No hay mayor desilusión que la incapacidad de compartir con otra persona un conocimiento que consideramos esencial.



Richard Ford



domingo, 24 de julio de 2011

AMY WINEHOUSE, ADIÓS



La muerte de Amy Winehouse ha sacudido la industria discográfica, así como a sus millones fans por todo el mundo, entre los que me incluyo. Es lamentable que esta talentosa londinense haya muerto cuando aún tenía mucho que ofrecer al mundo de la música. Años de luchar contra las adicciones no pudieron domar ese demonio autodestructivo que culminó con su muerte el pasado viernes en su departamento de Camden, Londres, famoso por por sus bares y el fácil acceso a las drogas. Curiosamente, Winehouse escribió en 2oo5 la canción "Rehab", incluida en el álbum Back to Balck, una joya de musicalización, y habla de su experiencia con las drogas y de las veces que había intentado rehabilitarse, negándose a dejar su vida de excesos:

They tried to make me go to rehab
I said no, no, no.
Yes I been black, but when I come back
You wont know, know, know.






Es común que la muerte de un artista en pleno dominio de sus facultades creativas lo encumbre a la categoría de mito. Pasó con Janis Joplin, pasó con Lennon, pasó con Morrison y Hendrix, pasó con Cobain, cinco músicos escepcionales que murieron en pleno dominio de sus capacidades creativas, y es seguro que lo mismo pasará con Wino, quien poseía un talento descomunal sólo superado por sus adicciones. Winehouse era poseedora de una voz hecha para el soul y el Rhythm and Blues, una voz que se desgarraba en el escenario y hacía que los espectadores vivieran las canciones. Lamentamos su muerte, valoramos su música, y escucharla será el tributo másgrandeque podamos ofrecerle.



In memoriam, Wino.

domingo, 17 de julio de 2011



LA LITERATURA NAZI EN AMÉRICA, DE ROBERTO BOLAÑO

He tenido uno de los más agradables desconciertos literarios leyendo La literatura nazi en América. En realidad es un libro publicado originalmente en 1996 por la misma editorial, pero que me había sido imposible conseguir hasta ahora, pese a mi gran interés por la obra de Roberto Bolaño. Como muchos críticos y lectores, considero que Bolaño (Santiago 1953, Barcelona 2003) no sólo es el mejor narrador chileno de fines del siglo XX, sino una figura capital en la literatura hispanoamericana del período, lo que hace aún más lamentable su temprana desaparición. Exiliado al comienzo de la dictadura de Pinochet, vivió buena parte de su vida en México, Estados Unidos y finalmente en España, donde se instaló y fue lentamente haciéndose conocido. Esa experiencia cosmopolita, marginal y desarraigada hizo de él un paradigma del escritor que no pertenece enteramente a ningún lugar y cuya verdadera patria es la literaria, pues se reconoce mejor en los personajes y ambientes creados por su imaginación a partir de otros muy reales.
Tenía el don básico del buen narrador: el arte de convertir cualquier asunto, grande o pequeño, actual o remoto, verosímil o absurdo, en algo personal y cautivante, cuyo interés arrastraba al lector hasta la última página. Su lenguaje era en esencia funcional, pero poseía una tensión lírica, una ansiedad existencial, un impulso visionario y una extraña mezcla de simpatía y cinismo frente a sus propias creaturas; daba la impresión de conocer todas las trampas: las argucias y secretos del oficio, aprendidos de sus febriles lecturas, desde los clásicos hasta la novela fantástica, policial y de ciencia-ficción.
Aunque comenzó como poeta y publicó hasta cinco libros de ese género, es la obra narrativa, que inició hacia 1984 —acompañada por algunos ensayos—, lo que realmente importa. Como novelista y cuentista dejó varias obras tan notables como diversas: Monsieur Pain, Los detectives salvajes,Nocturno de Chile, Llamadas telefónicas y finalmente la monumental 2666, publicada póstumamente en 2004, que confirma la originalidad y profundidad de su visión.
El título La literatura nazi en América me despistó por completo, porque sugería que se trataba de un libro de ensayos. Las palabras con las que el autor lo presentaba le añadían cierta ambigüedad: como "una antología vagamente enciclopédica de la literatura filo-nazi en América desde 1930 a 2010". Esta última fecha —que le otorgaba una punzante ironía— daba una indicación de que el libro no era lo que parecía. Por otro lado, en un excelente trabajo sobre Bolaño, un crítico hablaba de la obra como una novela; yo no iría tan lejos, pero hay un margen para hacer una afirmación como ésa. Su lectura misma me trajo, a la vez, una decepción y una grata confirmación del raro talento del autor.
Lo que yo esperaba era un libro que discutiera formalmente el tema anunciado en el título, y que presentara ejemplos de una corriente de pensamiento que, entre nosotros, tuvo varios cultores —algunos famosos, otros piadosamente olvidados— que forman un grupo bastante numeroso si asimilamos a todos los que, de una manera u otra, sostuvieron ideas racistas, ultranacionalistas, fascistas o antisemitas. Los casos más tristemente célebres son los de Leopoldo Lugones y José Vasconcelos: el primero —gran poeta, narrador y filósofo— hizo un extraño viraje desde el anarquismo de su juventud y el apoyo a la causa aliada en la Primera Guerra Mundial, para terminar defendiendo el militarismo a ultranza, que llamó con exaltación "la hora de la espada"; el segundo pasó de militante de la Revolución Mexicana a identificarse, en la fase final de su vida, con la ideología fascista, en apoyo de la cual publicó la revista Timón. Pero el ejemplo más flagrante es el del novelista y ensayista boliviano Alcides Arguedas (1879-1946), que es recordado como indigenista, lo que no le impidió citar Mein Kampf, en el prólogo a la segunda edición (Santiago de Chile, 1937) de su Pueblo enfermo, entre las autoridades sobre el problema racial. En cambio, Borges, un hombre que siempre admitió ser un conservador y se sintió orgulloso de serlo, fue un fervoroso defensor de la cultura judía en un país y una época en los cuales era difícil y aun riesgoso hacerlo; basta releer "Deutsches Requiem" para comprobarlo.

El lector de este libro buscará en vano aquéllos y otros nombres que ocupan un capítulo vergonzoso de nuestra historia literaria: ninguno aparece porque todos son ficticios. Me bastó revisar el sumario para darme cuenta de que la obra pertenecía a una categoría a medias entre varios géneros y que podría denominarse "ficción no narrativa", con la importante excepción que señalaré más adelante. Adoptaba la engañosa forma de un diccionario de autores, con la diferencia de que todas las entradas biobibliográficas son apócrifas, y de que no aparecen en orden alfabético sino siguiendo agrupaciones algo caprichosas.
Esta clase de libros que aluden, bajo la apariencia de rigurosas recopilaciones, a personas u obras inexistentes tienen ilustres antecedentes:Vidas imaginarias de Marcel Schwob, Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters (aunque este hermoso libro sea una colección de poéticos epitafios); sin duda, el gran modelo en nuestra lengua es Borges, que escribió un Manual de zoología fantástica, además de Historia universal de la infamia —donde rehizo a su anteojo vidas legendarias o de otros autores como si fuesen suyas— y de célebres relatos como "Examen de la obra de Herbert Quain", "El acercamiento a Almotásim" o "Pierre Menard, autor del Quijote", que giran alrededor de libros inventados (en el último caso, a imagen y semejanza de uno real).

Esa huella borgesiana es visible en el trasfondo del libro de Bolaño: lo mueve una intención paródica, de juego ilustrado, lleno de guiños irónicos y de burlas a veces encarnizadas, a veces benévolas. Con frecuencia, Bolaño mezcla, como su maestro, lo ficticio con lo real para crear una sensación de verosimilutud en lo disparatado. Nos dice que su apócrifo Juan Mendiluce Thompson, miembro de una ilustre familia de intelectuales que podría ser el reverso del clan de Victoria Ocampo, detestaba la literatura inglesa y francesa y que lanzaba "diatribas contra Cortázar, a quien acusa de irreal y cruento; contra Borges, a quien acusa de escribir historias que 'son caricaturas de caricaturas' y de crear personajes exhaustos [...]; sus ataques se hacen extensivos a Bioy Casares, a Mujica Lainez, Ernesto Sabato" (p. 27). Entre las propuestas de Silvio Salvático figuran "la reinstauración de la Inquisición" y "la concesión de becas literarias a perpetuidad" (p. 57); de Daniela de Montecristo se cuenta que "en la nalga izquierda llevaba tatuada una svástica negra" (p. 95).

Un aspecto muy disfrutable de estas páginas es el de adivinar a quiénes alude Bolaño con sus personajes, lo que no es fácil. El lector puede pensar que con Segundo José Heredia le echa una broma al poeta cubano José María Heredia, o que tras el guatemalteco Gustavo Borda se oculta el nada ficticio colombiano Juan Gustavo Cobo Borda. Pero las respectivas entradas parecen desmentirlo. De paso, las fichas biográficas de algunos personajes los hacen "morir" en el futuro: Borda en 2016, Argentino Schiaffino en 2015, etcétera.

Detrás de este aparente diccionario está su inesperada conexión con el mundo narrativo del autor, donde también hay un constante juego entre lo puramente literario y lo testimonial y aun lo histórico. Desde ese ángulo cabe leer el libro: de otro modo, como un conjunto de vidas, situaciones y obsesiones de consistencia abiertamente ficticia, con las cuales se podría construir decenas de novelas, lo que subraya la rica inventiva de Bolaño.

Igualmente, debe recordarse que un rasgo clave en su obra novelística es la presencia protagónica de escritores y lectores como compañeros de ruta de seres marginales o perversos. La indagación del mal es un interés supremo que asocia a policías y criminales con escritores convertidos en "detectives salvajes". La violencia de cuño nazi no está, pues, muy lejos en el horizonte de estos individuos. En Estrella distante, novela publicada el mismo año que La literatura nazi..., aparece un piloto de la Fuerza Aérea Chilena implicado en la tortura durante los años de Pinochet. Ese mismo episodio aparece sorpresivamente al final del diccionario de Bolaño, cuyas últimas treinta páginas constituyen la gran excepción a la cual me referí antes: abandonan del todo el formato de ficha o reseña biobibliográfica (hay conatos de eso en algunas otras entradas, como la de Wully Schürholz) y convergen y se funden con el mundo narrativo —concreto, no virtual— del autor.

Esas páginas son absolutamente fascinantes y tienen una cualidad alucinante o pesadillesca, sin dejar de ser puntualmente reales: componen un relato autónomo, inundado por ráfagas torrenciales de acontecimientos y terribles escenas que nos quitan el aliento. Todo comienza, tramposamente, como una entrada más del diccionario, dedicada a Carlos Ramírez Hoffman, cuya ficha personal ("Santiago de Chile, 1950—Lloret del Mar, 1998") hay que tener muy presente. El texto se abre así: "La carrera del infame Ramírez Hoffman debió comenzar en 1970 o 1971, cuando Salvador Allende era presidente de Chile" (p. 193). El personaje participaba entonces en un taller literario, era conocido bajo el nombre de Emilio Stevens y enamoraba a las dos hermanas Venegas.

A partir de allí su vida adquiere un carácter cada vez más siniestro y delirante, estrechamente vinculado a la historia política chilena. Lo vemos, ya en plena dictadura, pilotear un avión militar (recuérdese Estrella distante), dar vueltas sobre un campo de concentración y escribir "poesía aérea" con letras de humo y con mensajes crípticos u ominosos como "La muerte es amor", que traen un eco del grito fascista "¡Viva la muerte!" en la Guerra Civil Española. Una de sus hazañas es haber dibujado en el cielo "una estrella que se confundía con las primeras estrellas del crepúsculo" (p. 200); otra es secuestrar y asesinar ferozmente a las Venegas.

Usando una forma de narración en flujo continuo —cuyo foco cambia todo el tiempo, siguiendo, sin pausas, una trayectoria tan lógica como delirante—, los acontecimientos envuelven a figuras históricas —como el general Arturo Prat—, incluyen referencias paródicas (el personaje escribe una obra teatral bajo el seudónimo "Octavio Pacheco", broma que todos entenderán), y presentan una creciente participación del narrador en su relato, con su propio nombre y en primera persona; es decir, la ficción absorbe y relativiza todo. La vida criminal de Ramírez Hoffman emplea como pantalla diversas actividades artísticas: fotografía, su adhesión a tenebrosas teorías que propugnan la abolición de la literatura y de los escritores como tales, etc. Las páginas que llevan al ambiguo final (que no revelaré) en Lloret de Mar, cerca de Blanes, donde Bolaño pasó su vida española, son vertiginosas y memorables, tal vez entre las mejores escritas por el autor.
La literatura nazi en América es un libro extraño, que no brinda el placer informativo que el lector esperaba confiado en el título, sino el tormentoso placer que secretamente nos tenía reservado. El texto comienza como un mero catálogo de fantasías librescas y culmina en una aterradora alegoría de la historia política y de la actividad literaria como una sola abominable experiencia.



José Miguel Oviedo

jueves, 14 de julio de 2011



Despierto. Son las seis y media de la mañana. Mi hijo y mi esposa duermen al lado mío. Encender el televisor para ver el noticiero matutino no es una buena opoción: ellos se despertarían. En la mesita al lado de la cama esta Kafka en la orilla de Murakami. Leo algunas páginas. Encuentro una cita que me gusta, quizá porque los temores de Murakami ahora sin míos: "Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son esas cosas las que a mí , realmente, me dan miedo. Son esas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón". Cuánta mierda hay en el mundo, cuánto vacío, tipas preocupandose porque su bolsa Ferrogamo no combina con su vestido Chanel, tipos deseperados por la caída de la bolsa, gente matándose por ser intolerantes, chavos que hacen todo lo posible por permacener fuera, estar apartados, al filo del abismo, a un centrímetro del desfiladero. Y hay cosas valiosas. La respiración entrecortada de mi hijo, la claridad de la mañana que entra de lleno por la ventana, la octava de Mahler, el cuadro de Rembrant que tengo frente a mí, esta misma novela de Murakami que sostengo entre mis manos, acariciándola. La gente no entiende que para ser feliz se necesita de muy poco.

martes, 12 de julio de 2011

SIGUIENDO CON MURAKAMI




A Facundo Cabral: por la libertad, por la mujer, por la amistad, por la distancia, por la felicidad que irradiaba por todos los poros. Y a mi padre, que escuchaba a Cabral en los largos recorridos de Veracruz a México, mientras yo lo observaba llorar desde el asiento del copiloto.


A principios de 2000 vivía en una enorme pensión para estudiantes al sur de la Ciudad de México. En esa pensión vivíamos 25 jóvenes de varios estados de provincia, exiliados involuntariamente por padres que no podían pagar un lugar más decente. Yo tenía parientes en el DF pero me negué rotundamente a vivir con alguno de ellos. Así que mi padre, quizá para darme cierta libertad y hacerme madurar, quizá para deshacerse de mí de una bueva vez, me llevó a una pensión que él había conocido en sus épocas de estudiante del Politécnico en los setenta. Hacinados en literas y camastros, los 25 convivíamos muy poco y casi no hablábamos. Estaba Jorge de Tamaulipas, Rubén de Tabasco, José de Guerrero, Ricardo de Oaxaca y un chico calladísimo lleno de granos que había llegado de Nayarit y del cual he olvidado el nombre. Comíamos y bebíamos en silencio en un enorme comedor con un ventanal pensando en épocas mejores en donde pudiéramos instalarnos en otro lugar. Caminábamos por el enorme terreno intentando recoger las guanábanas que de vez en cuando caían, maduras, al patio. Veíamos algún programa en el televisor blanco y negro que adornaba la sala mientras la niebla de enero avanzaba por todo el lugar, haciendo que la casona tuviera una temperatura gélida que daba cierto aire fantasmal, como en esas películas de monstruos del Santo. Y el olor. Ese olor a nafta que aún ahora recuerdo y que se debía a que el dueño de la casa, un tipo horrendo y vulgar, utilizaba el sótano como bodega de su negocio de telas. Cada domingo suministraba grandes cantidades de naftalina para proteger la integridad de las telas. Así vivíamos, gastando el dinero de papá en bagatelas, esperando que llegara el fin de semana para visitar parientes o vagabundear por la ciudad, pensando en que la boca de alguna actriz de moda se posaría en nuestro miembro para despertar con la bizarra imagen de cualquier compañero limpiándose los restos de semen con cualquier prenda. No teníamos nada en común, salvo ser estudiantes de algo. Yo estudiaba literatura, pero había ingenieros, veterinarios, abogados, y un tipo muy fantoche que estudiaba medicina en una universidad patito y que se jactaba de saber todos los huesos del cuerpo en orden alfabético: sólo lo dejamos llegar hasta el cúbito. No teníamos vidas muy distintas, y nos caracterizábamos por ser estudiantes de medio pelo, sin ningún talento prominente, dispuestos a todo por sobrevivir en la ciudad. Yo prefería leer tirado en mi litera. A la lista de Murakami debo agregar a Faulkner y Hemingway y después Salinger. Guardaba mi libro cuando llegaba algún compañero a la habitación pues me cagaba que hicieran preguntas estúpidas acerca de la calidad literaria del autor que leía o si mejor debiera estar lavando mi ropa y no leyendo estupideces. Yo prefería callarme y pensar en los labios sensuales de Juliette Binoche. Así pasó el tiempo hasta que mi padre me anunció que debido a un recorte salarial me iba a mandar con una tía solterona que vivía en la colonia Guerrero. Resistí lo más que pude. Cuando, en la cena, anuncié que me marchaba, no hubo ningún comentario especial. Algún bostezo y un sonoro pedo cerraron mi salida. Recuerdo la última noche que dormí en esa casa. Aún la silueta de Binoche levita envuelta en una sábana de seda trasparente, impertérrita a los ronquidos de mi compañero de litera. Mientras me despedía al otro día muy temprano, los rostros de ellos no decían nada en especial. Supongo que me vieron avanzar por ese enorme patio adornado con un pino, pensando en que quizá nunca más nos volveríamos a ver.

sábado, 9 de julio de 2011

MURAKAMI






Hace uno días leía Tokio Blues, novela de Haruki Murakami, y me encontré con una párrafo que me llevó de inmediato cuando tenía 19 ó 20 años, a principios del siglo XXI. Lo cito:

Leía mucho, lo que no quiere decir que leyera muchos libros. Más bien prefería releer obras que me había gustado. En esa época mis escritores favoritos eran Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, pero no había nadie en clase o en la residencia que disfrutara leyendo a este tipo de autores. Ellos preferían a Kazumi Takahashi, Kenzaburo Oé, Yukio Mishima, o a novelistas franceses contemporáneos. Así pues, no tenía este punto en común con los demás, y leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaba de su aroma. Sólo respirando la fragancia de un libro, tocando sus páginas, me sentía feliz.





Una de las cualidades de la narrativa de Murakami es que tiene una facilidad tremenda para conectar con el lector y trasladarlo a territorios donde la memoria a corto plazo falla y es necesario buscar en el subconsciente aquello que hemos olvidado.

domingo, 3 de julio de 2011

HISTORIA FAMILIAR



Hace unos días me di a la tarea de hacer una reconstrucción familiar y revisar hasta dónde llega mi rama familiar conocida. Hay muchos espacios en blanco a los que tuve que agregar un poco de ficción. Mi abuela, de 99 años, y con una memoria prodigiosa, me narró de viva voz algunos sucesos de su vida y de la relación con mi abuelo, y a través de ella me enteré de episodios familiares desconocidos. Me divertí mucho mientras reconstruía lo que mi abuela me había contado días antes. Entrego a ustedes parte del resultado.


UNO: LA RAMA MATERNA.
AURELIO
Mi abuelo materno, Aurelio Sánchez Cruz, abandonó un natal Hidalgo en 1929, con doce años cumplidos. Había nacido en enero de 1917, en Tecozautla, Hidalgo, y como la mayoría de los campesinos de esta región cercana a la Sierra hidalguense, su familia había tenido que huir ante la llegada de los cristeros que saquearon el pueblo, llevaron a las mujeres y jóvenes, y ordenaron colgar a todo aquel que estuviera en contra de lo que estaban haciendo, que no era otra cosa que en bien y protección de Nuestro Señor Jesucristo. Su padre, Toribio Sánchez, los había enviado a él, a una hermana y a su madre, Adalberta Cruz, a refugiarse en casa de unos parientes en Tequisquiapan, quedándose con los hermanos mayores de mi abuelo: José, Toribio, Félix y Zenón. Mi bisabuela Adalberta, cargando a su hija Josefina y cuidando a mi abuelo Aurelio, caminó los cien kilómetros que hay entre Tequisquiapan y San Juan del Río, Querétaro, y los encargó con una hermana. Ella regresó a Tecozautla, al lado de su esposo y sus hijos mayores. Los tíos abuelos mayores se enlistaron en las filas cristeras, con resultados sospechados: José cayó herido en Ápan y no aguantó el camino de regreso a Tecozautla. Toribio se enlistó cristero pero cuando fue atrapado por los federales cambió de bando y llegó a ser sargento; murió años después, mientras se negaba a pagar una apuesta de gallos. Zenón fue apresado en León, condenado a la horca, perdonado en el último momento y muerto por manos desconocidas en una cárcel de Silao, Guanajuato. Su padre (mi bisabuelo) recogió el cuerpo una semana después, y al no poderlo trasladar por el avanzado estado de descomposición, decidió enterrarlo en un cementerio clandestino de Silao. De todos ellos fue Félix quien contó con más suerte: se hizo cristero de forma obligada y a la primera oportunidad desertó. Regresó a Tecozautla pero entendió que ponía en peligro a la familia e hizo el camino a pie de la Ciudad de México. Ahí, tras meses sin trabajo, conoció a un agricultor veracruzano que estaba en la ciudad para invertir en máquinas tortilladoras (una novedad en ese entonces) y lo invitó a que invirtiera con él. No se sabe en dónde ni con quién consiguió Félix los mil pesos que dio al agricultor veracruzano para comprar dichas máquinas, pero lo cierto es que una semana después ambos dejaban México rumbo a Veracruz, en un viaje en tren de dos días con prolongadas paradas. En Amozoc, Puebla, luego de comer fritangas en un puesto clandestino el tío abuelo Félix cogió una disentería que casi lo mata. Estuvo hospitalizado dos semanas en el Puerto de Veracruz, y cuando pudo incorporarse se percató que el socio, luego de haber pagado la cuenta del hospital, lo abandonó a su suerte. Félix no reclamó: el tipo había salvado su vida al llevarlo a un buen hospital, y la cuenta de éste era de novecientos cincuenta pesos. Luego de un largo peregrinaje, el tío abuelo Félix se radicó en Tres valles, Veracruz, en 1930.
Mi abuelo Aurelio vivió con su tía en San Juan del Río cerca de un año y luego regresó a Tecozautla cuando los ánimos beligerantes se habían aplacado. Durante ese tiempo, el tío abuelo Félix había juntado algo de dinero y logró comprar una máquina tortilladora española de uso. Puso su negocio y comenzó a irle bien. En diciembre de 1931, la bisabuela Josefina muere a causa de un mal cardiaco. El tío Félix asiste al funeral. Después de las exequias invita a mi abuelo a irse con él y trabajar en su negocio. Esa misma semana los dos viajan a Veracruz, haciendo una parada en la Ciudad de México donde el tío abuelo Félix iba a comprar una máquina. Durante una de esas noches en el México bohemio de los años treinta, mi abuelo, según sus propias palabras, “disfruté por primera vez de la compañía de una dama. Era una india cetrina más o menos de mi edad que no pidió permiso y cuando me percaté ya la tenía encima de mí. Es uno de los recuerdos más vivos de mi adolescencia”. A principios de 1932, con quince años, mi abuelo vive en Tres Valles, donde trabaja como ayudante de su hermano en la primera tortillería de la región.
JOSEFA
Mis primeros recuerdos los tengo allá en Tehuantepec, donde nací un 3 de mayo de 1915. Epigmenia, Mamá Meña, mi madre, era mujer muy devota y por eso me bautizó como Josefa de la Santa Cruz Sosa Zárate. Tuve seis hermanos: Gilberto, Adán, Javier, Sofía, Heriberto, Arcelia y Santos. Sofía y Adán murieron de viruela siendo niños. Mi padre, Refugio, campesino de origen, murió cuando yo tenía tres años, así que no tengo recuerdos de él. Heriberto se metió al Ejército a los quince años y anduvo desaparecido muchos años, hasta que una buena tarde de Dios apareció en casa, dejó a mamá un morral lleno de dinero, durmió durante día y medio, comió hasta hartarse cuando despertó, se despidió sin dar explicaciones y nunca más regresó. Mamá guardó el dinero que le dio Heriberto aun cuando había temporadas que no teníamos para comer y la pobre nos engañaba con tortillas con manteca, café endulzado con piloncillo y totopos remojados en agua. Una tarde apareció un militar para informarle que el soldado Heriberto Sosa había muerto combatiendo a unos alzados en Tuxtepec, y entregó a Mamá Meña las únicas pertenencias que tenía. Entonces Mamá Meña desenterró el morral con las monedas, eligió las que servían (había muchas porfiristas, carrancistas y delahuertistas que ya estaban descontinuadas) y con el dinero fuimos todos al único restaurante de Tehuantepec y pedimos lo que quisimos. Mamá Meña pensaba arreglar el jacal, o ya de plano comprar una casita nueva en el centro, pero justo con esos planes: la llegada de los soldados al pueblo. El Gobierno había ordenado instalar un campamento militar permanente en Tehuantepec. Con la llegada de los soldados hubo mucho trabajo. Mamá Meña, tan buena como era para los negocios, puso cerca del ferrocarril militar una fonda donde daba de comer a los soldados. Durante un tiempo funcionó muy bien pero una tarde un grupo de soldados fue evacuado de la ciudad y entre ellos apareció el militar que le había dado la noticia de la muerte de Heriberto, acompañado con otro sorche, y luego de hablar con Mamá (“por las buenas o por las malas”), pistola en mano, sacó a rastras a Arcelia, que a la sazón tenía 13 años, la montó en su caballo y se la llevó. Con tres hijos más Mamá no se atrevería a impedirlo: ¿Quién vería de nosotros? El acompañante del militar le dijo a Mamá que no me llevaba porque estaba muy chica pero que se la educara dos años más que él regresaba por mí. Y Mamá tomó tan en serio la advertencia que tres días después estábamos arriba del tren con rumbo a Veracruz, donde, según Mamá, vivía una tía suya, la tía Meche.
Luego de días viajando, por fin llegamos a Isla, Veracruz, donde vivía la tía Meche. Yo tenía diez años. Isla era un rancho que lo único que tenía era un cuartel militar y una estación de ferrocarril. La tía Meche vendía comida, lavaba ropa, hacía el aseo en los carromatos de los oficiales y, según supimos después, servía de consorte de un tenientillo descarapelado. La tía Meche nos recibió con gusto. Le dio trabajo a Mamá vendiendo comida, y a mí me puso al servicio de la casa de los ricos del pueblo. La familia Cadó me recibió muy bien. El viejo Cadó era de España, pero doña Otilia era mexicana, de Xalapa creo, aunque no estoy segura. Doña Otilia era una mujer de mundo, había vivido en México y pasaba largas temporadas en España con sus hijos, yo creo que para sacudirse el polvo de este pueblo infestado de ladrones, militarcillos roñosos y malvivientes. A doña Otilia no le gustaba que sus empleadas fueran unas ignorantes, y yo, india tehuana, ¿qué más podía ser? Así que un buen día trajo a dos monjas que nos enseñaron las primeras letras. Las monjas eran canijas. No les gustaba enseñarnos, pero sabían que no se podían negar porque el viejo Cadó les daba limosnas cada mes, y qué limosnas. Yo misma escuchaba cuando le ordenaba al Pedro, el capataz guatemalteco, que vendiera una res y el dinero se lo fuera a dejar al convento de Santiago Tuxtla, que en ese tiempo no estaba tan cerca como ahora, antes un buen jinete se hacía medio día hasta allá. Las monjas venían una vez por semana a enseñarnos, y al cabo de seis meses yo ya sabía leer, aunque nunca aprendí a escribir muy bien.
Al poco tiempo doña Otilia enfermó y el viejo Cadó no reparó en gastar un dineral para curaciones, viajes a Puebla y México, y por fin a España, donde, según el viejo Cadó, sí había médicos prestigiosos, casi eminencias, y no charlatanes sin escrúpulos que estafaban a la gente trabajadora y honrada como él. Y así como me ves de jodida, tu abuela ya conoció España. Doña Otilia me tenía mucho cariño, y como según ella nadie planchaba sus faldas como yo convenció al viejo Cadó de que me llevara como ayudante personal, o mucama, que eso era yo, mucama de una vieja a la que la enfermedad fue amargando hasta quitarle el aliento y convertirla en un ser detestable. Cuando la conocí doña Otilia era un pan de Dios. Ya en sus últimos años era gritona, grosera y celosa como ella sola. Varias veces me dijo que le gustaría que alguien como yo cuidara a su esposo cuando ella muriera, para luego gritarme arribista, india ladina, puta lujuriosa y no sé cuántas cosas más. Yo aguantaba, sabía que era la enfermedad, el cáncer que la fue consumiendo poco a poco. Los médicos le desahuciaron, no le dieron más de seis meses de vida, así que Doña Otilia regresó para morir en su tierra. El viaje de regreso fue muy cansado. Hasta que se murió. Yo tenía 22 años por aquel entonces. Doña Otilia dejó dicho que quería que la enterraran en Xalapa, así que el viejo Cadó pagó el traslado hasta allá y ahí la enterramos en el cementerio municipal. Luego regresamos a Isla. Semanas después llegó doña Lucía, hermana del viejo Cadó, una gachupina insoportable que se hizo cargo de la casa y luego luego mandó a los hijos mayores de los Cadó (Fabián, de 13 y Constanza de 15) a un internado en la Ciudad de México. Podríamos hablar de ellos dos porque tuvieron una vida desafortunada, pero sería desviarnos del tema. En fin, casi un año después de la muerte de doña Otilia el viejo Cadó murió. Nadie supo por qué, si era un hombre fuerte, además de muy sano. Amaneció muerto en su cama. Doña Lucía, contra la voluntad del viejo Cadó, no quiso hacer todo el papeleo para trasladarlo a Bilbao y lo enterró en el cementerio de Isla. Después del funeral, doña Lucía me dijo que ya no necesitaba de mis servicios, y así dejé la casona donde había pasado mi adolescencia. Al despedirme, doña Lucía me dio un sobre con mil pesos, que en aquel tiempo era un dineral. Todavía sueño con el olor del metate cuando molíamos, los pasos siempre firmes de doña Otilia para llegar al comedor y tomarse un café con nosotras, el ruido de los caballos agitándose en la caballeriza.
Como ya no tenía trabajo pero sí mucho dinero, decidimos abrir una fonda entre Mamá y tía Meche. Le llamamos Fonda Aires de Oaxaca y servíamos varios platillos. Las tres éramos las dueñas y para cualquier cosa la decidíamos entre las tres. La fonda funcionaba muy bien y hasta pudimos comprar un terrenito para poder construir. En ese año abrieron un local en donde vendían tortillas que hacían con una máquina enorme. El dueño era un joven fuereño (como nosotras) de buen porte, aunque muy seco para tratar a las personas. Pensamos que quién carajos iba a querer tortillas pasadas por fierros y cadenas pero la verdad es que el negocio funcionó muy bien y el joven se fue haciendo de clientes. En cierta ocasión llegaron unos gitanos al pueblo que traían un espectáculo de cine. Era muy cómico porque muchas veces las imágenes estaban cortadas o no había sonido e incluso una ocasión se quemó la sábana que ponían como pantalla: todo mundo salió corriendo. En el cine conocí al joven, quien empezó a cortejarme. La verdad no me gustaba su carácter porque era muy seco con las personas, pero era guapo y tenía buen porte. Pedí permiso a Mamá para poder verlo y luego él vino a pedir permiso a Mamá y fue así como nos hicimos novios. El joven era, por supuesto, tu abuelo Aurelio. Fuimos novios dos años hasta que el 10 de abril de 1939 nos casamos. Un año después nació tu tía carolina, así uno a uno fueron naciendo hasta que llegó tu mamá Adalberta. Lo demás es historia.

viernes, 24 de junio de 2011

CUANDO HAYA LUGAR


Dio el primer jalón de coca del día. Su vista se nubló durante unos segundos y permaneció en silencio esperando que el efecto de la coca se propagara a todo su cuerpo. No había temblor como otras veces, ni ese leve zumbido que sentía bien clavado en el cerebro. Su respiración se hizo más pausada y las cuencas de los ojos orbitaron en todo su esplendor. Sacó su .45 de la pistolera, cortó cartucho y bajó de la Suburban. El día era caluroso, quizá el más caluroso en meses. Acomodó su texano mientras palpaba la frialdad de la .45 en su mano derecha; a lo lejos, vio la federal a Batalla de Zacatecas como una vía rápida de salida por si algo salía mal y se detuvo. Los carros se detenían continuamente y la fila, según pudo deducir, ya abarcaba varios kilómetros. Ni por asomo podría salir por la federal a Batalla de Zacatecas, internarse en ella sería un suicidio. Pensó en los daños colaterales, los muertos si se desataba una balacera. Los muertos valen madres, así es esto y así será. La polvadera vencía su intento de avanzar, haciendo que se detuviera para fijar la vista hacia adelante. Una ventisca arremolinó el polvo sobre él y su texano fue arrastrado hasta que lo perdió de vista. Pinche día, mero hoy se les ocurre mandarme para acá. Por unos segundos pudo avanzar sin que la polvadera volviera torpes sus movimientos y pudo divisar el local gris adornado con un foco rojizo en la entrada. Proibida la entrada a bendedores amvulantes y hombres armados y militares. Un niño gordo y mal peinado estaba sentado en una poltrona a pocos metros de la entrada de la cantina. Al verlo, el niño hizo el intento de pararse y entrar en la cantina, pero vio que el tipo que venía hacia él le apuntaba con una pistola enorme, la más grande que había visto. Se quedó quieto. Cerró los ojos hasta que sintió los pasos cerca de él y luego un crujido que lo volvió todo de un color marrón. Los niños no deberían estar en estos tugurios, qué putas de padres más desconsiderados. El viento balanceaba la media puerta de un lado para otro. Dentro, se escuchaba un corrido muy sonado y, dentro del corrido, risas, mentadas de madres, copeos, taconazos. Se puso la .45 en el pecho, la besó levemente, aspiró con fuerza el olor a grasa y pólvora. Ya estará. Abrió la puerta y su vista divisó y siguió rápidamente la humanidad de un tipo que bailaba pegadito con una dama de minifalda de mezclilla, levantó el arma y descargó un certero balazo que entró por la oreja del tipo y fue a estrellarse en la rocola; en una mesa contigua, dos tipos hicieron el intento de pararse pero la balas ya le habían perforado el pecho a uno y desbaratado el rostro al otro. Salió del lugar tal y como había entrado. La polvadera había disminuido y en medio de los matorrales vio que la Suburban era revisada por un grupo de niños famélicos; tiró un disparo al aire: los niños permanecieron en silencio, al lado de la Suburban hasta que vieron que el hombre les apuntaba, se revisaba la bolsa del pantalón, entraba a la camioneta y se alejaba dejando una estela de polvo que por fin los ahuyentó. I’m fine, I’m fine. All I need is Love, and a Cold beer. Se rió. Buscó entre la bolsa de su camisa el sobrecito de coca, esparció en poco el mano izquierda sin soltar el volante forrado de piel de víbora e inhaló la droga combinada con una gruesa capa de polvo. Los automóviles estacionados en la federal a Batalla de Zacatecas comenzaron a moverse rápidamente y el flujo se hizo intermitente pero permitió a la Suburban mezclarse entre los automóviles de todas las marcas y modelos aunque principalmente camionetas y trailers. Avanzó un kilómetro, tal vez dos. Puta madre, esos pendejos no dejan de componer este puto camino. Si yo fuera presidente municipal, si yo fuera el hijo de la chingada que. Los automóviles se detuvieron uno a uno hasta que tocó el turno de la Suburban. No apagó el motor. Encendió el estéreo: Rosita de olivo, blanca flor de azahar, me das un besito cuando haya lugar, cuando haya lugar me mandas decir. Soy hombrecito y te puedo cumplir… El calor era insoportable. Guardó la .45 (que llevaba en el asiento del copiloto) debajo de su asiento. Encendió el aire acondicionado: el aire frío cubrió su rostro. …y yo le contesto, con grande dolor, no lloro por nadie. Sólo por tu amor. Only for your love. Encendió un cigarro púrpura: el humo invadió la cabina de un olor rancio. Abrió la ventanilla polarizada para dejar escapar el humo y respirar aire fresco. Volteó la vista a la izquierda: desde una Ford Explorer una anciana lo miraba con curiosidad. Volvió la vista. Los automóviles se arremolinaban tras él, haciendo que la primera fila pareciera un valet parking. Es mejor, entre más me mezcle, menos me encontrarán. Cambió de modo compac disc a modo USB. Esto está mejor: The Pixies: Where’s my mind? With your feet on the air and your head on the ground Try this trick and spin it, yeah Your head will collapse But there's nothing in it and you'll ask yourself. La fila de autos, chicos, medianos y grandes alcanzaba ya una gran distancia. Se bajó de la Suburban y caminó hacia la lateral para ver en donde estaba el problema. “Esto no tiene para cuando ¿verdad?”, graznó la anciana desde su Explorer, “puedo ofrecerle un jugo, yo los fabrico y los voy a vender a El Refugio”. El tipo no contestó: volvió a la Suburban y subió los polarizados. A los pocos segundos tocaron la portezuela. Era la anciana. “Me parece que no escuchó, pero le voy a invitar un jugo de tuna que yo misma fabrico en mi rancho, ya verá que sabroso y la tuna es mejor que una cerveza bien fría para quitar la sed”. No estaría mal una cerveza y una rola de The Doors para bajarla. El tipo masculló un gracias, cerró la portezuela y subió el volumen del estéreo. La voz de Jim Morrison se estrelló contra los vidrios: Love me twice today. Apagó el estéreo, el aire acondicionado y el motor. Se dio otro jalón de coca y guardó la .45 en la espalda, entre las nalgas y el pantalón. Bajó de la Suburban ante la mirada seria pero benévola de la anciana, que con una complicidad (que el tipo se sacudió en seguida), le dijo: “Qué bueno que va a ver si ya termina este martirio, a mi camioneta no le funciona el aire acondicionado y aquí está peor que el infierno. Manténgame informada”. El tipo no la miró. Avanzó entre la fila de autos, cubriéndose el rostro para no cegarse por el brillo del sol que se reflejaba de lleno en el asfalto. Avanzó varios metros, no muchos, hasta toparse con un encargado de la obra que le informó que la espera no tardaría más de diez minutos: desde la parte frontal de la fila ya se escuchaban los motores encendidos, desplazándose lentamente todavía pero ofreciendo la esperanza de que las palabras del encargado no eran inventos sino que en verdad la cosa estaba solucionada. Varios metros adelante, entre la fila interminable de autos, seis hombres avanzaban hacia ellos con cuernos de chivo en mano. Los hombres se dispersaron formando dos líneas de tres hombres que avanzaban por cada carril. El encargado de obras corrió hacia la lateral, tirándose entre los matorrales. El tipo rodeó un trailer que estaba al lado y, encañonando con la .45 al conductor, se subió. Los hombres pasaron al lado del trailer sin mirar el interior. Se escucharon fuertes detonaciones durante un tiempo indeterminado. Luego, vieron correr a los hombres a través del llano y perderse entre los matorrales. El tipo se bajó del trailer, no sin antes advertir al trailero que se callara la boca sino quería recibir un plomazo. Caminó hacia la Suburban: la carretera estaba llena de casquillos dilatados por el sol. Miró hacia la Explorer: ésta también había recibido sendos disparos de cuerno de chivo. La vieja sólo estaba aquí por destino, ya le tocaba. Debajo de la Explorer vio un bulto muy parecido a la anciana. Se acercó. Le pereció ver que el bulto se movía. Lo último que vio en su vida fue la mano de la anciana disparando una pistola.

Andrés López.

sábado, 11 de junio de 2011

HABLAR DE FUTBOL

Hace unos días tuve una acalorada discusión con un amigo sobre fútbol que casi llega a los golpes. Descubrí lo intolerables que podemos ser cuando los argumentos ya no cuentan. Un cliché harto repetido: nunca hables de religión y política porque no llegarás a nada. Yo agregaría: nunca hables de fútbol cuando no estés dispuesto a defender tu camiseta hasta las últimas consecuencias. De cualquier forma, el incidente quedó ahí y mi amigo y yo decidimos que por el bien de los dos jamás hablaríamos del asunto. Publico, con el permiso de él, la causa del altercado: un divertimento muy vulgar que escribí en días donde no tenía nada que hacer y que atañe al equipo de sus amores: el América.


LAS ÁGUILAS DEL AMÉRICA O LA AMBICIÓN DESMEDIDA

El largo peregrinaje de las Águilas del América inició en febrero de 2013, luego de que el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, y varios ejecutivos de la empresa fueron detenidos en un rancho cercano a Cuernavaca, acusados de narcotráfico, tráfico de influencias, trata de blancas y travestismo. El Consejo Presidencial de Grupo Televisa, decidió vender varios activos de la empresa, incluidos el equipo Club América de Fútbol A.C. El Consejo recibió varias propuestas, incluso del extranjero, pero la que más impactó fue la del magnate de los suplementos alimenticios y dueño de las Chivas Rayadas de Guadalajara, Jorge Vergara, quien puso sobre la mesa un millón de dólares, que era lo que valía el América en ese tiempo. Vergara, acérrimo rival de Azcárraga, desbarató la plantilla, vendió parte de los bienes del equipo, y decidió cambiarle el nombre. A partir del 2014, el América pasó a llamarse las Gallinas Culecas de Coapa. Una de sus primeras intervenciones como dueño de las Gallinas Culecas, fue la del cambiar el escudo, quedando como un nopal entrando en el ano de una gallina a punto de poner un huevo. La segunda acción, con toda malicia que caracteriza a Vergara, fue la de desmantelar el estadio Azteca y reducirlo hasta el 20% de su capacidad. Los fanáticos de las Gallinas Culecas, en protesta por el desmantelamiento del estadio, hicieron una marcha que fue reprimida con toda la fuerza policial disponible, muriendo varios fanáticos y lesionando a varios más.

Debido a los incidentes con los fanáticos, la Federación Mexicana de Futbol desafilió a las Gallinas Culecas durante un periodo de seis meses, recuperando su membrecía en el clausura 2014. Durante este periodo de inactividad, Vergara reestructuró el equipo y, para darle más valor nominal, recuperó del retiro a jugadores insignia del antiguo América. A continuación se mencionan los nombres y motivos de los jugadores adquiridos por Vergara y que conformaron la plantilla de las Gallinas Culecas durante el clausura 2014.

1. Olaf Heredia. Heredia llevaba años sumido en el alcoholismo cuando Vergara le hizo la propuesta de retornar al futbol activo como portero del equipo de sus amores. Tras una charla llena de whisky, cocaína y putillas baratas, Olaf aceptó la oferta de Vergara con la condición de tener atrás de la portería un respirador artificial que pudiera usar cuando las acciones del juego lo permitieran. Desafortunadamente, Olaf Heredia sufrió un paro cardiorespiratorio en el juego de presentación de las Gallinas Culecas y el Barcelona de España. Murió siendo trasladado al hospital.

2. Roberto “Jamaicón” Villegas. El Jamaicón se retiró del futbol activo en 1986, y desde entonces se había dedicado al comercio familiar (una tlapalería) en su natal Jalisco. Vergara viajó a Lagos de Moreno y le ofreció un puesto titular en su equipo. Jamaicón aceptó con la condición de tener a su lado a su pareja, un muchachillo de quince años que dominaba muy bien el balón.

3. Eduardo Vacas. Cuando Vergara localizó a Vacas en una pulquería de los Reyes la Paz, jamás esperó que el eximio defensa del América reaccionaría de esa manera. Tras una breve charla, Vacas golpeó salvajemente a Vergara, gritándole de todo (mercader del futbol y comerciante de piernas fueron los gritos más escuchados) y arrancándole la mitad de la oreja de un mordisco. Los guaruras de Vergara, al percatarse, golpearon a Vacas brutalmente y le aplastaron el cráneo con una barrica de pulque, dejando el lugar lleno de masa encefálica y mierda procedente del fundillo de Vacas, que no aguantó los golpes y en el último momento se cagó. Vergara fue internado en una clínica y en tres días reapareció en público con la oreja reconstruida.

4. Raúl Rodrigo Lara. Después de trabajar para las fuerzas inferiores del antiguo América, Lara recayó en las drogas y el alcohol y estuvo internado en una granja para rehabilitarse. Al salir, Vergara lo visitó en una taquería de la Merced, donde Lara trabajaba. Lara escuchó la oferta de Vergara. Vergara le ofreció un puesto titular, un auto del año y pagar los cien mil pesos que Lara debía a un conocido narcomenudista de Tepito. En el juego debut, luego de recuperar un balón en medio campo y avanzar veinte metros con él, Lara cayó de bruces en el campo. En el SEMEFO determinaron que la cusa de la muerte había sido la ingesta combinada de cocaína, mezcal y, para sorpresa de todos, orines de gato.

5 y 6. José Damasceno “Tiba” y Alex “Gallo” García. Aunque nunca

jugó en el antiguo América, Tiba siempre declaró sentirse atraído por el club. Luego de retirarse en un equipo guatemalteco, Tiba viajó a Nicaragua y se incorporó como auxiliar técnico de Alex “Gallo” García, quien había tomado las riendas del Ajaz de Nicaragua. La relación laboral rebasó los límites permitidos y muy pronto se dieron cuenta que estaban enamorados. Vivieron una relación tormentosa, donde Tiba era el macho alfa y dominador y el Gallo García la sumisa e insaciable hembra guardiana. Cuando el dueño del Ajaz los encontró fornicando en un dormitorio del club, vio una escena grotesca: Tiba estaba vestido como leopardo de pies a cabeza y montaba y penetraba a un Gallo García vestido como conejito de playboy. Inmediatamente fueron suspendidos. Vergara los encontró en un tugurio de Ciudad Neza y les planteó la posibilidad de regresar el futbol. Tiba aceptó pero el Gallo rechazó la oferta. Diez días después, mientras viajaba en la línea B del Metro, Gallo García sufrió un ataque de diarrea que literalmente lo vació. El SIDA había acabado con su vida.

7. Enrique Borja. A sus casi sesenta años, Borja aceptó formar parte de las Gallinas Culecas con la condición de sólo jugar cinco minutos por partido. Un corazón atrofiado, dos trombosis, un glaucoma crónico y cinco diálisis fueron los argumentos de Borja para tal petición. Mientras se alistaba para irse al estadio, donde jugaría el partido inaugural, Borja sintió un fuerte dolor en el recto que lo hizo tirarse al piso y casi llorar. Inmediatamente fue trasladado a una clínica donde los médicos, asombrados, confirmaron una colitis fulminante. Actualmente, Enrique Borja utiliza una bolsa de plástico cada vez que va al baño, puesta a un costado del estómago.

8. Cuauhtémoc Blanco. Blanco hizo una fortuna haciendo comerciales estúpidos y actuando en telenovelas insulsas, cuando no como presentador de programas basura y comentarista de chismes y talk shows. Fue en uno de esos programas cuando un entrevistador le preguntó si formaría parte de las Gallinas Culecas, a lo que Blanco contestó que jamás, ni muerto, jugaría para ese equipo. Algún fanático despechado tomó muy en serio sus palabras porque una madrugada entró a su casa y, tras amarrarlo en su cama, sodomizarlo y rociarlo de diesel, le prendió fuego. Al fuego sólo sobrevivió su sonrisa de pendejo y las placas dentales que sobresalían en todo el lugar.

9. David Luna R. Este singular fanático de las Gallinas Culecas tendrá un lugar especial en la conformación de la nueva época del club. Maestro de oficio, David o Davus como lo conocerán para la posteridad, creció siendo fanático del antiguo América en su natal Cholula. Una vez recibido el grado de Doctor en Pedagogía por la Universidad de Harvard, Davus rechazó una oferta laboral en Cambridge para hacer sus pininos desde la trinchera de la educación rural. Así que se dirigió a la Sierra Negra de Tehuacán donde comenzó su apostolado magisterial al lado de insignes figuras magisteriales como Napoleón Gil, Jairo Cruz, Manuel Montiel y Antoine salas (con quien se relaciona Davus a los pocos meses de llegar a la Sierra y sostienen una relación que dura diez años). Cuando Vergara compra al equipo, Davus deja la Sierra y se traslada a la capital del país, desde donde comienza a integrarse a la porra de las Gallinas Culecas. Salas, al sentirse traicionado, lo sigue hasta allá y en medio de una discusión, Davus lo apuñala por atrás. Los gritos de Salas se escuchan por todo el vecindario. Detienen a Davus y lo encarcelan. Tres meses después sale de prisión y forma la Porra Unida de las Gallinas de Culecas de Coapa. Un año después, mientras se comía diez cemitas en un atascadero de Puebla, Davus es raptado por unos encapuchados. Su cuerpo apareció una semana después. A su lado, encontraron unos zapatos picuditos, una corbata morada y una chanclitas pie de gallo. Mostraba indicios de haber sido violado con un cautín.

10. Para muchos fue sorpresa que Jorge Vergara contratara a un completo desconocido para llevar las riendas de las Gallinas Culecas. Pero, si analizamos detalladamente este documento, encontraremos que muchas de las acciones de Vergara fueron realizadas más con la víscera que con el cerebro. Motivos inexplicables y reacciones irracionales, todo llevado de la mano del excéntrico Vergara con el único fin de terminar con el orgullo americanista, medrar su autoestima y propinar al equipo un knock-out del que, para mala fortuna de los aficionados que siguen creyendo en ese equipo mediocre, nunca se levantarán. Quizá fue por eso que Vergara contrató a Ezequiel Reyes como Director Técnico. Reyes no tenía ninguna formación futbolística y su único roce con el balón había sido en su paso por la educación pública del país. De formación maestro, Reyes prefería las prebendas magisteriales y su jugoso sueldo como docente (conseguido gracias a triquiñuelas y compadrazgos) que dedicarse a dirigir un equipo de primera división. Sin embargo, Reyes tenía un sueño frustrado: ser futbolista. En su adolescencia, las películas de El Chanfle y los comics de Pirulete, el astro del futbol le habían dado la oportunidad de soñar en que algún día sería futbolista. No fue así: su auténtica incapacidad para golpear el balón le hicieron desistir de dicha empresa. Vergara lo conoció en una fiesta que ofreció Allchatarra, su empresa de suplementos alimenticios, en Puebla para celebrar a los mejores vendedores de la región. La mujer de Reyes era una gran vendedora de estos productos que la gente seguía consumiendo aun con las advertencias que entre las sustancias activas estaban el DDT y el ácido lisérgico. Entre los dos hubo un flechazo. Vergara se enamoró perdidamente de Reyes al grado de invitarlo a su penthouse esa misma noche. Aunque Reyes resistió el cortejo de Vergara, una semana después viajó en su avión privado. Se dice que en el avión unos negros somalíes satisficieron las necesidades carnales de los dos con miembros de treinta centrímetros. Al finalizar, exhaustos, Vergara le propuso que fuera el nuevo DT de las Gallinas Culecas de Coapa.



viernes, 10 de junio de 2011

TIGRES DEL NORTE AND FRIENDS



El Unplugged que los Tigres del Norte se avientan para MTV es sencillamente sorprendente. Uno esperaría la clase de tributos rascuaches que pierden sentido cuando los intérpretes están más enfocados en preservar la esencia del grupo que aportar algo más a la interpretación. Para quienes somos fanáticos de este grupo norteño que lleva más de cuarenta años rolando, las interpretaciones de Zack de la Rocha, Andrés Calamaro, Juanes, Calle 13 y demás invitados son bocanada de aire fresco a un año musicalmente malo. La interpretación que hace Calamaro de "La mesa del rincón" con ese toque de tango inicial es genial; Zack de la Rocha aprovocha el momento y nos recuerda que si bien este geniecillo polítologo y vocalista de Rage Against the Machine nació en los Estados Unidos, tiene muy presentes sus raíces mexicanas y nos canta "Somos más americanos"; Juanes le da su toque caribeño a "La Jaula de oro"; y hasta Paulina Rubio canta, melosa, "Golpes en el corazón". Un disco muy bueno que vale la pena escuchar completito, aun cuando esté incluida Paulina Rubio.

jueves, 9 de junio de 2011

CUATRO HISTORIAS (IV)


CUATRO HISTORIAS (IV)

Somos un bípedo capaz de un sadismo indescriptible. Nuestra inclinación a la matanza, a la superstición, al materialismo y al egotismo carnívoro apenas ha cambiado durante la breve historia de nuestra residencia en la tierra.

George Steiner.

El periodo más fuerte de mi depresión duró alrededor de tres meses. Tres meses infernales, aunque cuando una está deprimida el tiempo pasa volando que apenas si puedes respirar. Yo no pensaba en mi depresión cuando estaba deprimida. Pensaba en morirme. Colgarme de una viga imaginaria que atravesara mi departamento y dejarme caer con una soga atada previamente a mi cuello. Oír el chasquido de mi cuello cuando se desprendiera de mi espina dorsal. Ir a la farmacia y surtirme de una buena vez de una cantidad considerable de ansiolíticos que para cuando quisiera reaccionar mi mente estaría en ese espacio indefinido llamado limbo. Soñaba con tener el cañón de una escopeta bien metido en mi garganta y apretar el gatillo y escuchar cómo mi cráneo se abre y la masa encefálica embarra el cielorraso azulado. Tener una navaja afilada y cercenar mis muñecas con paciencia de cirujana; beber la sangre que resbala por mis piernas y mancha mi bata CH y sigue su recorrido hacia la coladera del baño, no sin antes manchar mis pantuflas bávaras y echar a perder mi pedicure L’affaire. Intentar de todo, como en esa película de Bill Murray donde debido a un Warm Hole (me gustaría que fuera un Warm Hole, aunque en vedad no sé si lo es) el tiempo se repite y se repite hasta que el pobre personaje que hace Murray se da cuenta que está atrapado en un eterno retorno nietzscheano y decide matarse, utilizando el pretexto de robar a la mascota del pueblo (un bonachón y regordete castor) y conducir a toda velocidad hasta llegar a un desfiladero donde Murray cae junto con el castor, para después despertarse y encontrarse en el mismo sitio, y seguir así, repitiéndose, tirarse en la bañera y dejar caer un tostador, y seguir así: colgarse, y seguir así: aprovechar no la muerte sino la vida para conquistar a la mujer amada.

Nadie me visitó durante esos tres meses. Hilaria, la doméstica, se marchó al primer mes. Dijo que no podía ver cómo me iba consumiendo poco a poco. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantarme y tirar a la basura a Pershing, el gato, luego de que el olor a pudrición hizo insoportable el departamento. Lo descubrí atrapado en una redecilla que servía para colocar la ropa sucia en el cuarto de planchado. Debió sufrir. Igual que yo. Apenas si comí durante ese tiempo. Bebía agua directo del grifo y sólo bajaba a la cocina para ingerir pequeñas cantidades de pan integral. Una vez salí a la calle a comprar provisiones pero fue todo. Pasé semanas sin bañarme. Todo el departamento olía a mierda –mi propia mierda depositada entre las sábanas y la alfombra- y a meados y a suciedad. Y hubiera muerto de no ser por Emilia Peñasco y Toño Cantú. Pero no hablaré de ellos.

jueves, 19 de mayo de 2011

DIÁLOGO DE 1994



DIÁLOGO DE 1994
La noticia se propagó por toda la escuela como una bomba. Muerto. ¿Quién? Quién ha de ser: el mismo. ¿Por qué? Eso sí no lo sé, no me han dado más detalles. ¿Cuándo? En la madrugada de ayer, dicen que andaba bien pasado, llevaba cuatro días encerrado metiéndose mierda y media. ¿Y los otros? ¿Quiénes? Sus amigos, el dientón y el que tiene apellido ruso. No es ruso es polaco. Da lo mismo: todos hablan ruso. Ese no, ese es más gringo que Mickey Mouse. Andaban en mira de México, pero aquí no hay público para esos adelantos, estamos muy jodidos. Pues con su muerte dudo que se haga. Conozco a una chava de natación que fue a un concierto que dieron en California el año pasado. Órale. Sí, su papá le pagó el viaje. Avión, hotel y toda la cosa. Ha de ser chido tener papás que te cumplan esos lujitos. ¿Y quién es la chava? Recuerdo, recuerdo, a ver, pues no recuerdo, la verdad es que hablé poco con ella, casi nada. Pero eso sí: estaba buenísima. ¿Estaba? Posiblemente, hace dos meses que no llega al gimnasio, a lo mejor se murió, me da igual. Boy: don’t be cruel. Why? ¿No recuerdas cuando Marintia fue atropellada por el microbús? Sí, pobre. Una belleza virginal ahora disfrutada por los malditos gusanos. Ja. Es la verdad, man. Cuando menos un humano la hubiera merendado. Segovia anduvo con ella y poco antes del accidente pregonaba a los cuatro vientos que se la había cogido después de una fiesta, cosa que yo creo imposible. ¿Por qué? Porque Segovia, a pesar de la facha de machín, en el fondo es un putazo de primera. Ja. Lo pregonó por toda la escuela, hasta que llegó a oídos de Joaquín y al pobre Segovia le dieron al madriza de su vida. Sí, pinche Segovia; le tuvieron que cambiar todos los dientes frontales, quedó como caballo. No lo pudo soportar ¿verdad? Oye, la chava esta, la del concierto ¿era buena onda? Ya te dije que casi no la conocí, sólo crucé con ella algunas palabras y nada más. Entre esas palabras fue lo del concierto de Nirvana en Los Angeles. Ya. Siempre seria, siempre con la cara pálida, aunque para mí eso la hacía más bonita. Unos dientes blanquísimos y las manos, hermano, las manos eran otra cosa. No sé por qué hasta ahora me estoy percatando de esos detalles. Debe ser porque no estamos acostumbrados a ver tanta belleza cerca, que pasa desapercibida por cierto tiempo, sólo lo necesario para darnos cuenta que lo que está frente a nosotros pertenece a otro tipo de realidad, algo incomprensible para nuestros ojos. Híjole, hoy estás imparable, hasta pareces Saúl Hernández. Bájale, ni que fuera Helena. ¿La de segundo? No, pendejo, la de Troya. Ya. Lástima que ya no venga, me gustaría platicar con ella. Tú lo que quieres es cogértela. Eso vendría después. ¿El balazo le salió por el occipucio? Yes, por ahí mero, you know. Malísima onda, una verdadera desgracia. Todos sabíamos que tarde o temprano sucedería. Primero en Milán, luego en Seattle. Tanta heroína, tanto sentirse Supermán. Y no aguantó. Courtney, que me late que no hacía otra cosa que sacarle lana, no pudo predecirlo. Hay dos hipótesis: la primera tiene que ver con el suicidio que ya comentamos. La segunda involucra a un díler de toda la confianza de Kurt. Según esta hipótesis, Kurt llamó a su vendedor de heroína tras una crisis de ansiedad. El díler fue a su mansión de Washington Lake, allá en Seattle, y le llevó una buena dosis de heroína. Kurt consumió una fuerte dosis. Después todo se salió de control –era común que Kurt, en esos días, casi enloqueciera después de consumir una cantidad respetable y, para los demás mortales, fulminante de heroína- y el díler tuvo que dispararle, haciendo pasar todo como un suicidio. Pues yo me inclino más por la primera hipótesis. Quizá. Hay atisbos en algunas letras de canciones. Según Novacelic, en sus paranoias persecutorias Kurt vociferaba que pronto se pegaría un tiro. Y así fue.

sábado, 7 de mayo de 2011

CUATRO HISOTRIAS (ii)

I
El primer encontronazo fue devastador. Los sicarios de los Aguilar entraron en la discoteque Reflex y descargaron sus cuernos de chivo en contra de los asistentes, entre los que se encontraba Manuel Pimentel, hijo de Jorge Pimentel, el principal exportador de metanfetaminas de manufactura mexicana a Europa. Manuel Pimentel alcanzó a cubrirse con una mesa, pero las balas de grueso calibre le perforaron el rostro. Al otro día apareció una narcomanta, en pleno centro de la ciudad, con una consigna que deslindaba a los Aguilar de la muerte de Manolito Pimentel y tres sobrinos –sicarios a sueldo, por supuesto- de don Jorge Pimentel. Incluso, una voz anónima, supuestamente vocero de los Aguilar, habló en el conocido programa radiofónico del Pelado Orozco para desmentir los rumores que involucraban a los Aguilar con los Pimentel. En represalia, los Pimentel ejecutaron a 25 conocidos dílers relacionados con los Aguilar, y sus cuerpos, todos mutilados, fueron arrojados enfrente del Palacio de Gobierno de esta nuestra ciudad capital. La consigna era clara: Ojo por ojo. Y lo que viene.
Dije que el primer encontronazo fue devastador porque en verdad a partir de ahí nuestra ciudad se convirtió en un hervidero de mierda con más muertos que en la Guerra de los Pasteles o en la Revolución. Todo se fue a la mierda. Todo. La ciudad colapsó, al grado que por iniciativa del Congreso del Estado los Poderes fueron trasladados a una sede alterna, a una ciudad que, es sabido por todos, nos desprecia y nos quiere lejos del Estado, lejos del País, lejos del Mundo. Pero los poderes estatales fueron trasladados para allá y durante unas semanas la cosa se calmó pero más tardó el Sol en ponerse que la sangre caer sobre esta sagrada y ancestral tierra mía. Resulta que por sus pedos personales, y por andarse matando unos a otros, los Aguilar y los Pimentel habían descuidado la plaza –una plaza, dicho sea de paso, muy valiosa: por aquí pasa la mayor parte de la coca que se introduce a territorio incómodo- y unos arribistas, unos morros de no más de veinte años que se sienten valientes por cargar una .45 y meterse carretadas de coca, disputan la plaza a sangre, sudor y lágrimas. Los morritos, a pesar de todo, tienen güevos y por varias semanas ponen en jaque a los Jefes. Sus métodos son rápidos y eficaces. Levantones, descabezados, madrazos, tablazos, balaceras en centros comerciales, granadas de fragmentación en fiestas privadas, mantas, consignas, torturas, más descabezados. Se hacen famosos por introducir una granada en el recto de sus víctimas y hacerla explotar y llenar todo de mierda y vísceras. Pero los Jefes no se dejan y comienza la masacre. Uno a uno van cayendo los morros. Don Jorge, el más sanguinario, levanta a cinco morros y los echa a los diez leones africanos que tiene en su hacienda. Dicen que graba todo y luego, en fiestas privadas donde abundan el alcohol, la coca y las teiboleras gringas, los muestra a todo aquel que quiera ver ese espectáculo grotesco. Los Aguilar entran al quite y en un fin de semana ejecutan a 15 morritos que no tenían nada que ver con los Niños –así les llamó la prensa sensacionalista. Resulta que los morritos asesinados estaban en una fiesta cualquiera y a uno de ellos se le ocurre mencionar en una red social que en la fiesta estarán miembros de los Niños. Entre los morros estaba un hijo de un rico empresario y el sobrino del Secretario de Gobierno del Estado. La ciudad estuvo paralizada, literalmente, durante tres días. Pocos eran los valientes que se atrevían a deambular por el centro. El Ejército, de manos del general Pedro Infante Rosas, tomó la ciudad y en unos cuántos días cayeron varios sospechosos de los asesinatos. Varias muertes más llenaron las estadísticas que nos colocan como el estado más violento del país, pero en pocos meses el Ejército se hizo cargo y las cosas tomaron un ritmo distinto.
II
Por esas fechas yo mismo estaba pasando una mala racha. Mi mujer me había demandado por manutención y mi sueldo de sicario pues nada más no alcanzaba. Mi mujer. El mercado del sicarismo cada vez está más competitivo y a la pendeja se le ocurrió mandar a nuestro hijo de 15 años a una estancia de un año en un colegio de España, y en euros. Le pedí a mi jefe que me subiera el sueldo, pero argumentó que el negocio estaba muy flojo. Le dije entonces que me diera más trabajo y me mandó a Las Vegas con gastos pagados a pegarle un par de tiros a un caca grande del consulado mexicano. No fue sencillo seguir al cónsul, tenía más vigilancia que el mismo Presidente y era muy escurridizo. Pero un domingo, después de apostar unos dólares en un casino de poca monta, lo seguí hasta un juego de béisbol y luego de que el cónsul le dio unas palmadas a su hijo antes de un turno al bat, le metí dos tiros en la nuca. Se armó mucho borlote con el asesinato del cónsul. Mi jefe me felicitó y en recompensa de mi buen trabajo me regaló una Pietro-Beretta automática con cachas de oro y compartimento para explosivos de bajo alcance, una joyita de diez mil dólares. Le agradecí a mi jefe. Le dije que trabajaría al máximo para quitarle a cuanto hijo de puta tuviera en su camino. Me dijo que yo era un cabrón bien leal pero que por lo pronto me fuera a descansar, todo ese pedo del cónsul se había vuelto un desmadre grueso y lo mejor era que me escondiera por unos meses. Le dije que a dónde me iba a ir si mi trabajo era mi casa, mi familia era mi .45, mi hogar estaba entre mi Lobo 4 por 4 y todos los desgraciados que les he metido un tiro de gracia en la cabeza. El jefe rió. Haz lo que te digo, me dijo, ya verás que pronto pasa ese desmadre y te reincorporas a nosotros. Acepté. El jefe me regaló quince mil dólares para gastos. Me dijo que él sabría donde encontrarme.
Así que junté mis ahorros y me fui a España. Pensarán que España no es sitio para un sicario, pero la verdad es todo lo contrario. En España hay mucho trabajo, y si uno ya tiene cierto renombre pues las cosas se dan por sí solas. Lo primero que hice cuando llegué a Madrid fue ponerme en contacto con Pancho González. Pancho tenía cinco años recluido en el penal de Marbella. Lo agarraron metiendo doscientos kilos de coca por Marbella. No pudo escaparse, un dedazo quizá, un chivato que le partió la madre porque a la hora que estaban metiendo los paquetes en la cajuela de una camioneta llegaron los tiras gachupines y cagaron todo. Le dieron veinte años. Cinco años de su vida perdidos por un come mierda. Panchito me recibió muy bien y me dijo que en pocos días recibiría una llamada importante. Mantuve encendido mi celular para pasaron dos semanas y nadie llamó. Regresé al penal de Marbella. Panchito me recibió muy sonriente pero luego que le expliqué de la llamada que nunca llegó, se puso serio. Algo pasaría, dijo, esos tipos cuando piden algo no lo hacen dos veces y no se echan para atrás. Tendrás que esperar. Eso hice: esperé otras dos semanas y cuando ya había pedido otra cita para ver a Panchito en el penal, sonó el teléfono.

sábado, 30 de abril de 2011

POEMA DE GONZALO ROJAS



El pasado 25 de abril falleció, luego de una corta enfermedad, Gonzalo Rojas. Reproduzco en este espacio uno de sus poemas más emblemáticos, recitado de memoria por escritores de la talla de Alvaro Mutis y Roberto Bolaño. Una pérdida lamentable del que fue, sin duda, una figura señera de las letras hispanoamericanas.











Qedeshim Qedeshoth*
Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté
con una en Cádiz bellísima
y no supe de mi horóscopo hasta
mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir
más y más oleaje; remando
hacia atrás llegué casi exhausto a la
duodécima centuria: todo era blanco, las aves,
el océano, el amanecer era blanco.

Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay
puta, pensé, que no diga palabras
del tamaño de esa complacencia. 50 dólares
por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.
50, o nada. Lloró
convulsa contra el espejo, pintó
encima con rouge y lágrimas un pez: -Pez,
acuérdate del pez.

Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de
turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el
rito completo; primero puso en el aire un disco de Babilonia y
le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre
sin duda era un gramófono milenario
por el esplendor de la música; palomas, de
repente aparecieron palomas.

Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con
su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la
esculpían marmórea y sacra como
cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas
del puerto, o en Cartago
donde fue bailarina con derecho a sábana a los
quince; todo eso.

Pero ahora, ay, hablando en prosa se
entenderá que tanto
espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi
espinazo, y lascivo y
seminal la violé en su éxtasis como
si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la
besé áspero, la
lastimé y ella igual me
besó en un exceso de pétalos, nos
manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas
Cádiz adentro en la noche ronca en un
aceite de hombre y de mujer que no está escrito
en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la
imaginación me alcanza.

Qedeshím qedeshóth*, personaja, teóloga
loca, bronce, aullido
de bronce, ni Agustín
de Hipona que también fue liviano y
pecador en Africa hubiera
hurtado por una noche el cuerpo a la
diáfana fenicia. Yo
pecador me confieso a Dios.
* En fenicio: cortesana del templo

martes, 26 de abril de 2011

SUEÑO DIURNO



SUEÑO DIURNO
Puesta la cabeza en la almohada,
el pelo seco, brillando,
(se escucha el grito: los ámbitos nocturnos se revelan)
lascivamente suspendida en el tiempo
(mucho tiempo para rehacerlo, atraparlo y fornicarlo:
dejarlo colgado en sus partes íntimas).
Autoagnosis. (No, no te conoces).
Llevas puesto un par de ojos,
un par de cristales por donde se
transparenta el mundo.
(Hay un vacío irrepetible, costras que se desprenden del cuerpo,
células muertas que emanan por los poros).
Y verte dormir es salirme de mí mismo.
Verte dormir cuando ya no se escuchan pasos lejanos y
no hay ruidos que interrumpen esa mágica contemplación.
(Dormir es un recinto:
Verte dormir es entrar en el recinto:
hacer de uno la respiración queda,
los ojos cerrados,
las manos que de vez en cuando se posan en el pecho).
Hay una historia detrás.
Limítrofe es el tifón de tu insomnio:
rarísimo el estandarte de tu sueño.

domingo, 24 de abril de 2011


CUATRO HISTORIAS (I)

El ascenso económico de Venancio Salvador fue tan trepidante que era común pensar que su fortuna se debía a negocios ilícitos. En pocos años había pasado de ser capataz de un rancho ganadero a convertirse en un acaudalado exportador de ganado Cebú con intereses en otros estados. Su ostentación no tenía límites: en tres meses se paró una casa de cuatro plantas en un terreno cercano, una mansión que dejaba boquiabierto a más de uno. Comenzó a comprar camionetas, mandó a sus hijos a universidades en el norte del país, y portaba un armamento de cadenas, esclavas y anillos que convertían sus minúsculas manos en un muestrario viviente de joyas. Así durante varios años. Venancio Salvador le hizo la vida imposible a los más ricos del pueblo al grado de quitarles varios negocios millonarios de ventas de sementales a una compañía española. Todos sabíamos de sus relaciones con narcos michoacanos. Salvador controlaba buena parte del flujo de narcóticos, armas y secuestros en el sur de Veracruz. Luego, como para entrar al negocio lícito, Salvador invirtió una millonada en sucursales de tiendas Oxxo. Su fortuna creció, al grado de financiar la campaña de un conocido diputado federal. Se hablan de cincuenta millones, aunque pueden ser más. Su hijo se recibió en Administración en el TEC de Monterrey, y comenzó a llevar las cuentas de sus más de veinte tiendas Oxxo. La prosperidad era notoria. En la boda de su hijo, Salvador sorprendió al pueblo con una fiesta de tres días en donde desfilaron grupos de la talla de El Recodo, El Buki y Los Tigres del Norte. Llegaron el gobernador del Estado, diputados, empresarios de distintos rubros, narcos que si no lo eran cuando menos simulaban serlo. Un domingo, mientras Salvador almorzaba en un conocido restaurant con su hijo, su yerno y su brazo derecho (un tipo salido de quién sabe dónde pero que no se despegaba de Salvador ni para ir al baño, siempre con una .45 en la pistolera), cinco tipos bajaron de una Suburban, rodearon el restaurant, uno de ellos se acercó a la mesa y vació el peine completo de una cuerno de chivo. Venancio Salvador murió al instante. Su guarura alcanzó a sacar su .45 y lanzó tres disparos; una ráfaga de cuerno de chivo, por detrás, le quitó la vida. Romeo Salvador, el hijo, salió ileso escondiéndose debajo de la mesa. Un tipo con pinta de guacho se lo llevó de los pelos y lo subió a la Suburban. Después de cinco meses y un pago de veinte millones de pesos, los tipos indicaron el lugar donde había semienterrado el cuerpo. La viuda de Venancio Salvador reconoció el cuerpo (o lo que quedaba de él). Seis meses después murió de cáncer. El menor de los Salvador, Nacho, regresó de Canadá y se hizo cargo del menguado negocio familiar. Reinició los contactos que su padre había establecido, pactó con el Cártel de Sotavento y siguió en el negocio desde una línea que priorizaba la diplomacia a las balas, error que le costaría la vida. Cuando un tercer cártel quiso expandirse más allá de lo permitido, Nacho los enfrentó con argumentos territoriales convincentes desde su perspectiva, pero ineficaces para gente acostumbrada a arreglarlo todo a balazos. Nacho Salvador fue levantado al salir de una fiesta familiar y durante meses su viuda recibió partes de su cuerpo.
Andrés López.