados. Michael Salvaterre, primo de John, había sido relegado de su puesto de Almacenista en Jefe de la Oficina Postal de Nueva York, y se encontraba haciendo labores de limpieza en una bodega donde guardaban todo aquello extraviado, y un una caja de sobres y cartas de otros países encontró un sobre dirigido a su primo. Lo entregó a su primo a cambio de mil dólares que John pagó sin decir palabra. Salvaterre, con una agitación infantil, escuchó la cinta más de cinco veces hasta comprobar que en verdad cabría la posibilidad que fueran de Nine. Confesó su hallazgo a Robert Milney, el crítico más influyente, y éste le ofreció cincuenta mil dólares por las cintas. Salvaterre rechazó la oferta. Dio a conocer las cintas en una entrevista al The New York Times. Los reporteros siguieron la dirección que Salvaterre dio en Cabo San Lucas, pero hacía años que la casa estaba deshabitada. Ningún vecino pudo dar opinión alguna de Nine. La historia del hallazgo de las cintas inéditas de Nine dio la vuelta al mundo. Seis meses después, Salvaterre vendió las cintas a una disquera en una cifra que escandalizó al mundo del jazz. Así, en 2000 se editó The long travel. Inedits Pieces of Joshua “Nine” Barbosa. El disco contenía la música remasterizada y un documental sobre la historia del hallazgo de las Cintas, dirigido, nuevamente, por Richard Seris. La vida de Nine Barbosa fue una bola de humo. Escaparse, huir, viajar o tal vez permanecer en el mismo sitio haciendo creer a todos que era ubicuo. O morir en la ingenua Ciudad de México de los años cincuenta.