Richard Ford
sábado, 20 de agosto de 2011
HILARIO PEÑA
domingo, 14 de agosto de 2011
1955
1955
José Emilio Pacheco
A la memoria de Louis Panablére
En la cultura contemporánea la rapidez del olvido supera la velocidad de la luz Para la inmensa mayoría de los mexicanos 1955 es un año anterior a su nacimiento; por tanto, prehistórico, tan remoto como 1786 ó 1329 Con todo, antes de que 1995 se hunda también en la sombra eterna, repasemos algunas imágenes de México y el resto del mundo tal y como fueron cuarenta años atrás
Walter Benjamin volvió perdurable la cita de Jules Michelet con que termina París, capital del siglo XIX: “Toda época sueña la siguiente y al soñarla la impulsa hacia el despertar” La frase define a 1955 mejor que si dijéramos “fue el remoto comienzo del fin de siglo” Al repasarlo sentimos lo que Wislawa Szymborska al leer cartas de los muertos: “somos como dioses desamparados/ pero dioses después de todo,/porque sabemos lo que pasó más tarde”.
Situado entre el 45 y el 68, 1955 parece a primera vista bobo, blando, iluso, mediocre, conformista, silente Un año autosatisfecho con la prosperidad que nunca volverá y el fin de las restricciones que siguieron a la Segunda guerra mundial Un año en que la única conversación posible parecía discutir los méritos de los nuevos modelos: el Packard 400, el Chevrolet Bel Air convertible, el Hudson Rambler o el Ford Crown Victoria
Sin embargo 1955 es el año en que surge la noción del tercer mundo en la conferencia de Bandung (Indonesia) Donde sobresalen Chou En-lai, Nehru y Nasser Dondequiera se vive con la aterradora certeza de que algo —un avión norteamericano derribado por los soviéticos en el estrecho de Behring, un encuentro entre israelíes y egipcios en Gaza, un disparo en la frontera entre las dos Coreas, un incidente en el Berlín dividido— desatará la tercera y última guerra mundial Albert Einstein, días antes de su muerte, Bertrand Russell y otros siete pensadores y científicos piden a la humanidad decir en definitiva adiós a las armas: el empleo de la bomba de hidrógeno significa el exterminio total En caso de ataque la usaremos, dice Ike, el presidente que una década atrás fue el general Dwight D Eisenhower, supremo comandante aliado en Europa y es, como Douglas MacArthur, Patton y todos los demás, veterano de las incursiones en México
Una de las más prósperas industrias estadunidenses es la venta de shelters, refugios antiatómicos prefabricados El país tiene cuatro mil bombas H, contra mil de la URSS Hay una reunión de los Cuatro Grandes en Ginebra Se habla de que es posible la coexistencia pacífica, pero las naciones del bloque llamado socialista se unen bajo el Pacto de Varsovia para hacer frente a cualquier avance de la OTAN En Río de Janeiro se forma la Confederación Anticomunista Interamericana para la Defensa Continental Jruschov, secretario general del PC, cesa a Georgi Malenkov y designa al mariscal Nikolai Bulganin como primer ministro El mariscal Zhukov, conquistador de Berlín, es el ministro de Defensa Uno y otro bando anuncian que para 1957 habrán puesto su primer satélite en el espacio y emplearán yets en la aviación civil
A los 81 años Winston Churchill renuncia al gobierno británico La reina Isabel nombra para sucederlo a Sir Anthony Eden En Argentina acaban los diez años de peronismo. El general Eduardo Lonardi encabeza la rebelión del ejército en Córdoba La armada se une al cuartelazo y dice que bombardeará la capital desde el Río de la Plata Buenos Aires se declara ciudad abierta Juan Domingo Perón renuncia y se exilia primero en Paraguay y luego en Panamá Lonardi se sostiene unas semanas en la presidencia y después lo reemplaza el general Pedro Aramburu Un neologismo enriquece el vocabulario político latinoamericano: gorilas.
El aislamiento en que sobrevivió España tras la caída de Hitler y Mussolini se rompe con la visita del ministro de Estado John Forster Dulles al generalísimo Franco A cambio de permitir la instalación de bases militares en su territorio el régimen franquista es admitido en la comunidad del mundo libre.
Extremos de México
En México no pasa nada Los jóvenes lamentan vivir una era tan aburrida Los mayores recuerdan los tiempos en que la presidencia se ganaba con las armas, no gracias al dedo del antecesor, y los políticos dirimían sus querellas a balazos Como aterradora advertencia de que no debe volver una época en que se asesinaba a los poderosos, en San Ángel se muestra a los niños el brazo lívido y velludo de Obregón cociéndose en formol.
El informe presidencial empieza con las palabras rituales: “En un mundo convulso México ha vivido otro año de paz y de progreso” Cuando menos la economía se ha recuperado del trauma que significó la catastrófica devaluación del año anterior en la que el peso alcanzó el inconcebible abismo de 1250 por dólar
En las elecciones para diputados votan por vez primera las mujeres Nada encarna la “etapa del despegue”, la modernización ni el porvenir radiante como la nueva Ciudad Universitaria El cambio paulatino hacia el Pedregal consuma la muerte del centro, iniciada una década atrás cuando la aparición de “Sears” desplazó la zona comercial hasta Insurgentes En lo que fue Colonia Americana, Colonia de los Extranjeros y después Colonia Juárez desaparecen las mansiones porfirianas de techos inclinados por los que sólo dos o tres veces en el siglo resbaló la nieve Ya están allí algunos restaurantes y centros nocturnos de lujo pero faltan dos años para que se forme la Zona Rosa Durará tres lustros antes de que el Metro incruste el México popular con el bronco aroma de sus fritangas en lo que intentó ser el reducto “del arte y el buen gusto”
El país tiene 29 millones de habitantes; la capital tres millones y medio De los 90 mil niños que llegan al mundo cada día ¿cuántos nacen en México? Muchos seguramente, pues para darle trabajo a todos tendrían que abrirse cada año 250 mil puestos Y los campesinos llegan por miles diariamente En el campo apenas ganan un promedio anual de 560 pesos (12 centavos de dólar al día), más o menos lo que gastan dos parejas por una noche de cena, baile y copas en el “Jacarandas” o el “Villafontana”
Pero cabarets y cantinas cierran a la una Bajo la austeridad de Adolfo Ruiz Cortines y el “Regente de Hierro” Ernesto P Uruchurtu, México ha dejado de ser el escenario de la orgía perpetua que fue durante el alemanismo O mejor dicho, el sexo ha pasado a la pseudoclandestinidad Por todas las colonias proliferan los “courts”, moteles de un rato o una noche que han sustituido a los “gabinetes reservados” de los restaurantes porfirianos como escenarios del amor-pasión, la seducción, el adulterio y a veces el pacto suicida Pero contra el terror al embarazo y a la sífilis, el burdel paradigmático, el de Graciela Olmos, “La Bandida”, está ante “El Palacio de Hierro” que ocupa el lugar del Toreo de la Condesa.
Desaparecidos por orden del Regente Vea y Vodevil, la mano de Onán no tiene más recurso que las estrellas del cine nacional retratadas en bikini en las páginas a color de Siempre! y en rotograbado en Cine Mundial A los hermanos Calderón se les ocurre hacer frente al reto televisivo —los canales 2, 4 y 5 se unen para formar Telesistema Mexicano que a partir de 1972 se llamará Televisa— y presentar películas con desnudos “artísticos” (y parciales: estamos lejos aún de los setenta con sus “guerras púbicas”) de Ana Luis Peluffo, Kitty de Hoyos, Columba Domínguez y Amanda del Llano
Luis Buñuel filma Ensayo de un crimen Rodolfo Usigli dice que no reconoce su novela Miroslava se suicida Desata teorías de la conspiración menos extendidas, sin embargo, que las propagadas por la muerte de Carlos Lazo, secretario de Comunicaciones y arquitecto que dirigió las obras en la Ciudad Universitaria y transformó el río de la Piedad en Viaducto Alemán Lazo muere al desplomarse su avión sobre el lago de Texcoco, cuando apenas había despegado del aeropuerto ¿Es porque iba a ser presidente en 58? No hombre, imposible Esas cosas no volverán a ocurrir en México Fue una muerte accidental No le busques.
Juan Rulfo publica Pedro Páramo. Se apresura a celebrarla Carlos Fuentes que, con Emmanuel Carballo, inicia la Revista Mexicana de Literatura En su primer número Octavio Paz se pregunta en “El cántaro roto” si en la noche de México sólo el Cacique Gordo de Cempoala es inmortal Paz, Arreola y otros escritores y pintores se unen para colaborar con los jóvenes que crean un nuevo teatro mexicano en “Poesía en voz alta”, grupo dirigido por Héctor Mendoza y José Luis Ibáñez Es parte del gran impulso renovador auspiciado por Jaime García Terrés desde la dirección de Difusión Cultural de la UNAM Su medio siglo de escritor le es celebrado a Alfonso Reyes con el primer tomo de sus Obras completas, no terminadas hasta 1993 México en la cultura y la Revista de la Universidad son las publicaciones centrales del momento La oposición se manifiesta en Metáfora, dirigida por Jesús Arellano y A Silva Villalobos La canción del año no es “Historia de un amor” ni “Los marcianos”: José Alfredo Jiménez resume cuatro mil años de poesía judeocristiana en “Camino de Guanajuato”: “No vale nada la vida/La vida no vale nada/ Comienza siempre llorando/ y así llorando se acaba/ Por eso es que en este mundo/ la vida no vale nada”.
Marylin Monroe, Elvis Presley, James Dean.
Pero el centro de todo no está aquí sino en el país que salió victorioso de la autodestrucción de Europa y la guerra por el control del Océano Pacífico Es el primer imperio de la historia que cuenta con una industria de las comunicaciones capaz de imponer su cultura al instante y en escala planetaria Así, la imagen paradigmática de 1955 podría ser la de Marylin Monroe en el instante de Comezón del séptimo año en que el viento desplazado por el subway de Nueva York le levanta la falda Ya están Brigitte Bardot y los beatniks pero tendrán que esperar al año siguiente para que se difundan por todo el mundo.
En cambio 1955 es propiedad de Elvis y James Dean El rock viene de lejos En lo inmediato, el 54, un grupo negro, The Chords, ha triunfado en Sh-boom A comienzos del 55 un grupo blanco, Bill Halley y sus Cometas, hace escuchar dondequiera Rock Around the Clock Enseguida un joven trailero de 21 años se levanta de Memphis, Tenessee —la capital del Dr Schools, el primer hombre que se preocupó por los pies— y vende un millón de ejemplares de sus primeros éxitos: Sixteen tons, Don’t be cruel, Heartbreak Hotel, Love Me Tender Para la generación silenciosa el efecto es electrizante y orgásmico Con Elvis empieza la música como grito de rebelión Y si su rock nace de lo que más teme su país: el mestizaje —el ayuntamiento de la balada country de los red necks y el rhytm-and-blues negro— su vestuario no es ajeno al zoot suit de los pachucos que irrumpieron 12 años antes en Los Angeles, inspiraron El laberinto de la soledad y dieron al cine mexicano su más grande cómico de todos los tiempos: Tin Tan.
Life describió a James Dean como “la visión de sí mismo que cada adolescente lleva en su interior y el sueño de toda muchacha” Dean empezó como aprendiz de Marlon Brando pero un choque brutal el 30 de septiembre lo salvó de lo que Sor Juana llamaba el ultraje de la vejez. Un James Dean de 64 años y 130 kilos de peso es tan inimaginable como un Rimbaud setentón ingresando con uniforme de mamarracho en la Academia Francesa Sólo puede convertirse en leyenda el revolucionario que no se mancha con la inmundicia del poder o el actor que escapa cuando, como en el verso de Lezama Lima, había alcanzado su definición mejor.
James Dean salió de la nada y entró en la gloria amarga del estrellato y en la juventud eterna con sólo tres películas: Al este del paraíso, Gigante y sobre todo Rebelde sin causa, estrenada después de su muerte y ya bajo el aura legendaria Pauline Kael, una muchacha de su generación que se iniciaba en la crítica de cine, escribió al ver East of Eden: “Miren esa hermosa desesperación Hay una nueva imagen en el cine: el joven como un animal bello y perturbado, tan lleno de amor que está indefenso Quizá su padre no lo amó, pero la cámara lo adora y nosotros también”.
El director Elia Kazán llegó a lamentarse por haber desencadenado un nuevo Frankestein que arrojó un conjuro sobre la juventud del mundo entero (Elvis, por lo pronto, dijo: “Quiero ser conocido como el James Dean del rock”) No obstante, los personajes que encarnaron en el escenario y la pantalla estaban desde antes en la realidad La juventud alienada (el término se popularizó en 1955), el delincuente juvenil, el rebelde contra la civilización y sus descontentos ya perturbaba las conciencias antes de que se oyeran los nombres de Elvis y Dean.
Se culpaba a los cómics, que en el medio siglo alcanzaron su edad de oro; a la televisión, inocente si compara con cualquier programa actual; a las “malas lecturas” como las novelas de Mickey Spillane Pero sobre todo a la desintegración familiar provocada por el éxodo a los suburbios El padre quiso dar a su familia el aire del campo y la protección del grupo blanco, anglosajón y protestante Buenas escuelas y mejor compañía. Se acabó la familia extendida. Se confinó a los viejos en el asilo Las ciudades fueron abandonadas a los que venían del sur escapando del racismo Con su trabajo de 9 a 5 en la ciudad a la que llegaba y de la que volvía por el ferrocarril suburbano, aquel padre se convirtió en El hombre del traje gris, título del gran best seller de 1955 Su autor, Sloan Wilson, tuvo un éxito inconcebible Le duró un año Después nadie quiso volver a acordarse de él porque ya había otros diez mil Sloan Wilson a las puertas Hoy vive en una barca abandonada en Chesapeek Bay, Maryland Su existencia es casi la de un mendigo.
El monstruo de dos cabezas.
La televisión iba a matar al cine y desde luego a la lectura El primero respondió con el color, el cinemascope, la tercera dimensión y sus estorbosos anteojos y los drive ins, las pantallas al aire libre en un estacionamiento Los libros se multiplicaron al infinito y surgió el libro de bolsillo de calidad En una sola noche más gente vio Hamlet y Edipo rey que en toda la historia anterior Platón y Dante tuvieron más público que en los pasados siglos reunidos.
Pero los intelectuales se vanagloriaban de no ver lo que llamaron en este año “the idiot box” y temieron sus poderes En 1955 la tv impuso la moda (o fad, como se dice en inglés con una palabra que parece borrarse a medida que se pronuncia) de Davy Crockett: del sombrero y la chamarra hasta los juguetes y la pasta de dientes con clorofila (todo era verde entonces para limpiar el pecado original de que nos acusó el reverendo Swift: ser el más hediondo de los animales Por fin se descubrió que las cabras están por completo clorofiladas y huelen a rayos Adiós a la pasta verde) Crockett fue víctima de Santa Anna en El Alamo La moda exaltó el eterno antimexicanismo: los niños jugaban a exterminar greasers en la batalla por San Antonio
Otra posibilidad de la televisión fueron los programas de Edward R Murrow, el gran corresponsal radiofónico que trasmitió en vivo la guerra de Europa y luego en See it Now inició el periodismo televisivo de investigación y de opinión Murrow llegó a ser tan poderoso que una noche criticó al senador MacCarthy Al día siguiente centenares de periódicos lo siguieron y provocaron la ruina del inquisidor demente CBS no pudo con Murrow. En 1958 lo callaron para siempre.
Todo empezó en Alabama.
1955 terminó el primero de diciembre cuando en Memphis, Alabama, una costurera negra, exhausta tras doce horas de trabajo, se negó a cumplir la ley local y no le cedió el asiento del autobús a un blanco La señora Rosa Park fue arrestada. Su comunidad se lanzó a boicotear a la compañía de autobuses Surgió un joven líder, el Dr Martin Luther King, con la consigna de que “la no violencia es la técnica más potente para los oprimidos El sufrimiento que no merecemos tiene un efecto redentor”. Con Rosa Park y Martin Luther King nació el Movimiento Pro Derechos Civiles Aun en mayor medida que en las canciones de Elvis y las películas de Dean, en la rebelión justísima y valientísima de una costurera de Memphis, murió la era de Eisenhower y Ruiz Cortines y se gestaron los sesenta
miércoles, 10 de agosto de 2011
EL PRELUDIO
Era la mañana del 19 de septiembre de 1985. A las siete de la mañana, sonó la alarma del Sismógrafo colocado en las faldas del Popocatépetl, auspiciado por el Instituto de Geofísica de la UNAM. Una recorrido inusual del medidor de frecuencia del sismógrafo provocó que los encargados de recibir los datos, a ciento cincuenta kilómetros, se mantuvieran al tanto los próximos minutos, pero sin saber que este movimiento inusual provenía de las placas tectónicas Norteamericana y Cocos, y no, como pensaron, de los latidos intestinos de don Goyo. Eran usuales estas exultaciones del Popo (un volcán que se cuenta entre los más activos del mundo), y los geólogos nunca previeron la magnitud del desastre que estaba por venir. De cualquier forma –se escudaron días después los geólogos- veinte minutos no hubieran bastado para poner alerta a todo ese monstruo de concreto que crecía y se desparramaba más allá de los confines de sí mismo, con una población que a esa hora se preparaba para la “chinga diaria”.
En 1985 la Ciudad de México era la tercera ciudad más populosa del mundo, luego de Nueva York y Tokyo. Había sufrido, a lo largo de su historia moderna, una serie de transformaciones que habían cambiado su fisonomía urbana, convirtiéndola en una urbe progresista que albergaba un concentrado poblacional que se desparramaba y llenaba cinturones de pobreza por donde se mirase. A finales de los cincuenta, bajo el mandato de López Mateos, se inició el entubado de los principales ríos que atravesaban la ciudad: el de los Remedios, el Churubusco y el Canal de san Juan, así como la reconstrucción de ciertas zonas de Xochimilco y Cuemanco. Estas obras dieron pie a la transformación urbana y la repoblación, que llegaría a su clímax en los años sesenta con la apertura de las primeras líneas del Metro (la primera inaugurada en 1968, y la última planeada para 2012), y una década después con la construcción de los ejes viales y el anillo periférico, que circundan la ciudad dando acceso a recorridos más rápidos. La “región más trasparente”, como llamó Carlos Fuentes al Valle de México en los años cincuentas, se había convertido en un monstruo multicéfalo impregnado de smog (los índices Imeca se disparaban día con día), barrios marginales que contrastaban con la opulencia de zonas exclusivas, espectáculos cotidianos que volvían trágico lo cómico, hacinamiento de gente en multifamiliares construidos al madrazo, centros comerciales que daban a la gente común la posibilidad de distraerse con sus aparadores de marcas internacionales, y una cantidad inusitada de personas que venían de todos lados y llegaban al DF con las esperanza de encontrar una forma decente de ganarse la vida.
CUANDO DIOS DEJÓ ESTAS TIERRAS: LAS VOCES TERREMOTO.
(Cada voz, cada lamento, no ha sido recuperado. Los testimonios se cuentan por miles, así como también son miles las voces que quedaron en silencio para siempre con el terremoto del 85. Sean para ellos, pues, estás historias, y principalmente para mi tío Julián, quien murió en el terremoto y nunca encontraron su cuerpo).
Helena Terán trabajaba en una fábrica de dulces en la colonia Industrial Vallejo. Todos los días, se levantaba a las cinco de la mañana a hervir agua para nescafé, preparar el desayuno frugal que dejaba a sus hijos, bañarse, alistarse y tomar el Metro en la estación Pantitlán. Helena bajaba rigurosamente de lunes a sábado (el domingo descansaba aunque había días que lo tomaba para que rindiera para el gasto) en la estación Tlatelolco y de ahí tomaba el pesero que la dejaba a un costado de Calzada Vallejo. Esa mañana, mientras el pesero avanzaba por la calle Rinconada y escuchaban las noticias de Radio Imagen, Helena vio cómo todo se movía: los edificios parecían juguetes de papel sin control, los automóviles se meneaban de un lado a otro y comenzaron a sonar los cláxones; el chofer de la pesera paró el coche justo antes de que un poste de luz cayera sobre la unidad. Siete personas murieron, incluida Helena Terán. El chofer pudo dar fe de los hechos.
Quizá nunca se sepan cuáles fueron las últimas palabras del rockero y trovador Rockdrigo González. Para ello, debemos ficcionarlo, darle sentido desde la recreación de sus últimas horas de vida. Lo que sí sabemos es que dos noches antes había cancelado una presentación en Querétaro por un fuerte resfriado y se había quedado todo el día en cama. Por la noche, su ex pareja le había ido a visitar. No platicaron mucho. Rockdrigo le preguntó por su hija Amanda Lalena (que años más tarde se convertiría en la cantante Amandititita) y su ex le contestó que la había mandado unos días a casa de sus padres en Tampico. Su ex la preparó un té de manzanilla, y le dejó preparado un sándwich. Rockdrigo quiso que su ex le fuera a comprar cigarros a la tienda pero ésta lo reprendió y Rockdrigo, resignado, se conformó con el té y una novela de misterio que estaba leyendo. Quedaron que ella le llamaría al otro día para ver cómo seguía. A la siete y veinte de la mañana su ex se despertó en medio del caos. Marcó el número de Rockdrigo pero del otro lado de la línea nadie contestó.
José Romero Díaz era el primero en llegar a la Escuela Primaria “Constitución de 1917”, ubicada en la calle Playa Caleta de la colonia Militar Marte, en la delegación Iztacalco. Tenía el encargo del Director de abrir la escuela todos los días y revisar que todo estuviera en orden. Luego, informaba al Director. La mañana del 18 de septiembre de 1985, un día antes del terremoto, José Romero salió como de costumbre a abrir la escuela en su bicicleta Mercurio. Antes de llegar a su trabajo, paró a tomar un tamal y un champurrado con doña Chofi, en la esquina de Eje 5 sur y Calzada de la Viga. Una vez terminado su desayuno, Romero siguió avanzando por todo el eje 5 hasta llegar al eje 3 oriente de Plutarco Elías Calles, en donde, a las siete y media de la mañana, un automóvil de carga perdió el control y lo arrojó contra un árbol que no tardó en caerse. Por increíble que parezca, Romero no murió ese día: quizá no era su hora. Romero murió al desplomarse el Hospital General, donde fue trasladado luego del accidente, durante el terremoto del 19 de septiembre. Murieron junto con él 80 personas que se encontraban internados en diferentes salas. Sus familiares nunca recuperaron su cuerpo.
CRÓNICA DEL TERREMOTO.
A las 7:20 de la mañana del martes 19 de septiembre de 1985, un terremoto de 8.1 grados en escala Richter devastó la Ciudad de México luego de un tiempo estimado de minuto y medio. “La realidad cotidiana”, como señaló Carlos Monsiváis, “se desmenuza en oscilaciones, ruidos categóricos o minúsculos, estallidos de cristales, desplomes de objetos o de revestimientos, gritos, llantos, el intenso crujido que anuncia la siguiente impredecible metamorfosis de la habitación, del edificio, del departamento…” El caos impera en toda la ciudad. Durante los primeros minutos los habitantes, incrédulos, degluten el misterio de lo irreconocible con una paciencia pasmosa. El sólo pensar en el interminable movimiento de los objetos dentro o fuera de su casa, fuera de sí en un baile incesante, los pone histéricos. Muchos se arrastran y logran salir de los escombros de lo que fue su casa. Miran su entorno como un loco mira el horizonte: sin esperanza, atados a ver sin querer ver, descubriendo en otros la terrible realidad: hijos muertos, familiares desaparecidos, madres que prefirieron proteger a sus hijos el último momento, rescate de las pocas pertenencias que logran rescatar debajo de la basura y los escombros.
Los primeros noticieros no dan crédito a lo que las cámaras o los micrófonos narran. En Televisa, el programa de Guillermo Ochoa es el primero en trasmitir en vivo imágenes del terremoto. Algunos reporteros logran captar imágenes que perdurarán: los restos de los que fue el gran Hotel Regis, el Centro Médico en ruinas, lo que queda de los edificios Nuevo León y Zacatecas en la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, el Multifamiliar Juárez, el edificio de la SCOP con murales de O’Gorman, el Hospital General, la Secretaría de Comercio, algunas entradas del Metro por donde, media hora después del Terremoto, corren inalcanzables centenares de personas que van a sus casas por miedo a haber perdido a algún familiar. De las 7:20 a las 8:00 de la mañana la ciudad se paraliza. No hay Gobierno, no hay autoridad, no hay líderes que pongan las cosas en orden en medio de la tragedia. Pero el mexicano es estoico y sabe reponerse pronto al dolor. Ante la inoperancia de las autoridades (el mismo De la Madrid lanza un discurso a media mañana en donde declara la inoperancia del gobierno capitalino para enfrentar tal situación, pero promete no bajar la guardia y acepta toda la ayuda internacional que se pueda), la sociedad se organiza: nunca como en esos días los mexicanos fueron uno sólo, nunca se vio tal compromiso por ayudar, nunca el gobierno, cuando menos durante breves horas, fue del pueblo.
A la inoperancia del gobierno sobrevino el escamoteo de información. Los primeros boletines ordenados por el gobierno a través de sus departamentos de comunicación social, hablaban de dos mil muertos. Era ridículo pensar esa cifra cuando todo mundo sabía que en el Centro Médico Nacional y el Hospital General, los nosocomios más grandes de la ciudad, el número de internos rebasaba esa cantidad. La cifra, aún ahora, no ha sido declarada. Se habla de veinte mil muertos y otros miles de desaparecidos. Nada más en las colonias Obrera, Guerrero, Tepito, Anzures, del Valle, Roma, Hipódromo, Nápoles y Condesa los muertos se sacan por cientos debajo de casas, edificios, vecindades, tiendas y fábricas. Los vecinos se turnan en cuadrillas que trabajan sin descanso para rescatar a sobrevivientes. Algunos perecen al caerse los endebles sustentos que retienen los débiles muros. Las brigadas, y no el Ejército, fueron los principales héroes de esa tragedia. Son incontables las historias que se presentan ese día y los días subsecuentes de héroes anónimos que lograron sacar a numerosos heridos de los escombros. Madres claman por el cuerpo de sus hijos –los saben muertos, porque ¿cómo sobrevivir a la caída de toneladas de concreto de edificios que dejaron de serlo en el momento de caer para convertirse en fierros retorcidos, escombros inservibles, polvo inevitable?-, padres y esposos desesperados buscan a sus hijos o esposas en un frenesí que los ciega, y, en medio de la tragedia, el alivio, la esperanza: los niños rescatados del Centro Médico luego de días en la oscuridad; los topos con sus cientos de rescates oportunos; la historias de gente que tuvieron que sobrevivir bajo los escombros bebiendo sus orines y pensando en comer sus excrementos cuando no hubiera otra salida, la ayuda que se convierte en el centro de toda la ciudad (todos piensan en ceder, desprenderse, darse a los otros), la regularización de los servicios básicos cortados tras el temblor: la luz para ver el noticiero y no perderse los detalles de la catástrofe, el agua para lavar los cuerpos de los que han pasado horas expuestos al polvo y al olor fétido que amenaza por convertirlo todo en un foco de infección, el teléfono para hablar con sus familiares o para tener noticias de alguien desaparecido, el gas para cocinar el alimento que luego repartirán entre las brigadas, los supermercados que reabren sus puertas y se ofrecen como centros de acopio para los damnificados, las iglesias que sirven como paño de lágrimas de miles, los cementerios que se encuentran atestados de cadáveres etiquetados como “desconocidos”, las fosas comunes a donde van a parar cientos, miles, de cuerpos que hoy día esperan ser reconocidos, el valor de una sociedad que, ante el pasmo y el desdén, supo abrirse camino por sí sola y reponerse a la tragedia.
EPÍLOGO
CUANDO DIOS DEJÓ ESTAS TIERRAS (Y EL GOBIERNO SE ENCARGÓ DE TRAERLO DE VUELTA).
Eugenia Ramblés no podía creer que el edificio Metropolitano, ubicado la calle Presidente Mazarik en la colonia Polanco, se hubiera desplomado. El mismo presidente López Portillo lo había inaugurado en 1982. Ramblés pagó casi quinientos mil dólares al consorcio inmobiliario Risthanis que le vendió un departamento en este lujoso edificio de veinte pisos y tecnología de punta. La zona exclusiva lo valía. Incluso el mismísimo Carlos Slim había adquirido en Pent-house en el Metropolitano, lo que aumentaba la plusvalía de la adquisición. Ramblés se encontraba en Miami cuando su abogado le habló que en México había ocurrido una catástrofe y el Metropolitano se había desplomado. El abogado le aconsejó no viajar a México y esperar a que las cosas se calmaran, pero Ramblés tomó el primer vuelo a México y, vía Los Ángeles, Tijuana y Guadalajara, llegó al DF el 20 de septiembre. Lo primero que vio, justo antes de aterrizar, era una ciudad sumida en el caos. Su chofer tardó dos horas en llegar a Las Lomas –donde tenía su residencia habitual- y más de una hora en llegar a Polanco. Lo que quedaba del edificio Metropolitano le causó risa. Del teléfono de su Jaguar llamó a su abogado para saber la “situación” de su inmueble. “No te preocupes”, escuchó Ramblés detrás de auricular, “esta mañana hablé con el arquitecto Risthanis y me aseguró que la zona de Polanco va a ser la primera que reconstruyan de toda la ciudad. Hay no sé qué acuerdo con el regente capitalino para que las zonas exclusivas sean protegidas, y te aseguro que antes de seis meses levantan de sus ruinas al Metropolitano”. Mientras avanzaba por Mazarik, Ramblés vio que las instalaciones de la Cruz Roja de Polanco estaban atestadas de gente que donaba víveres o lo que tuviera a la mano. Antes de llegar a su residencia en las Lomas, Ramblés ordenó a su chofer llevar una despensa a la Cruz Roja. Al bajar de su auto, se sintió feliz al saber que su patrimonio estaba asegurado. Al fin y al cabo ella era rica y de eso no tenía la culpa nadie. Ni siquiera el terremoto.
domingo, 7 de agosto de 2011
VIDA Y FICCIÓN

Siempre he creído que la literatura sirve para aliviar los males cotidianos. La literatura anuncia a la vida que ésta no es nada sin la ficción, o más bien es todo por la ficción. Por lo regular, la vida necesita de engañarse a sí misma para seguir su curso natural. Este curso natural que es nuestra vida cotidiana, al menos para mí, no sería nada sin el ingrediente de recrearme todos los días mediante le lectura y la escritura, no sería nada si no vivo desde la ficción. Poner este ingrediente fundamental en mi vida me ha salvado de muchas cosas y me ha dado la fuerza necesaria para seguir adelante en tiempos donde la vida se resiste a seguir. De las muchas definiciones que relacionan la literatura y la vida, hay una del gran John Cheever que me gusta y siempre que puedo recito porque me parece una definición muy bella: “No poseemos más conciencia que la literatura…, la literatura ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes, vencido la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo”. No creo, como Cheever, que la literatura pueda salvar al mundo, pero sí creo fervientemente que puede salvar la vida de miles de fantasmas que deambulan por la vida sin algo donde asirse, alejándose cada vez más de su punto vital. Esta cualidad catártica es la que ha mantenido la literatura en la vida de las sociedades a pesar de que cada vez menos personas leen. Cuando sus detractores auguraban que el libro desaparecería en pocos años, ésta herramienta esencial para reconocernos ha permanecido en el gusto de un público fiel que sabe que no hay mejor compañero, no hay mejor charla, no hay mejor cuerda para ahorcarse o bala que penetre un cráneo que un libro.
Y como la literatura ayuda en problemas domésticos, la solución está en la misma literatura. Hace ya varios días que mi mujer me ha reclamado por qué no aparece en los relatos que escribo. Algunas veces le leo los relatos que voy escribiendo poco a poco, esperando que me dé alguna opinión. Algunos le gustan, otros no, y ella me lo hace saber con la sorna que la caracteriza. Debo decir, también, que a mi mujer la literatura no es de su particular interés (prefiere dedicarse a asuntos educativos), así que no espero comentarios de una experta. Mientras le leía mi último relato (un textito sobre la educación sexual/sentimental de una pareja de estudiantes en el DF de los ochenta), me dijo que ya tenía meses que me quería decir algo pero no encontraba la forma de cómo decirlo. Me extrañó que no lo hubiera dicho si su carácter no le permite ocultarme nada, y menos algo que le incomoda. Le contesté que hablara de una buena vez. Y me soltó que lo único que no le gustaba de mis relatos era que nunca, al menos así lo sentía, me había tomado la molestia de escribir algo que fuera como ella, en donde la pudiera sentirse identificada. Puse cara de sorpresa pero inmediatamente me recuperé, bajé las escaleras, revisé uno a uno los estantes de mi librero hasta encontrar El día de la Independencia de Richard Ford, y, tras hojear el libro por unos minutos, encontré que cita que, una vez de regreso en la habitación, le leí, y que reproduzco:
En efecto, a menudo traté de hacerle comprender que su contribución no era ser un personaje sino hacer imperiosos mis pequeños intentos de creación siendo tan maravillosa que yo no tenía más remedio que quererla; los relatos, después de todo, sólo eran palabras que daban forma a unos misterios más vastos, apremiantes, pero, por otra parte, inexpresables, como el amor y la pasión. En este sentido, le expliqué, ella era mi musa; las musas no eran unas hadas atractivas y juguetonas que se te sientan la hombro para sugerirte una mejor elección de las expresiones y que se alegran con disimulo cuando consigues una, sino poderosas fuerzas morales y vitales que amenazan con aspirarte fuera del casco de tu barco a no ser que puedas clavar unas tablas –palabras, en el caso del escritor- en la brecha. (Todavía no he encontrado nada que pueda reemplazar a esa fuerza, lo que quizá explique cómo me he sentido en estos últimos tiempos y, en espacial, hoy y aquí).
Leí la cita de Ford, que me pareció adecuada. No espero que lo entiendas, le dije, pero el simple hecho de estar juntos y tener un hijo ha sido la experiencia más importante de mi vida. No hay ficción que lo supere, y la literatura, le dije, es sólo una parte de todo lo que hemos vivido juntos y el largo camino que habremos de recorrer. En ese momento despertó mi hijo. No sé si lo entendió y no lo sé porque dije estas palabras, que nunca me había atrevido a decirle, pensando en que fueran lo más claras posibles. A fin de cuentas, pensé, sólo se trata de papel y tinta. Y no lo sé porque la sonrisa de ambos es más importante que cualquier obra maestra.
domingo, 24 de julio de 2011
AMY WINEHOUSE, ADIÓS

They tried to make me go to rehab
I said no, no, no.
Yes I been black, but when I come back
You wont know, know, know.
domingo, 17 de julio de 2011

He tenido uno de los más agradables desconciertos literarios leyendo La literatura nazi en América. En realidad es un libro publicado originalmente en 1996 por la misma editorial, pero que me había sido imposible conseguir hasta ahora, pese a mi gran interés por la obra de Roberto Bolaño. Como muchos críticos y lectores, considero que Bolaño (Santiago 1953, Barcelona 2003) no sólo es el mejor narrador chileno de fines del siglo XX, sino una figura capital en la literatura hispanoamericana del período, lo que hace aún más lamentable su temprana desaparición. Exiliado al comienzo de la dictadura de Pinochet, vivió buena parte de su vida en México, Estados Unidos y finalmente en España, donde se instaló y fue lentamente haciéndose conocido. Esa experiencia cosmopolita, marginal y desarraigada hizo de él un paradigma del escritor que no pertenece enteramente a ningún lugar y cuya verdadera patria es la literaria, pues se reconoce mejor en los personajes y ambientes creados por su imaginación a partir de otros muy reales.
Tenía el don básico del buen narrador: el arte de convertir cualquier asunto, grande o pequeño, actual o remoto, verosímil o absurdo, en algo personal y cautivante, cuyo interés arrastraba al lector hasta la última página. Su lenguaje era en esencia funcional, pero poseía una tensión lírica, una ansiedad existencial, un impulso visionario y una extraña mezcla de simpatía y cinismo frente a sus propias creaturas; daba la impresión de conocer todas las trampas: las argucias y secretos del oficio, aprendidos de sus febriles lecturas, desde los clásicos hasta la novela fantástica, policial y de ciencia-ficción.
Aunque comenzó como poeta y publicó hasta cinco libros de ese género, es la obra narrativa, que inició hacia 1984 —acompañada por algunos ensayos—, lo que realmente importa. Como novelista y cuentista dejó varias obras tan notables como diversas: Monsieur Pain, Los detectives salvajes,Nocturno de Chile, Llamadas telefónicas y finalmente la monumental 2666, publicada póstumamente en 2004, que confirma la originalidad y profundidad de su visión.
El título La literatura nazi en América me despistó por completo, porque sugería que se trataba de un libro de ensayos. Las palabras con las que el autor lo presentaba le añadían cierta ambigüedad: como "una antología vagamente enciclopédica de la literatura filo-nazi en América desde 1930 a 2010". Esta última fecha —que le otorgaba una punzante ironía— daba una indicación de que el libro no era lo que parecía. Por otro lado, en un excelente trabajo sobre Bolaño, un crítico hablaba de la obra como una novela; yo no iría tan lejos, pero hay un margen para hacer una afirmación como ésa. Su lectura misma me trajo, a la vez, una decepción y una grata confirmación del raro talento del autor.
Lo que yo esperaba era un libro que discutiera formalmente el tema anunciado en el título, y que presentara ejemplos de una corriente de pensamiento que, entre nosotros, tuvo varios cultores —algunos famosos, otros piadosamente olvidados— que forman un grupo bastante numeroso si asimilamos a todos los que, de una manera u otra, sostuvieron ideas racistas, ultranacionalistas, fascistas o antisemitas. Los casos más tristemente célebres son los de Leopoldo Lugones y José Vasconcelos: el primero —gran poeta, narrador y filósofo— hizo un extraño viraje desde el anarquismo de su juventud y el apoyo a la causa aliada en la Primera Guerra Mundial, para terminar defendiendo el militarismo a ultranza, que llamó con exaltación "la hora de la espada"; el segundo pasó de militante de la Revolución Mexicana a identificarse, en la fase final de su vida, con la ideología fascista, en apoyo de la cual publicó la revista Timón. Pero el ejemplo más flagrante es el del novelista y ensayista boliviano Alcides Arguedas (1879-1946), que es recordado como indigenista, lo que no le impidió citar Mein Kampf, en el prólogo a la segunda edición (Santiago de Chile, 1937) de su Pueblo enfermo, entre las autoridades sobre el problema racial. En cambio, Borges, un hombre que siempre admitió ser un conservador y se sintió orgulloso de serlo, fue un fervoroso defensor de la cultura judía en un país y una época en los cuales era difícil y aun riesgoso hacerlo; basta releer "Deutsches Requiem" para comprobarlo.
El lector de este libro buscará en vano aquéllos y otros nombres que ocupan un capítulo vergonzoso de nuestra historia literaria: ninguno aparece porque todos son ficticios. Me bastó revisar el sumario para darme cuenta de que la obra pertenecía a una categoría a medias entre varios géneros y que podría denominarse "ficción no narrativa", con la importante excepción que señalaré más adelante. Adoptaba la engañosa forma de un diccionario de autores, con la diferencia de que todas las entradas biobibliográficas son apócrifas, y de que no aparecen en orden alfabético sino siguiendo agrupaciones algo caprichosas.
Esta clase de libros que aluden, bajo la apariencia de rigurosas recopilaciones, a personas u obras inexistentes tienen ilustres antecedentes:Vidas imaginarias de Marcel Schwob, Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters (aunque este hermoso libro sea una colección de poéticos epitafios); sin duda, el gran modelo en nuestra lengua es Borges, que escribió un Manual de zoología fantástica, además de Historia universal de la infamia —donde rehizo a su anteojo vidas legendarias o de otros autores como si fuesen suyas— y de célebres relatos como "Examen de la obra de Herbert Quain", "El acercamiento a Almotásim" o "Pierre Menard, autor del Quijote", que giran alrededor de libros inventados (en el último caso, a imagen y semejanza de uno real).
Esa huella borgesiana es visible en el trasfondo del libro de Bolaño: lo mueve una intención paródica, de juego ilustrado, lleno de guiños irónicos y de burlas a veces encarnizadas, a veces benévolas. Con frecuencia, Bolaño mezcla, como su maestro, lo ficticio con lo real para crear una sensación de verosimilutud en lo disparatado. Nos dice que su apócrifo Juan Mendiluce Thompson, miembro de una ilustre familia de intelectuales que podría ser el reverso del clan de Victoria Ocampo, detestaba la literatura inglesa y francesa y que lanzaba "diatribas contra Cortázar, a quien acusa de irreal y cruento; contra Borges, a quien acusa de escribir historias que 'son caricaturas de caricaturas' y de crear personajes exhaustos [...]; sus ataques se hacen extensivos a Bioy Casares, a Mujica Lainez, Ernesto Sabato" (p. 27). Entre las propuestas de Silvio Salvático figuran "la reinstauración de la Inquisición" y "la concesión de becas literarias a perpetuidad" (p. 57); de Daniela de Montecristo se cuenta que "en la nalga izquierda llevaba tatuada una svástica negra" (p. 95).
Un aspecto muy disfrutable de estas páginas es el de adivinar a quiénes alude Bolaño con sus personajes, lo que no es fácil. El lector puede pensar que con Segundo José Heredia le echa una broma al poeta cubano José María Heredia, o que tras el guatemalteco Gustavo Borda se oculta el nada ficticio colombiano Juan Gustavo Cobo Borda. Pero las respectivas entradas parecen desmentirlo. De paso, las fichas biográficas de algunos personajes los hacen "morir" en el futuro: Borda en 2016, Argentino Schiaffino en 2015, etcétera.
Detrás de este aparente diccionario está su inesperada conexión con el mundo narrativo del autor, donde también hay un constante juego entre lo puramente literario y lo testimonial y aun lo histórico. Desde ese ángulo cabe leer el libro: de otro modo, como un conjunto de vidas, situaciones y obsesiones de consistencia abiertamente ficticia, con las cuales se podría construir decenas de novelas, lo que subraya la rica inventiva de Bolaño.
Igualmente, debe recordarse que un rasgo clave en su obra novelística es la presencia protagónica de escritores y lectores como compañeros de ruta de seres marginales o perversos. La indagación del mal es un interés supremo que asocia a policías y criminales con escritores convertidos en "detectives salvajes". La violencia de cuño nazi no está, pues, muy lejos en el horizonte de estos individuos. En Estrella distante, novela publicada el mismo año que La literatura nazi..., aparece un piloto de la Fuerza Aérea Chilena implicado en la tortura durante los años de Pinochet. Ese mismo episodio aparece sorpresivamente al final del diccionario de Bolaño, cuyas últimas treinta páginas constituyen la gran excepción a la cual me referí antes: abandonan del todo el formato de ficha o reseña biobibliográfica (hay conatos de eso en algunas otras entradas, como la de Wully Schürholz) y convergen y se funden con el mundo narrativo —concreto, no virtual— del autor.
Esas páginas son absolutamente fascinantes y tienen una cualidad alucinante o pesadillesca, sin dejar de ser puntualmente reales: componen un relato autónomo, inundado por ráfagas torrenciales de acontecimientos y terribles escenas que nos quitan el aliento. Todo comienza, tramposamente, como una entrada más del diccionario, dedicada a Carlos Ramírez Hoffman, cuya ficha personal ("Santiago de Chile, 1950—Lloret del Mar, 1998") hay que tener muy presente. El texto se abre así: "La carrera del infame Ramírez Hoffman debió comenzar en 1970 o 1971, cuando Salvador Allende era presidente de Chile" (p. 193). El personaje participaba entonces en un taller literario, era conocido bajo el nombre de Emilio Stevens y enamoraba a las dos hermanas Venegas.
A partir de allí su vida adquiere un carácter cada vez más siniestro y delirante, estrechamente vinculado a la historia política chilena. Lo vemos, ya en plena dictadura, pilotear un avión militar (recuérdese Estrella distante), dar vueltas sobre un campo de concentración y escribir "poesía aérea" con letras de humo y con mensajes crípticos u ominosos como "La muerte es amor", que traen un eco del grito fascista "¡Viva la muerte!" en la Guerra Civil Española. Una de sus hazañas es haber dibujado en el cielo "una estrella que se confundía con las primeras estrellas del crepúsculo" (p. 200); otra es secuestrar y asesinar ferozmente a las Venegas.
Usando una forma de narración en flujo continuo —cuyo foco cambia todo el tiempo, siguiendo, sin pausas, una trayectoria tan lógica como delirante—, los acontecimientos envuelven a figuras históricas —como el general Arturo Prat—, incluyen referencias paródicas (el personaje escribe una obra teatral bajo el seudónimo "Octavio Pacheco", broma que todos entenderán), y presentan una creciente participación del narrador en su relato, con su propio nombre y en primera persona; es decir, la ficción absorbe y relativiza todo. La vida criminal de Ramírez Hoffman emplea como pantalla diversas actividades artísticas: fotografía, su adhesión a tenebrosas teorías que propugnan la abolición de la literatura y de los escritores como tales, etc. Las páginas que llevan al ambiguo final (que no revelaré) en Lloret de Mar, cerca de Blanes, donde Bolaño pasó su vida española, son vertiginosas y memorables, tal vez entre las mejores escritas por el autor.
La literatura nazi en América es un libro extraño, que no brinda el placer informativo que el lector esperaba confiado en el título, sino el tormentoso placer que secretamente nos tenía reservado. El texto comienza como un mero catálogo de fantasías librescas y culmina en una aterradora alegoría de la historia política y de la actividad literaria como una sola abominable experiencia.
jueves, 14 de julio de 2011

martes, 12 de julio de 2011
SIGUIENDO CON MURAKAMI

sábado, 9 de julio de 2011
MURAKAMI

Leía mucho, lo que no quiere decir que leyera muchos libros. Más bien prefería releer obras que me había gustado. En esa época mis escritores favoritos eran Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, pero no había nadie en clase o en la residencia que disfrutara leyendo a este tipo de autores. Ellos preferían a Kazumi Takahashi, Kenzaburo Oé, Yukio Mishima, o a novelistas franceses contemporáneos. Así pues, no tenía este punto en común con los demás, y leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaba de su aroma. Sólo respirando la fragancia de un libro, tocando sus páginas, me sentía feliz.
domingo, 3 de julio de 2011
HISTORIA FAMILIAR

UNO: LA RAMA MATERNA.
AURELIO
Mi abuelo materno, Aurelio Sánchez Cruz, abandonó un natal Hidalgo en 1929, con doce años cumplidos. Había nacido en enero de 1917, en Tecozautla, Hidalgo, y como la mayoría de los campesinos de esta región cercana a la Sierra hidalguense, su familia había tenido que huir ante la llegada de los cristeros que saquearon el pueblo, llevaron a las mujeres y jóvenes, y ordenaron colgar a todo aquel que estuviera en contra de lo que estaban haciendo, que no era otra cosa que en bien y protección de Nuestro Señor Jesucristo. Su padre, Toribio Sánchez, los había enviado a él, a una hermana y a su madre, Adalberta Cruz, a refugiarse en casa de unos parientes en Tequisquiapan, quedándose con los hermanos mayores de mi abuelo: José, Toribio, Félix y Zenón. Mi bisabuela Adalberta, cargando a su hija Josefina y cuidando a mi abuelo Aurelio, caminó los cien kilómetros que hay entre Tequisquiapan y San Juan del Río, Querétaro, y los encargó con una hermana. Ella regresó a Tecozautla, al lado de su esposo y sus hijos mayores. Los tíos abuelos mayores se enlistaron en las filas cristeras, con resultados sospechados: José cayó herido en Ápan y no aguantó el camino de regreso a Tecozautla. Toribio se enlistó cristero pero cuando fue atrapado por los federales cambió de bando y llegó a ser sargento; murió años después, mientras se negaba a pagar una apuesta de gallos. Zenón fue apresado en León, condenado a la horca, perdonado en el último momento y muerto por manos desconocidas en una cárcel de Silao, Guanajuato. Su padre (mi bisabuelo) recogió el cuerpo una semana después, y al no poderlo trasladar por el avanzado estado de descomposición, decidió enterrarlo en un cementerio clandestino de Silao. De todos ellos fue Félix quien contó con más suerte: se hizo cristero de forma obligada y a la primera oportunidad desertó. Regresó a Tecozautla pero entendió que ponía en peligro a la familia e hizo el camino a pie de la Ciudad de México. Ahí, tras meses sin trabajo, conoció a un agricultor veracruzano que estaba en la ciudad para invertir en máquinas tortilladoras (una novedad en ese entonces) y lo invitó a que invirtiera con él. No se sabe en dónde ni con quién consiguió Félix los mil pesos que dio al agricultor veracruzano para comprar dichas máquinas, pero lo cierto es que una semana después ambos dejaban México rumbo a Veracruz, en un viaje en tren de dos días con prolongadas paradas. En Amozoc, Puebla, luego de comer fritangas en un puesto clandestino el tío abuelo Félix cogió una disentería que casi lo mata. Estuvo hospitalizado dos semanas en el Puerto de Veracruz, y cuando pudo incorporarse se percató que el socio, luego de haber pagado la cuenta del hospital, lo abandonó a su suerte. Félix no reclamó: el tipo había salvado su vida al llevarlo a un buen hospital, y la cuenta de éste era de novecientos cincuenta pesos. Luego de un largo peregrinaje, el tío abuelo Félix se radicó en Tres valles, Veracruz, en 1930.
Mi abuelo Aurelio vivió con su tía en San Juan del Río cerca de un año y luego regresó a Tecozautla cuando los ánimos beligerantes se habían aplacado. Durante ese tiempo, el tío abuelo Félix había juntado algo de dinero y logró comprar una máquina tortilladora española de uso. Puso su negocio y comenzó a irle bien. En diciembre de 1931, la bisabuela Josefina muere a causa de un mal cardiaco. El tío Félix asiste al funeral. Después de las exequias invita a mi abuelo a irse con él y trabajar en su negocio. Esa misma semana los dos viajan a Veracruz, haciendo una parada en la Ciudad de México donde el tío abuelo Félix iba a comprar una máquina. Durante una de esas noches en el México bohemio de los años treinta, mi abuelo, según sus propias palabras, “disfruté por primera vez de la compañía de una dama. Era una india cetrina más o menos de mi edad que no pidió permiso y cuando me percaté ya la tenía encima de mí. Es uno de los recuerdos más vivos de mi adolescencia”. A principios de 1932, con quince años, mi abuelo vive en Tres Valles, donde trabaja como ayudante de su hermano en la primera tortillería de la región.
JOSEFA
Mis primeros recuerdos los tengo allá en Tehuantepec, donde nací un 3 de mayo de 1915. Epigmenia, Mamá Meña, mi madre, era mujer muy devota y por eso me bautizó como Josefa de la Santa Cruz Sosa Zárate. Tuve seis hermanos: Gilberto, Adán, Javier, Sofía, Heriberto, Arcelia y Santos. Sofía y Adán murieron de viruela siendo niños. Mi padre, Refugio, campesino de origen, murió cuando yo tenía tres años, así que no tengo recuerdos de él. Heriberto se metió al Ejército a los quince años y anduvo desaparecido muchos años, hasta que una buena tarde de Dios apareció en casa, dejó a mamá un morral lleno de dinero, durmió durante día y medio, comió hasta hartarse cuando despertó, se despidió sin dar explicaciones y nunca más regresó. Mamá guardó el dinero que le dio Heriberto aun cuando había temporadas que no teníamos para comer y la pobre nos engañaba con tortillas con manteca, café endulzado con piloncillo y totopos remojados en agua. Una tarde apareció un militar para informarle que el soldado Heriberto Sosa había muerto combatiendo a unos alzados en Tuxtepec, y entregó a Mamá Meña las únicas pertenencias que tenía. Entonces Mamá Meña desenterró el morral con las monedas, eligió las que servían (había muchas porfiristas, carrancistas y delahuertistas que ya estaban descontinuadas) y con el dinero fuimos todos al único restaurante de Tehuantepec y pedimos lo que quisimos. Mamá Meña pensaba arreglar el jacal, o ya de plano comprar una casita nueva en el centro, pero justo con esos planes: la llegada de los soldados al pueblo. El Gobierno había ordenado instalar un campamento militar permanente en Tehuantepec. Con la llegada de los soldados hubo mucho trabajo. Mamá Meña, tan buena como era para los negocios, puso cerca del ferrocarril militar una fonda donde daba de comer a los soldados. Durante un tiempo funcionó muy bien pero una tarde un grupo de soldados fue evacuado de la ciudad y entre ellos apareció el militar que le había dado la noticia de la muerte de Heriberto, acompañado con otro sorche, y luego de hablar con Mamá (“por las buenas o por las malas”), pistola en mano, sacó a rastras a Arcelia, que a la sazón tenía 13 años, la montó en su caballo y se la llevó. Con tres hijos más Mamá no se atrevería a impedirlo: ¿Quién vería de nosotros? El acompañante del militar le dijo a Mamá que no me llevaba porque estaba muy chica pero que se la educara dos años más que él regresaba por mí. Y Mamá tomó tan en serio la advertencia que tres días después estábamos arriba del tren con rumbo a Veracruz, donde, según Mamá, vivía una tía suya, la tía Meche.
Luego de días viajando, por fin llegamos a Isla, Veracruz, donde vivía la tía Meche. Yo tenía diez años. Isla era un rancho que lo único que tenía era un cuartel militar y una estación de ferrocarril. La tía Meche vendía comida, lavaba ropa, hacía el aseo en los carromatos de los oficiales y, según supimos después, servía de consorte de un tenientillo descarapelado. La tía Meche nos recibió con gusto. Le dio trabajo a Mamá vendiendo comida, y a mí me puso al servicio de la casa de los ricos del pueblo. La familia Cadó me recibió muy bien. El viejo Cadó era de España, pero doña Otilia era mexicana, de Xalapa creo, aunque no estoy segura. Doña Otilia era una mujer de mundo, había vivido en México y pasaba largas temporadas en España con sus hijos, yo creo que para sacudirse el polvo de este pueblo infestado de ladrones, militarcillos roñosos y malvivientes. A doña Otilia no le gustaba que sus empleadas fueran unas ignorantes, y yo, india tehuana, ¿qué más podía ser? Así que un buen día trajo a dos monjas que nos enseñaron las primeras letras. Las monjas eran canijas. No les gustaba enseñarnos, pero sabían que no se podían negar porque el viejo Cadó les daba limosnas cada mes, y qué limosnas. Yo misma escuchaba cuando le ordenaba al Pedro, el capataz guatemalteco, que vendiera una res y el dinero se lo fuera a dejar al convento de Santiago Tuxtla, que en ese tiempo no estaba tan cerca como ahora, antes un buen jinete se hacía medio día hasta allá. Las monjas venían una vez por semana a enseñarnos, y al cabo de seis meses yo ya sabía leer, aunque nunca aprendí a escribir muy bien.
Al poco tiempo doña Otilia enfermó y el viejo Cadó no reparó en gastar un dineral para curaciones, viajes a Puebla y México, y por fin a España, donde, según el viejo Cadó, sí había médicos prestigiosos, casi eminencias, y no charlatanes sin escrúpulos que estafaban a la gente trabajadora y honrada como él. Y así como me ves de jodida, tu abuela ya conoció España. Doña Otilia me tenía mucho cariño, y como según ella nadie planchaba sus faldas como yo convenció al viejo Cadó de que me llevara como ayudante personal, o mucama, que eso era yo, mucama de una vieja a la que la enfermedad fue amargando hasta quitarle el aliento y convertirla en un ser detestable. Cuando la conocí doña Otilia era un pan de Dios. Ya en sus últimos años era gritona, grosera y celosa como ella sola. Varias veces me dijo que le gustaría que alguien como yo cuidara a su esposo cuando ella muriera, para luego gritarme arribista, india ladina, puta lujuriosa y no sé cuántas cosas más. Yo aguantaba, sabía que era la enfermedad, el cáncer que la fue consumiendo poco a poco. Los médicos le desahuciaron, no le dieron más de seis meses de vida, así que Doña Otilia regresó para morir en su tierra. El viaje de regreso fue muy cansado. Hasta que se murió. Yo tenía 22 años por aquel entonces. Doña Otilia dejó dicho que quería que la enterraran en Xalapa, así que el viejo Cadó pagó el traslado hasta allá y ahí la enterramos en el cementerio municipal. Luego regresamos a Isla. Semanas después llegó doña Lucía, hermana del viejo Cadó, una gachupina insoportable que se hizo cargo de la casa y luego luego mandó a los hijos mayores de los Cadó (Fabián, de 13 y Constanza de 15) a un internado en la Ciudad de México. Podríamos hablar de ellos dos porque tuvieron una vida desafortunada, pero sería desviarnos del tema. En fin, casi un año después de la muerte de doña Otilia el viejo Cadó murió. Nadie supo por qué, si era un hombre fuerte, además de muy sano. Amaneció muerto en su cama. Doña Lucía, contra la voluntad del viejo Cadó, no quiso hacer todo el papeleo para trasladarlo a Bilbao y lo enterró en el cementerio de Isla. Después del funeral, doña Lucía me dijo que ya no necesitaba de mis servicios, y así dejé la casona donde había pasado mi adolescencia. Al despedirme, doña Lucía me dio un sobre con mil pesos, que en aquel tiempo era un dineral. Todavía sueño con el olor del metate cuando molíamos, los pasos siempre firmes de doña Otilia para llegar al comedor y tomarse un café con nosotras, el ruido de los caballos agitándose en la caballeriza.
Como ya no tenía trabajo pero sí mucho dinero, decidimos abrir una fonda entre Mamá y tía Meche. Le llamamos Fonda Aires de Oaxaca y servíamos varios platillos. Las tres éramos las dueñas y para cualquier cosa la decidíamos entre las tres. La fonda funcionaba muy bien y hasta pudimos comprar un terrenito para poder construir. En ese año abrieron un local en donde vendían tortillas que hacían con una máquina enorme. El dueño era un joven fuereño (como nosotras) de buen porte, aunque muy seco para tratar a las personas. Pensamos que quién carajos iba a querer tortillas pasadas por fierros y cadenas pero la verdad es que el negocio funcionó muy bien y el joven se fue haciendo de clientes. En cierta ocasión llegaron unos gitanos al pueblo que traían un espectáculo de cine. Era muy cómico porque muchas veces las imágenes estaban cortadas o no había sonido e incluso una ocasión se quemó la sábana que ponían como pantalla: todo mundo salió corriendo. En el cine conocí al joven, quien empezó a cortejarme. La verdad no me gustaba su carácter porque era muy seco con las personas, pero era guapo y tenía buen porte. Pedí permiso a Mamá para poder verlo y luego él vino a pedir permiso a Mamá y fue así como nos hicimos novios. El joven era, por supuesto, tu abuelo Aurelio. Fuimos novios dos años hasta que el 10 de abril de 1939 nos casamos. Un año después nació tu tía carolina, así uno a uno fueron naciendo hasta que llegó tu mamá Adalberta. Lo demás es historia.
viernes, 24 de junio de 2011
CUANDO HAYA LUGAR
Dio el primer jalón de coca del día. Su vista se nubló durante unos segundos y permaneció en silencio esperando que el efecto de la coca se propagara a todo su cuerpo. No había temblor como otras veces, ni ese leve zumbido que sentía bien clavado en el cerebro. Su respiración se hizo más pausada y las cuencas de los ojos orbitaron en todo su esplendor. Sacó su .45 de la pistolera, cortó cartucho y bajó de la Suburban. El día era caluroso, quizá el más caluroso en meses. Acomodó su texano mientras palpaba la frialdad de la .45 en su mano derecha; a lo lejos, vio la federal a Batalla de Zacatecas como una vía rápida de salida por si algo salía mal y se detuvo. Los carros se detenían continuamente y la fila, según pudo deducir, ya abarcaba varios kilómetros. Ni por asomo podría salir por la federal a Batalla de Zacatecas, internarse en ella sería un suicidio. Pensó en los daños colaterales, los muertos si se desataba una balacera. Los muertos valen madres, así es esto y así será. La polvadera vencía su intento de avanzar, haciendo que se detuviera para fijar la vista hacia adelante. Una ventisca arremolinó el polvo sobre él y su texano fue arrastrado hasta que lo perdió de vista. Pinche día, mero hoy se les ocurre mandarme para acá. Por unos segundos pudo avanzar sin que la polvadera volviera torpes sus movimientos y pudo divisar el local gris adornado con un foco rojizo en la entrada. Proibida la entrada a bendedores amvulantes y hombres armados y militares. Un niño gordo y mal peinado estaba sentado en una poltrona a pocos metros de la entrada de la cantina. Al verlo, el niño hizo el intento de pararse y entrar en la cantina, pero vio que el tipo que venía hacia él le apuntaba con una pistola enorme, la más grande que había visto. Se quedó quieto. Cerró los ojos hasta que sintió los pasos cerca de él y luego un crujido que lo volvió todo de un color marrón. Los niños no deberían estar en estos tugurios, qué putas de padres más desconsiderados. El viento balanceaba la media puerta de un lado para otro. Dentro, se escuchaba un corrido muy sonado y, dentro del corrido, risas, mentadas de madres, copeos, taconazos. Se puso la .45 en el pecho, la besó levemente, aspiró con fuerza el olor a grasa y pólvora. Ya estará. Abrió la puerta y su vista divisó y siguió rápidamente la humanidad de un tipo que bailaba pegadito con una dama de minifalda de mezclilla, levantó el arma y descargó un certero balazo que entró por la oreja del tipo y fue a estrellarse en la rocola; en una mesa contigua, dos tipos hicieron el intento de pararse pero la balas ya le habían perforado el pecho a uno y desbaratado el rostro al otro. Salió del lugar tal y como había entrado. La polvadera había disminuido y en medio de los matorrales vio que la Suburban era revisada por un grupo de niños famélicos; tiró un disparo al aire: los niños permanecieron en silencio, al lado de la Suburban hasta que vieron que el hombre les apuntaba, se revisaba la bolsa del pantalón, entraba a la camioneta y se alejaba dejando una estela de polvo que por fin los ahuyentó. I’m fine, I’m fine. All I need is Love, and a Cold beer. Se rió. Buscó entre la bolsa de su camisa el sobrecito de coca, esparció en poco el mano izquierda sin soltar el volante forrado de piel de víbora e inhaló la droga combinada con una gruesa capa de polvo. Los automóviles estacionados en la federal a Batalla de Zacatecas comenzaron a moverse rápidamente y el flujo se hizo intermitente pero permitió a la Suburban mezclarse entre los automóviles de todas las marcas y modelos aunque principalmente camionetas y trailers. Avanzó un kilómetro, tal vez dos. Puta madre, esos pendejos no dejan de componer este puto camino. Si yo fuera presidente municipal, si yo fuera el hijo de la chingada que. Los automóviles se detuvieron uno a uno hasta que tocó el turno de la Suburban. No apagó el motor. Encendió el estéreo: Rosita de olivo, blanca flor de azahar, me das un besito cuando haya lugar, cuando haya lugar me mandas decir. Soy hombrecito y te puedo cumplir… El calor era insoportable. Guardó la .45 (que llevaba en el asiento del copiloto) debajo de su asiento. Encendió el aire acondicionado: el aire frío cubrió su rostro. …y yo le contesto, con grande dolor, no lloro por nadie. Sólo por tu amor. Only for your love. Encendió un cigarro púrpura: el humo invadió la cabina de un olor rancio. Abrió la ventanilla polarizada para dejar escapar el humo y respirar aire fresco. Volteó la vista a la izquierda: desde una Ford Explorer una anciana lo miraba con curiosidad. Volvió la vista. Los automóviles se arremolinaban tras él, haciendo que la primera fila pareciera un valet parking. Es mejor, entre más me mezcle, menos me encontrarán. Cambió de modo compac disc a modo USB. Esto está mejor: The Pixies: Where’s my mind? With your feet on the air and your head on the ground Try this trick and spin it, yeah Your head will collapse But there's nothing in it and you'll ask yourself. La fila de autos, chicos, medianos y grandes alcanzaba ya una gran distancia. Se bajó de la Suburban y caminó hacia la lateral para ver en donde estaba el problema. “Esto no tiene para cuando ¿verdad?”, graznó la anciana desde su Explorer, “puedo ofrecerle un jugo, yo los fabrico y los voy a vender a El Refugio”. El tipo no contestó: volvió a la Suburban y subió los polarizados. A los pocos segundos tocaron la portezuela. Era la anciana. “Me parece que no escuchó, pero le voy a invitar un jugo de tuna que yo misma fabrico en mi rancho, ya verá que sabroso y la tuna es mejor que una cerveza bien fría para quitar la sed”. No estaría mal una cerveza y una rola de The Doors para bajarla. El tipo masculló un gracias, cerró la portezuela y subió el volumen del estéreo. La voz de Jim Morrison se estrelló contra los vidrios: Love me twice today. Apagó el estéreo, el aire acondicionado y el motor. Se dio otro jalón de coca y guardó la .45 en la espalda, entre las nalgas y el pantalón. Bajó de la Suburban ante la mirada seria pero benévola de la anciana, que con una complicidad (que el tipo se sacudió en seguida), le dijo: “Qué bueno que va a ver si ya termina este martirio, a mi camioneta no le funciona el aire acondicionado y aquí está peor que el infierno. Manténgame informada”. El tipo no la miró. Avanzó entre la fila de autos, cubriéndose el rostro para no cegarse por el brillo del sol que se reflejaba de lleno en el asfalto. Avanzó varios metros, no muchos, hasta toparse con un encargado de la obra que le informó que la espera no tardaría más de diez minutos: desde la parte frontal de la fila ya se escuchaban los motores encendidos, desplazándose lentamente todavía pero ofreciendo la esperanza de que las palabras del encargado no eran inventos sino que en verdad la cosa estaba solucionada. Varios metros adelante, entre la fila interminable de autos, seis hombres avanzaban hacia ellos con cuernos de chivo en mano. Los hombres se dispersaron formando dos líneas de tres hombres que avanzaban por cada carril. El encargado de obras corrió hacia la lateral, tirándose entre los matorrales. El tipo rodeó un trailer que estaba al lado y, encañonando con la .45 al conductor, se subió. Los hombres pasaron al lado del trailer sin mirar el interior. Se escucharon fuertes detonaciones durante un tiempo indeterminado. Luego, vieron correr a los hombres a través del llano y perderse entre los matorrales. El tipo se bajó del trailer, no sin antes advertir al trailero que se callara la boca sino quería recibir un plomazo. Caminó hacia la Suburban: la carretera estaba llena de casquillos dilatados por el sol. Miró hacia la Explorer: ésta también había recibido sendos disparos de cuerno de chivo. La vieja sólo estaba aquí por destino, ya le tocaba. Debajo de la Explorer vio un bulto muy parecido a la anciana. Se acercó. Le pereció ver que el bulto se movía. Lo último que vio en su vida fue la mano de la anciana disparando una pistola.
Andrés López.
sábado, 11 de junio de 2011
HABLAR DE FUTBOL
El largo peregrinaje de las Águilas del América inició en febrero de 2013, luego de que el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, y varios ejecutivos de la empresa fueron detenidos en un rancho cercano a Cuernavaca, acusados de narcotráfico, tráfico de influencias, trata de blancas y travestismo. El Consejo Presidencial de Grupo Televisa, decidió vender varios activos de la empresa, incluidos el equipo Club América de Fútbol A.C. El Consejo recibió varias propuestas, incluso del extranjero, pero la que más impactó fue la del magnate de los suplementos alimenticios y dueño de las Chivas Rayadas de Guadalajara, Jorge Vergara, quien puso sobre la mesa un millón de dólares, que era lo que valía el América en ese tiempo. Vergara, acérrimo rival de Azcárraga, desbarató la plantilla, vendió parte de los bienes del equipo, y decidió cambiarle el nombre. A partir del 2014, el América pasó a llamarse las Gallinas Culecas de Coapa. Una de sus primeras intervenciones como dueño de las Gallinas Culecas, fue la del cambiar el escudo, quedando como un nopal entrando en el ano de una gallina a punto de poner un huevo. La segunda acción, con toda malicia que caracteriza a Vergara, fue la de desmantelar el estadio Azteca y reducirlo hasta el 20% de su capacidad. Los fanáticos de las Gallinas Culecas, en protesta por el desmantelamiento del estadio, hicieron una marcha que fue reprimida con toda la fuerza policial disponible, muriendo varios fanáticos y lesionando a varios más.
Debido a los incidentes con los fanáticos, la Federación Mexicana de Futbol desafilió a las Gallinas Culecas durante un periodo de seis meses, recuperando su membrecía en el clausura 2014. Durante este periodo de inactividad, Vergara reestructuró el equipo y, para darle más valor nominal, recuperó del retiro a jugadores insignia del antiguo América. A continuación se mencionan los nombres y motivos de los jugadores adquiridos por Vergara y que conformaron la plantilla de las Gallinas Culecas durante el clausura 2014.
1. Olaf Heredia. Heredia llevaba años sumido en el alcoholismo cuando Vergara le hizo la propuesta de retornar al futbol activo como portero del equipo de sus amores. Tras una charla llena de whisky, cocaína y putillas baratas, Olaf aceptó la oferta de Vergara con la condición de tener atrás de la portería un respirador artificial que pudiera usar cuando las acciones del juego lo permitieran. Desafortunadamente, Olaf Heredia sufrió un paro cardiorespiratorio en el juego de presentación de las Gallinas Culecas y el Barcelona de España. Murió siendo trasladado al hospital.
2. Roberto “Jamaicón” Villegas. El Jamaicón se retiró del futbol activo en 1986, y desde entonces se había dedicado al comercio familiar (una tlapalería) en su natal Jalisco. Vergara viajó a Lagos de Moreno y le ofreció un puesto titular en su equipo. Jamaicón aceptó con la condición de tener a su lado a su pareja, un muchachillo de quince años que dominaba muy bien el balón.
3. Eduardo Vacas. Cuando Vergara localizó a Vacas en una pulquería de los Reyes la Paz, jamás esperó que el eximio defensa del América reaccionaría de esa manera. Tras una breve charla, Vacas golpeó salvajemente a Vergara, gritándole de todo (mercader del futbol y comerciante de piernas fueron los gritos más escuchados) y arrancándole la mitad de la oreja de un mordisco. Los guaruras de Vergara, al percatarse, golpearon a Vacas brutalmente y le aplastaron el cráneo con una barrica de pulque, dejando el lugar lleno de masa encefálica y mierda procedente del fundillo de Vacas, que no aguantó los golpes y en el último momento se cagó. Vergara fue internado en una clínica y en tres días reapareció en público con la oreja reconstruida.
4. Raúl Rodrigo Lara. Después de trabajar para las fuerzas inferiores del antiguo América, Lara recayó en las drogas y el alcohol y estuvo internado en una granja para rehabilitarse. Al salir, Vergara lo visitó en una taquería de la Merced, donde Lara trabajaba. Lara escuchó la oferta de Vergara. Vergara le ofreció un puesto titular, un auto del año y pagar los cien mil pesos que Lara debía a un conocido narcomenudista de Tepito. En el juego debut, luego de recuperar un balón en medio campo y avanzar veinte metros con él, Lara cayó de bruces en el campo. En el SEMEFO determinaron que la cusa de la muerte había sido la ingesta combinada de cocaína, mezcal y, para sorpresa de todos, orines de gato.
5 y 6. José Damasceno “Tiba” y Alex “Gallo” García. Aunque nunca
jugó en el antiguo América, Tiba siempre declaró sentirse atraído por el club. Luego de retirarse en un equipo guatemalteco, Tiba viajó a Nicaragua y se incorporó como auxiliar técnico de Alex “Gallo” García, quien había tomado las riendas del Ajaz de Nicaragua. La relación laboral rebasó los límites permitidos y muy pronto se dieron cuenta que estaban enamorados. Vivieron una relación tormentosa, donde Tiba era el macho alfa y dominador y el Gallo García la sumisa e insaciable hembra guardiana. Cuando el dueño del Ajaz los encontró fornicando en un dormitorio del club, vio una escena grotesca: Tiba estaba vestido como leopardo de pies a cabeza y montaba y penetraba a un Gallo García vestido como conejito de playboy. Inmediatamente fueron suspendidos. Vergara los encontró en un tugurio de Ciudad Neza y les planteó la posibilidad de regresar el futbol. Tiba aceptó pero el Gallo rechazó la oferta. Diez días después, mientras viajaba en la línea B del Metro, Gallo García sufrió un ataque de diarrea que literalmente lo vació. El SIDA había acabado con su vida.
7. Enrique Borja. A sus casi sesenta años, Borja aceptó formar parte de las Gallinas Culecas con la condición de sólo jugar cinco minutos por partido. Un corazón atrofiado, dos trombosis, un glaucoma crónico y cinco diálisis fueron los argumentos de Borja para tal petición. Mientras se alistaba para irse al estadio, donde jugaría el partido inaugural, Borja sintió un fuerte dolor en el recto que lo hizo tirarse al piso y casi llorar. Inmediatamente fue trasladado a una clínica donde los médicos, asombrados, confirmaron una colitis fulminante. Actualmente, Enrique Borja utiliza una bolsa de plástico cada vez que va al baño, puesta a un costado del estómago.
8. Cuauhtémoc Blanco. Blanco hizo una fortuna haciendo comerciales estúpidos y actuando en telenovelas insulsas, cuando no como presentador de programas basura y comentarista de chismes y talk shows. Fue en uno de esos programas cuando un entrevistador le preguntó si formaría parte de las Gallinas Culecas, a lo que Blanco contestó que jamás, ni muerto, jugaría para ese equipo. Algún fanático despechado tomó muy en serio sus palabras porque una madrugada entró a su casa y, tras amarrarlo en su cama, sodomizarlo y rociarlo de diesel, le prendió fuego. Al fuego sólo sobrevivió su sonrisa de pendejo y las placas dentales que sobresalían en todo el lugar.
9. David Luna R. Este singular fanático de las Gallinas Culecas tendrá un lugar especial en la conformación de la nueva época del club. Maestro de oficio, David o Davus como lo conocerán para la posteridad, creció siendo fanático del antiguo América en su natal Cholula. Una vez recibido el grado de Doctor en Pedagogía por la Universidad de Harvard, Davus rechazó una oferta laboral en Cambridge para hacer sus pininos desde la trinchera de la educación rural. Así que se dirigió a la Sierra Negra de Tehuacán donde comenzó su apostolado magisterial al lado de insignes figuras magisteriales como Napoleón Gil, Jairo Cruz, Manuel Montiel y Antoine salas (con quien se relaciona Davus a los pocos meses de llegar a la Sierra y sostienen una relación que dura diez años). Cuando Vergara compra al equipo, Davus deja la Sierra y se traslada a la capital del país, desde donde comienza a integrarse a la porra de las Gallinas Culecas. Salas, al sentirse traicionado, lo sigue hasta allá y en medio de una discusión, Davus lo apuñala por atrás. Los gritos de Salas se escuchan por todo el vecindario. Detienen a Davus y lo encarcelan. Tres meses después sale de prisión y forma la Porra Unida de las Gallinas de Culecas de Coapa. Un año después, mientras se comía diez cemitas en un atascadero de Puebla, Davus es raptado por unos encapuchados. Su cuerpo apareció una semana después. A su lado, encontraron unos zapatos picuditos, una corbata morada y una chanclitas pie de gallo. Mostraba indicios de haber sido violado con un cautín.
10. Para muchos fue sorpresa que Jorge Vergara contratara a un completo desconocido para llevar las riendas de las Gallinas Culecas. Pero, si analizamos detalladamente este documento, encontraremos que muchas de las acciones de Vergara fueron realizadas más con la víscera que con el cerebro. Motivos inexplicables y reacciones irracionales, todo llevado de la mano del excéntrico Vergara con el único fin de terminar con el orgullo americanista, medrar su autoestima y propinar al equipo un knock-out del que, para mala fortuna de los aficionados que siguen creyendo en ese equipo mediocre, nunca se levantarán. Quizá fue por eso que Vergara contrató a Ezequiel Reyes como Director Técnico. Reyes no tenía ninguna formación futbolística y su único roce con el balón había sido en su paso por la educación pública del país. De formación maestro, Reyes prefería las prebendas magisteriales y su jugoso sueldo como docente (conseguido gracias a triquiñuelas y compadrazgos) que dedicarse a dirigir un equipo de primera división. Sin embargo, Reyes tenía un sueño frustrado: ser futbolista. En su adolescencia, las películas de El Chanfle y los comics de Pirulete, el astro del futbol le habían dado la oportunidad de soñar en que algún día sería futbolista. No fue así: su auténtica incapacidad para golpear el balón le hicieron desistir de dicha empresa. Vergara lo conoció en una fiesta que ofreció Allchatarra, su empresa de suplementos alimenticios, en Puebla para celebrar a los mejores vendedores de la región. La mujer de Reyes era una gran vendedora de estos productos que la gente seguía consumiendo aun con las advertencias que entre las sustancias activas estaban el DDT y el ácido lisérgico. Entre los dos hubo un flechazo. Vergara se enamoró perdidamente de Reyes al grado de invitarlo a su penthouse esa misma noche. Aunque Reyes resistió el cortejo de Vergara, una semana después viajó en su avión privado. Se dice que en el avión unos negros somalíes satisficieron las necesidades carnales de los dos con miembros de treinta centrímetros. Al finalizar, exhaustos, Vergara le propuso que fuera el nuevo DT de las Gallinas Culecas de Coapa.