No hay mayor desilusión que la incapacidad de compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.



Richard Ford



viernes, 24 de junio de 2011

CUANDO HAYA LUGAR


Dio el primer jalón de coca del día. Su vista se nubló durante unos segundos y permaneció en silencio esperando que el efecto de la coca se propagara a todo su cuerpo. No había temblor como otras veces, ni ese leve zumbido que sentía bien clavado en el cerebro. Su respiración se hizo más pausada y las cuencas de los ojos orbitaron en todo su esplendor. Sacó su .45 de la pistolera, cortó cartucho y bajó de la Suburban. El día era caluroso, quizá el más caluroso en meses. Acomodó su texano mientras palpaba la frialdad de la .45 en su mano derecha; a lo lejos, vio la federal a Batalla de Zacatecas como una vía rápida de salida por si algo salía mal y se detuvo. Los carros se detenían continuamente y la fila, según pudo deducir, ya abarcaba varios kilómetros. Ni por asomo podría salir por la federal a Batalla de Zacatecas, internarse en ella sería un suicidio. Pensó en los daños colaterales, los muertos si se desataba una balacera. Los muertos valen madres, así es esto y así será. La polvadera vencía su intento de avanzar, haciendo que se detuviera para fijar la vista hacia adelante. Una ventisca arremolinó el polvo sobre él y su texano fue arrastrado hasta que lo perdió de vista. Pinche día, mero hoy se les ocurre mandarme para acá. Por unos segundos pudo avanzar sin que la polvadera volviera torpes sus movimientos y pudo divisar el local gris adornado con un foco rojizo en la entrada. Proibida la entrada a bendedores amvulantes y hombres armados y militares. Un niño gordo y mal peinado estaba sentado en una poltrona a pocos metros de la entrada de la cantina. Al verlo, el niño hizo el intento de pararse y entrar en la cantina, pero vio que el tipo que venía hacia él le apuntaba con una pistola enorme, la más grande que había visto. Se quedó quieto. Cerró los ojos hasta que sintió los pasos cerca de él y luego un crujido que lo volvió todo de un color marrón. Los niños no deberían estar en estos tugurios, qué putas de padres más desconsiderados. El viento balanceaba la media puerta de un lado para otro. Dentro, se escuchaba un corrido muy sonado y, dentro del corrido, risas, mentadas de madres, copeos, taconazos. Se puso la .45 en el pecho, la besó levemente, aspiró con fuerza el olor a grasa y pólvora. Ya estará. Abrió la puerta y su vista divisó y siguió rápidamente la humanidad de un tipo que bailaba pegadito con una dama de minifalda de mezclilla, levantó el arma y descargó un certero balazo que entró por la oreja del tipo y fue a estrellarse en la rocola; en una mesa contigua, dos tipos hicieron el intento de pararse pero la balas ya le habían perforado el pecho a uno y desbaratado el rostro al otro. Salió del lugar tal y como había entrado. La polvadera había disminuido y en medio de los matorrales vio que la Suburban era revisada por un grupo de niños famélicos; tiró un disparo al aire: los niños permanecieron en silencio, al lado de la Suburban hasta que vieron que el hombre les apuntaba, se revisaba la bolsa del pantalón, entraba a la camioneta y se alejaba dejando una estela de polvo que por fin los ahuyentó. I’m fine, I’m fine. All I need is Love, and a Cold beer. Se rió. Buscó entre la bolsa de su camisa el sobrecito de coca, esparció en poco el mano izquierda sin soltar el volante forrado de piel de víbora e inhaló la droga combinada con una gruesa capa de polvo. Los automóviles estacionados en la federal a Batalla de Zacatecas comenzaron a moverse rápidamente y el flujo se hizo intermitente pero permitió a la Suburban mezclarse entre los automóviles de todas las marcas y modelos aunque principalmente camionetas y trailers. Avanzó un kilómetro, tal vez dos. Puta madre, esos pendejos no dejan de componer este puto camino. Si yo fuera presidente municipal, si yo fuera el hijo de la chingada que. Los automóviles se detuvieron uno a uno hasta que tocó el turno de la Suburban. No apagó el motor. Encendió el estéreo: Rosita de olivo, blanca flor de azahar, me das un besito cuando haya lugar, cuando haya lugar me mandas decir. Soy hombrecito y te puedo cumplir… El calor era insoportable. Guardó la .45 (que llevaba en el asiento del copiloto) debajo de su asiento. Encendió el aire acondicionado: el aire frío cubrió su rostro. …y yo le contesto, con grande dolor, no lloro por nadie. Sólo por tu amor. Only for your love. Encendió un cigarro púrpura: el humo invadió la cabina de un olor rancio. Abrió la ventanilla polarizada para dejar escapar el humo y respirar aire fresco. Volteó la vista a la izquierda: desde una Ford Explorer una anciana lo miraba con curiosidad. Volvió la vista. Los automóviles se arremolinaban tras él, haciendo que la primera fila pareciera un valet parking. Es mejor, entre más me mezcle, menos me encontrarán. Cambió de modo compac disc a modo USB. Esto está mejor: The Pixies: Where’s my mind? With your feet on the air and your head on the ground Try this trick and spin it, yeah Your head will collapse But there's nothing in it and you'll ask yourself. La fila de autos, chicos, medianos y grandes alcanzaba ya una gran distancia. Se bajó de la Suburban y caminó hacia la lateral para ver en donde estaba el problema. “Esto no tiene para cuando ¿verdad?”, graznó la anciana desde su Explorer, “puedo ofrecerle un jugo, yo los fabrico y los voy a vender a El Refugio”. El tipo no contestó: volvió a la Suburban y subió los polarizados. A los pocos segundos tocaron la portezuela. Era la anciana. “Me parece que no escuchó, pero le voy a invitar un jugo de tuna que yo misma fabrico en mi rancho, ya verá que sabroso y la tuna es mejor que una cerveza bien fría para quitar la sed”. No estaría mal una cerveza y una rola de The Doors para bajarla. El tipo masculló un gracias, cerró la portezuela y subió el volumen del estéreo. La voz de Jim Morrison se estrelló contra los vidrios: Love me twice today. Apagó el estéreo, el aire acondicionado y el motor. Se dio otro jalón de coca y guardó la .45 en la espalda, entre las nalgas y el pantalón. Bajó de la Suburban ante la mirada seria pero benévola de la anciana, que con una complicidad (que el tipo se sacudió en seguida), le dijo: “Qué bueno que va a ver si ya termina este martirio, a mi camioneta no le funciona el aire acondicionado y aquí está peor que el infierno. Manténgame informada”. El tipo no la miró. Avanzó entre la fila de autos, cubriéndose el rostro para no cegarse por el brillo del sol que se reflejaba de lleno en el asfalto. Avanzó varios metros, no muchos, hasta toparse con un encargado de la obra que le informó que la espera no tardaría más de diez minutos: desde la parte frontal de la fila ya se escuchaban los motores encendidos, desplazándose lentamente todavía pero ofreciendo la esperanza de que las palabras del encargado no eran inventos sino que en verdad la cosa estaba solucionada. Varios metros adelante, entre la fila interminable de autos, seis hombres avanzaban hacia ellos con cuernos de chivo en mano. Los hombres se dispersaron formando dos líneas de tres hombres que avanzaban por cada carril. El encargado de obras corrió hacia la lateral, tirándose entre los matorrales. El tipo rodeó un trailer que estaba al lado y, encañonando con la .45 al conductor, se subió. Los hombres pasaron al lado del trailer sin mirar el interior. Se escucharon fuertes detonaciones durante un tiempo indeterminado. Luego, vieron correr a los hombres a través del llano y perderse entre los matorrales. El tipo se bajó del trailer, no sin antes advertir al trailero que se callara la boca sino quería recibir un plomazo. Caminó hacia la Suburban: la carretera estaba llena de casquillos dilatados por el sol. Miró hacia la Explorer: ésta también había recibido sendos disparos de cuerno de chivo. La vieja sólo estaba aquí por destino, ya le tocaba. Debajo de la Explorer vio un bulto muy parecido a la anciana. Se acercó. Le pereció ver que el bulto se movía. Lo último que vio en su vida fue la mano de la anciana disparando una pistola.

Andrés López.

sábado, 11 de junio de 2011

HABLAR DE FUTBOL

Hace unos días tuve una acalorada discusión con un amigo sobre fútbol que casi llega a los golpes. Descubrí lo intolerables que podemos ser cuando los argumentos ya no cuentan. Un cliché harto repetido: nunca hables de religión y política porque no llegarás a nada. Yo agregaría: nunca hables de fútbol cuando no estés dispuesto a defender tu camiseta hasta las últimas consecuencias. De cualquier forma, el incidente quedó ahí y mi amigo y yo decidimos que por el bien de los dos jamás hablaríamos del asunto. Publico, con el permiso de él, la causa del altercado: un divertimento muy vulgar que escribí en días donde no tenía nada que hacer y que atañe al equipo de sus amores: el América.


LAS ÁGUILAS DEL AMÉRICA O LA AMBICIÓN DESMEDIDA

El largo peregrinaje de las Águilas del América inició en febrero de 2013, luego de que el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, y varios ejecutivos de la empresa fueron detenidos en un rancho cercano a Cuernavaca, acusados de narcotráfico, tráfico de influencias, trata de blancas y travestismo. El Consejo Presidencial de Grupo Televisa, decidió vender varios activos de la empresa, incluidos el equipo Club América de Fútbol A.C. El Consejo recibió varias propuestas, incluso del extranjero, pero la que más impactó fue la del magnate de los suplementos alimenticios y dueño de las Chivas Rayadas de Guadalajara, Jorge Vergara, quien puso sobre la mesa un millón de dólares, que era lo que valía el América en ese tiempo. Vergara, acérrimo rival de Azcárraga, desbarató la plantilla, vendió parte de los bienes del equipo, y decidió cambiarle el nombre. A partir del 2014, el América pasó a llamarse las Gallinas Culecas de Coapa. Una de sus primeras intervenciones como dueño de las Gallinas Culecas, fue la del cambiar el escudo, quedando como un nopal entrando en el ano de una gallina a punto de poner un huevo. La segunda acción, con toda malicia que caracteriza a Vergara, fue la de desmantelar el estadio Azteca y reducirlo hasta el 20% de su capacidad. Los fanáticos de las Gallinas Culecas, en protesta por el desmantelamiento del estadio, hicieron una marcha que fue reprimida con toda la fuerza policial disponible, muriendo varios fanáticos y lesionando a varios más.

Debido a los incidentes con los fanáticos, la Federación Mexicana de Futbol desafilió a las Gallinas Culecas durante un periodo de seis meses, recuperando su membrecía en el clausura 2014. Durante este periodo de inactividad, Vergara reestructuró el equipo y, para darle más valor nominal, recuperó del retiro a jugadores insignia del antiguo América. A continuación se mencionan los nombres y motivos de los jugadores adquiridos por Vergara y que conformaron la plantilla de las Gallinas Culecas durante el clausura 2014.

1. Olaf Heredia. Heredia llevaba años sumido en el alcoholismo cuando Vergara le hizo la propuesta de retornar al futbol activo como portero del equipo de sus amores. Tras una charla llena de whisky, cocaína y putillas baratas, Olaf aceptó la oferta de Vergara con la condición de tener atrás de la portería un respirador artificial que pudiera usar cuando las acciones del juego lo permitieran. Desafortunadamente, Olaf Heredia sufrió un paro cardiorespiratorio en el juego de presentación de las Gallinas Culecas y el Barcelona de España. Murió siendo trasladado al hospital.

2. Roberto “Jamaicón” Villegas. El Jamaicón se retiró del futbol activo en 1986, y desde entonces se había dedicado al comercio familiar (una tlapalería) en su natal Jalisco. Vergara viajó a Lagos de Moreno y le ofreció un puesto titular en su equipo. Jamaicón aceptó con la condición de tener a su lado a su pareja, un muchachillo de quince años que dominaba muy bien el balón.

3. Eduardo Vacas. Cuando Vergara localizó a Vacas en una pulquería de los Reyes la Paz, jamás esperó que el eximio defensa del América reaccionaría de esa manera. Tras una breve charla, Vacas golpeó salvajemente a Vergara, gritándole de todo (mercader del futbol y comerciante de piernas fueron los gritos más escuchados) y arrancándole la mitad de la oreja de un mordisco. Los guaruras de Vergara, al percatarse, golpearon a Vacas brutalmente y le aplastaron el cráneo con una barrica de pulque, dejando el lugar lleno de masa encefálica y mierda procedente del fundillo de Vacas, que no aguantó los golpes y en el último momento se cagó. Vergara fue internado en una clínica y en tres días reapareció en público con la oreja reconstruida.

4. Raúl Rodrigo Lara. Después de trabajar para las fuerzas inferiores del antiguo América, Lara recayó en las drogas y el alcohol y estuvo internado en una granja para rehabilitarse. Al salir, Vergara lo visitó en una taquería de la Merced, donde Lara trabajaba. Lara escuchó la oferta de Vergara. Vergara le ofreció un puesto titular, un auto del año y pagar los cien mil pesos que Lara debía a un conocido narcomenudista de Tepito. En el juego debut, luego de recuperar un balón en medio campo y avanzar veinte metros con él, Lara cayó de bruces en el campo. En el SEMEFO determinaron que la cusa de la muerte había sido la ingesta combinada de cocaína, mezcal y, para sorpresa de todos, orines de gato.

5 y 6. José Damasceno “Tiba” y Alex “Gallo” García. Aunque nunca

jugó en el antiguo América, Tiba siempre declaró sentirse atraído por el club. Luego de retirarse en un equipo guatemalteco, Tiba viajó a Nicaragua y se incorporó como auxiliar técnico de Alex “Gallo” García, quien había tomado las riendas del Ajaz de Nicaragua. La relación laboral rebasó los límites permitidos y muy pronto se dieron cuenta que estaban enamorados. Vivieron una relación tormentosa, donde Tiba era el macho alfa y dominador y el Gallo García la sumisa e insaciable hembra guardiana. Cuando el dueño del Ajaz los encontró fornicando en un dormitorio del club, vio una escena grotesca: Tiba estaba vestido como leopardo de pies a cabeza y montaba y penetraba a un Gallo García vestido como conejito de playboy. Inmediatamente fueron suspendidos. Vergara los encontró en un tugurio de Ciudad Neza y les planteó la posibilidad de regresar el futbol. Tiba aceptó pero el Gallo rechazó la oferta. Diez días después, mientras viajaba en la línea B del Metro, Gallo García sufrió un ataque de diarrea que literalmente lo vació. El SIDA había acabado con su vida.

7. Enrique Borja. A sus casi sesenta años, Borja aceptó formar parte de las Gallinas Culecas con la condición de sólo jugar cinco minutos por partido. Un corazón atrofiado, dos trombosis, un glaucoma crónico y cinco diálisis fueron los argumentos de Borja para tal petición. Mientras se alistaba para irse al estadio, donde jugaría el partido inaugural, Borja sintió un fuerte dolor en el recto que lo hizo tirarse al piso y casi llorar. Inmediatamente fue trasladado a una clínica donde los médicos, asombrados, confirmaron una colitis fulminante. Actualmente, Enrique Borja utiliza una bolsa de plástico cada vez que va al baño, puesta a un costado del estómago.

8. Cuauhtémoc Blanco. Blanco hizo una fortuna haciendo comerciales estúpidos y actuando en telenovelas insulsas, cuando no como presentador de programas basura y comentarista de chismes y talk shows. Fue en uno de esos programas cuando un entrevistador le preguntó si formaría parte de las Gallinas Culecas, a lo que Blanco contestó que jamás, ni muerto, jugaría para ese equipo. Algún fanático despechado tomó muy en serio sus palabras porque una madrugada entró a su casa y, tras amarrarlo en su cama, sodomizarlo y rociarlo de diesel, le prendió fuego. Al fuego sólo sobrevivió su sonrisa de pendejo y las placas dentales que sobresalían en todo el lugar.

9. David Luna R. Este singular fanático de las Gallinas Culecas tendrá un lugar especial en la conformación de la nueva época del club. Maestro de oficio, David o Davus como lo conocerán para la posteridad, creció siendo fanático del antiguo América en su natal Cholula. Una vez recibido el grado de Doctor en Pedagogía por la Universidad de Harvard, Davus rechazó una oferta laboral en Cambridge para hacer sus pininos desde la trinchera de la educación rural. Así que se dirigió a la Sierra Negra de Tehuacán donde comenzó su apostolado magisterial al lado de insignes figuras magisteriales como Napoleón Gil, Jairo Cruz, Manuel Montiel y Antoine salas (con quien se relaciona Davus a los pocos meses de llegar a la Sierra y sostienen una relación que dura diez años). Cuando Vergara compra al equipo, Davus deja la Sierra y se traslada a la capital del país, desde donde comienza a integrarse a la porra de las Gallinas Culecas. Salas, al sentirse traicionado, lo sigue hasta allá y en medio de una discusión, Davus lo apuñala por atrás. Los gritos de Salas se escuchan por todo el vecindario. Detienen a Davus y lo encarcelan. Tres meses después sale de prisión y forma la Porra Unida de las Gallinas de Culecas de Coapa. Un año después, mientras se comía diez cemitas en un atascadero de Puebla, Davus es raptado por unos encapuchados. Su cuerpo apareció una semana después. A su lado, encontraron unos zapatos picuditos, una corbata morada y una chanclitas pie de gallo. Mostraba indicios de haber sido violado con un cautín.

10. Para muchos fue sorpresa que Jorge Vergara contratara a un completo desconocido para llevar las riendas de las Gallinas Culecas. Pero, si analizamos detalladamente este documento, encontraremos que muchas de las acciones de Vergara fueron realizadas más con la víscera que con el cerebro. Motivos inexplicables y reacciones irracionales, todo llevado de la mano del excéntrico Vergara con el único fin de terminar con el orgullo americanista, medrar su autoestima y propinar al equipo un knock-out del que, para mala fortuna de los aficionados que siguen creyendo en ese equipo mediocre, nunca se levantarán. Quizá fue por eso que Vergara contrató a Ezequiel Reyes como Director Técnico. Reyes no tenía ninguna formación futbolística y su único roce con el balón había sido en su paso por la educación pública del país. De formación maestro, Reyes prefería las prebendas magisteriales y su jugoso sueldo como docente (conseguido gracias a triquiñuelas y compadrazgos) que dedicarse a dirigir un equipo de primera división. Sin embargo, Reyes tenía un sueño frustrado: ser futbolista. En su adolescencia, las películas de El Chanfle y los comics de Pirulete, el astro del futbol le habían dado la oportunidad de soñar en que algún día sería futbolista. No fue así: su auténtica incapacidad para golpear el balón le hicieron desistir de dicha empresa. Vergara lo conoció en una fiesta que ofreció Allchatarra, su empresa de suplementos alimenticios, en Puebla para celebrar a los mejores vendedores de la región. La mujer de Reyes era una gran vendedora de estos productos que la gente seguía consumiendo aun con las advertencias que entre las sustancias activas estaban el DDT y el ácido lisérgico. Entre los dos hubo un flechazo. Vergara se enamoró perdidamente de Reyes al grado de invitarlo a su penthouse esa misma noche. Aunque Reyes resistió el cortejo de Vergara, una semana después viajó en su avión privado. Se dice que en el avión unos negros somalíes satisficieron las necesidades carnales de los dos con miembros de treinta centrímetros. Al finalizar, exhaustos, Vergara le propuso que fuera el nuevo DT de las Gallinas Culecas de Coapa.



viernes, 10 de junio de 2011

TIGRES DEL NORTE AND FRIENDS



El Unplugged que los Tigres del Norte se avientan para MTV es sencillamente sorprendente. Uno esperaría la clase de tributos rascuaches que pierden sentido cuando los intérpretes están más enfocados en preservar la esencia del grupo que aportar algo más a la interpretación. Para quienes somos fanáticos de este grupo norteño que lleva más de cuarenta años rolando, las interpretaciones de Zack de la Rocha, Andrés Calamaro, Juanes, Calle 13 y demás invitados son bocanada de aire fresco a un año musicalmente malo. La interpretación que hace Calamaro de "La mesa del rincón" con ese toque de tango inicial es genial; Zack de la Rocha aprovocha el momento y nos recuerda que si bien este geniecillo polítologo y vocalista de Rage Against the Machine nació en los Estados Unidos, tiene muy presentes sus raíces mexicanas y nos canta "Somos más americanos"; Juanes le da su toque caribeño a "La Jaula de oro"; y hasta Paulina Rubio canta, melosa, "Golpes en el corazón". Un disco muy bueno que vale la pena escuchar completito, aun cuando esté incluida Paulina Rubio.

jueves, 9 de junio de 2011

CUATRO HISTORIAS (IV)


CUATRO HISTORIAS (IV)

Somos un bípedo capaz de un sadismo indescriptible. Nuestra inclinación a la matanza, a la superstición, al materialismo y al egotismo carnívoro apenas ha cambiado durante la breve historia de nuestra residencia en la tierra.

George Steiner.

El periodo más fuerte de mi depresión duró alrededor de tres meses. Tres meses infernales, aunque cuando una está deprimida el tiempo pasa volando que apenas si puedes respirar. Yo no pensaba en mi depresión cuando estaba deprimida. Pensaba en morirme. Colgarme de una viga imaginaria que atravesara mi departamento y dejarme caer con una soga atada previamente a mi cuello. Oír el chasquido de mi cuello cuando se desprendiera de mi espina dorsal. Ir a la farmacia y surtirme de una buena vez de una cantidad considerable de ansiolíticos que para cuando quisiera reaccionar mi mente estaría en ese espacio indefinido llamado limbo. Soñaba con tener el cañón de una escopeta bien metido en mi garganta y apretar el gatillo y escuchar cómo mi cráneo se abre y la masa encefálica embarra el cielorraso azulado. Tener una navaja afilada y cercenar mis muñecas con paciencia de cirujana; beber la sangre que resbala por mis piernas y mancha mi bata CH y sigue su recorrido hacia la coladera del baño, no sin antes manchar mis pantuflas bávaras y echar a perder mi pedicure L’affaire. Intentar de todo, como en esa película de Bill Murray donde debido a un Warm Hole (me gustaría que fuera un Warm Hole, aunque en vedad no sé si lo es) el tiempo se repite y se repite hasta que el pobre personaje que hace Murray se da cuenta que está atrapado en un eterno retorno nietzscheano y decide matarse, utilizando el pretexto de robar a la mascota del pueblo (un bonachón y regordete castor) y conducir a toda velocidad hasta llegar a un desfiladero donde Murray cae junto con el castor, para después despertarse y encontrarse en el mismo sitio, y seguir así, repitiéndose, tirarse en la bañera y dejar caer un tostador, y seguir así: colgarse, y seguir así: aprovechar no la muerte sino la vida para conquistar a la mujer amada.

Nadie me visitó durante esos tres meses. Hilaria, la doméstica, se marchó al primer mes. Dijo que no podía ver cómo me iba consumiendo poco a poco. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarme y tirar a la basura a Pershing, el gato, luego de que el olor a pudrición hizo insoportable el departamento. Lo descubrí atrapado en una redecilla que servía para colocar la ropa sucia en el cuarto de planchado. Debió sufrir. Igual que yo. Apenas si comí durante ese tiempo. Bebía agua directo del grifo y sólo bajaba a la cocina para ingerir pequeñas cantidades de pan integral. Una vez salí a la calle a comprar provisiones pero fue todo. Pasé semanas sin bañarme. Todo el departamento olía a mierda –mi propia mierda depositada entre las sábanas y la alfombra- y a meados y a suciedad. Y hubiera muerto de no ser por Emilia Peñasco y Toño Cantú. Pero no hablaré de ellos.

jueves, 19 de mayo de 2011

DIÁLOGO DE 1994



DIÁLOGO DE 1994
La noticia se propagó por toda la escuela como una bomba. Muerto. ¿Quién? Quién ha de ser: el mismo. ¿Por qué? Eso sí no lo sé, no me han dado más detalles. ¿Cuándo? En la madrugada de ayer, dicen que andaba bien pasado, llevaba cuatro días encerrado metiéndose mierda y media. ¿Y los otros? ¿Quiénes? Sus amigos, el dientón y el que tiene apellido ruso. No es ruso es polaco. Da lo mismo: todos hablan ruso. Ese no, ese es más gringo que Mickey Mouse. Andaban en mira de México, pero aquí no hay público para esos adelantos, estamos muy jodidos. Pues con su muerte dudo que se haga. Conozco a una chava de natación que fue a un concierto que dieron en California el año pasado. Órale. Sí, su papá le pagó el viaje. Avión, hotel y toda la cosa. Ha de ser chido tener papás que te cumplan esos lujitos. ¿Y quién es la chava? Recuerdo, recuerdo, a ver, pues no recuerdo, la verdad es que hablé poco con ella, casi nada. Pero eso sí: estaba buenísima. ¿Estaba? Posiblemente, hace dos meses que no llega al gimnasio, a lo mejor se murió, me da igual. Boy: don’t be cruel. Why? ¿No recuerdas cuando Marintia fue atropellada por el microbús? Sí, pobre. Una belleza virginal ahora disfrutada por los malditos gusanos. Ja. Es la verdad, man. Cuando menos un humano la hubiera merendado. Segovia anduvo con ella y poco antes del accidente pregonaba a los cuatro vientos que se la había cogido después de una fiesta, cosa que yo creo imposible. ¿Por qué? Porque Segovia, a pesar de la facha de machín, en el fondo es un putazo de primera. Ja. Lo pregonó por toda la escuela, hasta que llegó a oídos de Joaquín y al pobre Segovia le dieron al madriza de su vida. Sí, pinche Segovia; le tuvieron que cambiar todos los dientes frontales, quedó como caballo. No lo pudo soportar ¿verdad? Oye, la chava esta, la del concierto ¿era buena onda? Ya te dije que casi no la conocí, sólo crucé con ella algunas palabras y nada más. Entre esas palabras fue lo del concierto de Nirvana en Los Angeles. Ya. Siempre seria, siempre con la cara pálida, aunque para mí eso la hacía más bonita. Unos dientes blanquísimos y las manos, hermano, las manos eran otra cosa. No sé por qué hasta ahora me estoy percatando de esos detalles. Debe ser porque no estamos acostumbrados a ver tanta belleza cerca, que pasa desapercibida por cierto tiempo, sólo lo necesario para darnos cuenta que lo que está frente a nosotros pertenece a otro tipo de realidad, algo incomprensible para nuestros ojos. Híjole, hoy estás imparable, hasta pareces Saúl Hernández. Bájale, ni que fuera Helena. ¿La de segundo? No, pendejo, la de Troya. Ya. Lástima que ya no venga, me gustaría platicar con ella. Tú lo que quieres es cogértela. Eso vendría después. ¿El balazo le salió por el occipucio? Yes, por ahí mero, you know. Malísima onda, una verdadera desgracia. Todos sabíamos que tarde o temprano sucedería. Primero en Milán, luego en Seattle. Tanta heroína, tanto sentirse Supermán. Y no aguantó. Courtney, que me late que no hacía otra cosa que sacarle lana, no pudo predecirlo. Hay dos hipótesis: la primera tiene que ver con el suicidio que ya comentamos. La segunda involucra a un díler de toda la confianza de Kurt. Según esta hipótesis, Kurt llamó a su vendedor de heroína tras una crisis de ansiedad. El díler fue a su mansión de Washington Lake, allá en Seattle, y le llevó una buena dosis de heroína. Kurt consumió una fuerte dosis. Después todo se salió de control –era común que Kurt, en esos días, casi enloqueciera después de consumir una cantidad respetable y, para los demás mortales, fulminante de heroína- y el díler tuvo que dispararle, haciendo pasar todo como un suicidio. Pues yo me inclino más por la primera hipótesis. Quizá. Hay atisbos en algunas letras de canciones. Según Novacelic, en sus paranoias persecutorias Kurt vociferaba que pronto se pegaría un tiro. Y así fue.

sábado, 7 de mayo de 2011

CUATRO HISOTRIAS (ii)

I
El primer encontronazo fue devastador. Los sicarios de los Aguilar entraron en la discoteque Reflex y descargaron sus cuernos de chivo en contra de los asistentes, entre los que se encontraba Manuel Pimentel, hijo de Jorge Pimentel, el principal exportador de metanfetaminas de manufactura mexicana a Europa. Manuel Pimentel alcanzó a cubrirse con una mesa, pero las balas de grueso calibre le perforaron el rostro. Al otro día apareció una narcomanta, en pleno centro de la ciudad, con una consigna que deslindaba a los Aguilar de la muerte de Manolito Pimentel y tres sobrinos –sicarios a sueldo, por supuesto- de don Jorge Pimentel. Incluso, una voz anónima, supuestamente vocero de los Aguilar, habló en el conocido programa radiofónico del Pelado Orozco para desmentir los rumores que involucraban a los Aguilar con los Pimentel. En represalia, los Pimentel ejecutaron a 25 conocidos dílers relacionados con los Aguilar, y sus cuerpos, todos mutilados, fueron arrojados enfrente del Palacio de Gobierno de esta nuestra ciudad capital. La consigna era clara: Ojo por ojo. Y lo que viene.
Dije que el primer encontronazo fue devastador porque en verdad a partir de ahí nuestra ciudad se convirtió en un hervidero de mierda con más muertos que en la Guerra de los Pasteles o en la Revolución. Todo se fue a la mierda. Todo. La ciudad colapsó, al grado que por iniciativa del Congreso del Estado los Poderes fueron trasladados a una sede alterna, a una ciudad que, es sabido por todos, nos desprecia y nos quiere lejos del Estado, lejos del País, lejos del Mundo. Pero los poderes estatales fueron trasladados para allá y durante unas semanas la cosa se calmó pero más tardó el Sol en ponerse que la sangre caer sobre esta sagrada y ancestral tierra mía. Resulta que por sus pedos personales, y por andarse matando unos a otros, los Aguilar y los Pimentel habían descuidado la plaza –una plaza, dicho sea de paso, muy valiosa: por aquí pasa la mayor parte de la coca que se introduce a territorio incómodo- y unos arribistas, unos morros de no más de veinte años que se sienten valientes por cargar una .45 y meterse carretadas de coca, disputan la plaza a sangre, sudor y lágrimas. Los morritos, a pesar de todo, tienen güevos y por varias semanas ponen en jaque a los Jefes. Sus métodos son rápidos y eficaces. Levantones, descabezados, madrazos, tablazos, balaceras en centros comerciales, granadas de fragmentación en fiestas privadas, mantas, consignas, torturas, más descabezados. Se hacen famosos por introducir una granada en el recto de sus víctimas y hacerla explotar y llenar todo de mierda y vísceras. Pero los Jefes no se dejan y comienza la masacre. Uno a uno van cayendo los morros. Don Jorge, el más sanguinario, levanta a cinco morros y los echa a los diez leones africanos que tiene en su hacienda. Dicen que graba todo y luego, en fiestas privadas donde abundan el alcohol, la coca y las teiboleras gringas, los muestra a todo aquel que quiera ver ese espectáculo grotesco. Los Aguilar entran al quite y en un fin de semana ejecutan a 15 morritos que no tenían nada que ver con los Niños –así les llamó la prensa sensacionalista. Resulta que los morritos asesinados estaban en una fiesta cualquiera y a uno de ellos se le ocurre mencionar en una red social que en la fiesta estarán miembros de los Niños. Entre los morros estaba un hijo de un rico empresario y el sobrino del Secretario de Gobierno del Estado. La ciudad estuvo paralizada, literalmente, durante tres días. Pocos eran los valientes que se atrevían a deambular por el centro. El Ejército, de manos del general Pedro Infante Rosas, tomó la ciudad y en unos cuántos días cayeron varios sospechosos de los asesinatos. Varias muertes más llenaron las estadísticas que nos colocan como el estado más violento del país, pero en pocos meses el Ejército se hizo cargo y las cosas tomaron un ritmo distinto.
II
Por esas fechas yo mismo estaba pasando una mala racha. Mi mujer me había demandado por manutención y mi sueldo de sicario pues nada más no alcanzaba. Mi mujer. El mercado del sicarismo cada vez está más competitivo y a la pendeja se le ocurrió mandar a nuestro hijo de 15 años a una estancia de un año en un colegio de España, y en euros. Le pedí a mi jefe que me subiera el sueldo, pero argumentó que el negocio estaba muy flojo. Le dije entonces que me diera más trabajo y me mandó a Las Vegas con gastos pagados a pegarle un par de tiros a un caca grande del consulado mexicano. No fue sencillo seguir al cónsul, tenía más vigilancia que el mismo Presidente y era muy escurridizo. Pero un domingo, después de apostar unos dólares en un casino de poca monta, lo seguí hasta un juego de béisbol y luego de que el cónsul le dio unas palmadas a su hijo antes de un turno al bat, le metí dos tiros en la nuca. Se armó mucho borlote con el asesinato del cónsul. Mi jefe me felicitó y en recompensa de mi buen trabajo me regaló una Pietro-Beretta automática con cachas de oro y compartimento para explosivos de bajo alcance, una joyita de diez mil dólares. Le agradecí a mi jefe. Le dije que trabajaría al máximo para quitarle a cuanto hijo de puta tuviera en su camino. Me dijo que yo era un cabrón bien leal pero que por lo pronto me fuera a descansar, todo ese pedo del cónsul se había vuelto un desmadre grueso y lo mejor era que me escondiera por unos meses. Le dije que a dónde me iba a ir si mi trabajo era mi casa, mi familia era mi .45, mi hogar estaba entre mi Lobo 4 por 4 y todos los desgraciados que les he metido un tiro de gracia en la cabeza. El jefe rió. Haz lo que te digo, me dijo, ya verás que pronto pasa ese desmadre y te reincorporas a nosotros. Acepté. El jefe me regaló quince mil dólares para gastos. Me dijo que él sabría donde encontrarme.
Así que junté mis ahorros y me fui a España. Pensarán que España no es sitio para un sicario, pero la verdad es todo lo contrario. En España hay mucho trabajo, y si uno ya tiene cierto renombre pues las cosas se dan por sí solas. Lo primero que hice cuando llegué a Madrid fue ponerme en contacto con Pancho González. Pancho tenía cinco años recluido en el penal de Marbella. Lo agarraron metiendo doscientos kilos de coca por Marbella. No pudo escaparse, un dedazo quizá, un chivato que le partió la madre porque a la hora que estaban metiendo los paquetes en la cajuela de una camioneta llegaron los tiras gachupines y cagaron todo. Le dieron veinte años. Cinco años de su vida perdidos por un come mierda. Panchito me recibió muy bien y me dijo que en pocos días recibiría una llamada importante. Mantuve encendido mi celular para pasaron dos semanas y nadie llamó. Regresé al penal de Marbella. Panchito me recibió muy sonriente pero luego que le expliqué de la llamada que nunca llegó, se puso serio. Algo pasaría, dijo, esos tipos cuando piden algo no lo hacen dos veces y no se echan para atrás. Tendrás que esperar. Eso hice: esperé otras dos semanas y cuando ya había pedido otra cita para ver a Panchito en el penal, sonó el teléfono.

sábado, 30 de abril de 2011

POEMA DE GONZALO ROJAS



El pasado 25 de abril falleció, luego de una corta enfermedad, Gonzalo Rojas. Reproduzco en este espacio uno de sus poemas más emblemáticos, recitado de memoria por escritores de la talla de Alvaro Mutis y Roberto Bolaño. Una pérdida lamentable del que fue, sin duda, una figura señera de las letras hispanoamericanas.











Qedeshim Qedeshoth*
Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté
con una en Cádiz bellísima
y no supe de mi horóscopo hasta
mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir
más y más oleaje; remando
hacia atrás llegué casi exhausto a la
duodécima centuria: todo era blanco, las aves,
el océano, el amanecer era blanco.

Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay
puta, pensé, que no diga palabras
del tamaño de esa complacencia. 50 dólares
por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.
50, o nada. Lloró
convulsa contra el espejo, pintó
encima con rouge y lágrimas un pez: -Pez,
acuérdate del pez.

Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de
turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el
rito completo; primero puso en el aire un disco de Babilonia y
le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre
sin duda era un gramófono milenario
por el esplendor de la música; palomas, de
repente aparecieron palomas.

Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con
su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la
esculpían marmórea y sacra como
cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas
del puerto, o en Cartago
donde fue bailarina con derecho a sábana a los
quince; todo eso.

Pero ahora, ay, hablando en prosa se
entenderá que tanto
espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi
espinazo, y lascivo y
seminal la violé en su éxtasis como
si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la
besé áspero, la
lastimé y ella igual me
besó en un exceso de pétalos, nos
manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas
Cádiz adentro en la noche ronca en un
aceite de hombre y de mujer que no está escrito
en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la
imaginación me alcanza.

Qedeshím qedeshóth*, personaja, teóloga
loca, bronce, aullido
de bronce, ni Agustín
de Hipona que también fue liviano y
pecador en Africa hubiera
hurtado por una noche el cuerpo a la
diáfana fenicia. Yo
pecador me confieso a Dios.
* En fenicio: cortesana del templo

martes, 26 de abril de 2011

SUEÑO DIURNO



SUEÑO DIURNO
Puesta la cabeza en la almohada,
el pelo seco, brillando,
(se escucha el grito: los ámbitos nocturnos se revelan)
lascivamente suspendida en el tiempo
(mucho tiempo para rehacerlo, atraparlo y fornicarlo:
dejarlo colgado en sus partes íntimas).
Autoagnosis. (No, no te conoces).
Llevas puesto un par de ojos,
un par de cristales por donde se
transparenta el mundo.
(Hay un vacío irrepetible, costras que se desprenden del cuerpo,
células muertas que emanan por los poros).
Y verte dormir es salirme de mí mismo.
Verte dormir cuando ya no se escuchan pasos lejanos y
no hay ruidos que interrumpen esa mágica contemplación.
(Dormir es un recinto:
Verte dormir es entrar en el recinto:
hacer de uno la respiración queda,
los ojos cerrados,
las manos que de vez en cuando se posan en el pecho).
Hay una historia detrás.
Limítrofe es el tifón de tu insomnio:
rarísimo el estandarte de tu sueño.

domingo, 24 de abril de 2011


CUATRO HISTORIAS (I)

El ascenso económico de Venancio Salvador fue tan trepidante que era común pensar que su fortuna se debía a negocios ilícitos. En pocos años había pasado de ser capataz de un rancho ganadero a convertirse en un acaudalado exportador de ganado Cebú con intereses en otros estados. Su ostentación no tenía límites: en tres meses se paró una casa de cuatro plantas en un terreno cercano, una mansión que dejaba boquiabierto a más de uno. Comenzó a comprar camionetas, mandó a sus hijos a universidades en el norte del país, y portaba un armamento de cadenas, esclavas y anillos que convertían sus minúsculas manos en un muestrario viviente de joyas. Así durante varios años. Venancio Salvador le hizo la vida imposible a los más ricos del pueblo al grado de quitarles varios negocios millonarios de ventas de sementales a una compañía española. Todos sabíamos de sus relaciones con narcos michoacanos. Salvador controlaba buena parte del flujo de narcóticos, armas y secuestros en el sur de Veracruz. Luego, como para entrar al negocio lícito, Salvador invirtió una millonada en sucursales de tiendas Oxxo. Su fortuna creció, al grado de financiar la campaña de un conocido diputado federal. Se hablan de cincuenta millones, aunque pueden ser más. Su hijo se recibió en Administración en el TEC de Monterrey, y comenzó a llevar las cuentas de sus más de veinte tiendas Oxxo. La prosperidad era notoria. En la boda de su hijo, Salvador sorprendió al pueblo con una fiesta de tres días en donde desfilaron grupos de la talla de El Recodo, El Buki y Los Tigres del Norte. Llegaron el gobernador del Estado, diputados, empresarios de distintos rubros, narcos que si no lo eran cuando menos simulaban serlo. Un domingo, mientras Salvador almorzaba en un conocido restaurant con su hijo, su yerno y su brazo derecho (un tipo salido de quién sabe dónde pero que no se despegaba de Salvador ni para ir al baño, siempre con una .45 en la pistolera), cinco tipos bajaron de una Suburban, rodearon el restaurant, uno de ellos se acercó a la mesa y vació el peine completo de una cuerno de chivo. Venancio Salvador murió al instante. Su guarura alcanzó a sacar su .45 y lanzó tres disparos; una ráfaga de cuerno de chivo, por detrás, le quitó la vida. Romeo Salvador, el hijo, salió ileso escondiéndose debajo de la mesa. Un tipo con pinta de guacho se lo llevó de los pelos y lo subió a la Suburban. Después de cinco meses y un pago de veinte millones de pesos, los tipos indicaron el lugar donde había semienterrado el cuerpo. La viuda de Venancio Salvador reconoció el cuerpo (o lo que quedaba de él). Seis meses después murió de cáncer. El menor de los Salvador, Nacho, regresó de Canadá y se hizo cargo del menguado negocio familiar. Reinició los contactos que su padre había establecido, pactó con el Cártel de Sotavento y siguió en el negocio desde una línea que priorizaba la diplomacia a las balas, error que le costaría la vida. Cuando un tercer cártel quiso expandirse más allá de lo permitido, Nacho los enfrentó con argumentos territoriales convincentes desde su perspectiva, pero ineficaces para gente acostumbrada a arreglarlo todo a balazos. Nacho Salvador fue levantado al salir de una fiesta familiar y durante meses su viuda recibió partes de su cuerpo.
Andrés López.

miércoles, 20 de abril de 2011

VOLENCIA

Tengo unos días en mi estado natal -Veracruz- y nada más llegando me he enterado de que por acá la violencia es, como en casi todo el país, el pan diario. Levantones, asesinatos, decapitados, tablazos, violaciones son tan cotidianas que es imposible que estos temas sean la charla del café vespertino de un pueblo que hasta hace no mucho tiempo era pacífico. Me asusta. Me asusta que personas que yo conocía ahora formen parte de las filas eclécticas de crimen organizado. Me asusta que conocidos hayan sido secuestrados y sus cuerpos encontrados días después en un piñal inhóspito. Me asusta que violen y mutilen niñas y las abandonen a su suerte en baldíos paupérrimos. Veracruz ha dejado de ser el edén que cantaba Agustín Lara para convertirse en una plaza peleada por el crimen organizado. Una especie de paraíso perdido miltoniano. Un refugio para narcos y secuestradores. Una tierra donde la ley la hacen las balas y no la democracia. Balaceras en el Puerto de Veracruz, Xalapa, Coatzacoalcos, Poza Rica. Muertos en cajuelas de automóviles, en tambos de aceite, en fosas clandestinas. He rescatado este relato de Julián Herbert publicado en Letras Libres, y lo reproduzco acá con permiso de nadie porque no sé a quién perdirle permiso. Espero lo disfruten tanto como yo.


A. L. S.






M. L. ESTEFANÍA
POR JULIÁN HERBERT


Al oeste de Laredo
Tenía 40 años y fumaba entre 20 y 30 piedras semanales cuando me convertí en Marcial Lafuente Estefanía. A 120 el ziploc más las monedas que dejas para el refresco en cada compra, do the math. Ni el reportero de nota roja más corrupto de la capital del estado podría mantener semejante tren de vida. Lo sé porque ese reportero era yo.
Empezaba a fumar concluido mi turno. Lo hacía acompañado de un mp novato o de los patrulleros en día franco que a veces reciben muestras gratuitas del material puesto en plaza. Cualquiera de ellos tenía redaños para frenar antes de que saliera el sol. Yo no; me colgaba 24 horas seguidas. Un buen jalón te dura entre 5 y 10 minutos. Si quieres mantener la calma debes pegarte a la lata de aluminio como si fuera un biberón y limpiar las perforaciones con una aguja cada tanto y conservar siempre un Marlboro encendido: la sabiduría del basuquero radica lo mismo en el ritmo de la inhalación que en la exacta administración de la ceniza.
Rara vez lograba cumplir mi horario laboral. Cuando me despidieron del periódico telefoneé en busca de ayuda a mi compadre Esquivel, alcalde de un pequeño municipio fronterizo. Me preguntó:
–¿Qué sabes hacer?
Le ofrecí, pensando en el centenario, una charla sobre el periodismo durante la revolución mexicana. Se carcajeó.
–¿Tú crees que a mis ranchys wanabís de texano les importa una mierda la revolución?... A estos háblales mejor del Libro Vaquero. Y ¿por qué de tu antigua chamba no?
Eso último me estaba vedado.
–Capaz que La Gente me arrima unos tablazos –dije.
Le pedí un par de días para buscar otro tema. Al cabo sugerí, de nuevo en el teléfono:
–Puedo hacer algo que resulte popular: hablaré de Marcial Lafuente Estefanía. Allá en la frontera todos lo conocen, y muchos argumentos de sus libros están basados en el teatro de los Siglos de Oro.
Esquivel, que tenía experiencia en el showbiz, reformuló:
–Pero echemos una mentirita: a partir de hoy, tú eres Marcial. Te presentas portando en cartuchera un Remington que voy a regalarte y vienes vestido de vaquero, yo me encargo: por ahí tengo un Boss of the Plains, a ver si te queda. Te pagaré cinco mil pesos más viáticos. Te patrocino de mi erario la primera charla y luego, si funciona, le vendemos una gira a la sep a través de alguien a quien conozco.
Me dio pánico piratear al autor de más de 3 mil novelas vaqueras; ¿y si nos demandaban?... Pero me urgía tanto el paco que acepté –no sin antes rogar a Esquivel que depositara esa misma tarde un anticipo a mi cuenta bancaria.
La primera función, realizada a un kilómetro escaso del río Bravo en un solar de tierra suelta equipado con templete de cemento, resultó muy concurrida. No existe un alma pura al este del Bolsón de Mapimí y al oeste de Laredo que no haya leído al menos un librito del autor de El terror de Cheyenne. El éxito se debió en parte a la publicidad ideada por mi amigo: carteles en fondo negro con tipografía a colores aqua y fucsia como los que usan para promover a los gruperos.
Yo también me lucí. Recité de memoria los mejores pasajes de La caricia de los colts, caminé de un lado a otro del escenario blandiendo el micrófono como un revólver, conté chistes hurtados al repertorio del legendario Cronista de Saltillo y adaptados a los diálogos de Clint Russell en Primero el deber... Me aplaudieron horrores. Concluido el evento firmé pilas de libros editados por Brainsco –la mayoría deshojados y rotos y más de uno con manchas asquerosas. Al final sudaba frío: la malilla me estaba aniquilando. Esquivel (a quien previamente y por honor entre ladrones informé de mi vicio) me envió con un chofer de presidencia a conectar en un restaurancito de la carretera Ribereña, casi llegando a Ciudad Acuña. Mientras pagaba el producto y preparaba la lata y encendía la ceniza y aspiraba y aguantaba el humo en los pulmones contemplando a lo lejos en el aire las maniobras de un helicóptero de la marina, editorialicé mentalmente sobre lo mucho que ha cambiado mi país: desde que empezó la guerra, es más sencillo y lucrativo montar un expendio de cocaína que abrir un Oxxo.
Ojalá nunca hubiera pensado eso.

La ruta de los sin ley
Mi compadre Esquivel era un político que sabía nadar en agua sucia. Se inició como líder de las Juventudes del pri y aprovechó esta posición para extorsionar a la cnc a fin de que le nombraran –sin haber sido nunca campesino– presidente del comisariado ejidal de Fraustro, un importante cruce ferroviario. Durante décadas, Fraustro había incorporado a sus tradiciones el robo hormiga: los habitantes sobornaban a garroteros y maquinistas a cambio de una o dos de las lavadoras que transportaban los vagones desde la cercana fábrica Cinsa. Esquivel revolucionó este ámbito al asociarse con el edil de General Cepeda para asaltar hasta un tren por semana extrayendo cargamentos íntegros. Cuando la policía federal tomó cartas en el asunto, mi amigo abandonó junto a los rieles un camioncito con logos municipales lleno de electrodomésticos hurtados y se dio a la fuga.
Mientras anduvo prófugo se diversificó: sobornó para obtener concesiones de taxis, creó una agencia de promoción grupera asociada a Servando y Chito Cano, coordinó campañas electorales tras bambalinas... Pasada más de una década y calmadas ya las aguas en torno a sus aventuras de comisario y forajido, alzó la mano para competir en las elecciones municipales de su pueblo natal. El pri dijo que no. Al enterarse del desaire, representantes del pan y el prd se aliaron para ofrecerle la candidatura. Él, desde luego, aceptó. Mató dos pájaros de un tiro: ningún actor político creyó conveniente hacer referencia a su pasado negro. Su triunfo en las urnas fue aplastante.
Un tal Camargo, chofer de la flotilla de taxis propiedad de Esquivel, surtía de mariguana y cocaína a la maestra Bonilla, importante figura del snte en el noreste. Al paso de los años, el conductor y la lideresa cultivaron alguna intimidad. Camargo nos presentó con ella. La maestra se interesó en nuestro proyecto y, cobrando un par de favores, consiguió que la sep nos ofreciera un extraordinario contrato a través de su programa de fomento a la lectura: 100 charlas de M. L. Estefanía en escuelas rurales y centros de enseñanza abierta. Un presupuesto total de 1 millón 360 mil pesos de los cuales a mí me tocarían 250 mil más iva, 500 mil limpios serían para la maestra Bonilla y lo restante menos gastos operativos le correspondería a Esquivel.
–No te atormentes –dijo este último cuando, deprimido yo a causa del síndrome de abstinencia, expresé mis escrúpulos–. No se trata de fraude: nos desenvolvemos en la zona gris que permiten la educación y la cultura posmodernas. La muerte del autor y todas esas mamadas de las que hablas en tus presentaciones.
–¿Y el soborno a Bonilla?
–No es soborno. Son usos y costumbres.
Esquivel pidió licencia al cabildo para separarse temporalmente de su cargo: había decidido proteger su inversión acompañándome en toda la gira.
250 mil pesos por cuatro meses de trabajo no es un salario despreciable. Especialmente si la jornada laboral dura menos de dos horas. Pero el dinero se esfuma cuando eres una estrella de rodeo. A Esquivel le gustaba la tablita. Podía pasar días enteros yendo al privado con las bailarinas. Yo lo acompañaba porque en los sitios que él solía frecuentar siempre consigues una raya cuando menos. Entre ambos solventábamos los gastos y el salario de Camargo, quien por instrucciones de la maestra se nos había unido en calidad de guardaespaldas y chofer. Camargo era muy alto y fornido y era joven: unos diez años menor que nosotros. Pero la panza cervecera y la calvicie prematura lo avejentaban.
Nuestras drogas eran todo salvo escasas. Siempre hallamos un putero encendido a deshoras y una esquina con un adolescente de mochila negra que despachaba polvo y piedra (en ocasiones sin haberse despojado aún del uniforme escolar). No era raro que mis expendedores dijeran, levemente sombríos ante mi atuendo civil que incluía prendas de Dockers y Girbaud:
–Usted es el pistolero que dio la conferencia en la mañana, ¿no?
Asentía y, levantándome la Levi’s de mezclilla, mostraba fugazmente el vetusto revólver 1875 Remington Army Outlaw de acción simple que Esquivel me obsequiara y que por pura paranoia llevaba siempre al cinto, el cilindro cargado de viejas balas de plomo corto y pólvora negra adquiridas a través de un anticuario en Monclova. A cambio de ese gesto, los chicos me avituallaban con las rocas más gordas de su bolso.
En Sierra Mojada, donde una vez cantó Ángela Peralta y sin embargo no hay taxis, obedecí las instrucciones de un minero senil: “siga nomás el riel camino a La Esmeralda; por ahí lo alcanza mi nieto con su vicio”. En San Pedro, una darketa country me escoltó (sin aceptar propina por deferencia al forastero) hasta la esquina de los dílers, situada en una calle con nombre de poeta a dos cuadras escasas del Ayuntamiento. En Boquillas del Carmen –un lugar de la sierra al que debimos arribar en avioneta y que colinda al norte con el parque Big Bend– vinieron a recibirnos todos los niños del pueblo.
–Es que casi nunca ven el avión –se disculpó el director de la escuela rural–. Nada más lo escuchan aterrizar o despegar por las noches.
En Viesca tuve un encuentro que a la postre resultaría providencial para mí. Salía de la Casa de la Cultura tras una de mis charlas (llevaba puesto aún el atuendo de gunman) cuando una Lobo de cristales negros se frenó abruptamente a mi lado. Casi me cago en los pantalones. El chofer bajó la ventanilla. Era un hombre en sus primeros treintas, rubio, vestido de negro y con lentes de sol.
–¿Qué pasó, profe?
Luego de unos segundos lo reconocí: había sido mi alumno de periodismo unos 15 años atrás en una infame escuela de diseño gráfico que a la postre fue clausurada por falta de registro. Recordaba sus rasgos pero no su nombre.
–Pues aquí, talacheando. Ando en una gira de conferencias.
–¿Vestido de payaso de rodeo?
Quise ofenderme. Pero algo en el bloque de oscuridad brillante que era su mirada tras los lentes de sol me hizo intuir que, con los años, el chico indisciplinado y burro que conocí se había convertido en un ser tersamente aterrador.
–Así me lo pidieron... –me justifiqué.
Sonrió.
–Ta bueno, pues. Que le vaya bien, profe.
Subió la ventanilla y aceleró la Lobo.
Lo que más arruinó las finanzas de Esquivel fue la presencia de Violeta Valladares, una estríper nicaragüense avecindada en Sabinas a quien Camargo y yo rebautizamos como Violeta la Violenta. Se nos unió a mitad del viaje. Era idéntica a Lucía Lapiedra aunque tal vez un poquito más chaparra. Una noche estando solos ante la mesa de un restaurant (Esquivel había ido al baño) se lo dije:
–Eres idéntica a Lucía Lapiedra.
Me miró con rencor y escupió dentro de mi vaso.
–Qué dijiste: la puta imbécil me regala una mamada si le aviento un buen piropo.
En Cuatro Ciénegas debió enterarse a través de la tele o el internet del modo en que, tras ligarse a un locutor deportivo, Lucía Lapiedra dejó atrás su carrera porno, se casó, ganó un reality show y se transformó en la popular Miriam Sánchez Cámara. Eso sí la excitó: me invitó de noche a nadar en Los Mezquites y me concedió el obsequio que en principio me negara.
Vivíamos en un paraíso hecho de templetes, micrófonos estropeados, vestuario anacrónico y espléndidos paisajes. Pero el dinero se agotaba. Esquivel lo sabía mejor que nadie porque en una pausa de la gira (parábamos en un motel de traileros cercano a Sacramento) llegó a mi habitación con un fólder lleno de copias fotostáticas que arrojó sobre la cama.
–Tengo una idea para seguir ganando dinero –dijo–. Solo necesitamos un buen diseño y tu voz de barítono.
–¿Qué es esto?
–Datos. Números telefónicos, estados de cuenta, domicilios. Todos a nombre de mujeres.
–¿Y luego?
–Yo ya hice lo mío. Ahora tú vas a amenazarlas por
teléfono. Les dices que somos un comando armado y estamos a la vuelta de su casa. Que las vamos a ejecutar a menos que nos entreguen cierta suma de dinero.
Sin darme tiempo a protestar, Esquivel depositó junto al fólder un envoltorio de crack del tamaño de un limón.
–Considéralo tu anillo de compromiso –dijo sonriendo, y salió del cuarto.

La casita en la pradera
Es más difícil de lo que parece. Lo primero –esto no lo aprendí de ningún delincuente sino de un sobrino mío que trabajó en telemarketing– es contar con un guión sin fisuras. Escenarios: “si el prospecto de cliente responde x, aplique el inciso 3. Si el prospecto de cliente actúa y, siga al pie de la letra los pasos que se detallan en el inciso 7”.
–Buenas tardes, señora.
Casi siempre son ellas quienes contestan.
–Habla el comandante Marcial Lafuente Estefanía, de la policía federal. Estamos dándole seguimiento a una denuncia realizada desde este número telefónico.
El objetivo central es evitar por cualquier medio que se corte la llamada.
Al principio trabajábamos muy suelto: transitando por carretera entre dos funciones de nuestro show western, atrincherados en los baños de una gasolinera de camino u hospedados en moteles con la tele muteada en los canales porno... Conforme el negocio prosperaba, notamos la conveniencia de montar una oficina. Esquivel se agenció un destartalado jacalito en el ejido La Pócima, a medio camino entre Cuatro Ciénegas y San Pedro de las Colonias. Nos mudamos en cuanto concluyó la gira.
–¿Está segura de no haber hecho usted la llamada?... Me informan del área de comunicaciones que tenemos grabada una voz de mujer.
La mayoría de los mexicanos es genéticamente incapaz de distinguir a un delincuente de un policía, por eso es tan efectivo este sistema de interrogación. Buscando explicaciones como si estuviera pensando en voz alta, el prospecto de cliente proporciona los datos esenciales que dentro de unos minutos permitirán que se le extorsione: cuántas personas viven en la casa, qué edades tienen, cuáles son sus horarios, cuántos empleados domésticos hay... En días buenos y con un interlocutor parlanchín es posible obtener hasta el color de la casa, los nombres de pila de los niños y los modelos de automóviles que maneja la familia.
En La Pócima no había electricidad. Pasábamos las noches bajo la luz de dos quinqués. De día el paisaje que circunda la carretera 40 es una joya de pliegues: montañas verdes y azules, dunas blancas, cantiles de roca madre expuesta que parecen manos de gigantes brotando de la región de los muertos para dar de puñetazos al sol. Pero de noche la belleza se suspende: no hay sino fría negrura y un viento sabor a grava.
El jacal era de block sin enjarrar, techos de lámina de cartón y junturas armadas con durmientes ferroviarios hurtados a los N de M por el antiguo dueño de la propiedad. Era una construcción grande pero de una sola pieza. Tenía una puerta de madera quebradiza que daba diagonalmente hacia el asfalto de la carretera y, de cara a la llanura blanca y terrosa, un gran boquete que hacía las veces de ventanal. Para procurarnos alguna intimidad, colgamos un pedazo de sábana en la ventana a modo de cortina y apilamos cajas blancas de archivo muerto que Esquivel trajo de su alcaldía para crear la ilusión de una casa con dos ambientes. Al fondo, en lo que podría llamarse la segunda habitación, colocamos un par de catres sobre los que dormíamos por turnos. Al frente, bajo el ventanal, un elegante futón anaranjado; era de Violeta y solo podías usarlo con su autorización. Muy cerca del futón una gran mesa de trabajo con los directorios, cuadernos de notas y celulares desechables. Por último, milimétricamente centrado ante la puerta como si hiciera guardia, un viejo y pesado escritorio de fierro propiedad de Esquivel.
Nunca devolvimos la Suburban que la maestra Bonilla nos prestó para la gira. Camargo tenía en ella un dvd player en el que veíamos viejas películas de los Almada, Enemigos a muerte o los partidos de la Champions grabados ex profeso para nosotros por un barman de San Pedro. Algunas noches nos aventurábamos a visitar los téibols de Torreón. Casi siempre los encontrábamos desiertos. La ciudad vive en estado de sitio desde que el gobierno concesionó la plaza a Los Señores, abriéndole la puerta a la guerra entre estos y el cártel que controla Durango. El río Nazas se convirtió en una frontera de sangre. Día y noche se escuchan tiros al poniente de la avenida Colón. La zona del Mercado de la Alianza, otrora corazón de la alegría más sórdida, es hoy un pueblo fantasma. Dicen leyendas urbanas que los muchachos que se atreven a comprar drogas en Gómez o Lerdo, al otro lado del río, amanecen cadáveres.
–Sabemos a ciencia cierta que la denuncia salió de su teléfono. Mis muchachos perdieron dos camionetas y a uno de ellos lo arrestaron. Así que dígame por favor cómo le vamos a hacer para resarcir estas pérdidas.
Tienes que revelarte justo cuando el prospecto de cliente parezca más confundido. Lo mejor es usar frases breves que combinen dramatismo, parquedad y violencia sin subir aún el tono al nivel de la histeria.
–¿Sabe cuál es la última letra del alfabeto? Esos somos nosotros, señora.

Estamos apostados a la vuelta de su casa esperando instrucciones.
Esquivel ordenó que portáramos permanentemente un arma corta. Él se compró un revólver Smith & Wesson 686, niquelado y con cachas de madera color marrón. A Violeta le obsequió una cursísima e inútil Lorcin calibre .25 de empuñadura color de rosa. Camargo usaba desde siempre una manoseada semiautomática .38 Super que a fuerza de ser engrasada había adquirido una pátina grisácea. A mí me ofrecieron una hermosa Beretta Cougar pero la rechacé: preferí conservar mi viejo Remington de utilería.
Aunque de vez en cuando cambiábamos de roles, las funciones que cada quien debía cumplir dentro del organigrama estaban claramente definidas. Esquivel llevaba la logística, la administración y el orden del día; era el cerebro de la operación. Camargo proveía transporte, se encargaba de las compras y la vigilancia y fungía como correo de los catálogos de clientes potenciales. Las listas salían de alguna oscura coordinación de enseñanza privada de la sep y nos eran remitidas por la maestra Bonilla. Yo era el rostro (mejor dicho la voz) de la empresa: encargado de ventas. Violeta la Violenta cumplía la misión para la cual resultaba más útil su belleza vulgar: cobranza. Recibíamos el dinero a través de money orders depositadas en distintas sucursales de Western Union o Banco Azteca. Mientras yo trabajaba al cliente desde un celular desechable, Esquivel coordinaba desde otro aparato los movimientos de nuestra novia.
Comenzamos a compartir abiertamente los amores de Violeta Valladares casi al final de la gira. Para sorpresa mía y de Esquivel (él ya sospechaba de lo nuestro: me confrontó durante una eufórica parranda en el Rincón del Montero), no solo estaba liada con nosotros sino también con Camargo. A Esquivel la situación no le hizo gracia pero tampoco se lo tomó muy a pecho. Acordamos que Camargo y yo le retribuiríamos parte de lo que pagó por ella a los lenones que la vendieron en Sabinas y, a partir de ahí, compartiríamos entre los cuatro las ganancias de nuestro telemarketing salvaje. Camargo propuso sellar el pacto con una sesión de sexo grupal. Él acabó con Violeta y Esquivel conmigo. Nunca lo repetimos ni volvimos a mencionar el asunto.
–No se le ocurra asomarse, pinche vieja pendeja, o se la carga la verga. Desde aquí la estoy viendo: un paso más y le ametrallo los putos vidrios, culera.
Lo más delicado es saber administrar la histeria. Aunque perdí a la mayoría de mis clientes, me considero un maestro en ese arte peculiar. Hay un momento en el que tienes que empezar a gritarles, a dirigirles las palabras más soeces de tu repertorio, a hacerles sentir que su vida para ti no vale nada. Esto no es complicado. Lo peliagudo es convencerlos, a una distancia de mil kilómetros, de que estás a las puertas de su hogar y los tienes en la mira.
La mayoría cuelga el teléfono a los primeros gritos. Tienes que hacer 15 o 20 llamadas para amarrar una venta cuando mucho. Con eso basta: si endiosaron al pánico puedes exprimirles hasta el último centavo. Solo hay que mantenerlos en la línea durante los engorrosos trámites bancarios. Puede durar un par de horas. Los telefonemas fallidos, en cambio, te roban 10 minutos: piece of cake.
Para mantenerme lúcido y violento, alternaba la marcación de cada número con tanques de humo de piedra. Al principio la angustia de fumar la siguiente ración era tanta que en un par de ocasiones me orilló a perder una venta ya hecha. Una vez tenía a un hombre montado en su coche y entre el tráfico, de camino al banco. Le dije:
–No aceleres tanto, cabrón. Te estoy viendo.
–Pero si estoy en un semáforo...
Y colgó.
Poco a poco aprendí a usar mejor mis cartas. A fumarme la soda entre frase y frase sin que el sonido de mi respiración se colara a la bocina. A usar el manos libres como una invisible pantalla de videojuegos atroces. Una vez llegué a cerrar dos tratos de 40 mil pesos cada uno entre las ocho de la mañana y la una de la tarde del mismo día. Esa jornada me consagró entre la pandilla como el más veloz cowboy del celular.
No me juzguen a mí: es la misma estafa que antes se hacía ofreciendo jugosos premios a cambio de tarjetas telefónicas. Yo no voté por el cambio. Yo nada más cambié el guión de la estafa para adaptarla al país que ustedes eligieron.
Lástima que las cosas no eran así de dulces todo el tiempo. Por las noches, luego de dormitar un par de horas para reponerme de la temblorina que deja el crack, me sentía un vulgar violador hijo de puta que se ponía con las mujeres porque le daban miedo los hombres. Si era mi turno y estábamos de humor, fornicaba con Violeta al descampado o dentro de la Suburban. Procuraba hacerlo muy suavemente, con toda la ternura de la que fui capaz, pensando siempre solo en su comodidad y su placer. Era mi manera de pedirles perdón a las mujeres que había ultrajado durante el horario laboral. Mi trabajo me producía la misma sensación que fumar piedra: gozaba hasta el éxtasis reteniendo el aire pero en el instante de expeler me consumía de horror. Mis colegas se burlaban porque siempre, de madrugada, despertaba llorando en medio de una pesadilla en la que torturaba a mi difunta madre metiéndole por la boca el caño negro de mi revólver.

Primero plomo, después cáñamo
Me está vedado escribir su nombre. Los llamamos Los Señores. La Compañía. La Gente. Los Patrones. Son (al este del Bolsón de Mapimí, al oeste de Laredo) la ley de quienes tomamos la ruta de los sin ley.
Camargo nos lo advirtió desde el principio:
–No hay que andar a la brava. Uno tiene que avisar.
No hicimos caso. Yo elegí frívolamente pensar que no era asunto mío: la decisión le correspondía a Esquivel. Él por su parte optó por la discreción y el fuero. Había vuelto a cumplir (al menos en el papel) funciones de alcalde. Estaba en buenos términos con los gobiernos estatal y federal. Nos instruyó a todos para guardar un estricto secreto acerca de nuestro giro. Pero una Suburban parqueada en medio de una carretera semidesierta y el hecho de encargar a un barman de pueblo la grabación en dvd de todos los partidos de la Champions son cosas que no pueden ocultarse. Fue así como dieron con nosotros.
Ni siquiera se tomaron la molestia de esperar la noche. Serían las 4 de la tarde. Principios de noviembre. El sol pegaba duro pero hacía viento. Esquivel dormitaba con las piernas sobre su escritorio y el Boss of the Plains echado sobre el rostro. Violeta leía tendida bocarriba en su futón. Yo había hecho una pausa entre llamada y llamada para jalar tanques de piedra sentado en un catre detrás del muro de cajas de archivo muerto. Camargo, que estaba afuera vigilando con prismáticos desde la Suburban ambos extremos de la carretera 40, entró corriendo al jacal sujetándose con la mano izquierda la gorra beisbolera. Desde antes de trasponer el umbral gritó:
–Licenciado. Licenciado. Viene un mueble sospechoso por el lado de San Pedro. Una Pathfinder cobalto, bien paradita. Polarizada. Trae el copete lleno de chimustretas de radiolocalización. Pa mí que es de La Gente.
Violeta y yo nos levantamos e hicimos el amago de saltar por la ventana.
–Calmados –dijo Esquivel, nervioso y todavía modorro–. A lo mejor no es nada.
Obedecimos.
–A lo mejor –dijo Camargo–. Pero esos muebles no se traen por este rumbo.
–A lo mejor sí son ellos pero nomás van de paso –insistió Esquivel.
–A lo mejor –respondió Camargo–. Pero no son sus andares: pasando Ciénegas hay un retén militar.
Esquivel extrajo el Smith & Wesson de un cajón y lo colocó sobre el escritorio, debajo de unos papeles. Camargo sacó su escuadra de la parte posterior de su cintura, le quitó el seguro y se apostó ante la puerta con el brazo derecho tras la espalda. Violeta se acomodó la Lorcin en el escote. Más por imitarlos que por convicción, me levanté, fui hasta la mesa de trabajo por el Remington y lo puse encima del catre.
–¿Cuánto efectivo traen? –preguntó Esquivel.
–Unos seis mil pesos –dije yo, que procuraba mantener en mi cartera billetes de sobra para el vicio. Violeta y Camargo no respondieron.
Esperamos. Fumé dos tanques, uno tras otro. Aún así me pareció que transcurría una eternidad. Finalmente escuchamos el vehículo. Poco a poco el motor redujo su marcha.
–Los amachino de una vez –dijo Camargo para nadie, dirigiéndose a la puerta todavía con el arma en la mano colocada tras su espalda.
–De ninguna manera –le ordenó Esquivel–. Vamos a negociar.
No se había apagado el motor del vehículo allá afuera cuando una bala transpuso la puerta y le pegó a Camargo en el hombro derecho, derribándolo tras hacerlo girar.
–Suéltala, puto –gritó una voz–. Suelten las armas.
Violeta y Esquivel ni se movieron. Yo aventé la Remington debajo del catre y me hice un ovillo sobre el suelo. Desde ahí, a través de la rendija que se formaba entre dos cajas de archivo muerto, pude ver lo que vino después.
Un hombre rubio, rapado, de camiseta negra y pantalón de mezclilla, transpuso la puerta. Lo reconocí enseguida: era mi antiguo alumno, a quien una vez me había topado en Viesca... ¿Cómo demonios se llamaba?
–Suéltala –repitió abriendo los brazos e inclinándose hacia Camargo. Se le notaba tranquilo.
Camargo obedeció e, hincado sobre el piso de cemento, puso en alto su mano sana.
El recién llegado apenas lo notó. Recogió del piso la .38 Super de nuestro chofer y se la guardó tras la cintura. Caminó confianzudamente hacia Esquivel mientras, detrás de él, otros dos hombres de camiseta negra y jeans azul oscuro flanqueaban la puerta apostados uno afuera y otro adentro. El de afuera tenía aspecto cadavérico y un bigotito ralo y llevaba una pistola. El de adentro, más viejo que los otros dos y con el escaso pelo entrecano, portaba un cuerno de chivo.
–¿Tú eres el alcalde? –preguntó mi ex alumno.
–Sí, patrón –respondió Esquivel–. Licenciado Esquivel, a sus órdenes –intentó ponerse de pie pero el otro, con un gesto distraído de su mano y la mirada atisbando el fondo del jacal, le ordenó que volviera a sentarse.
–¿Dónde está tu payaso de rodeo?
–¿Perdón? –dijo Esquivel.
–Profe –gritó mi ex alumno (¿cómo se llamaba?)–. Sal, profe.
–¿No quiere un coñaquito? –ofreció Esquivel intentando nuevamente levantarse del asiento–. Así negociamos más a gusto.
–No negoceo con espantos.
Mi ex alumno sacó su arma y disparó a Esquivel dos proyectiles. Ambos atinaron en el rostro. Esquivel cayó al piso con un puñado de papeles en la mano. La Smith & Wesson quedó al descubierto sobre el escritorio.
Violeta se levantó del futón y se sacó la Lorcin del pecho. Camargo dio un grito y, trabajosamente, huyó hacia el monte pasando con exasperante lentitud entre los dos rapados que cuidaban la puerta del jacal. Violeta alcanzó a hacer dos tiros: uno pegó en un quinqué y otro en el muro; luego la Lorcin se encasquilló. Mi ex alumno se abalanzó sobre mi novia, la cogió del cuello y la arrinconó con suavidad contra las cajas de archivo muerto detrás de las cuales yo me escondía. La abofeteó con el cañón de su arma y, con la otra mano, le encajó un puñetazo en el vientre. Por un momento fugaz, los ojos de mi ex alumno y los míos se cruzaron a través de la rendija de mi escondite.
Me enderecé y me moví un par de metros hacia la derecha con el cuerpo pegado al resto de muro que formaba el archivo muerto. Encontré otra rendija entre las pilas de cajas. Me asomé a través de ella. Vi al otro lado del ventanal a Camargo corriendo hacia una montaña lejanísima. Trastabillaba sobre la tierra blanca y suelta. Giré la vista a la izquierda desplazándome en torno a la rendija. Vi el modo en que el pistolero cadavérico, parado en el quicio de la puerta, centraba a Camargo con su arma. Disparó tres veces. Volví la mirada al ventanal y atestigüé cómo Camargo reducía poco a poco la marcha hasta caer de bruces.
Mi ex alumno arrojó a Violeta sobre el futón anaranjado y le dio la espalda. Hizo una seña al pistolero del ak-47: se señaló dos veces la barbilla. El subalterno dio dos pasos al frente y le vació a Violeta toda una lata de cuerno: 30 pichones. El aire se llenó de astillas y olor a cemento desmoronado. Mi ex alumno saltó detrás del escritorio de fierro que había sido de Esquivel para protegerse del cascajo y gritó:
–Con pistola, animal.
Pero la ráfaga había durado apenas unos segundos.
Luego hubo unos minutos de silencio.
Afuera el sol seguía pegando igual de duro.
–Sal, profe –dijo finalmente la cansada voz de mi ex alumno (¿cómo carajos se llamaba?)–. Soy el Checo. No te voy a matar.
Salí arrastrándome de detrás de las cajas de archivo muerto y me abracé a sus rodillas.
–No me mates, Chequito. Hazlo por caridad. Te juro que no fue mi culpa. Me dijeron que estábamos arreglados.
Una quemadura de hierro en la nuca me hizo respingar pero no solté las piernas.
–Así me gusta, cabrón, que respeten. Si yo nomás venía por el alcalde, hombre. A ustedes tres les iban a tocar puros tablazos.
Luego de una pausa, añadió:
–La vieja salió más macha que tú.
Ordenó a sus hombres que subieran los cuerpos de Violeta y Camargo a la Suburban. Luego instruyó a uno de ellos para que se deshiciera del paquete. El hombre partió al volante de nuestro antiguo auto en dirección poniente. Checo y el otro pistolero nos hicieron lugar en la Pathfinder al cadáver de Esquivel y a mí. Viajamos un rato hacia el oriente. Empezaba a oscurecer. Unos 20 kilómetros antes de Cuatro Ciénegas, nos metimos entre las dunas calizas. Me bajaron del vehículo.
–Ahora sí, mi rey –dijo Checo calándose unos guantes–. Ahora yo soy el que te va enseñar a ti, cabrón.
Me atizó con un barrote de madera. Primero en las nalgas y la espalda. Cuando quise levantarme y correr, me golpeó en los hombros y la cabeza hasta dejarme inconsciente.



Pasé más de media noche tirado entre las dunas. El frío me despertó. Me levanté y, como pude, caminé hasta el pueblo. Llegué a la plaza principal ya entrada la mañana. Entré al restaurant del Doc y le supliqué al mesero que me permitiera usar su baño para lavarme la sangre. El hombre se apiadó de mí.
Tardé dos días en volver, de limosna y de raid, hasta mi ciudad. Llegando acá me enteré de que el cadáver de Esquivel había terminado en Monclova. Lo colgaron de alguno de los mil nuevos puentes vehiculares construidos por el gobierno del estado. Le pusieron un letrero sobre el pecho: Esto les pasa a los que no piden permiso. Al menos eso me contó un antiguo colega del periódico. La prensa y la televisión locales, siguiendo su criminal costumbre, no informaron ni media palabra del asunto. En los medios nacionales se habló solamente de la ejecución de un valiente alcalde fronterizo perpetrada por elementos del crimen organizado. De los restos de Violeta y de Camargo no volvió a saberse nada. La maestra Bonilla sufrió un atentado y desde entonces trae escoltas de la policía federal.
Yo dejé la piedra durante unas semanas. Luego volví: no tengo remedio. Ahora vivo con Karen, una yonqui chimuela 20 años más joven que yo. Nos mantenemos con una nueva vieja estafa: drogamos gente en los estacionamientos de los supermercados y les sacamos la cartera. Nos acercamos con cualquier pretexto (casi siempre lo hace ella) y les untamos belladona sobre la piel. Es una droga peligrosa. Para aplicarla sin padecer los síntomas, tenemos que cubrirnos de cera las yemas de los dedos antes de tocarla. Una vez inoculado al cliente, el remedio hace efecto en unos pocos minutos: desorientación, vista borrosa, parálisis parcial, mareos... Suena classy, ¿no? Muy a intriga de los Medici. La realidad es otra. No somos sino aves de rapiña. Ganamos una miseria que, por añadidura, debemos compartir con la policía municipal y los guardias privados de los malls...
Al menos alcanza para la piedra y aquí no hay garrotazos.
¿Orgulloso? Por supuesto que no estoy orgulloso. Escribo esta crónica sin nombre desde un lugar sin nombre y se la envío a un amigo pidiéndole que la publique con la única intención de confesarme: no soy Marcial Lafuente Estefanía sino el cobarde del condado. Desearía que no me juzgues con asco ni con odio. Después de todo, soy la encarnación de ese milagro por el que rezas cada noche: un forajido que decidió arrojar su revólver al suelo. ~

viernes, 8 de abril de 2011

JAVIER SICILIA




Javier Sicilia: Carta abierta a políticos y criminales Javier Sicilia MÉXICO, DF., 3 de abril (Proceso).- El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor. No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre. Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia. De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido. Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como los miserables Sonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal –los animales no hacen lo que ustedes hacen–, sino subhumana, demoniaca, imbécil. Estamos hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y espanto. Ustedes, “señores” políticos, y ustedes, “señores” criminales –lo entrecomillo porque ese epíteto se otorga sólo a la gente honorable–, están con sus omisiones, sus pleitos y sus actos envileciendo a la nación. La muerte de mi hijo Juan Francisco ha levantado la solidaridad y el grito de indignación –que mi familia y yo agradecemos desde el fondo de nuestros corazones– de la ciudadanía y de los medios. Esa indignación vuelve de nuevo a poner ante nuestros oídos esa acertadísima frase que Martí dirigió a los gobernantes: “Si no pueden, renuncien”. Al volverla a poner ante nuestros oídos –después de los miles de cadáveres anónimos y no anónimos que llevamos a nuestras espaldas, es decir, de tantos inocentes asesinados y envilecidos–, esa frase debe ir acompañada de grandes movilizaciones ciudadanas que los obliguen, en estos momentos de emergencia nacional, a unirse para crear una agenda que unifique a la nación y cree un estado de gobernabilidad real. Las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una marcha nacional el miércoles 6 de abril que saldrá a las 5:00 PM del monumento de la Paloma de la Paz para llegar hasta el Palacio de Gobierno, exigiendo justicia y paz. Si los ciudadanos no nos unimos a ella y la reproducimos constantemente en todas las ciudades, en todos los municipios o delegaciones del país, si no somos capaces de eso para obligarlos a ustedes, “señores” políticos, a gobernar con justicia y dignidad, y a ustedes, “señores” criminales, a retornar a sus códigos de honor y a limitar su salvajismo, la espiral de violencia que han generando nos llevará a un camino de horror sin retorno. Si ustedes, “señores” políticos, no gobiernan bien y no toman en serio que vivimos un estado de emergencia nacional que requiere su unidad, y ustedes, “señores” criminales, no limitan sus acciones, terminarán por triunfar y tener el poder, pero gobernarán o reinarán sobre un montón de osarios y de seres amedrentados y destruidos en su alma. Un sueño que ninguno de nosotros les envidia. No hay vida, escribía Albert Camus, sin persuasión y sin paz, y la historia del México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos. Porque no queremos eso, el próximo miércoles saldremos a la calle; porque no queremos un muchacho más, un hijo nuestro, asesinado, las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una unidad nacional ciudadana que debemos mantener viva para romper el miedo y el aislamiento que la incapacidad de ustedes, “señores” políticos, y la crueldad de ustedes, “señores” criminales, nos quieren meter en el cuerpo y en el alma. Recuerdo, en este sentido, unos versos de Bertolt Brecht cuando el horror del nazismo, es decir, el horror de la instalación del crimen en la vida cotidiana de una nación, se anunciaba: “Un día vinieron por los negros y no dije nada; otro día vinieron por los judíos y no dije nada; un día llegaron por mí (o por un hijo mío) y no tuve nada que decir”. Hoy, después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la ciudadanía y a los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con nuestro caminar, con nuestro grito de indignación para que los versos de Brecht no se hagan una realidad en nuestro país. Además opino que hay que devolverle la dignidad a esta nación.


Esta carta se publica en la edición 1976 de la revista Proceso, ya en circulación.